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ENTREVISTA EN LA EMISORA 1110 DE BUENOS AIRES

A finales de julio el corresponsal en España de la emisora de radio argentina 1110, VICTOR CLAUDÍN, que emite en Buenos Aires DF, me realizó la entrevista que adjunto mediante enlace y que ha sido emitida el 12/8/2017.

https://ar.ivoox.com/es/enrique-javier-lara-audios-mp3_rf_20404630_1.html

Salud.

E.J. de L.F.

Cien Cortos Cuentos: XIV. EL OLOR DE LOS PEPINOS

 

          Ya es verano. Mi hermano José y yo nos apresuramos, merienda en mano, pan con chocolate, camino del prado. Hoy ha sido el último día de colegio. Nuestros amigos Pablo y Santiago nos esperan allí, en el prado. Pablo es el mayor de todos, acaba de cumplir nueve años.

El riacho, recrecido este año por las lluvias, envalentonado, juega a emular a los grandes. Se ha desbordado y corre revoltoso entre las abigarradas junqueras de la ribera. El suelo está tupido por un manto de tréboles.

 

Como si de un acto rutinario se tratara, una vez juntos, los cuatro nos desnudamos hasta quedarnos en ropa interior. Y es justo entonces, cuando una fuerza desconocida nos posee empujándonos a correr y saltar sin parar en un ritual desaforado que ya hemos experimentado antes, que intuimos algo así como un mensaje atávico de no sabemos explicar qué. Solo Pablo se atreve a emitir un juicio, afirma que lo que nos pasa tiene que ver con el “gusto” que sienten los mayores cuando… Todos asentimos porque ninguno acierta a comprender en qué consiste eso del “gusto cuando…”

 

Cae la tarde. El sol oblicuo tremola sobre los enveses plateados de las hojas de los chopos. Agotados de corretear y saltar nos tumbamos boca arriba sobre el manto de tréboles, entonces mi hermano, con voz jadeante, dice que le huele a pepinos. Racional, Santiago replica que habrá algún huerto cercano. Pablo sentencia que no, que éste es el olor del verano. Yo dejo clavada la mirada en el cielo azul. La brisa fresca de la tarde sobre nuestra piel nos unge efectivamente de olor a pepinos, y el instante se me queda clavado a la razón como un hito, un recordatorio de los que jamás se olvidan.

MIS ÚLTIMAS VACACIONES

Cien Cortos Cuentos: XIII

 

Bajé las escaleras. Entré en los lavabos y lo que sucedió a continuación ocurrió tan deprisa que no cupo tiempo para la sorpresa. Jamás piensas que te pueda tocar a ti, que te vayas a ver involucrado en alguna de esas desgracias puntuales que les ocurren a los turistas desafortunados. Y el caso es que durante los primeros instantes ni siquiera tuve conciencia de que acababa de engrosar dichas estadísticas, pero… Así ha sucedido, me ha tocado.

Luego de la primera impresión y de saberme momentáneamente a salvo cuando el mundo ha dejado de moverse, lo siguiente fue superar la angustia, lo tercero pensar en cómo salir de mi encierro. Aunque… Sí, soy consciente de que un número importante de fallecimientos se producen precisamente después de ocurrido el desastre. Me aterra pensar en ello.

Durante un tiempo he llevado una estimación de las horas transcurridas. Al principio me pareció necesario hacerlo para aquilatar energías, pero cuando dicha estimación intuí se transformaba en días el pavor se adueñó de mí. E inmediatamente, sabiéndome domeñado por un mecanismo de autodefensa, comencé a hacer justo lo contrario, es decir, he procurado perder toda referencia temporal.

El hambre me acucia. Puede que fuera ayer, o puede que solo hayan transcurrido unas pocas horas, o incluso una semana completa, el caso es que cuando menos lo esperaba he conseguido llevarme algo a la boca que cayó en mis manos de manera fortuita; lo que son las cosas, en ese instante incluso me he sentido afortunado. No pude ver qué era por hallarme en tinieblas. Me encontraba dormitando, acurrucado en un rincón. De pronto sentí un roce en mi pierna e instintivamente alargué la mano aferrando un animalillo peludo que emitió un chillido y me mordió. No lo solté, lo golpeé contra el suelo y sin pensarlo lo he devorado. Sí, qué más da, posiblemente era una rata ¿Y qué?

Entra un nuevo elemento negativo en juego, la humedad. Ésta va haciéndose más y más insoportable, siento las articulaciones agarrotadas. Sólo una leve corriente de aire me vincula con el exterior, ese aire que ya casi preferiría se agotara y me permite vivir.

Todavía conservo, latiéndome en las sienes, la impresión que me produjo el edificio espasmódico crujiendo y balanceándose a pesar de encontrarme en el primer semisótano. El trozo de forjado bajo mis pies se quedó como flotando, ingrávido, luego colapsó y se vino abajo hasta golpear sobre el que se encontraba unos metros por debajo. El urinario ha soportado el peso de los otros veinte pisos que se le vinieron encima, pero la puerta ha quedado obstruida por toneladas de hormigón.

Estaba a punto de coger el coche para salir al exterior; quizá me hubiese librado de quedar sepultado si hubiera abandonado mi habitación cinco minutos antes.

Me he salvado sí, pero a costa de quedar aprisionado en esta especie de bunker, esta celda penitenciaria que las terribles circunstancias me han endilgado.

En la agencia de viajes me dijeron que éstas serían unas vacaciones inolvidables; los destinos tropicales poseen ese deje de imprevisibilidad que los hacen singulares…

No tengo ni idea del tiempo transcurrido desde el terremoto, pero aquí sigo, dentro de este exiguo espacio que en su momento constituyó un urinario pestilente y encharcado, cada vez más encharcado. No quiero perder la esperanza de ser rescatado, pero dicen que cuando los servicios de auxilio están cerca, quienes se hallan aprisionados bajo los escombros oyen perfectamente el trajín que producen los rescatadores y yo no he escuchado nada que se le parezca en ningún momento, es como si desde el principio se diese por sentado que aquí, donde estoy, no puede haber ningún superviviente.

Procuro conciliar el sueño, ya que dormir es la única manera de evadir mi pesadilla, pero cuando al fin lo logro, el siseo constante de una cañería rota continúa taladrando mi razón incluso dormido.

¿Los peces sueñan? Me pregunto constatando que el nivel del agua ha comenzado a subir y que de seguir así, éstas, definitivamente serán mis últimas vacaciones.

CCC. XII. CÍCLADAS

Se abre la puerta del vestíbulo. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, una mujer, una hermosa mujer. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, el ideal de la belleza de la antigüedad. Al verla, me pregunto si la presencia de los Dioses Griegos en este lugar fue lo suficientemente intensa como para dejar su impronta. La mujer posee una piel ligeramente tostada por la luz del Mediterráneo, luce cabellera negra y brillante y unos ojos cuya tonalidad rivaliza con el cian que en ese momento refleja el mar; nos obsequia una sonrisa medida que reporta confianza y su voz… Lo suyo es pura armonía, por eso ya no me cabe duda: sí, se trata de la hija de un Dios Griego, de una embajadora del Olimpo.

Inopinadamente cobro conciencia (o más bien lo hace el viajero que está incluido en el “paquete de turistas”). Me extasío (nos extasiamos el de la recién recuperada conciencia, o sea yo, y quien soy afuera de mi dudosa condición viajera en su peor versión, que es la de vulgar turista) contemplando a la mujer que una vez formalizado el recibimiento y distribuidos los pasajes de manera maquinal, se apresura a regresar al Mediterráneo de los Dioses Griegos, o lo que es lo mismo, traspasa la puerta que oculta al vestíbulo lo que acontece del otro lado, una puerta que discrimina a vulgares turistas, a mortales viajeros, que marca la frontera entre los simples seres humanos y los dioses del Olimpo. En algún lugar próximo, justo a nuestra espalda, se aviva la actividad. Observo que se levanta la barrera que da acceso al muelle y una voz estentórea, por megafonía, invita a que los viajeros embarquen en el crucero que realiza la singladura a la isla de Santorini. Inmediatamente quienes están junto a mí se dan la vuelta y se precipitan en la pasarela que permite acceder al crucero; allí todos se apelotan, se dan codazos, disputan por subir a cubierta ¡Hay sitio para todos! Grita alguien.

Me quedo solo, mirando de hito en hito, contemplando la avalancha de turistas que se atropellan los unos a los otros, contemplando la puerta cerrada tras la que ha desaparecido quien repartía los pasajes, la emisaria del Olimpo. Los últimos turistas, viajeros de ninguna parte, son absorbidos por la pasarela del crucero. Un postrer aviso conmina a los rezagados para que suban al barco. Ya no dudo más, esperaré a que vuelva a abrirse la puerta que da al vestíbulo, el regreso de la mujer que reparte los pasajes.

DEVENIRES. 1er. devenir

1er. DEVENIR.

Salgo a dar un paseo. En realidad no tiene nada de particular que salga a dar un paseo: caminar, observar mientras paseo, reflexionar…, lo hago con frecuencia. Lo que sí es singular y quizá el motivo que me hace sondear pensamientos en lo que concierne al asunto de los “devenires”, es la hora en que decido pasear, más o menos el mediodía. Tampoco debería ser ésta una circunstancia que mereciera la atención que le estoy poniendo, pero sí, sí lo es, y me explico. Mi pequeña ciudad, más bien la ciudad en que habito desde hace muchos años, esta ciudad a la que me he adaptado de modo razonable, pero que nunca he estimado como elemento arraigado firmemente a mi identidad (sé que cualquier otra ciudad y en cualquier momento podría serlo de manera instantánea, pero ésta no), mi ciudad como decía, es una ciudad que aglutina una buena porción de historia e incluso de méritos en su haber, aunque no por ello deja de ser una ciudad común, mundana, idéntica a cualquier otra pequeña ciudad, una ciudad en que a lo largo de las distintas franjas horarias del día, se ve desfilar por sus calles toda una muestra de la población que acoge, esa mayoritaria población con la que yo, en circunstancias normales, no coincidiría pero hoy sí lo he hecho, lo acabo de hacer…

A pesar de que aquel tiempo en que vine a dar con mi humanidad a esta ciudad se ha quedado muy atrás, ha devenido permítaseme que diga, a pesar de que entonces sintiese la necesidad de acotar los límites impuestos por este espacio en que convivimos más de doscientas mil personas, de mi ansiedad por averiguar la realidad y entresijos del entorno que por novedoso me incumbía, y de que en la actualidad ese entorno lo tenga conocido o casi conocido hasta la saciedad, incluyendo sentido del tráfico de las calles principales, ubicación de las barriadas tradicionales… A pesar de estos y otros muchos elementos y situaciones que no viene al caso pormenorizar, de que a priori ya nada de aquí alcance la capacidad de conmoverme como aconteció en otros momentos, sí ocurre para mi admiración (no sé si admiración es la palabra adecuada para definir lo que a continuación relato) que siento removérseme las emociones embutidas en cierto sayo de nostalgia, o quizá de vacío existencial, o quizá de tiempo perdido que diría aquél, o quizá de repentino estado introspectivo, que de pronto hace saberme un náufrago en este devenir de gentes que me rodea, gente con la que me cruzo, desconocida toda, pero toda identificable, cortada por un mismo patrón, el de sus particulares devenires, el del tiempo que los ha sobrepasado a la mayoría internándolos en la ancianidad, y es que a esta hora de la mañana, mediodía como decía antes, casi todo este itinerario que voy completando en mi paseo está morado por gente anciana. No me veo como ellos, tengo sesenta años, pero no me veo como ellos, es decir, con lo que muchos de ellos transmiten: enfermedades, tragedias personales, ociosidad de gente que en apariencia lo tiene todo hecho en la vida y que en algunos o muchos casos (es lo que me transmiten sus aspectos, insisto) dichos logros o no logros les vienen anchos, o por afinar, les viene como la ropa que un día constituyó la moda y fue de su talla pero ahora no. Sí, me digo pensando con cierta crueldad, sé que juzgando a la ligera, es como si estuviesen amortizados y deambulasen cual zombis que no saben a dónde van y por qué. Decía un poco más arriba que no me veo como la mayoría de esta mayoría de gente mayor, y muy mayor, gozo de excelente salud, no tengo achaques visibles o reconocibles de momento, me considero una persona razonablemente afortunada en lo familiar, hago deporte, procuro cultivar mi intelecto de diversas maneras y encima mantengo, creo que de modo bastante saludable, la capacidad de plasmar en un papel mis experiencias como observador. Y justo aquí encuentro la clave de este primer devenir que juega con la introspección pero carece de empatía, porque bien mirado, quizá me esté quedando atrás, quizá mi estar donde estoy se corresponda con una especie de destiempo. Es una sensación extraña la de esta mañana de paseo, pero de pronto me da por razonar en que algunos (o muchos) somos inconscientes de que nuestro tiempo transcurre sin detenerse, de que en él no existen los rodeos o las pausas, y que con el tiempo, nuestro tiempo, las personas y el entorno que las acompaña deviene; no puede ser de otro modo. Y que por ello, los allegados y los menos próximos, los apenas conocidos pero cuyas caras nos han resultado siempre familiares y si se me apura contribuyentes a nuestra constatación como individuos de un tiempo, todas esas personas comienzan a difuminarse, a dejarnos solos aunque muchas sean sustituidas por otras hasta que, y aquí llega la tragedia de este pequeño devenir, de pronto ya no somos capaces de reconocer a nadie que podamos constatar como perteneciente a nuestra generación. Es entonces cuando deberíamos decidir que, bien mirado, hemos tenido suerte, porque continuamos aquí, con los pies sobre la tierra, respirando, viviendo, siendo un ser consciente, con identidad, con entidad… Y por eso… No, ahora mismo, aquí, en este espacio y este lugar en que me hallo, en esta hora no conozco a nadie, quienes me rodean, todos, me son ajenos, o yo soy ajeno a este momento, quizá a este devenir de la jornada que todavía no me concierne, que he osado profanar. Corro a protegerme en casa, no sé si de regreso al espacio y el tiempo que me corresponde, deseando recuperar el devenir perdido de manera inopinada.

4-6-2018

CCC. XI. ANIVERSARIO

No olvides dejar la llave puesta en el contacto, aunque no lo parezca es un detalle importante. Y enmascara rastros, échate colonia, límpiate los restos de carmín, mete toda tu ropa en la lavadora, deshazte de la frase que escribí en la servilleta de papel, debe de seguir en el bolsillo de tu americana. Sí, esa misma en que te juraba amor eterno… ¡Deshazte de cuanto tenga que ver conmigo! Del papel, del amor… Del tuyo, de tu amor (¿acaso lo has sentido?), porque del mío no puedes, ése no te pertenece.

Y después, cuando todo haya terminado, no se te ocurra rellenar el depósito de combustible como haces cada vez que nos vemos, ahórratelo, ya no utilizaré más el coche. Mantén la concentración, por favor, no vayas a tener la ocurrencia de ir a una gasolinera de las que frecuento en busca de clientes y se queden con tu cara ¡Ah! y si por un casual cayeses en la tentación de entrar en algún local a tomar algo (no te vendrá mal una copa, lo sé) paga en efectivo. Insisto: no debes dejar rastros. Y sí, el coche puedes dejarlo estacionado en la explanada, frente al club. ¡No, descuida! No te verá nadie, a partir de las cinco de la mañana el lugar permanece desierto, todos se habrán marchado, estate tranquilo. Tu casa queda relativamente cerca, por lo que puedes llegar dando un paseo; te vendrá bien tomar el aire. Y por fin… Hazme un favor ¿quieres?, no leas la página de sucesos, hazlo por ti, no te martirices, no hará falta que te confirmen… Bueno, eso, sabes muy bien que apareceré donde me has dejado, y también, que si somos discretos (hasta donde me toca ya ves que yo me estoy esforzando…) lo nuestro jamás trascenderá. El caso se cerrará pronto, oficialmente habré sido asesinada por un cliente descontento y desconocido, abandonada en mi propio automóvil; seré una menos, solo eso, una simple baja, entre las que se dedican a esta profesión donde tantas importan tan poco. Limpia las huellas de tus manos del volante, del salpicadero, de la tapicería, de mi garganta y mi cuerpo, hazlo todo concienzudamente, pensando en que ya no tendrás el compromiso de celebrar ningún otro aniversario fuera del hogar. Tu esposa, aunque juegue a que nunca ha sabido nada (disimulará como tantas esposas), aunque no te lo diga, acabará por perdonarte (nunca olvidando), y si no vuelves a recaer en la tentación de celebrar aniversarios con otra, también pensará que te ha recuperado para siempre, mientras que tú, conseguirás que poco a poco sanee tu conciencia, esa tortura que ahora sientes, cada vez que contemplas las manos que me han estrangulado.

De CCC: AMANTE (I y II)

AMANTE I.

El amante busca a su fugado amante. Lo busca desesperadamente por cada rincón de su apartamento. No busca su presencia está claro, busca sus rastros extraviados: olores, objetos personales, vestigios varios…

El amante sabe que su amante no volverá jamás, que otro amante se lo ha arrebatado. El amante piensa que su amante es un tránsfuga y por ello se ofusca aun más. El amante recurre a su imaginación para aliviar ese dolor que le mortifica; no escatima alternativas ni escenarios, cualquier detalle es legítimo pese a que éste provenga del lugar más obsceno, de la situación más indeseada, ya que ahora todo le sirve, todo le trae recuerdos y los recuerdos le reconfortan: una prenda interior olvidada (o no) en el cesto de la ropa sucia, el vaso con la marca de sus labios abandonado en el fregadero, ese papel garabateado y arrugado y arrojado en un rincón, el cajón sanitario del gato de su amante, que permanece ahí todavía (no así el gato, a ese se lo ha llevado; por fortuna), en el cuarto de baño, residuo dentro del lugar destinado a lo escatológico pero también al aseo y la seducción. Sí, le consuela todo cuanto tenga relación con, y provenga de, le consuela ahora que su hogar se va transformando en las distintas celdas de una penitenciaría.

El amante, se acurruca en el sofá. Encuentra un bolígrafo entre los cojines, un bolígrafo que sin duda ha dejado olvidado su amante… ¡Descuidado amante! Piensa con benevolencia. Y es entonces, que el amante utiliza el bolígrafo para escribir unos lánguidos versos, que enseguida se apresura a insertar en una página de Internet (y que podría llamarse amantes.com, o como desee cada cual, la cuestión es que vaya de amantes despechados) y le pone un título: “Amante 2”…

AMANTE II.

Y entonces relee:

En un cajón hallé esto:

 

Estacionado,

un tiempo quiero dejar.

Siempre vigente,

mi tiempo presente.

Desestacionando

lo visible y material.

Aceptado, inservible, permanente,

supuestamente necesario.

Estacionado.

Nadie lo puede tocar,

y no ocupa lugar,

y solamente te ocupa.

Estacionado, añorado,

amante fugado.

Invisible soy de ti,

solamente tú me ocupas.

 

…Y después, enseguida se arrepiente, y borra el poema de amantes.com y esconde el papel donde lo ha escrito en un cajón. Un amante, y un poema, y un cajón que procurará olvidar.

CCC Nº VII. LA PIERNA

Cuando el metro se puso en marcha demostré a los presentes mi excelente forma física. Un acompasado braceo y los saltos cadenciosos que daba con mi pierna libre a lo largo del andén, alcanzaron para que mantuviese el equilibrio a pesar de la progresiva aceleración del convoy.

Es increíble lo que la premura de unos instantes vividos intensamente puede transmitir al acervo personal. Porque, efectivamente, bastaron segundos para almacenar en mi cerebro las caras de cada una de aquellas personas, que asistían expectantes, espectadores, al premonitorio espectáculo que les había caído en suerte allí, en el vagón de metro, en cuyo interior una de mis piernas permanecía atrapada por las malévolas puertas, que se me habían cerrado de golpe sin dar tiempo a que saliera, del todo. Un viajero procuraba baldíamente abrir las malditas puertas, otro, el gafe de turno, vociferaba a voz en cuello augurando la inminente tragedia, un tercero procuraba accionar el freno mecánico de emergencia (y se cargaba la manija el muy cretino), una viejecita sacó su rosario del bolso y se puso a pasar cuentas como si tal cosa y otra chica, que por cierto estaba muy buena, se tapó los ojos instantes antes de que el andén finalizara y yo me estampara contra el muro que acotaba la boca de entrada al túnel.

Lo principal es que no me he matado; estos tubos, la vía y los vendajes así me lo sugieren (a no ser que en el nirvana existan salas de recuperación como las de los hospitales, que no creo). En fin, que momentos después de recobrada la conciencia, he tenido el impulso de rascarme la pierna, me picaba, y es entonces cuando me he dado cuenta de que había sido inmovilizado a la cama. Pero ¡Uf! El caso es que la pierna me picaba horrores… Aunque ¿de verdad me picaba la pierna?

No he querido forzar la situación, incorporarme para verificar esa sospecha que me asalta, ese fogonazo de recuerdo señalando que, mientras yo terminaba cayendo sobre el andén, la pierna continuaba el trayecto enganchada a la puerta del metro.

De CCC: VI. FUMATA BLANCA, O QUÉ MALO ES EL TABACO.

–¡Venga, anímate! Tienes que probarlo –me dijo Rufus en un tono que más bien parecía orden.

Hice un primer intento, lo admito, pero mis sentidos, por llamarlo de alguna manera, me decían que aquella no era la opción correcta, sólo acertaba a percibir el calor del tabaco en combustión dentro de la cazoleta y ello no auguraba buen presagio; me dije: las imprevisibles consecuencias no compensarán, seguro. Aun así volví a probar pero… Nada de aroma y, por supuesto, nada de sabor.

–¡Esto es una locura, Rufus! –protesté confuso y malhumorado.

A continuación quise exponerle de una manera convincente, los motivos por los que no debíamos inmiscuirnos en semejante peripecia, pero él estaba obcecado. Insistió:

–¿Qué pasa, te achantas?

–Sí.

–¡Antes y ahora, siempre fuiste un cobardica! ¡Vamos! tienes que probarlo, será como fumarse un pitillo a escondidas de la conciencia, o si lo prefieres, tómatelo como si actuáramos de intermediarios entre el embajador de los hombres y Dios, una “fumata blanca”. Nuestra condición lo hará más intenso, estoy seguro, somos unos privilegiados, ni en vida podrías haber soñado lo que sucederá cuando…

No acabó la frase. Sin más, presto, Rufus se puso manos a la obra, y de inmediato sucedió lo que me había temido, asistí a su degradación; su presencia (por volver a denominar de alguna manera lo innombrable) se fue haciendo más y más débil, y enseguida volátil, y luego ni eso.

–No, no puedo –balbucí horrorizado, sin acertar a ubicar a Rufus. –¿Rufus, dónde estás?

Su temeridad lo había llevado demasiado lejos, asimilado por el hilacho de la columna de humo, pronto acabó diluido en la atmósfera. Y para colmo, aquel individuo de la pipa con el que habíamos jugueteado, como incomodado por un algo que no acertaba a explicarse y que yo ligué a una de esas intuiciones que de vez en cuando asaltan a los mortales, se puso a golpetear nervioso la cazoleta con la palma de su mano, hasta arrojar al suelo los últimos rescoldos del tabaco en combustión que había estado fumando. Luego, meticuloso, el individuo pisoteó los restos y entonces yo, aprovechando la postrer y efímera ráfaga de calor, me dejé ascender impulsado por la corriente térmica; ya no tenía nada que hacer en semejante lugar.

Mientras me alejaba del suelo, creí encontrar una explicación al calamitoso anhelo de Rufus; pensé que aquél, escondía algún tipo de correlación con la materialidad que un día tuvimos. Y la realidad, mi realidad de ahora, era bien distinta, de ahí la conveniencia de no divagar demasiado, o de tentar a la fortuna, que en este caso se le parecía; me dije, puesto que nosotras, las ánimas, por el hecho de serlo, debíamos segregar de los hábitos cotidianos cuanto estuviera relacionado con ciertos placeres terrenales. Y aquellas osadas que quebrantaran las normas, ya no es que estuvieran condenadas al fracaso, sino que previsiblemente acabarían en el limbo.

XENOFOBIA

De CCC (Cien Cortos cuentos).

V. “XENOFOBIA”

 

          Siendo joven, mi padre se fue a trabajar a Alemania. En su pueblo de España no había na. En Alemania, mi padre trabajó como un burro. Yo nací allí y de allí decidí volver a mis orígenes con intención de no abandonarlos jamás; solo regresaría a Alemania para visitar a los amigos. Por lo visto, mi padre dijo algo parecido, cuando se vio obligado a marchar de su país para no pasar calamidades.

Mi padre me había inculcado cierto valor que consideraba fundamental, un distintivo de nobleza; decía, de nuestro terruño de procedencia: “allí nunca se trataría a un inmigrante como a él y a otros compatriotas en ocasiones se los había tratado”; lo de la xenofobia no iba con nosotros, lo habíamos sufrido en nuestras propias carnes y por eso…

Cercano ya a mi destino, recién abandonaba la estación de tren, un par de muchachos marroquíes me abordaron: que si sabía cómo se llegaba a…; preguntaron. Precisamente pretendían desplazarse a mi pueblo, es decir, al pueblo de mis padres, adonde me dirigía yo. Aspiraban a trabajar en los invernaderos; en su país se decía que aquello de los invernaderos era una buena opción. Me ofrecí a llevarlos en el taxi que acababa de tomar. El taxista me puso mala cara, me preguntó que si llevaba dinero, le dije que sí. Aunque no pareció muy convencido arrancó el coche; en un arrebato de altanería le dije que esperase. Me apeé del vehículo e invité a los dos marroquíes a que me imitasen; tomamos otro taxi. Ellos; pensé cuando estábamos de camino, los muchachos marroquíes, iban en busca de futuro y yo también, aunque mi futuro partiese con ventaja, estaba previamente tamizado por un pasado conocido de oídas. Ellos, los muchachos marroquíes, querían echar raíces y yo reabonar las mías.

Me enteré de lo que estaba acaeciendo en la comarca bruscamente, cuando nos bajamos del taxi y entramos en aquel bar. Varios parroquianos, increpaban a voz en cuello la crónica inaudible del locutor televisivo. Un titular rezaba: “XENOFOBIA EN LOS INVERNADEROS”. Todos se nos quedaron mirando; de pronto a los parroquianos les dejó de interesar la televisión, el locutor y la noticia. Enseguida, uno nos amenazó puño en alto: que cómo teníamos tanto morro de meternos allí; dijo, en su propia casa, en un local reservado a los amos de aquella tierra, donde ningún moro asqueroso estaba autorizado a poner sus pies.

Cuando recobré la conciencia me dolía todo el cuerpo. Una amable enfermera de color, negro, me dijo que me hallaba en el Hospital Provincial, que no tenía nada grave, alguna costilla rota quizá; por prudencia habría que esperar a las radiografías. Cierto tipo de traumas pueden permanecer indetectables, pero latentes, y si no se tratan de manera adecuada…

PROBLEMAS…

A mis escasos lectores:

No es que no tenga material para publicar, pero las ganas se me han ido quitando a medida que iba comprobando como a diario y en una proyección que comienza a hacérseme insoportable, recibía en el correo el aviso de comentarios y/o intervenciones que luego resultan ser SPAM. Por este desagradable e incómodo motivo, y mientras no consiga que mis servidores me solucionen el problema, y dada mi ineptitud, que todo hay que decirlo, para manejarme con el tipo de herramientas que eviten esta invasión, por este motivo repito, no voy a subir más… “de nada” a mi página que, si es necesario, acabaré cerrando.

E.J. de L.F.