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LA DERIVA DE LOS ICEBERGS

LA DERIVA DE LOS ICEBERGS

Enrique J. de Lara

editorial CARPE NOCTEM 2018 (262 páginas)

Francisco Campos es uno de los socios fundadores y el único comercial de una pequeña empresa dedicada a la venta de paneles solares. El inicio de la crisis se suma, para él, a otra crisis más personal: la de su matrimonio.
Acosado por una existencia que parece haber perdido repentinamente su sentido, Paco sueña con dejar atrás su antigua vida y embarcarse en un pesquero. Su objetivo no es otro que el de conseguir ver icebergs, esas enormes masas de hielo que pueden llegar a alcanzar zonas cálidas del atlántico y en cuya deriva sin rumbo el comercial cree ver un espejo de su existencia.

 

«La deriva de los icebergs es una novela en la que el paisaje de la costa gallega se convierte en un protagonista más con sus personajes sin rumbo, a los que las corrientes del océano lleva a unirse o separarse, en esta metáfora sobre la soledad del hombre contemporáneo y sobre los lazos personales como el mejor timón para evitar la deriva existencial.»

ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

El octavo día de confinamiento forzoso ya no puedo más y decido salir a la calle. He cogido una bolsa de la compra y me he ido al supermercado. No al que tengo más cercano, he ido a uno en el que antes jamás había entrado. El lugar estaba casi vacío; vacío de gente y de productos. Me he conformado con lo primero que he podido encontrar: un par de pimientos, una barra de pan y un paquete de pastillas para el lavavajillas; lo último se lo he dejado a la cajera cuando he ido a pagar, hace días que no utilizo el electrodoméstico.
Ya en la calle, he regresado de vuelta a casa dando un rodeo. Sé que no es bueno exponerse y que tampoco debemos exponer a otros a un posible contagio que pueda venir de nuestra parte; todos somos presuntos trasmisores. Pero el caso es que lo he hecho; mal hecho. Me figuro que a todos nos pasa, es una cuestión sicológica, de salud mental, estar dándole todo el día a la cabeza tampoco es bueno y yo, aunque soy de los que se entretiene y se busca cualquier ocupación, también sufro los embates de la angustia y la incertidumbre, así es que eso, sí, he hecho mal, pero he regresado a casa despacio, dando un rodeo, disfrutando de un ilegal paseo. Fijándome en aquel vehículo que circula a lo lejos, en esa patrulla de la policía, que cada vez que sorprende a un viandante reduce la velocidad, e incluso se para y le pregunta qué hace por la calle. Llevo mi bolsa de la compra bien visible, para que se sepa de dónde o a dónde voy. A la gente de los perros la policía los tolera. El detalle no me pasa por alto, de hecho, llevo varios días con la idea dándome vueltas en la cabeza, quizá, si tuviéramos un perro… ¡Claro, mis hijas encantadas! Habría peleas para sacar al animal a la calle. Lo que son las cosas, el problema en que siempre he pensado y me ha echado para atrás (uno de ellos) en la idea de tener un perro en casa no existiría. Continúo caminando, despacio, siempre despacio. No hay ninguna prisa en volver. Cerca de casa existe un pequeño parque. Lo atravieso. El lugar está desierto, salvo por los inevitables paseantes de perros; algunos intercambian unas palabras manteniendo una distancia prudencial. Estoy por acercarme a uno de esos grupos para intentar conversar con ellos, de cualquier cosa, pero por fin desisto, no pertenezco a ese estatus de propietarios de mascotas, ¿qué haría yo allí?, con mi bolsa de la compra en la que llevo dos pimientos y una barra de pan. Continúo mi camino, llego al final del parque. Ya solo un semáforo y un corto paseo arbolado me separan de casa. No es necesario ni esperar a que el semáforo se ponga en verde y cruzo, y por fin, un tanto resignado, acometo el último tramo del itinerario. Pero cuando he cubierto la mitad de la distancia, de los árboles que escoltan el corto paseo comienzo a percibir el parloteo de los muchos pájaros que, desde que lo que nos ha sucedido se prolonga, han ido ganándole terreno al tráfago urbano; es como si la ciudad estuviera cambiando de dueños. A los pocos metros llego a la altura de una señora mayor que, sentada en un banco, desmigaja un trozo de pan rodeada por una cohorte de avecillas, que la miran pacientes y a las que importa poco, que yo vulnere esa distancia prudencial que los pájaros comúnmente guardan con los humanos. Cada vez que la mujer les lanza unas pocas migas al suelo, los animalitos se las disputan. Me detengo a contemplar la escena. En un momento dado, a la anciana se le acaba el pan y les hace una señal a los pájaros extendiendo hacia ellos sus manos vacías, como explicándoles que ya no tiene nada para ofrecerles. Algunos levantan el vuelo, pero otros, supongo que los más hambrientos, pacientes, o las dos cosas, se quedan aguardando un incierto futuro, que les depare algo que llevarse a la boca; al pico en este caso. Cuando estoy a punto de reiniciar mi camino, la anciana alza la vista hacia mí y dice: ellos también nos necesitan. Siento un escalofrío recorriendo mi espalda. El pensamiento que también atraviesa mi mente como un relámpago me produce idéntico incomodo. Se me ocurre, que si una patrulla de la policía pasa en este momento por allí y sorprende a la mujer… Se me ocurre, que ella igualmente necesita de esa dedicación que profesa a los pajarillos… Se me ocurre que yo mismo tengo necesidad de los que me necesitan a mí… Todo es demasiado absurdo; me digo por fin, demasiado increíble por verdadera que sea la situación. ¿Quién nos lo iba a decir, que pudiéramos llegar a algo así? Saco el pan de mi bolsa de la compra y se lo entrego a la mujer, y a ella se le iluminan los ojos, y enseguida arranca un extremo de la barra y desmigándola, comienza a ofrecérsela a los pajarillos, que regresan en bandadas y la rodean, y no paran de piar supongo que alborozados. «Si viniese una patrulla de la policía y le pregunta, dígales eso: que ellos también nos necesitan». He pensado en decírselo, pero no lo hago, solo levanto una mano en señal de despedida, a la que la anciana no atiende, está demasiado ocupada. Continúo mi camino y enseguida llego a casa. Allí, se me reprende con benevolencia por mi tardanza y cuando digo lo que he comprado en el supermercado, señalo que aparte de los dos pimientos también llevaba una barra de pan, pero que la he dejado por el camino, porque «ellos también nos necesitan».

21-3-2020

TURNO DE NOCHE

Desde que yo también tengo turno de noche apenas coincidimos. Tiempo atrás, cuando podía acompañarlo en sus correrías nocturnas, lo pasábamos genial. Naturalmente eran otros tiempos, y ya se sabe que las circunstancias son como los tiempos, cambian.
Tuve que aceptar el empleo, la necesidad de una vivienda y los gastos que conlleva la sociedad moderna, trastoca cualquier rutina por muy adaptados a ella que nos encontremos.
En fin, lo cierto es que lo de ahora tampoco es tan malo, más o menos nos hemos acostumbrado a nuestra novedosa situación y además: no hay mal que dure mil años… ¿O eran cien? ¡Bah! Da lo mismo, cuando existe complicidad el paso del tiempo supone una minucia; más en nuestro caso.
Es por eso que cada tarde, a la caída del sol y antes de salir para el trabajo, le plancho una camisa y le dejo preparado su capote preferido; sí, ése, el de las solapas levantadas… ¡Mira que le queda bien al joío!
Lo que más extraño, es no poder verlo con su atuendo recién enfundado. No son celos, pero me da rabia imaginar, que sean otros ojos los que así lo contemplen a la vuelta de cualquier esquina, aunque sepa de sobra que dichas circunstancias… ¡Ejem! Vamos, que echo de menos escuchar el despertador a medianoche, levantarme con él, disfrutar del modo en que, prolijo, se viste para salir a lo suyo…
Eso sí, me lo tiene prometido, en cuanto pase el «pico carnavalesco» de este año, vendrá a hacerme compañía algunas madrugadas al hospital, a pesar de que no para de repetírmelo: ¡Nunca me ha gustado la gente pachucha que hay en estos sitios! Y su recelo es comprensible, pero le tengo preparada una sorpresa. Cuando venga lo llevaré de visita al banco de sangre y nos embriagaremos tomando unas bolsas de nuestros grupos de plasma preferidos. Ya me ocuparé yo, de que no se eche en falta la desaparición. Y es que unos pocos litros no van a ninguna parte.

ANÓNIMA HEROÍNA

Una vez más ha ocurrido. La noche bien entrada, los niños dormidos. Mi marido hace rato se ha marchado al bar, con esos amigotes que me desagradan tanto como él; me dejo adormecer por un programa indeterminado del televisor, aguardando a que llegue la ansiada llamada; siempre es el día de mi cumpleaños, a esta hora en que, quiero suponer, sabes que me encuentro sola. Es tu regalo, lo sé, lo anhelo. Ha transcurrido justamente un año desde la llamada anterior y… No, nada de concesiones a la moralidad, nada remordimientos, ¡nada de haber procurado olvidarte! Eres mi único asidero, el único estímulo desde que mi esposo salió de mi existencia y yo de la suya que, para qué vamos a darle vueltas, sucedió enseguida, en cuanto su vulgaridad pasó a ocupar la primera línea de su atención y nuestros hijos crecieron un poco y yo recuperé tu aletargada memoria, porque ocurrió lo de aquella primera llamada.

Suena el teléfono. Al segundo «sí» que se queda sin respuesta ya no me cabe duda, sé que se trata de tu llamada. Podría haber sido la del otro, el borracho de mi marido, al que encima le dan accesos de celos y le gusta controlarme. Yo no sé que se pensará; o sí, que soy suya.
Pero no, no soy suya y quien llama eres tú, y entonces y como siempre también, viene lo del mudo recordatorio: dos respiraciones que se sincronizan, dos vidas distantes que se funden en el éter de una misma emoción, y el silencio que acontece es, quizá, nuestro fruto malogrado, una efímera ilusión, que en cada aniversario rememora lo que hace tiempo quedó atrás y permanece justo ahí, en tierra de nadie.

Recupero de golpe el jaculatorio instante de aquella última ocasión en que nos tocamos, en que nos hablamos, en que nos miramos, en que merodeé tu cuerpo… Esto jamás voy a olvidarlo. Diez años han transcurrido desde aquello, diez años. Y siempre tú en cada uno de ellos al otro lado del auricular.
Apuro esta fugaz proximidad, pronta a diluirse en mi triste situación… De la tuya nada sé. Se tensa el instante como una goma elástica a punto de romperse, y de lastimar nuestros oídos con su violento chasquido, y ya siento el regreso a ese vacío que embebe mi cotidianeidad y mis circunstancias. Mas existe algo, ese algo que me digo consolándome cada vez, una señal que me indica que aún estamos a tiempo de… Bueno, no sé muy bien de qué estamos a tiempo, pero ello constituye un asidero, endeble, pero un asidero me repito.

Asidero que consiste en imaginar aquellos planes que pormenorizaste con premura y que nos afectaban. Me agradaría sobremanera, oírte decir lo de la ilusión compartida, lo de «todo lo mío es para ti, pero ¿y lo tuyo?». Me mirabas inquisitivo, esperando una respuesta que nunca llegaba. Sé que sufrías, porque no podías evitar decir todo aquello y porque como yo estaba casada con otro hombre, no iba a hacer concesiones, negaría la correspondencia que tú demandabas. Y así llegó nuestro último encuentro, ese último encuentro en que admití haber trazado una línea que jamás traspasaría. Era mentira, lo improvisé sobre la marcha, no existía tal línea divisoria.
Sí, era cierto, me sentía acobardada por la educación recibida, basada en la obediencia y la sumisión, pero también, pensando que eras joven, que lo tenías todo al alcance de la mano. Con despecho dijiste lo del pasaje de avión que te llevaría hacia un destino difuso, donde te aguardaba un trabajo igualmente difuso; bien remunerado al cabo, suficiente para los dos, para los cuatro contando con mis hijos… Aquella ingenuidad tuya todavía me enternece. No lo decías, no hacía falta, pero lo tuyo era una huida hacia adelante. ¿Hiciste bien? Posiblemente sí…, o quizá no. En el último momento insististe: que sabías en qué consiste la felicidad. Yo no te pedí que me lo explicases, me daba miedo… Aunque no, no era exactamente eso, también conocía el secreto de la felicidad. Te amaba, no te lo dije jamás, debías partir sin equipaje, con poco equipaje, era lo mejor.

Luego, durante estos diez años, he sido infeliz y dichosa; a un tiempo. Como sólo se puede ser cuando se vive alimentada por la ilusión inalcanzada, esa que me reporta a una llamada de teléfono, nuestro puntual reencuentro. Me pregunto si lo mío no es puro masoquismo, o si por el contrario represento un ejemplo de anónima heroína; prudente madre que piensa en su progenie y se resigna a imaginar lo que pudo ser.
Y ahora, escribo esta torpe misiva, que precisamente titulo «Anónima Heroína». Nunca he conseguido exteriorizar mis emociones (es un error) y mucho menos la pasión (otro error aun mayor), pero por si el año próximo, como me propongo, reuniera agallas para leerte estas líneas cuando llames, desde ya quiero que sepas que sólo se trata de un preámbulo, que todavía tengo guardadas tantas y tantas cosas que deseo hablar contigo…
Aunque no sé, puede que cuando llegue el momento decida dejarlo para el año siguiente.

SOLO SOY UNA MOSCA (CCC nºXXXI)

Sólo soy una mosca. Sé que mi vida será breve, obviamente mi biografía también, tanto como para que consiga detallarla sin dificultad en apenas catorce o quince líneas. ¡Cielos, llevo consumidas más de dos! El caso es que ayer hacia el mediodía nací y por la tarde ya era mayor de edad. Esta mañana, tras un corto pero intenso noviazgo, del que no deseo olvidar su aspecto más procaz, me uní para siempre a un precioso moscardón de prominente abdomen metalizado… Pero he enviudado enseguida. Su legado: sesenta huevos fecundados y prolijamente depositados por mí en un rincón de cualquier pared. Contemplándolos ahí, ordenaditos, me encuentro a un tiempo tan triste y dichosa… ¡Hijos míos! Confío en que al menos la mitad de vosotros vea la luz y que la mitad de la mitad escape a las telas de araña y demás ladinas trampas que nos tiende la existencia. Cuan cierto es aquello de que la maternidad envejece, me hallo tan cansada… Después de tres días creo que está será la última puesta de sol que contemple. Pero pienso disfrutar al máximo de ella; la edad nos hace creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y por eso, ahora, mientras aguardo la llegada del sueño eterno, deseo rememorar la pasión a la luz de la luna que disfruté con mi amado moscardón.

2º QUERIDO PAPÁ

Papá solía morirse dos veces por semana. Pero su fortaleza era tal, que superaba cada una de sus crisis hipoglucémicas como un ave fénix. De pronto, cuando todos pensábamos llegado su final, abría los ojos mirándonos de uno en uno con expresión entre sorprendida y fastidiosa, hasta que, de manera inopinada, se paraba en alguno de los familiares que asistíamos a lo que pensábamos sus últimos instantes de vida, lo señalaba con un dedo acusador y decía: ¡Tú no eres nada mío!, ¡largo de aquí! El aludido, era un acuerdo tácito, simulando despecho se largaba sin más y, naturalmente, ya no volvía aparecer cuando se nos comunicaba la inminencia del siguiente óbito. El día que Papá tuvo la crisis definitiva, la que finalmente lo llevó a la tumba, sólo quedaba yo. Entonces me sujetó la mano y dijo: ¡Tú si eres mío! Y se murió. Previsor, me había hecho acompañar de un notario, que levantó acta de las últimas palabras de mi querido papá. Creo que sobra comentar que la herencia fue mía y sólo mía.

1º CATENARIA

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Un día lo había soltado así en la mesa del comedor de la pensión. Que trabajaba en la alta velocidad, los trenes bala, ya se sabe… Rio la gracia.
Su dormitorio estaba al lado del mío y algunas noches, cuando me despertaba el traqueteo de su cama, corría a asomarme al pasillo, estaba convencida de que frecuentaba a varios de mis jóvenes inquilinos. Aunque nunca conseguía sorprender a unos u otra entrando o saliendo de su habitación. En determinadas ocasiones, juraría, un siseo, el placentero gemido de una imaginaria catenaria, podía escucharse uniendo el itinerario que separaba ambas estancias.

poemas no escogidos

A LA DIOSA ASTARTÉ

Para qué me sirven las manos
si no es para utilizarlas contigo.
Estas manos exploradoras, indagadoras
de tu piel, recorredoras de tu cuerpo.
Tu cuerpo de diosa modelado
por mis manos egoístas, que al tocarte,
hacen de tu ser un cuerpo compartido,
a través del deseo que transmite a mis manos
el deseo que te procuro con mis manos.

Las insto a entretenerse, a mis manos,
con todo aquello de lo que tu divino ser
se apropia; insto a que se impregnen de tu sudor,
a que arrastren impurezas olvidadas:
un reguero de carmín desdibujado,
un flujo esmaltado en tu epidermis,
restos impúdicos de amor abandonado,
mies recolectada; por mis manos.

Te hago mía, te doy mis manos
e imploro, aunque no te lo diga,
que también deseo tus manos,
sí, que en sentido inverso repitan
todo aquello en que se aventuran mis manos,
hasta que por fin suceda ¡claro!
que tus manos se encuentren con mis manos.

HOTEL DEL AMOR

1.

AMOR SIN AMOR

No te escribiré versos de amor, lo juro.
No perseguiré tu rastro en el atardecer,
ni pasearé por calles. No entraré en bares,
no esperaré tu llegada ni añoraré tu partida.

No desvestiré tu memoria, no y no.
No te seré infiel (tampoco fiel), simplemente
no te seré nada; lo digo, proclamo y
por si acaso insisto: no te amaré.

Jamás te lo habían dicho antes ¿verdad?
(jamás se lo había dicho a nadie)
que te amarían aún antes de jurarte
la tontería esa que te he jurado yo,
lo de los versos de amor,
lo del atardecer, lo de los bares, las calles…

No, no sé escribir versos de amor.

 

2.

HOTEL DEL AMOR

Habitación trescientos trece,
sube el ascensor,
hotel del amor.
Hotel Continental, follamos sin amor.
Otros se aman en la trescientos quince,
en la trescientos once, en la…

Te quise amar,
nunca follaremos por amor.
Baja el ascensor,
nunca follaremos por amor,
nunca…

 

3.

NORTE

Me gustaría llevarte al norte,
alejarte de la aprensión,
apartarte de los recelos,
aproximarte a nosotros,
al sur del pasado, al norte
de lo que tengamos que ser.

¿Tengamos? Mejor tuviéramos.
Tengamos es arrogar, es afirmar,
tuviéramos es suponer, nos supone.
Concluyo pues, mejor así, que sí,
que probablemente yo te querría, pero
y ¿tú?

Nunca me lo vas a decir ¿verdad?
Que te gustaría ser transportada al norte,
a ese hipotético y épico
punto magnético, donde estemos juntos,
sí, cerca de nosotros dos.

 

4.

HABITACIÓN DE HOTEL

Habitación de hotel,
camas separadas,
una toalla seca y otra empapada,
un vaso afuera del celofán,
en la ducha restos de semen y de jabón.
Me asomo a la ventana,
llaman a la puerta,
desayuno para dos; sólo estoy yo.
No, que ya no quedan
individuales en el hotel.

Habitación de hotel,
doble habitación de hotel.
¿Qué fue de nosotros
desde aquella, la última vez?
Me asomo a la ventana,
cruzas la calzada que separa
las camas de nuestra habitación.
Llaman a la puerta,
camas separadas,
que vienen a llevarse el desamor.

 

5.

MENSAJE

Dejé el mensaje guardado en un cajón,
devuelvo la llave de la habitación:
Trescientos trece, recepción,
es noche otra vez,
perdido, perdido…,
adónde… Es volver.
¿Le faltará el contenido
al mensaje que dejé?
Me falta la razón,
Me faltas tú.

Choco de bruces con el anochecer,
no quiero volver,
no vas a volver; así sucede.
No me esperan cartas en recepción,
trescientos trece,
en el cajón recupero
el mensaje que te dejé.
Dudo entre beber, llorar o…
Todo sin ti.
Rebusco en otro cajón,
hallo un olvido, tu ropa interior,
rompo el mensaje que te dejé:
me excito, imagino, masturbo
y te amo.

 

6.

BAR DE HOTEL

Busco en el bar del hotel;
me encuentra una puta
y un camarero que es maricón,
ambos me ofrecen placer,
apuro una copa,
no quiero follar sin amor,
se lo digo a los dos,
se ríen de mí,
entra una sombra en el ascensor,
dejo el dinero de la consumición,
corro a tu encuentro,
subo escaleras, atajo distancias,
rastros de añeja pasión.
Abro la puerta de mi habitación,
al final del pasillo se cerró el ascensor.
Flamígera sombra, tafetán que ondulas,
mano que agita mi turbación,
mano de adiós.
Busco en el bar del hotel,
tomo una copa con una puta
y con un maricón,
les propongo placer; sí, con los dos.

 

7.

GEOGRAFÍA DEL AMOR I

Cómo será el tacto de tu piel,
cortejarte con aquél, el único fin
de hallarte postrada a los pies
de los dioses que gobiernan
la geografía de tu anatomía;
sin concesión, sin apostura.

Cómo el cabalgar lo venusino,
descender hasta tus pies,
trepar a las axilas, saborear un rastro,
acariciar la yema de tus dedos.
Y el brillo cristalino de esos ojos
¿qué me dirán? ¿consentirán?

Dejo aparcados dioses y geografías.
Pero…
El tacto de tu piel ¿cómo será?

 

8.

GEOGRAFÍA DEL AMOR II

La puerta de la habitación,
antesala blanca de tu piel,
luego un angosto pasillo,
a la izquierda el lavabo:
tu faz que se contempla en un espejo,
tu boca se enjuaga, escupe pesadillas,
detrás me veo; te observo:
cuan calmo placer,
me hallo en tus ojos,
sorprendidos, metódicos,
procaz mirada, regular parpadeo
que ofertan y acepto. Pero, súbitamente
tu mirar se hace abstruso y…
A la derecha, la estancia,
devora un lienzo flamenco
y en él, no lo dudo, se te imita;
sí, otra vez tu piel, y al lado
yo, sí también me veo,
y siento, ¡Sí, sí, también!:
me apoyo en la almohada,
me aferro al dosel, te ansío
en la cama, en el sueño… el placer.
Ventanas que calcan las luces de afuera,
espadas brillantes de oblicuos aceros,
zapatos de vidrio que quiebran tus pies,
flotando han dejado un rastro de piel.
Transito una senda:
que me orienta, que no alcanzo,
que me guía, que me ofusca,
que sólo me pertenece a mí,
es mi geografía del amor.

 

9.

FINAL DE CIELO

En el final del cielo
un punto de luz, una estrella:
te admiro. Y entonces los ojos
-te sueño- se cierran.
En mi habitación sucede,
sobre las ajadas sábanas
de este lugar ajeno, de esta
iconoclasta trescientos trece;
que soy un indocumentado
debajo de un cielo
que huele a ausencia, a cieno,
a colchón meado y follado y
jurado y torturado incluso,
pero también amado.
Sí, yo te hubiera amado,
pero ahora solo me queda
un punto de luz, una estrella,
un final de cielo,
y ya no me restan fuerzas
para nada más.
Te admiro, te sueño.

 

10.

ANIVERSARIO

Si no negaras, pensaría: sueña;
que tampoco a imaginar me induces,
por brillantes que puedan ser las luces
con las cuales pretendes ser mi dueña.

Más sea por eso, porque así lo dices,
que aquellas, tus pasiones, mal digiero,
que a la suave caricia, yo prefiero
el embeleso, purgatorio de infelices.

Que me dejes, suplico por lo tanto,
celebrar solitario aniversario,
aguardar amparado por el manto,

que resguarda a este corsario
desterrado por osar a tus encantos;
exceso de fervor es mi sudario.

 

11.

CIEN TRISTES CIELOS.

En cien tristes cielos
se descomponen los instantes
de nuestra pasión; los ordeno,
los clasifico por intensidad y emoción,
me entretiene hacerlo, aclara mi razón.
Luego, cuando los tengo así, organizados,
son como los lugares de este hotel:
habitaciones pares e impares,
buenos y malos momentos,
un poco de emoción, algo de sexo,
promesas, compromisos…
¡Nada! En realidad y ahora, el instante
se asemeja a este o aquel alfeizar,
desde el que contemplo ensimismado
tras la ventana de mi trescientos trece;
estrecho ámbito, punto de partida,
impar ubicación de inmigrantes.
Eso y la enfermiza obsesión por el pasado.
Porque ya eres pasado, te descompongo,
así de sencillo, desnudado soy de ti,
de los cien tristes cielos
que sobre nosotros fueron arriostrados.
Sólo me queda un barrunto de memoria,
que dice: ¡te amé!
Sí, eso también.

 

12.

PARTIDA.

He dejado la entrada entornada
y arrumbado los restos compartidos
en nuestra habitación; los restos de la nada,
que luego he ido esparciendo
a lo largo del pasillo,
que conduce adonde baja
la escalera del adiós.

Suena el tono de un teléfono;
pienso: en algún lugar alguien desea.
Por última vez, recepción;
queda la llave, entregada, en su casilla,
quedan también cartas sin abrir.
Es para mí, fantaseo, la llamada
es para mí. Y las cartas…

Pago, me voy, alguien aguarda
en la salida, puerta giratoria,
esa puerta que no se detiene jamás,
y ese alguien, desconcertado, no acierta
a ofertarme una mirada, una palabra,
una señal, un simple: ¿estás ahí?
que nos detenga a la puerta y a mí.

Es mi partida, no persigo;
y deseo decírselo a ese alguien,
que no mendigo vaguedades.
La puerta giratoria que da vueltas,
sin cesar. Las puertas giratorias
que expulsan los porqués,
o que los rescatan en el último momento.

Por lo tanto, ahora sé que no decido,
que no hay entonces. Y no pretendo
darte alcance. Especulo: ya no cabe,
no procede, ya me he ido…
Y sin embargo, al cruzarse nuestros ojos,
en las hojas giratorias de cristal,
lo he gritado ¡Sí! al pasar,
que por pasar ya fuimos.

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

La amenaza de tormenta cesó, era la señal para hacerse a la mar y cruzar la franja de agua que los separaba de la Tierra Prometida.
El patrón los fue apretujando de mala manera en el fondo de la embarcación. Los insultaba, los amenazaba, los trataba sin miramientos.
Aisa se acomodó lo mejor que pudo. La tripa le pesaba horrores, y ahora también le dolía. No le había dicho nada a Jartum, su compañero, pero creía que el parto se produciría pronto. No le había dicho nada a Jartum, ni al patrón de la patera, ni a nadie; de hacerlo no la hubieran dejado embarcar y ella deseaba que su hijo naciera en la Tierra Prometida.
La amenaza de tormenta cesó, pero el cielo nocturno permanecía manchado por aquella inquietante neblina, que ahora además raseaba la superficie del mar. La neblina impedía ver la luna y las estrellas, ninguna luz. El escenario perfecto; pensó el patrón de la patera; pensaron muchos de los embarcados, y pensó Aisa, animada porque al otro lado de la niebla se hallaba la Tierra Prometida. Sólo unos pocos kilómetros; volvió a reflexionar, y luego nada podría impedir que su hijo creciera como crecen los hijos que viven al otro lado: con zapatos, con comida, con colegio y educación, con dignidad todos los días de su vida… Ella y Jartum se habían conjurado, para procurar a su hijo lo que la justicia exige para todos, todos los días de su vida…

El motor de la patera rugió a plena potencia en cuanto el patrón enfiló el nordeste. A poco de salir a mar abierto, éste se tornó bravío; los golpes bajo el pantoque se sucedieron violentos, intimidatorios para aquel pasaje poco o nada acostumbrado a un entorno que percibían hostil. Muchos inmigrantes se abrazaron asustados, rezando en su lengua, en su religión, que al igual que todas las religiones persevera en lo mismo, la concordia entre los hombres. El patrón los miraba con indiferencia; en realidad los despreciaba, significaban la mercancía que debía llevar a su destino para enseguida regresar a por más. También, taladraba con su mirada aquella niebla pegajosa: nada a babor, nada a estribor. Al rato pareció calmarse un tanto, cuando a proa, las lucecitas de las poblaciones comenzaron a perfilar la línea de costa a la que se aproximaban; o sea, para el pasaje la Tierra Prometida. No obstante el patrón recelaba, lo hacía siempre que cruzaba el estrecho con su cargamento de migrantes ilegales. Los despreciaba; pensó.

De pronto Aisa se estremeció. Las contracciones aparecieron de manera súbita, y se sucedían regulares; ya no pudo disimular lo que estaba a punto de ocurrirle. El frío añadió un componente estertóreo a las contracciones y ello acrecentó la congoja de un Jartum que se aprestó a asistir a su compañera. Algunos de los que estaban cerca también se percataron de la situación. Lo peor sin embargo, fue que el patrón de la patera supo que aquella mujer estaba a punto de parir en mitad del estrecho. Y aquello lo enfureció; farfulló palabras amenazadoras señalando a Aisa. Esa mujer es una carga; dijo haciendo un gesto a los dos esbirros que lo acompañaban. Las miradas de éstos no presagiaban nada bueno, pero entonces Jartum esgrimió un cuchillo, y enseguida alguien de los que estaban a su lado lo imitó, y luego otro se interpuso entre aquellos malvados y Aisa. Y por fin un cuarto y un quinto…, en fin, todos los inmigrantes, migrantes, inmigrados, expatriados, emigrados, llegados, trabajadores…, que cualquiera de los sinónimos empleados resulta válido cuando se trata de exaltar la solidaridad, instaron al patrón de la patera para que permaneciera atento a lo que debía estar, que era llevarlos a la Tierra Prometida.

Aisa gemía. Jartum le habló procurando mostrar serenidad. Le dijo que la Tierra Prometida estaba a la vista. Pensó en algo con lo que entretener a su parturienta compañera, e hiló una historia que acababa de recordar, narraba la aventura de tres reyes en busca de un recién nacido; se trataba de una historia que había escuchado allá, en su aldea del África Ecuatorial. Se parecía a la historia de los reyes de oriente que todos en occidente conocemos, aunque no tiene por qué ser la misma; cualquier bella historia es patrimonio de quien la difunde y al parecer allá, en la aldea del África Ecuatorial, se afirmaba que el acontecimiento sucedió en… Jartum procuraba imprimir a su historia, de eso que denominamos tensión narrativa, necesitaba acaparar la atención de Aisa: «…los tres reyes, hallándose descorazonados, perdidos, fueron guiados por una estrella que iba dejando tras de sí una larga estela. Aquella estrella les marcó el camino…» Aisa dio un grito en el momento de romper aguas, y levantó una mano hacia un cielo emborronado por la calima. Entre contracción y contracción, con voz entrecortada, interrogó que si aquélla era su estrella. Jartum escudriñó la noche, en el instante en que un reflector lamió la cresta de las olas.
El patrón hizo amago de dar la vuelta al tiempo que gritaba ¡Guardia Civil! Pero Jartum, y los otros, dijeron que no, que no era la Guardia Civil, se trataba de la estela de una estrella, la estrella que los guiaba a la Tierra Prometida. El patrón insistió: ¡Guardia Civil! Y comenzó a girar la patera. Jartum y todos los demás inmigrantes, migrantes, inmigrados…, ya se sabe, volvieron a enfrentarse al patrón y sus esbirros. Les ordenaron: ¡No, Guardia Civil no! ¡Ve hacía la luz! Ella es la estrella que nos guía, emisaria de la Tierra Prometida.

LA LLAMADA DE TELÉFONO (un cuento de Navidad)

Había salido aquella tarde, a realizar unas obligadas compras para la cena de Nochebuena con la familia. Señalar que la familia se había visto tristemente menguada en los últimos años; sobre todo echaba en falta a mis progenitores. Los había querido mucho, habían sido unos buenos padres, como esperaba serlo yo para mis hijos, pero… Me estoy desviando. Como decía al principio, había salido aquella tarde con el objeto de realizar algunas compras. Ya me encontraba de vuelta a casa, atrapado dentro de mi coche en mitad de un atasco monumental y agotado por el tráfago al que, no olvidemos, aportaba mi granito de arena. Mantenía clavada la vista en un semáforo del que sólo me separaban unas decenas de metros, pero que al permanecer abierto menos de un minuto cada vez que se ponía en verde para los coches, apenas me permitía avanzar. Allí, junto al paso de peatones, se agolpaba un gentío, que enloquecido se lanzaba a cruzar la calzada en cuanto el muñequito pertinente se ponía en movimiento. Mas de pronto, mi vista se fijó en una de esas otras personas, que nos resultan invisibles a lo largo del año y que por una extraña circunstancia de empatía navideña (quizá mal entendida) acaba despertando nuestra conciencia. Cuando por fin me situé a la altura del semáforo y contemplé de cerca la cara de aquella persona, un anciano y enjuto mendigo, que solicitaba a los conductores “una limosna navideña” escrita en un cartel que le colgaba del cuello, sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo. El mendigo vestía un abrigo de espiguilla desastrado y pasado de moda, que además le quedaba grande; un abrigo idéntico al que en tiempos tuvo mi padre y que habíamos donado a una oenegé tras su fallecimiento; en mi obsesión, incluso creí ver en el mendigo las mismas facciones de mi progenitor enterrado hacía un lustro. Él, mi padre, había fallecido de manera penosa en un hospital, solo, sin que ninguno de sus seres queridos estuviera acompañándolo en ese trance final. Recuerdo que el mismo día había ido a visitarlo por la mañana y lo encontré razonablemente bien, a pesar de que en los últimos tiempos se le hubiera ido la cabeza y no parara de reprocharme que cualquier día nos olvidaríamos de que existía y acabaría muriendo solo, como así sucedió. Yo siempre había sentido un profundo remordimiento, cada vez que pensaba en aquel triste desenlace; dicen que quien pierde un ser querido en determinadas circunstancias, es acompañado a lo largo de su vida por dicha sensación de no haber obrado de manera adecuada. Pero no quiero desviarme otra vez…

Por la razón que fuera, el mendigo no se detuvo a la altura de mi coche y siguió caminando entre los otros vehículos mostrando su cartel; algunos conductores bajaban la ventanilla y le daban algo. El escalofrío que primeramente había experimentado cuando creí identificar a mi difunto padre, mutó al rememorar el habitual sentimiento de culpa al que acabo de aludir. En mi turbación, reaccioné apeándome del coche, quería llamar la atención de aquel anciano, atraerle hacia mí, hablarle, pedirle disculpas quizá, por algo que sin duda él no acertaría a comprender. ¿O puede que sí?
El semáforo se puso en verde para los coches y desde todas partes se me comenzó a increpar para que regresase a mi vehículo y reiniciase la marcha. Dudé. El mendigo, aunque alejado unos metros de donde yo estaba y semioculto entre la gente de la acera adonde había regresado, pareció percatarse de que me estaba dirigiendo a él e intentó abrirse paso hacia mí. Pero en ese momento apareció un agente de policía local, ordenándome autoritario que montase en el coche y me largara.
Justo cuando superaba el semáforo, en el que ya se agolpaba la nueva remesa de peatones para cruzar cuando les llegase el turno, observé emergiendo entre la multitud, una porción de aquel abrigo que había creído identificar como el que perteneció a mi padre. Del puño de una manga, sobresalía una mano huesuda sujetando lo que enseguida reconocí como un teléfono móvil. La mano agitó el ingenio electrónico con vigor, quizá con premura, y a continuación tanto uno (el mendigo entre el gentío), como otro (yo conduciendo mi automóvil), fuimos absorbidos por la vorágine del instante.
Intenté detenerme algunos metros más adelante, con la intención de apearme del coche, echar una carrera y reunirme con el anciano del abrigo, pero otra patrulla urbana me lo impidió. Opté entonces por dar una vuelta a la manzana y volver al semáforo. Para cuando lo conseguí, veinte minutos más tarde, el mendigo había desaparecido.

Entré en casa dubitativo, el encuentro me había perturbado. Sólo cuando me senté en el sofá y comencé a relajarme, mi cabeza recuperó el detalle del abrigo con la mano agitando el teléfono. Me acometió un nuevo sobresalto y actué sin pensármelo. Tomé mi móvil, consulté la agenda y allí estaba el número de mi padre. Desde que falleciera, jamás se me había ocurrido borrar el contacto del listín. Pulsé la tecla de llamada. El teléfono comenzó a emitir tono. Al cuarto timbrazo descolgaron y una voz familiar, muy familiar, dijo: «Feliz Navidad hijo mío». Y enseguida se cortó la comunicación.

19-12-2019