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LA NIEBLA VERDE

Hola, os quiero presentar la nueva novela que en estos días me edita la EDITORIAL AMARANTE. Confío en que despierte interés y, sobre todo, os guste a quienes la leáis. Agradeceremos naturalmente los comentarios y las observaciones al respecto. También estaré dispuesto a aclarar cuantas dudas o preguntas se me quieran hacer con relación a la trama principal y al otro argumento paralelo que se desarrolla en el texto y pretende actuar como eje sustentador de la novela; por cierto que éste argumento paralelo, está basado en un hecho histórico. Y ya no digo más…

E.J. de Lara

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LA DERIVA DE LOS ICEBERGS

LA DERIVA DE LOS ICEBERGS

Enrique J. de Lara

editorial CARPE NOCTEM 2018 (262 páginas)

Francisco Campos es uno de los socios fundadores y el único comercial de una pequeña empresa dedicada a la venta de paneles solares. El inicio de la crisis se suma, para él, a otra crisis más personal: la de su matrimonio.
Acosado por una existencia que parece haber perdido repentinamente su sentido, Paco sueña con dejar atrás su antigua vida y embarcarse en un pesquero. Su objetivo no es otro que el de conseguir ver icebergs, esas enormes masas de hielo que pueden llegar a alcanzar zonas cálidas del atlántico y en cuya deriva sin rumbo el comercial cree ver un espejo de su existencia.

 

«La deriva de los icebergs es una novela en la que el paisaje de la costa gallega se convierte en un protagonista más con sus personajes sin rumbo, a los que las corrientes del océano lleva a unirse o separarse, en esta metáfora sobre la soledad del hombre contemporáneo y sobre los lazos personales como el mejor timón para evitar la deriva existencial.»

Estos días azules y este sol de la infancia…

Cuando el gran poeta Antonio Machado estaba siendo amortajado en su triste final en el exilio, un veintidós de febrero de mil novecientos treinta y nueve, allá en la localidad francesa de Colliure hasta donde sus mermadas fuerzas lo habían llevado, en uno de los bolsillos de su chaqueta aparecieron los versos que se consideran últimos escritos por este andaluz universal. Los he utilizado como título a mi entrada, del mismo modo que incluyo el enlace añadido más abajo; ambos me vienen al pelo, y me explico brevemente: creo que lo mejor de la entrada son las sensaciones que provoca la reflexión machadiana, potenciada con el video montado por mi amigo Raúl Herrera.

El video en cuestión, es un itinerario automovilístico por un Madrid desierto durante los primeros días del confinamiento de este principio de 2020, que Raúl ameniza sabiamente con un tema de «nuestra época»: «Este Madrid»; Leño (1978).

Dicen los pensadores, que determinados sucesos acaecidos en la existencia de cada individuo, se quedan clavados en nuestra conciencia como si se tratasen de hitos, que a su vez actúan de coordenadas para echar mano de recuerdos o, si se prefiere, para dar sentido a nuestra vida. No sé si esto es así exactamente, imagino que cada cual tendrá o echará mano de sus estrategias, pero en mi caso, aquellos últimos días de febrero y primeros de marzo de este dos mil veinte, que a toda costa deseamos hacer lejanos, me sirvieron para reordenar ciertos acontecimientos vividos que, curiosamente, coincidían con el mismo periodo del año que no hace falta mencionar más y que indeseado se presentó para trastocar nuestras ordenadas (o desordenadas) rutinas. Por supuesto, no voy a aburrir a ningún lector con las circunstancias que han jalonado mi itinerario vital; sólo insistir en que, como he hecho yo, os deis un paseo por el Madrid desierto filmado por Raúl. No me canso de visionar el video, me evoca aquéllos y «estos días azules y este sol de la infancia».

E.J.

Éste es el enlace del video:

https://drive.google.com/file/d/1_WSjzI0vSH5Z23TFK8drMWCGrpeb0FxX/view?ts=5edb9ebe

LA DE LOS DÍAS DE LLUVIA (Tormenta)

La de los días de lluvia, era la nota aclaratoria que le gustaba utilizar cuando alguien aludía a aquel nombre suyo que sonaba a epíteto. Su parto fue tan doloroso, que su padre, sin pensárselo dos veces, se fue al registro y porfió hasta conseguir que la inscribieran como Tormenta, sin María delante. Y ella se jactaba de ello cuando se le preguntaba:
            –Soy Tormenta. Para hacer padecer, pero también para entregar lo mejor que llevo dentro.
Así fue como Tormenta, la de los días de lluvia, había actuado a lo largo de toda su vida. Haciendo padecer, como lo hacemos todos, pero también entregando lo mejor de sí, dejando acceder hasta el centro de sí misma, hasta ese ojo de huracán desde el que se contempla, diáfano, la implacabilidad de un entorno bello aunque con frecuencia hostil…
            –Soy Tormenta ¡Mantente siempre junto a mí! –Embromaba a los suyos.

Muchos años después, cuando las noches se presentan desapacibles y si coincide con sus guardias, atraída por ese ojo de huracán que para ella es el servicio urgencias, la doctora Tormenta acude a echar una mano a los compañeros de pediatría o neonatología. Ser presentada a las desasosegadas parturientas, que en un momento como aquel traen sus criaturas al mundo, les proporciona a todos un plus de confianza. La simbiosis entre la ciencia y el influjo de la naturaleza posee este tipo de situaciones inexplicables.
            –Mira «fulanita», aquí tienes a la doctora Tormenta, la de los días de lluvia –se le dice a la parturienta de turno. Y ésta, siempre se serena con la presencia de aquella mujer, y piensa que si lo que le viene es una niña se llamará así, Tormenta.

LA PRIMERA VEZ

Para ganar tiempo, para que cuando quieran percatarse de mi fuga esté lejos, recurriré al viejo truco de meter la almohada en la cama. Luego guardaré mis escasos bienes en un zurrón que yo misma me he fabricado y saldré para siempre de este lugar, que antaño asociaba al paraíso y ahora me inspira purgación de faltas que no he cometido. Cuando suene el toque de maitines habré alcanzado la carretera y… Confío en que el primer prójimo que se cruce conmigo se apiade de esta humilde autoestopista. La experiencia resultará emocionante, hasta ahora el mundo exterior ha sido un ámbito ajeno, pero… Sí, claro, mucho más emocionante si cabe será nuestro encuentro. Por cierto, que deseo dejar constancia de que la diócesis es la culpable de todo al obsequiarnos con banda ancha…
¡Qué guapo es Manuel! Lo conocí en aquella página donde… ¡Ejem! Y me gustó tanto lo que el muy pícaro dejó caer a las primeras de cambio… Sí, lo de que nuestra primera vez se consumara sin yo despojarme del hábito.

LA VIDA GIRA

Prisionero en su esfera, feliz tal vez, perseverante sin duda, ignorante de la importancia de su empresa, no deja de hacer piruetas para evitar caer. Con gran esfuerzo y tenacidad supera obstáculos, asciende pendientes imposibles, avanza incansable, se para. No, jamás para descansar, lo hace para orientarse: realiza un giro de trescientos sesenta grados calculando a la par volumen y distancia recorrida, vuelve a otear el horizonte. ¡Cuidado, se acerca un intruso! ¡Un ladrón! Un advenedizo que pretende aprovecharse de su esfuerzo. Consigue darle esquinazo. Avanza un poco más y entonces aparece ella. Se detiene en seco. Orgulloso se hace a un lado y le muestra la redondeada bosta. Ella revela su interés y él la invita a encaramarse. Ella acepta y tras un breve escarceo amoroso la hembra clava su oviscapto, hasta lo más hondo de la bolita de estiercol que acaba de regalarle el macho de escarabajo pelotero. La vida gira.

YO IBA PARA CAMPEÓN DEL MUNDO

«Yo iba para campeón del mundo…» Con cada puñetazo encajado la misma frase bulléndome en la cabeza. Una constante que se prolongaba durante nueve largos asaltos con sus interminables minutos, con sus demoledores segundos y cuentas de protección. Tenía reventadas ambas cejas, con un ojo no veía nada, el otro tumefacto… ¿Los flancos?… ¡Uf! ¡Qué sería de mi hígado, de mi bazo, después del combate!
Durante el descanso entre asalto y asalto, notaba como Flanagan, mi preparador, se afanaba con el hielo y la vaselina. Llevábamos juntos desde el principio, desde que aquel negrito macarra y descarado me presentó como pupilo suyo en el gimnasio. Le dijo algo así como: Mira irlandés, un blanco que quiere boxear.
A Flanagan le llamaron la atención mis buenas maneras. Será cosa de la necesidad; dijo. Luego le impresionó mi tesón; entrenaba diez horas diarias.
Sí, yo iba para campeón del mundo, pero ahora estaba a punto de cumplir cuarenta años y el mocoso que tenía enfrente me estaba masacrando. El muy hijo de puta, además de contundencia le ponía entusiasmo. En cierto modo me recordaba a mí mismo cuando estaba empezando. Me lo recordaban sus golpes, diera donde diera, todos iban a parar al mismo lugar, a mi maltrecha conciencia, esa que me repetía sin cesar que yo iba para campeón del mundo, pero ahora debía doblar la rodilla. ¡Jamás!; me revolvía contra ella y al instante, cuando encajaba otro par de golpes: ¡sí, en el siguiente me tiro!…
Flanagan me lo reprochó siempre, adolecía de confianza. Luego, los malditos periodistas me endilgaron el San Benito: que de maneras bien y de empaque, pero que eso no basta en el boxeo. En el boxeo, a un tipo que sale de donde yo salí se le pide, como mínimo, un punto de marrullería y sobre todo, que sea sanguinario, que proporcione sangre al espectador, la propia y la del contrincante. Nunca acepté ese juego, siempre he respetado al rival.
Flanagan pasó una vez más el «frasquito milagroso» por mi nariz y me endosó el protector bucal. Casi me lo ajustó de una bofetada; también me propinó una palmada en la espalda. No era aquél el gesto de quien pretende infundir ánimo, lo noté, Flanagan se compadecía de mí. Me hizo una seña bien clara: tírate.
Sonó la campana del décimo asalto. Me incorporé despacio. Sentí el peso del cuerpo; el peso de la edad, no el de los golpes. Con la experiencia hasta esto se aprende, que noquea más el tiempo que el rival.
Miré al muchacho aproximándose confiado, con ese cuerpo moldeado en el gimnasio; habían hecho un buen trabajo con él. Se le veía decidido, con fe, las dos cosas que siempre me faltaron a mí. Lo vi con lo poco que conservaba de visión, vi ese resquicio que mostraba el camino hacia su mentón. Una guardia incorrecta, temeraria. No era una treta, estaba claro, acababa de cometer un error. Y, qué curioso, juro que en aquel instante hubiese detenido el combate para advertírselo: que aquella no era la senda del éxito por mucha preparación que acumulara a sus espaldas, y aunque tuviera la confianza que a mí me había faltado. Se lo hubiera dicho, como se aconseja al hijo para que no incurra en los propios errores. Pero no lo hice, en realidad no era lugar ni momento y además, en el improbable caso de que lo fuera, enceguecido como aparentaba mi rival, tampoco me hubiera escuchado. Así es que procuré descargar toda mi fuerza en aquel golpe, al tiempo que pensaba, una vez más, que yo iba para campeón del mundo.

A PROPÓSITO DEL «BICHO»

Como es muy fácil criticar y/o lanzar dardos envenenados contra aquellos que no son de «nuestra cuerda» y en estos tiempos de crispación dichas personas quedan alineadas (lo deseen o no) en el partido antagonista del nuestro, y yo procuro (sólo procuro) no precipitarme en estas cuestiones y además siempre he sido un poco Quijote, defensor de los débiles o de causas perdidas, simpatizante de los antihérores, etc. quiero traer a mi página un enlace (lo incluyo abajo) para dar a conocer (supongo que muchos ya lo saben), lo que a mi entender significa servir a LA PATRIA (lo pongo así para que me excluyan de ella quienes lo crean oportuno), que es lo que este señor, no sólo viene prestando en la actualidad, con la información puntual que nos hace llegar respecto a la evolución en el contagio y tratamiento del «dichoso bicho» (Covid-19), sino con lo que ya venía haciendo desde hacía mucho, mucho tiempo… Me estoy refiriendo naturalmente al sr. FERNANDO SIMÓN SORIA, portavoz médico ante la ciudadanía, de la evolución de la pandémica crisis.

Esta persona, para un servidor sí es MARCA ESPAÑA y por supuesto un HÉROE, ya quisiera el que escribe, haber aportado el uno por ciento a la humanidad y a mi país que estimo ha aportado y aporta el muy respetable FERNANDO SIMÓN SORIA.

Aquí tienen el enlace del diario del ALTO ARAGÓN, donde creo que se define bastante bien lo que estoy diciendo acerca de esta persona. Aconsejo su lectura.

https://www.diariodelaltoaragon.es/NoticiasDetalle.aspx?Id=1198409

PARADOJA DEL PESCADOR

Como los ángeles al caer el sol, errabundo, deslumbrado por la luz que antaño pensó era su guía y ahora un tentáculo que lo aferraba para mantenerlo ligado al incongruente sistema consumista, prisionero de sus contradicciones, así se sentía desde hacía tiempo cada vez que, retrepado a la almadraba, asía el gancho con el que ensartaba, uno tras otro, a los enormes y escurridizos atunes. Sabía que de aquel frenesí de sangre, sudor y muerte sacaría bien poco. Los japoneses lo compraban todo a precio de saldo. Casi no compensaba, se dijo. Unos billetes extras a cambio de sus manos llenas de sangre, manos que, una vez limpias, tomarían, casi por inercia, el blíster de sushi hecho a base de arroz y puede que de ese atún que él pescara, y cuyo precio, después de manufacturado y colocado en el estante del hipermercado, se había multiplicado por mil.

APOLO XIII

 

Ese tic-tac que escuchamos hace rato golpea mi conciencia como un percutor implacable. Uno de mis compañeros asegura que es el contador de millas: cada «tic» mil menos para llegar a la Tierra; cada «tac», otras mil nos separan de la Luna. El capitán insiste en que él no oye nada. Claro; pienso, ha de aparentar entereza. Mas yo tengo un terrible presentimiento. Es como si, del otro lado del casco, alguien verificase ese tiempo que se nos agota. Dicen que en el vacío la vida es inviable, lo cual, de alguna manera confirma mi inquietud. La muerte golpea con su guadaña en los lugares más insospechados, por eso ese tic-tac…

POEMA 21 o PEDRO ATIENZA; in memoriam

POEMA 21 o PEDRO ATIENZA

A Pedro Atienza, in memoriam

El poeta es un enfermo de poesía,
o acaso la poesía es una enfermedad,
enfermedad infecciosa, naturalmente, que
genera enfermos de pandémica poesía.
Algunos, enfermos de poesía,
nacen siéndolo, poetas, y enfermos;
otros, acaban sucumbiendo a su adicción,
que para el caso es lo mismo,
porque la Enfermedad de la Poesía,
siempre conlleva una única consecuencia,
quizá a través de diferentes vías de contagio,
tal vez disfrazada de distintas patologías,
ya que, hablemos claro, se trata de eso,
de arruinarse así mismo,
de alimentar el mal para ser poeta…
No importa el cómo, ni el cuándo,
cada enfermo de poesía tiene sus métodos,
su librillo, como aquéllos maestros,
los vocacionales, los más auténticos; puede.
Bien, pues, insisto, los poetas son así,
estirpe de vocación, perseguidores
de un momento de gloria, gente a extinguir.
Por eso, tantos acaban estragados de poesía,
y ella, como cualquier enfermedad
estimada de ser mortal, egoísta,
actúa de manera implacable,
llevándoselos. Poetas que, sin quererlo,
o queriéndolo, han nacido,
o se han gestado, o guerrean,
en la vanguardia de un ejército mercenario,
que les conduce a la ruina final.
¡Poesía, puta, maldita y vil!
Haces de los que nacen poetas, enfermos,
y a los poetas, enfermos de ti haces.

Texto seleccionado en la antología «Desde el confinamiento» de PANDEMIA, propaga tu escritura: pandemia.be
«Desde el confinamiento» es un proyecto altruista que consiste en la publicación de una antología de relatos, microrrelatos y poemas. Se publicará y venderá en Amazon.
Los beneficios obtenidos con la venta de dicho libro serán dedicados íntegramente a la adquisición y puesta en marcha de un sistema de monitorización por vídeo que permita al equipo médico conectar con los pacientes ingresados y a éstos con sus familias.