XENOFOBIA

De CCC (Cien Cortos cuentos).

V. “XENOFOBIA”

 

          Siendo joven, mi padre se fue a trabajar a Alemania. En su pueblo de España no había na. En Alemania, mi padre trabajó como un burro. Yo nací allí y de allí decidí volver a mis orígenes con intención de no abandonarlos jamás; solo regresaría a Alemania para visitar a los amigos. Por lo visto, mi padre dijo algo parecido, cuando se vio obligado a marchar de su país para no pasar calamidades.

Mi padre me había inculcado cierto valor que consideraba fundamental, un distintivo de nobleza; decía, de nuestro terruño de procedencia: “allí nunca se trataría a un inmigrante como a él y a otros compatriotas en ocasiones se los había tratado”; lo de la xenofobia no iba con nosotros, lo habíamos sufrido en nuestras propias carnes y por eso…

Cercano ya a mi destino, recién abandonaba la estación de tren, un par de muchachos marroquíes me abordaron: que si sabía cómo se llegaba a…; preguntaron. Precisamente pretendían desplazarse a mi pueblo, es decir, al pueblo de mis padres, adonde me dirigía yo. Aspiraban a trabajar en los invernaderos; en su país se decía que aquello de los invernaderos era una buena opción. Me ofrecí a llevarlos en el taxi que acababa de tomar. El taxista me puso mala cara, me preguntó que si llevaba dinero, le dije que sí. Aunque no pareció muy convencido arrancó el coche; en un arrebato de altanería le dije que esperase. Me apeé del vehículo e invité a los dos marroquíes a que me imitasen; tomamos otro taxi. Ellos; pensé cuando estábamos de camino, los muchachos marroquíes, iban en busca de futuro y yo también, aunque mi futuro partiese con ventaja, estaba previamente tamizado por un pasado conocido de oídas. Ellos, los muchachos marroquíes, querían echar raíces y yo reabonar las mías.

Me enteré de lo que estaba acaeciendo en la comarca bruscamente, cuando nos bajamos del taxi y entramos en aquel bar. Varios parroquianos, increpaban a voz en cuello la crónica inaudible del locutor televisivo. Un titular rezaba: “XENOFOBIA EN LOS INVERNADEROS”. Todos se nos quedaron mirando; de pronto a los parroquianos les dejó de interesar la televisión, el locutor y la noticia. Enseguida, uno nos amenazó puño en alto: que cómo teníamos tanto morro de meternos allí; dijo, en su propia casa, en un local reservado a los amos de aquella tierra, donde ningún moro asqueroso estaba autorizado a poner sus pies.

Cuando recobré la conciencia me dolía todo el cuerpo. Una amable enfermera de color, negro, me dijo que me hallaba en el Hospital Provincial, que no tenía nada grave, alguna costilla rota quizá; por prudencia habría que esperar a las radiografías. Cierto tipo de traumas pueden permanecer indetectables, pero latentes, y si no se tratan de manera adecuada…

PROBLEMAS…

A mis escasos lectores:

No es que no tenga material para publicar, pero las ganas se me han ido quitando a medida que iba comprobando como a diario y en una proyección que comienza a hacérseme insoportable, recibía en el correo el aviso de comentarios y/o intervenciones que luego resultan ser SPAM. Por este desagradable e incómodo motivo, y mientras no consiga que mis servidores me solucionen el problema, y dada mi ineptitud, que todo hay que decirlo, para manejarme con el tipo de herramientas que eviten esta invasión, por este motivo repito, no voy a subir más… “de nada” a mi página que, si es necesario, acabaré cerrando.

E.J. de L.F.

ENTREVISTA EN LA EMISORA 1110 DE BUENOS AIRES

A finales de julio el corresponsal en España de la emisora de radio argentina 1110, VICTOR CLAUDÍN, que emite en Buenos Aires DF, me realizó la entrevista que adjunto mediante enlace y que ha sido emitida el 12/8/2017.

https://ar.ivoox.com/es/enrique-javier-lara-audios-mp3_rf_20404630_1.html

Salud.

E.J. de L.F.

Cien Cortos Cuentos II. INOPORTUNIDAD

Aguardo impaciente. Es nuestra primera cita.

De manera inopinada había conseguido acercarme a aquella hembra de postín venida del septentrión. Y lo había conseguido yo, que no soy precisamente guapo. Pero al lograrlo me convertí en el centro de atención, en la envidia de mis amigos y compañeros de facultad.

El primer día que entró en clase (¡benditos intercambios universitarios! Pensé) todos los tíos (y alguna tía) nos quedamos con la boca abierta. ¡Qué formas! ¡qué rotundidad! ¡qué… qué…! ¡Increíble!

El caso es que, como decía al principio, yo, un vulgar mortal, un sosaina, no podía ni siquiera fantasear con la posibilidad de merecer su atención; de ligármela ni hablamos… Pero ha sido que sí.

La interioridad de cada individuo es un rasgo distintivo de nuestra especie que, a unos más que a otros, confiere originalidad y gracejo, por eso no quiero darle más vueltas al contexto de mis méritos. Los compañeros no daban crédito, sobre todo Jaime, el guaperas oficial, que seguro contaba con llevársela al huerto. Y sin embargo, mira por donde a ella le llamó más la atención mi aspecto desvalido, esa lánguida mirada de cervatillo que acaba de quedarse sin su mamá y que tan bien sé componer. Todos allí, en la fiesta de confraternización de la facultad trasegando alcohol y otras cosas, procurando manosearse los unos a las otras, riendo las chorradas de los payasetes de turno, y Nicole que va rehuyendo al pesado de Jaime, y al resto de los moscones, y se pone a mi lado y entonces me sonríe y yo, que seré enclenque pero no gili, le entro como puedo, o sea torpemente. Sin venir a cuento le pregunto que si le gusta el cine y luego, cuando con una mirada chispeante me contesta que le encanta, como el que no quiere la cosa, dejo caer que seguro que pasear en buena compañía también… Y eso, que mi conjetura parece que la desarma. De nuevo esos ojos grandes y azules trasmitiéndome todo lo trasmisible, y a continuación va y me endosa un beso en la boca y agrega que algunos españoles somos demasiado indecisos (dame tiempo y verás, guapa; pienso) y que, desde que llegó, no ha hecho más que buscar el modo de acercárseme, y también que quiere que vayamos al cine y luego sí, que demos un paseo por la ciudad y más, mucho más, que desea saberlo todo de mí…

Y yo no paraba de mirar alrededor, buscando esa más que probable complicidad entre Nicole y las supuestas amigas a quienes habría garantizado divertimento a costa mía… Pero no, no existía nada de esto.

Así es que aquí estoy, esperando a que llegue la normanda, en la parada del autobús. Lo tengo todo planeado: he elegido una película intranscendente y diseñado un itinerario tendencioso para el posterior paseo. Por supuesto me he aseado y escogido lo mejor de mi vestuario. Lo único… Qué inoportunidad, justo en este instante, me desazona a más no poder cierto humor espeso anclado en las profundidades de mi tabique nasal. Voy a ver si así… con disimulo… haciendo palanca con el dedo meñique… ¡Ump! ¡Arg! ¡Qué horror! ¡Qué verde, qué proporciones, qué asquerosidad! ¡Incluso a mí, su involuntario hacedor, me provoca repulsa!

Y el autobús que se ha detenido en la parada en tan crítico instante y las puertas que se abren justo donde estoy y… ¡Sí! ¡Trágame tierra! ¡Es ella! Lo ha visto todo: mi dedo hurgando en la nariz, la extracción del tremendo grumo y esa instintiva reacción de restregármelo en el costado del pantalón, cuando me sé descubierto en lo más comprometido del momento.

Una nausea acomete a Nicole. Se queda como pasmada. ¿Duda? Creo que ni eso. El autobús cierra sus puertas y enseguida se aleja con Nicole dentro. ¡Esto no puede estar sucediéndome!

CIEN CORTOS CUENTOS: I. Comerse el mundo

Cuando mi esposa dejó de amarme comenzó a referirse a mis defectos sin ambages. Y el caso es que reconozco que sí, que siempre tuve muchos. La falta de carácter; decía ella, es lo que más me había lastrado hasta entonces. E insistía en que mi fatuidad acabaría por hacer que me disipase como el don nadie en que me estaba convirtiendo… ¡Eso jamás! Pensé en silencio, porque yo, ya, todo lo hacía en silencio.

Intenté rebelarme contra aquél, mi supuesto destino, y puede que contra mí mismo.

A fuerza de tesón y disciplina fui acopiando energía, y por fin llegó un momento en que logré sentirme un ser definido, sólido, concreto, sabedor de que había ascendido hasta un nivel de seguridad personal inimaginable tiempo atrás. Estaba dispuesto a comerme el mundo.

Pero comerse el mundo es una tarea ardua; pensé enseguida, requiere, entre otras cosas, de tenacidad. Y bueno, ¿no habíamos quedado en que precisamente la tenacidad era un rasgo de mi naturaleza? No partía de cero. Me pondría manos a la obra desde ya…, bueno, a partir del día siguiente.

Madrugué mucho. Apenas percibí la primera claridad salté de la cama, me lavé la cara, me afeité concienzudamente, desayuné, me puse la mejor americana que encontré en el armario y salí a la calle. Pero justo entonces, allí, frente al portal de mi casa, la mente se me quedó en blanco y mi supuesta solidez se vino abajo como un castillo de naipes. ¿Sería por culpa de aquella mañana tan luminosa? Me pregunté. ¿O acaso volvía a disipárseme el carácter? Lo cierto es que de pronto no supe por dónde seguir. Definitivamente; razoné, lo de comerse el mundo es una tarea ardua.

Estaba paralizado, como aguardando no sé muy bien qué; tampoco soy capaz de precisar el tiempo que permanecí así, pues enseguida tuve la certeza de que en concreto había perdido eso, la noción del tiempo, y puede que del espacio…

Obviamente, el mundo no iba a detenerse por mí. Con esto quiero decir que desde el instante en que me quedé allí, atrapado frente al portal de casa, no han parado de entrar y salir vecinos.

Todos sin excepción me ignoran, no se me presta atención. Los veo llegar (o marcharse) y parece que van a arrollarme sin contemplaciones, pero en el último instante hacen un requiebro, ¿o quizá es el espacio/tiempo que nos repele, que se contrae y expande, que goza de voluntad propia? No sé, el caso es que jamás llegamos a chocar los unos con el otro; obviamente (no puedo explicar lo de obviamente, pero así me resulta, obvio) tampoco se me dirige la palabra. Una situación incómoda cuando menos ésta mía…

Y luego está lo de ella. Al caer la noche (ya he perdido la cuenta de las noches que llevo anclado aquí) aparece mi esposa. Vendrá de vuelta del trabajo… ¿De dónde vendrá? Es curioso, hasta hoy (por aquello de asirme a una referencia temporal), de peor o mejor manera lo había sobrellevado; sólo hasta hoy, puesto que hoy mi esposa no ha llegado sola. Venía agarrada a un tipo que le cuchicheaba al oído cosas que debían hacerle mucha gracia, puesto que no paraba de reír. ¡De ninguna manera! Me he dicho entonces, a estos no les permito entrar, les corto el paso; me he interpuesto en su trayectoria. Pero como en tantas ocasiones, justo se han soltado del abrazo a escasos centímetros de mí, ejecutando una hábil pirueta, un paso de baile que me ha sorteado con efectividad. Inmediatamente mi esposa ha sacado las llaves del portal y ha abierto. El tipo que la acompañaba ha entrado delante y ella, antes de cerrar la puerta tras de sí, ha echado un vistazo adonde yo estaba. He notado como nuestras miradas se cruzaban; o mejor dicho, he notado como la suya traspasaba la mía y parecía perderse a mi espalda, incrustándose en la nocturnidad. Y es que ella; quiero imaginar, de pronto me ha recordado. Y lo que imagino ha recordado me desconcierta. Imagino que ha recordado que fui transformándome en un ser vil y en un mediocre a medida que nuestra vida en común sumaba años, se vulgarizaba y disipaba, y que, como tantas otras noches, ésta también me dejaría afuera si de pronto reapareciese. Es más, estaría encantada de poder hacerlo, me daría la espalda haciendo innecesario cualquier intento de aclaración. ¿Verdad?…

¿Debo asumir pues que nunca volveré a entrar en casa, ni a compartir la cama que fue nuestra, nada de nada?…

¿Cómo hacerte entender que lo de aquel día no fue que abandonase el hogar, sino que de pronto fui expulsado por éste y que para poder recuperar lo que fuimos antes debería comerme el mundo, demostrar mi carácter, merecerte?…

Mas ciertos detalles me indican que he fracasado y lo que es peor, que en algún momento me extravié en el empeño y ni siquiera soy consciente de que el mundo es quien me ha comido a mí, y prácticamente me tiene digerido.

UNA LUZ EN EL ESTE

“El presente relato, escrito hace más de veinte años, permite entrever los anhelos y frustraciones de una generación, la mía, que el correr de los años me ha demostrado no hallarse tan distante de los tiempos actuales, mi consideración para los afectados de una y otra”.

 

Tenía bastantes menos años, tenía un buen empleo; desde el punto de vista económico algo mejor que los que le han seguido a posteriori, en el profesional tan ingrato como cualquiera.

Lo que más valoro de aquel tiempo, tal vez lo único, es la juventud, a pesar de la ingenuidad a ella asociada y que en mi caso alimentaba la convicción de que todo lo bueno puede llegar en esta vida y nada, en principio, resultaba inabordable. Pensaba que yo, con mi esfuerzo, estaba a punto de abrirme paso, de triunfar en el inhóspito mundo laboral. Lo tenía claro: el éxito pasaba por medrar a toda costa. Pero ¿y los demás, quienes me rodeaban, los compañeros de trabajo?… Bueno los demás eran eso, simplemente otros, rivales que no me interesaban.

Un buen día dejé de ir al bar de parados y ociosos donde me reunía con mis amigos de siempre. De hecho, la obtención del inopinado y aceptable empleo, hizo que me apartase de aquéllos de manera definitiva. Por supuesto; reflexionaba, los amigos serían sustituidos por otros, personas de mi entorno laboral, que con seguridad no serían gente de fiar. El detalle carecía de importancia.

Tuve, eso sí, que superar un largo y penoso proceso de adaptación, jamás he soportado las rutinas a las que somete el entorno laboral, la repetición tiende a irritarme, pero le eché inventiva; ahora entiendo, exceso de inventiva.

Mi generación no había sido adiestrada para lo del trabajo prolongado, perpetuarse en una misma empresa comenzaba a ser fenómeno del pasado; mi generación era una generación de empleados intermitentes, de asalariados a tiempo parcial. Por esto, como acabo de decir, pasaron muchos meses, años, hasta que logré tolerar mi no tan novedosa condición; ya se sabe: rígidos horarios, atascos de tráfico, prisa para todo, cuando mi realidad anterior pasaba por la vuelta al paro, a los amiguetes del barrio, al bar…, tras trabajar en lo que fuera durante unos meses, semanas incluso. En fin, que cuando mis circunstancias cambiaron de pronto, primero quise entender que ello significaba el tributo del éxito, para enseguida saberme liberado del lastre que suponían mis antiguos amigos, aquellos que continuarían atados de pies y manos al bar, o a sitios peores, porque los tiempos que nos había tocado vivir no daban para más; toda una proeza digna de admiración lo alcanzado por mi parte…

Sin embargo, el pasado parecía no estar dispuesto a dejarme tranquilo. Cierto día, uno de los pocos amigos con los que aún me trataba, el filósofo lo motejábamos, osó decirme que quizá había errado el camino. Afirmaba que el bar, la pandilla, el barrio, todo aquel entorno nuestro, no tenía por qué ser abandonado por mi maldito trabajo… Así lo calificó, “mi maldito trabajo”. E incluso se atrevió a ir más lejos, afirmó que había hecho mío un rol en el que no me veía, que siempre seguiría siendo uno de ellos, que de una u otra manera, todos nosotros ejemplarizábamos la derrota de nuestra generación y que por mucho que me empeñase en lo contrario, los años volverían a reunirnos.

Lo de mi amigo me hizo pensar. Precisamente ahora que pensar ya no era vital para mí, mi amigo me hacía pensar… Dejé de verlo a él también. Consideré que lo suyo no era más que filosofía barata disfrazada de pura envidia. Entendí que ya no me hacían falta los amigos, mejor los sustituiría por compañeros de trabajo.

Y fue entonces, al centrarme en mi nueva etapa, cuando me creí en el derecho, quizá en la obligación, de sentirme alguien afortunado. ¿Acaso aquello que me estaba ocurriendo tenía que ver con la felicidad?

Pronto olvidé el bar de parados y la incertidumbre que me había ocasionado semejante etapa de mi existencia. Por fin me hallaba en condiciones de librarme del pasado, de beneficiarme con la buena luz de la estrella que me guiaba.

Me vi ascendiendo a la carrera en la escalinata social. Disfrutaba de un bien ganado estatus y pertenecía a una empresa sólida en la que había conseguido posicionarme, porque siempre me mantenía atento y cualquier matiz, por insignificante que pareciese, acababa siendo aprovechado. Y así, con semejante estrategia, enseguida constaté que aunque el compañerismo era algo perteneciente a la utopía, me divertía yendo de copas con ciertas secretarias y que los de la directiva eran hombres de carne y hueso, que tenían familia y responsabilidades, hombres a los que como a mí, también les sucedía que algunos días iban a trabajar con poca gana, y a quienes convenía mantener trato de preferencia con subordinados y subordinadas elegidos cuidadosamente. Concluyendo, descubrí que vivir, a poco que nos lo propongamos, en realidad es bastante llevadero y sobre todo sencillo.

Decidido (a sabiendas del precioso tiempo que había desperdiciado en el bar de los parados) a reorganizar mi existencia, procuraba seguir al pie de la letra cuantas premisas sugería el Director de mi Departamento. La intención era que éste asimilara mi lealtad. Y así sucedió. Pronto empezó a dispensarme trato preferente y yo, en momentos de abstracción indetectables por los demás, especulaba imaginándonos codo con codo dirigiendo la empresa. Codo con codo ya fuese con él, o con cualquier subordinado del que me valiese cuando lo superara en el escalafón.

De esta guisa transcurrió mi periodo de aprendizaje, por llamarlo de alguna manera. Por supuesto para entonces llevaba tiempo confraternizando con ciertas secretarias. El espaldarazo definitivo había llegado con mi ascenso a mando intermedio. Tras diez años en la empresa, puede decirse que conocía todos o casi todos sus entresijos. Para mí no existían secretos; al menos eso pensaba.

Con el nuevo y potente automóvil que acababa de estrenar, disfruté trazando el primer curveo de la carretera, superada la glorieta en cuyo centro ondeaba una inmensa bandera nacional, aquel hito de exaltación patriótica que determinaba la frontera de lo urbano.

La ciudad pronto se achicó a mi espalda quedándose allá, al final de la prolongada pendiente tantas veces recorrida en una y otra dirección. Gustaba imaginar que aquélla, la ciudad en que habitaba, era como las grandes colonias de coral, siempre en expansión aunque atrapada en sí misma, una especie de ente rezongón y murmurante, desperezándose en el amanecer que iba abocetando sus macizas y recortadas formas. Mire por el espejo retrovisor: algunas ventanas iluminadas en los anodinos bloques de ladrillo. Madrugadores; pensé, claroscuros; pensé, manifestaciones tácitas; convine, de la contribución de cuantos construíamos este mundo de progreso… Lo de la “manifestación tácita” me pareció un guiño que me enviaba el subconsciente, un afeamiento conque mi pasado se deslizaba maligno. Demasiada susceptibilidad. ¿Por qué pensar en el pasado?

Conduje. Un par de kilómetros de monotonía asfáltica, tentáculo de la conurbación que arañaba el terruño en retirada. Otras tres curvas abiertas hacia a la izquierda y ascenso hasta las arcaicas terrazas fluviales que, poco a poco, a fuerza de milenios, habían ido apretando al río contra el páramo, aquella prolongada elevación que ahora se levantaba a mi espalda, hasta perderse de vista a derecha e izquierda, justo por encima de la ciudad. …Y por fin la calina, usurpando protagonismo, nivelando el fondo del valle, ocultando los edificios, permitiendo emerger sobre ella sólo los pisos superiores de los más altos. La escena se repetía machacona cada mañana, a lo largo de los años: el alba, mi rutinario alborear, la misma sensación mortecina.

Después de las tres curvas llegaba la recta larga. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Sólo la recta larga en dirección norte y algún arbolillo aproximándose desde el borde de la carretera a ciento cincuenta por hora. Alcanzada la cima del cerro el penúltimo viraje. Muy cerca sonaba una sirena, eran las ocho. Marceliano levantaba la barrera y algunas veces, sólo algunas, le devolvía los buenos días separando una mano del volante.

Andreu censuraba mi actitud. Nunca me lo decía pero sé que lo hacía. Por mi parte, no comprendía que un tipo como él hubiese llegado a obtener un puesto de responsabilidad. No es que fuera mal profesional, pero se trataba de una persona con tendencia a la disipación. En alguna ocasión lo había comentado con el Director de mi Departamento, siempre era yo quien sacaba el tema, pero ambos compartíamos idéntico criterio.

Y el caso es que contra él, lo que se dice contra él no tenía nada, incluso nos llevábamos bien; Andreu era un tipo sosegado (en exceso sosegado). Desempeñábamos idénticas funciones; tampoco lo consideraba un rival aunque tuviese más antigüedad que yo, porque, estaba claro, Andreu había tocado techo y yo no. Bueno, digamos que yo tenía mucha confianza depositada en el Director de mi Departamento.

Mas algo no marchaba como debiera, desde hacía una temporada percibía un misterioso lastre, por el que mi posición en el organigrama parecía estancarse. Comencé a sospecharlo cuando, a principios de año, le fue revisado el sueldo a todo el personal del departamento excepto a mí.

Un día cometí la equivocación, ahora lo sé, de plantear la cuestión a las claras al Director de mi Departamento. Vehemente y aséptico, aseguró desconocer el motivo por el cual yo no había sido tenido en cuenta en la última revisión salarial.

–Pues si usted no lo sabe… –deslicé esperando una aclaración que no llegó.

Aquel amago de conversación significó el principio de mi punto y final en la empresa.

La obsesión por encontrar respuestas a lo que percibía turbios tejemanejes en mi contra me hacía dormir mal. Rebuscaba en la vigilia, rebuscaba en todas partes, rebuscaba en las curvas y rectas de la carretera el desliz desencadenante de mi ruina.

La solución al embrollo, la obtuve por fin a base de ir juntando cabos y el inesperado desenlace, hizo que retornase a cierta situación que conocía demasiado bien.

Una tarde, meses atrás, a punto de concluir la jornada de trabajo, levanté la cabeza de la mesa y miré afuera del amplio ventanal que tenía frente a mí. Solía hacerlo, solía echar algún vistazo puntual para evadirme unos pocos segundos, era una eficaz terapia que permitía aliviar tensiones, lo había leído en algún manual de autoayuda y desde entonces lo practicaba. La noche estaba a punto de cerrarse, proyectaba las mismas y anodinas sombras de siempre. Quise volver a lo mío, pero entonces me fijé en Andreu que había abandonado su asiento y se hallaba con la cara pegada a otro ventanal. Nada que ver lo suyo con mi lapsus terapéutico. Andreu es así, siempre en las nubes; pensé censurador.

–¡Qué haces! –dije ensayando un mohín para asustarlo.

–¡Eh! –dio un respingo–. ¡Nada, nada! Me pareció ver una luz que brilla en el este; allá, sobre el horizonte.

–¡Qué perogrullada Andreu! Una luz “que brilla” en el este… ¡Las luces siempre brillan, joder! Ya veo que sigues en tu línea de costumbre, entreteniéndote con cualquier gilipollez…

–Tienes razón, perdona. Pero es que me resultó extraño –respondió lacónico.

–No sé qué tiene de extraño una luz –aduje con irritado desdén.

–Es verdad. He dicho una tontería –reconoció evadiendo el cuerpo a cuerpo–. No tiene nada de extraño.

Y así terminó nuestro breve intercambio de pareceres.

Mas enseguida, repensándomelo, concluí que, por el bien de la empresa, el Director de mi Departamento debía conocer el incidente. El hecho, desde mi punto de vista, venía a sumarse a tantos otros deslices cometidos por Andreu. Es posible que tal acumulación de despropósitos, sirviera para desenmascararlo de una vez por todas ante el Director General. Éste, entonces, tal vez tomaría una decisión drástica. Decisión en la que mi perspicacia, por supuesto, habría resultado relevante.

Reflexioné al respecto: aunque el Director General seguramente permanecía en fábrica, me pareció que no era momento de abordarlo para tratar un tema como aquel. Además, los conductos reglamentarios debían respetarse. Eso es: esperaría al día siguiente y se lo contaría primero al Director de mi Departamento. De este modo, me limité a anotar en un papel la frase de Andreu, deseaba recordarla, significaba un detalle probatorio, uno más en su reiterado abandono del deber laboral: Una luz que brilla en el este… Una luz que brilla en el este… Una luz que brilla… Sin saber por qué, de manera mecánica, escribí repitiendo la dichosa frase hasta llenar la hoja de papel. Y la dejé por allí, encima de mi mesa; creo.

Y sucedió que al día siguiente no acudí al trabajo, ni al otro, ni al otro tampoco. Por primera vez en diez años, una gripe alevosa me mantuvo encamado durante una semana completa.

Cuando, ya repuesto, me reincorporé a mi rutina laboral, no observé cambios ni eché en falta nada. La mesa permanecía ordenada tal y como la dejé días antes. El papel donde apuntara la frase de Andreu… Lo cierto es que me había olvidado del papel, y del incidente también. Pero luego, casi medio mes más tarde, de pronto me vino a la memoria el asunto: una luz que brillaba en el este… ¡Qué gilipollez! Pensé de nuevo. En fin, ya pillaría en otro renuncio al bueno de Andreu.

Por entonces se sucedieron las primeras señales de alarma, cuyo colofón vino con mi no subida de sueldo. Comencé a especular con el paradero de la hoja de papel, donde anotara una y mil veces la dichosa frasecita. Revolví mis cajones, varios armarios donde se acumulaba documentación atrasada sin clasificar; ni rastro de lo que buscaba. El mismísimo Director de mi Departamento, percatándose de mi agitación, me inquirió con unos modos que no me parecieron adecuados por el motivo de aquélla. Como había más gente, incluido Andreu, contesté que no sucedía nada, que simplemente reorganizaba documentos y echaba en falta algunos, que ya aparecerían…

Finalmente, quise convencerme de que el personal de limpieza habría arrojado el papel al cubo de basura. Decidí echar tierra sobre el asunto. No podía imaginar las consecuencias negativas que me depararía semejante postura.

No transcurrió demasiado tiempo sin que la actitud de algunos compañeros me pusiera en guardia. Era evidente que algo extraño sucedía a mis espaldas, pero qué.

Una tarde entré en el cuarto de reprografía. Dos chicas, dos jóvenes auxiliares, cuchicheaban mientras fumaban a escondidas. Apagaron los cigarros presurosas y callaron cuando me vieron aparecer. Aun así, alcancé a escuchar las últimas palabras que decía una de ellas: “…luz que brilla en el este”. Y de inmediato sus risitas cómplices interrumpidas por mi repentina llegada.

Pero… ¡Aquello era terrible! Justo en ese instante comprendí que un abismo se abría ante mis pies.

Disimulé con una broma. Eche mano de un rebuscado símil, que ahondaba en la nefasta influencia que el caduco comunismo había ejercido en los países de Europa del Este, donde las modas, estancadas respecto a occidente, continuaban diferenciándolos al compararlos con nosotros. En otro tiempo ambas me habrían bailado el agua, pero entonces no. Ejecutaron un gesto calcado como de no entender y salieron del cuarto como alma que lleva el diablo.

De pronto se me aclaraba lo absurdo, pero también lo trágico de la situación. Medité: de entre el personal del departamento, Andreu (con la cabeza en otra parte, como de costumbre) parecía ser el único que no había cambiado su actitud con respecto a mí. Sentí caérseme el cielo de golpe, si no se me ocurría un remedio expeditivo y eficaz estaba acabado. Y todo, nunca mejor empleado el término ¡por una gilipollez!

Por la tarde hice acopio de cuanta serenidad fui capaz y me presenté en el despacho del Director de mi Departamento:

–Hola. Quiero que me explique sin tapujos qué demonios les sucede a todos conmigo.

Contaba; pensé, con la imprevisión. Confiaba en que mi actitud impulsiva pillase descuidado al Director de mi Departamento. Pero erré.

–Vaya, por fin se decide… Tenga –dijo sacando de una carpeta mi papel extraviado. Como no hice intención de cogerlo lo depositó sobre su mesa–. Tiene el fin de semana… Hasta mediados de mes –se corrigió– en que volveré de viaje, para buscar un motivo convincente que explique esto. De no ser así, considere que su tiempo en esta empresa ha concluido. Es lo que hemos decidido el Director General y yo. Le diré que me ha decepcionado, siempre vi en usted a alguien abnegado y centrado en el deber. Esto –golpeó repetidamente con su dedo índice sobre el papel– dice mucho en su contra. Al parecer, su cabeza no está donde tiene que estar con demasiada frecuencia. Puede que hayamos estado invirtiendo en quien no debíamos; así parece demostrarlo este dichoso papelito…

Hice amago de réplica, pero el Director de mi departamento lo impidió expeditivo.

–¡Salga de mi despacho! ¡Ahora mismo! –elevó el tono de voz señalando con el brazo extendido.

Recogí la hoja de papel.

–Puedo… es… ahora mismo… –barboté sin conseguir articular una frase coherente.

–¡Salga de aquí! ¡Fuera! –gritó con rabia mi superior.

Un súbito abatimiento, al que enseguida se le sumó la frustración, hizo presa en mí. Incapaz de reaccionar, la mente se me nubló como jamás hasta entonces.

Apreté el papel en mi puño como para exprimirlo. Una luz que brilla en el este; reflexioné. Cientos de luces que a mi alrededor se apagaban de repente.

Maldije a la absurda fortuna mientras abandonaba el despacho de dirección. Quedaba aclarado el misterio, al menos para mí. Como vulgarmente se dice, me acababa de comer un marrón. Puede que me lo hubiese buscado yo solito, pero si algo me jodía sobremanera, es que se me tomara por un lunático, por un infeliz como todos considerábamos a Andreu.

De pronto mi reputación apuntalada durante tantos años, se venía abajo como un castillo de naipes, al tiempo que quedaba ante los demás como un imbécil, como otro Andreu. Desolado, asumí que difícilmente conseguiría demostrar lo contrario. ¿Difícilmente? ¡No! No me pensaba rendir. ¿Qué hacer? ¿Cómo podía recuperar la confianza de mis jefes? De existir alguna manera habría de obrar con prontitud.

Dediqué el resto de la jornada a meditar una estrategia. Daría con una solución, estaba seguro de ello. Requeriría de toda mi astucia, aquella astucia que tan buenos resultados me había deparado hasta la fecha. Por fin se me ocurrió algo. Comencé a concretar el plan con una meta ambiciosa que, por supuesto, incluiría mi relanzamiento profesional. Luego, una vez reconquistase la reputación perdida, me emplearía a fondo contra aquellos que habían dejado de confiar en mí, comenzando… ¡Por el Director de mi Departamento! ¡Ese era el principal culpable!

Disponía de poco tiempo. Suficiente; pensé. Pero y ¿Qué haríamos con Andreu? ¡Bah! Andreu era un pobre infeliz… Aunque ¡Sí! También me lo llevaría por delante. La responsabilidad de aquel embrollo recaía sobre él.

Lo primero, era buscar la manera de demostrar que el asunto del papelito obedecía a una estrategia, encaminada a desenmascarar a los verdaderos responsables del absentismo, lacra que venía padeciendo el departamento desde tiempo atrás. Porque el departamento, vaya por delante, hacía tiempo que no funcionaba como debiera. ¿Qué quién eran los culpables? Obvio, la principal cabeza visible, el Director del Departamento y el estúpido de su protegido, Andreu, aquel gusano enquistado en la empresa que, con sus deslices, no hacía más que entorpecer la tarea de los demás.

Aproveché uno de los momentos en que Andreu y yo cotejábamos información de algún proyecto en el que trabajábamos, para poner en marcha la contraofensiva. Como si en realidad no me interesara mucho, le pedí que me contara detalles acerca de aquella la luz que creyó ver días atrás. Él se encogió de hombros.

–¡Sí hombre, Andreu! –insistí conteniendo la exasperación–, la luz que brillaba en el este.

–¡Ah! Eso. Es verdad… La luz que siempre está allí… –repuso desviando la mirada hacia la ventana al tiempo que su cabeza describía una parábola; algo así, como si con la vista pretendiese trazar la curva de una bengala, lanzada para localizar a ese náufrago que se busca en el mar.

–¿Pero, a qué luz te refieres? ¿Dónde está la puñetera luz?

–Allí, en el este, sobre el horizonte… –insistió sin apartar la vista del ventanal–, indicándome el camino.

–¿El camino? ¿De qué camino hablas? –pregunté intrigado.

Andreu se dio la vuelta hacia mí y respondió con naturalidad:

–Hablo del camino al que renuncié en su momento. Hablo del itinerario de mi frustrada existencia…

Deduje que, definitivamente, Andreu padecía algún tipo de esquizofrenia, aún así escuché atento sus delirios. Y éstos se sucedieron del mejor modo posible respecto a mis intereses. Habló sin pausa en un monólogo, con el que sin pretenderlo se inculpaba de cuantos despropósitos se le atribuían, confesando las muchas estupideces que bajo su responsabilidad se habían cometido en el departamento. Mas de pronto comprendí que detrás de aquello que me interesaba, se ocultaba la trágica vorágine de alguien frustrado y muy desgraciado. Es curioso, pero ya no pude sacudir de mi conciencia aquel sentimiento suyo, del que me hizo partícipe sin yo pretenderlo. En definitiva, nuestra conversación supuso mi definitiva desestabilización personal y la certeza de la estrecha distancia que separa el éxito profesional del fracaso. Mientras escuchaba a Andreu, no conseguí reprimir el impulso de efectuar un retrospectivo análisis de lo que hasta entonces había sido mi propia vida y la conclusión me dictó que ésta andaba sobrada de sinrazón.

Habló y habló como jamás hasta entonces, sincerándose, desvelándome aspectos personales acallados durante años. Me esforcé en no conceder demasiada verosimilitud a su relato, no me convenía. Al fin y al cabo; me repetía sin parar, Andreu no era más que un alucinado que, aunque no pretendiéndolo, me había colocado en situación comprometida. Mantenía ocupada su mente con patrañas relacionadas con islas, tesoros y piratas del Mar de la China. Admitió que de jovencito quiso ser marino. Que incluso llegó a embarcarse como polizón en un mercante. No fue muy lejos. Cuando, asomado a un ojo de buey, contempló la enorme inmensidad oceánica abriéndose frente a él se sintió amedrentado. Entonces abandonó su escondite y salió a cubierta dando voces, desesperado, implorando para que se le llevara de vuelta a tierra firme, a casa con su familia. Confesó que lo que más impresión y humillación le ha producido en su vida, fueron las caras de estupor de los marineros que lo observaban. Hubiera preferido que se rieran de él, pero muy al contrario, aquellos hombres curtidos por la mar lo miraban con dureza, con contenido reproche, y así se mantuvieron incluso después de que acudiese una lancha guardacostas a recogerlo y comenzase a perder de vista el mercante; más tarde supo, que la peor reacción que se espera de alguien que desea ser marino es la que él tuvo. Y hasta entonces alcanzaba su vergüenza, nunca se libraría de las miradas censuradoras de los marineros. No, jamás pudo ser marino…

Al final desbarró demasiado. Insistió otra vez en lo de la dichosa luz y me dijo que, cualquier día de estos, acabaría por reunir el valor que le faltó de joven. Que el viaje que emprendería le llevaría al este, siempre hacia el este. Al otro lado del mundo, al lugar donde, puede que aun, estuviera esperándolo su razón de ser. Sólo entonces dejaría de reprocharse y, sobre todo, podría mirar cara a cara a cualquier marino.

Ahí se detuvo. A continuación consultó su reloj y se despidió hasta el lunes siguiente con la mayor naturalidad.

Paré la grabadora que había utilizado en secreto. Me sentía satisfecho, la información obtenida de Andreu significaría mi total rehabilitación.

Sin embargo, mientras subía las escaleras camino del despacho del Director de mi Departamento decidido a mostrarle la grabación, comenzó a fraguarse una nueva variante del plan que había ideado y… ¡Sí! Decididamente haría algo parecido.

Me detuve en la puerta, pero no entré. Di media vuelta, volví sobre mis pasos, todavía tenía una semana de plazo para concretar la estrategia, a la que ahora añadiría una nueva variante, con la que confiaba recuperar el terreno perdido, y puede que más.

El miércoles o jueves siguiente, cuando ya hubiese regresado de su viaje, me reuniría con el Director de mi Departamento, pero solicitaría que también estuviera presente el Director General. Sólo entonces mostraría el as que guardaba en mi manga, la prueba concluyente de mi inocencia. Y de paso, conseguiría que el Director de mi Departamento quedara como un fatuo, al desconfiar de uno de los mejores elementos de la empresa.

Por mi parte mostraría una postura conciliadora, ello me haría ganar puntos. Reconocería mis errores, pero ¡ojo! subrayando que éstos derivaban de un exceso de celo en mi obsesión por el bien de la compañía, truncado por una inoportuna enfermedad. Lo del papel con la dichosa frasecita de Andreu solo significaba una anécdota.

Cuando acabase la ansiada reunión, lo mismo teníamos un nuevo y flamante Director de Departamento, yo, para escarnio del necio que no había confiado en mí. Con un poco de suerte mi antiguo superior sería despedido por… ¡Vaya! Seguro que encontraríamos un buen motivo.

El plan estaba fraguado. Sólo necesitaba retocar algunos flecos y aprenderme la lección al dedillo.

Mientras bajaba al aparcamiento, mi perspicacia me hizo sentir alborozado.

Mañana sábado; medité, llevaría a alguna de mis amigas a cenar. ¡O mejor aún! A pasar un sensual fin de semana en… ¡Bah, daba lo mismo! En cualquier lugar. Un sensual fin de semana.

Aceleré a tope en cuanto Marceliano levantó la barrera. Lo saludé con ganas. Hoy sí; me dije. Los potentes faros de mi deportivo rasgaron la oscuridad. Una pequeña criatura que se hallaba en mitad de la calzada, apenas tuvo tiempo de saltar a la cuneta. Ascendí la vertiente del cerro a toda velocidad y enfilé la recta larga. Los reflejos de la ciudad allá, al final de la carretera que la unía a mi futuro laboral. La noche detrás, la noche al oeste, la noche, salvo una insignificante luz, en el este. No la presté atención.

Enseguida estuve en casa. Tomé una ducha y me dejé caer en el sofá. Consulté algunos teléfonos de mi agenda mientras recordaba en voz alta:

–¡Una luz que brilla en el este…! ¡Jajaja! ¡Qué gilipollas eres Andreu! ¡Qué gilipollas es el Director de mi Departamento! ¡Hasta el Director General es un gilipollas! ¡Os vais a enterar todos, pandilla de capullos! Una luz que brilla…

Y en aquel instante caí en la cuenta, acababa de verla cuando regresaba del trabajo: una luz brillando en el este.

–¡Bah! Cualquier cosa…

Quedé con Paloma. Saldríamos esa misma noche. Conocía un hostal recoleto de la sierra donde además se cenaba bien. Luego un paseíto al frescor de la madrugada, unas copas, un par de polvos y por la mañana daríamos una vuelta por la comarca en busca de pueblos escondidos.

Partimos por la misma carretera que pasaba junto a mi empresa. Cuando llegáramos a la altura de ésta no haría como en anteriores ocasiones, en que aprovechaba para deslumbrar a mi ligue de turno con la enumeración de nuestros logros mercantiles y mi proyección individual, no estaba de humor. Además, algo volvió a acaparar mi atención: una luz que brillaba en el este… Las fantasías de Andreu; farfullé entre dientes. Pero el caso es que la luz continuaba allí. Levanté el pie del acelerador, casi dejé que se detuviera el coche. Paloma, que hasta entonces no había parado de parlotear acerca de su cargo bancario como agregada al jefe financiero, me malinterpretó. Pasándome una de sus piernas por entre las mías me dijo que sí, que por ella debíamos aprovechar desde el primer momento el fin de semana, que ya había estado allí…, conocía el camino que buscaba, aquel que ascendía la loma sobre la que se ubicaba la granja avícola abandonada, un lugar tranquilo y apartado de miradas indiscretas. Sí, justo a la derecha, donde brillaba la luz…

–Entonces es que hay alguien –aduje desabrido pisando el acelerador; el automóvil rugió y volvió a ganar velocidad.

Lo pasamos bien. Estuvimos… ¡Da lo mismo! lo pasamos bien. Paloma era buena en la cama, de las mejores que conocía. Así, durante un fin de semana podía soportarla, más no. Porque Paloma representaba una pieza más en el rompecabezas de la sinrazón en que vivía; una gilipollas igual que Andreu, igual que el Director de mi Departamento, igual que el Director General. Durante el viaje de regreso me lo dijo, que ella no era como la mayoría de las otras chicas que sólo pensaban en casarse. Que lo que más le importaba era la pasta, lo políticamente correcto y disfrutar de vez en cuando con algún chico; conmigo por ejemplo. Su confidencia, supongo que por un prurito de machismo, por orgullo, o por las dos cosas, me sentó fatal. Y recordarlo me hace llegar a una conclusión, la de que en el fondo, incluso entonces, era un romántico que buscaba con desesperación la esencia de la vida; algo parecido a lo que le ocurría a Andreu.

El resto del trayecto de vuelta a casa, no dejé de repensar en los motivos por los que últimamente todo el mundo me parecía gilipollas.

Poco antes de llegar Paloma reconoció que se había echado un noviete, nada serio, alguien con quien entretenerse con más asiduidad. Aunque ahora llevaban una semana enfadados… Reprimí una carcajada.

–¿En qué quedamos? –interrogué.

–¿Cómo? No te entiendo –dijo Paloma.

–Soy yo el que no te entiende. Me refiero a lo del novio. Hace un rato has dado a entender todo lo contrario.

–¡Ah, ya! Pero lo nuestro no va en serio –insistió.

Decidí pasarla a la reserva. Lo decidí en un instante, casi con premura, por dejar sitio en mi cabeza a otro asunto que me preocupaba más. Había anochecido y de nuevo vi la luz sobre el horizonte, una luz que brillaba en el este.

Despaché a Paloma en la puerta de su casa y me largué, imaginando que le faltaría tiempo para llamar al noviete en busca de reconciliación; me supe utilizado por ella, seguro que ahora se sentiría arrepentida, deseosa de confesar la infidelidad cometida por despecho… Hasta nunca, dije para mis adentros. O hasta que te canses de ese otro gilipollas. ¡Jajaja!

Aquella noche descansé de manera razonable, tal y como venía sucediendo desde que hallase solución a los males que me aquejaban. Mas todavía ciertos sobresaltos me acometían para inquietar mi sueño. Los percibía como si se tratasen de perturbaciones luminosas; su efecto me desazonaba.

Era lunes. Acudí al trabajo más temprano que de costumbre. Sentía crecer la ansiedad, la semana se prometía ajetreada.

Repasé mi plan por enésima vez. Estaba tan claro y medido que no podía fallar. Pero lo de la luz brillando en el este, esa luz que apenas se alzaba sobre el horizonte y que de manera invariable reaparecía donde quizá no debiera, esa luz que me desconcertaba…

Nada reseñable acaeció durante la jornada. Me hallaba tranquilo, seguro de mí mismo…, casi totalmente seguro de mí mismo. La cuenta atrás acababa de comenzar y ésta concluiría cuando el Director de mi Departamento regresara de su viaje el miércoles, o a lo sumo el jueves. Mientras tanto, decidí centrarme en las obligaciones; aislándome de cuanto me rodeaba, dejé que las horas se consumieran una tras otra. Alcancé tal estado de introversión, que sólo mientras regresaba a casa por la tarde, caí en la cuenta de que Andreu no había aparecido por la oficina. Al día siguiente haría indagaciones, su ausencia me producía agitación. Y puede que también al día siguiente, un día de aquellos, acabara por tomar el camino de la vieja granja avícola para comprobar el origen de la dichosa luz.

El martes supuso un calco del lunes. Andreu volvió a ausentarse. Decidí telefonearlo, pero no atendió mi llamada. Hice un esfuerzo para que la circunstancia no me preocupase; quise pensar que su absentismo reforzaba mi estrategia; deberíamos prescindir de él, la mente trastornada de aquella persona no hacía más que poner trabas en el normal funcionamiento del departamento y la empresa. Como tampoco se me pasaba por la cabeza la eventualidad de que le hubiese sucedido algo, solo cuando regresaba a casa, al comprobar una vez más la luz brillando sobre el horizonte, se me ocurrió relacionar ésta con Andreu y aquellas bobadas suyas de los mares, los barcos y su frustrada vocación marinera.

El caso es que llegado el miércoles, cuando más descansado debía encontrarme, fui atenazado por un insomnio que no me permitió pegar ojo en toda la noche.

Harto de dar vueltas en la cama opté por levantarme bastante antes de lo habitual. De pronto me acometían agoreros presentimientos, dudas, mil preguntas absurdas con sus todavía más absurdas respuestas, y todo llegándome de forma retrospectiva desde aquella etapa del pasado que ponía en tela de juicio mi actual manera de obrar… ¡No, fuera las indecisiones! Este es el gran día; me dije. Debía mantener el aplomo, para no echar por tierra los últimos años en que había conseguido abrirme camino en la vida. Si no andaba ojo avizor, el Director de mi Departamento acabaría por abortar mi plan de choque y… ¡Joder con los nervios!

Salí a la calle. Una niebla plomiza retardaba el alba. Incluso respirar resultaba dificultoso a causa de la humedad, percibí el aire saturado en mis pulmones como un ácido que me abrasaba, lo achaqué a la tensión. Poco a poco me habitué.

Tomé el camino de siempre. Me sentía como un náufrago en medio de la multitud motorizada, gente ajena, anónima, insolidaria como yo, con la que convergía desplazándonos a nuestros respectivos y tediosos centros de trabajo. Autómatas todos; murmuré.

¿Qué sería de mí? El Director General podía no creerme. O peor todavía, le podía convenir no creerme… Y además, estaba claro, el Director de mi Departamento se defendería con uñas y dientes. Seguro que inventaría mil truculencias con tal de guardarse las espaldas. Diría que lo de la grabación era una farsa, un montaje. Que ahora que no estaba Andreu, resultaba más deplorable si cabe mi estratagema.

Por mi parte, intentaba confiar en que al Director General le convenciese la veracidad de mi grabación. Si así ocurría, haría porque el responsable del malentendido admitiera su falta; no me cabía duda, de que a continuación Andreu admitiría lo que fuera, y más, justo lo que yo pretendía, que admitiera lo que fuera… Era tan ingenuo mi alucinado compañero, que ni siquiera me guardaría rencor. Pero el problema es que Andreu había desaparecido y por ello el Director de mi Departamento podría alegar todo lo que se le antojara, llevaba las de ganar. Analizado desde un prisma racional, hasta yo mismo me inclinaba ante la evidencia. A no ser… A no ser que la luz que continuaba allí, brillando en el este, aportara la solución.

Tomé la intersección que conducía a la granja avícola abandonada. Persistía la niebla, lo que unido al mal estado del camino me obligó a ralentizar la marcha. El coche cabeceaba dando continuos bandazos; el vaivén me recordó al característico movimiento del oleaje marino zarandeando a los pesqueros de bajura. Unos días antes no se me habría ocurrido someter mi flamante automóvil a semejante tortura, pero ahora habían dejado de preocuparme ciertas cuestiones. Llegaría hasta la luz, aunque ésta estuviera en el mismísimo ojo de un huracán.

La lluvia, una lluvia racheada hizo acto de presencia, se abría paso en la penumbra a latigazos, golpeando y escurriendo sobre el parabrisas. Alcancé a escuchar la furia del repentino temporal, el jadeante ulular que envolvía la atmósfera, que electrizaba el aire e iluminaba fugaz algunas formas, que cegaba el amanecer, que a intervalos ocultaba el parpadeo de una luz en el este, un faro en la noche al que fui acercándome despacio.

Me vinieron a la cabeza los marinos de las historias de Andreu. Quise situarlo en medio del temporal, sabiéndose un náufrago; de algún modo sentí compasión por él, un sentimiento tan inútil como la mayoría de los sentimientos que había procurado erradicar de mí.

Un fuerte impacto me detuvo en seco. Si verdaderamente me hubiese encontrado en aquel viaje austral que realizase a América dos años antes y al que de súbito me transportó el recuerdo, habría asociado el terrible rugido que me heló la sangre, con el tumulto de los grasientos y gigantescos elefantes marinos, que contemplara apelotonados en las pedregosas playas de la Patagonia. Pero no estaba en la Patagonia y sí en mitad de un temporal que azotaba brioso la paramera en que me hallaba, un temporal que modelaba el entorno en una amalgama de caprichosos volúmenes, de jirones de niebla, de luces que eran cegadas y resurgían entre la pertinaz lluvia.

El coche de Andreu permanecía con las puertas abiertas. Ráfagas de viento gemían al penetrar en el interior de su cabina. Vaporosos remolinos, espumarajos hirvientes, salitre marino adherido al casco embarrancado… Los faros del vehículo emitían una luz mortecina.

Fue justo entonces, cuando sentí la disputa de dos ideas antagónicas dentro de mí que, como dos filosofías enfrentadas, dos entes irreconciliables, tomaban forma para, tras breve y fútil disputa, disiparse en la calma que sigue a la tempestad. Sí, ambas parecieron desentenderse de mí. Imaginé que una era arrastrada por el temporal que se dirigía hacia el este. La otra, probablemente, acabaría diluyéndose en el mundo controlado por los directores generales y de departamento.

Examiné mi empapado traje. Puede que ejemplificara el reflejo de la derrota. Sabía que mi futuro nunca estaría cerca del este con los sueños de Andreu, pero tampoco en el norte al que conducía la carretera que llevaba a mi empresa.

Supongo que en aquel instante se me extravió la estrella que hasta entonces había creído poseer, la luz que confiaba me mantendría para siempre sobre terreno firme. Eché una triste mirada hacia la cercana ciudad. En ella se encontraba mi antiguo barrio y el bar de los parados del que huyera años atrás, un arrecife donde acabaría varado como tantos otros, un asidero al fin y al cabo… ¡Tierra! Grité en mi interior; una tierra yerma pero firme, una tierra en la que, poco a poco, se atemperarían las aristas de mis frustradas ambiciones.

Entré en el viejo local de reunión y pedí una cerveza. De mis conocidos no había nadie. Recordé el día en que aquel amigo, el filósofo, me dijo que cuantos habíamos frecuentado el bar de los parados, unos antes y otros después, acabaríamos regresando, porque hay cosas que no se pueden cambiar por mucho que nos empeñemos, que apostaba a que mis ambiciones acabarían mal y que entonces sería uno de tantos ejemplos del fracaso de nuestra generación.

De mis conocidos no había nadie, pero esperé a que llegaran.

 

Alcalá–Daganzo 7 y 8/1994

NUEVA PUBLICACIÓN DE TONI MONTESINOS

Mi “colega de calamidades literarias” (con el permiso del aludido), publica nuevo trabajo que aquí subo. Faltaría más.

Suerte Toni.

La soledad del tirador

La novela está ambientada en la Barcelona de los años ochenta, donde un joven rememora su dura vida en aquellos tiempos, en un barrio periférico, de clase social baja, con la familia escindida y en medio de una sociedad en plena transición política, económica y cultural. Su pasión, el baloncesto, es el telón de fondo de una historia que abarca el instituto, donde no le es posible adaptarse, el hogar desolado y el club deportivo lleno de retos y limitaciones.

“La soledad del tirador” habla de la rabia de nacer en el peor lugar en el peor momento; habla de la injusticia de que nadie nos conceda una oportunidad; habla de la crueldad de quien se regocija en situarse por encima de uno por el simple hecho de pisotear sueños ajenos.

Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es crítico literario y ha editado o prologado obras de una docena de clásicos españoles, latinoamericanos y estadounidenses. Recogió sus siete poemarios en Alma en las palabras. Poesía reunida 1990-2010 (2015) y en la apócrifa Antología poética del suicidio (siglo XX) (2015), y es autor de las novelas Solos en los bares de la noche (2002) y Hildur (2009 y 2015). Entre sus últimos ensayos y libros de viajes, destacan: La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (2013), entre otras.

 

El Impostor

portada-alta¿Emigró Cervantes a la Argentina y escribió desde allí sus últimas obras? Esa es la certeza que parece desprenderse de unas antiguas cartas que Marcelo Teruggi, un delincuente argentino de poca monta, roba por casualidad en Buenos Aires.

Decidido a venderlas al mejor postor y obligado por un flirteo amoroso a huir de su país, Marcelo vuela a España con un pasaporte a nombre de Miguel de Cervantes.

Sin embargo, lo que él presuponía un negocio rápido y seguro se complica en seguida. Un asesinato del que será acusado y viejas rencillas profesionales en las que se verá envuelto lo situarán en el medio de una peligrosa trama.

Tan divertida como enigmática, aunando lo mejor del Thriller con lo mejor de la novela picaresca, El Impostor atrapa al lector desde la primera página para llevarlo a un final insospechado.

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Encuentro en la posada del diablo

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Mi nombre todos lo conocen: Alonso Quijano. Estoy aquí, porque así me lo dicta el ánimo que me fue inculcado, cuando quien me creo depositó en mí los ideales del orden de caballería, que es la mayor justicia existente habida y por haber. Si no fuera por ello, jamás osaría hacer aparición ni de manera ficticia ni real en semejante lugar, vergüenza de la literatura, tugurio éste que es de la traición, de la suplantación, del yacer sin ton ni son…

Sí, aquí me encuentro directamente llegado de la primera parte de mi historia, con todo el vigor y furor intactos, deseoso de cruzar la espada con ese supuesto paladín de mis mismos ideales, que un tal Avellaneda no ha dudado en modelar a imagen y semejanza de quien les habla, el verdadero Don Quijote, hijo del ilustre Cervantes.

 

Y lo he hecho compareciendo en su propio terreno, en la Posada del Diablo que mi creador jamás nombró, ya que jamás viniera yo a pisar estas tierras de Alcalá. Pero sé que mi doble, ese sosias impostor sí lo va a hacer, en cuanto quien les habla haya terminado de afilar la espada y de paso al capítulo en que acude él, que no yo (disculpe lector por el retruécano), al referido antro.

Hago tiempo; pido al ventero que me oriente: deseo ir a Zaragoza, deseo tomar el camino que prolongue mi novela, la verdadera. Mas antes la he de librar de falsas continuaciones…

¡Quia! Escucho piafar un caballo. Alguien llega. ¡Pardiez, soy yo! Quiero decir ¡es él!… ¡Alto ahí! Grito. Desenvaino la espada y él me imita. La suerte está echada. Confiesa, le digo, ¿Quién es tu vil mentor, tu creador? Pero el otro no responde. Nos batiremos; la suerte está echada, que la historia juzgará nuestra lid.

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Cerezas

cerezasEn Cerezas, la naturaleza humana se arracima en torno a un cerezo sin solución de continuidad. “La soledad, el polvo y los caminos” van convirtiendo a Hombre, su protagonista, en un hombre disminuido y fracasado en su propia esencia. Mujer, el otro arquetipo de la novela, es una ventana entreabierta en su vida que nadie sabe si se cerrará.Cerezas es una novela breve y densa donde se dan cita el desasosiego y el desarraigo del ser humano a través de una maquinaria literaria perfectamente engrasada.

Esta obra fue ganadora del Premio de Novela Felipe Trigo.

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