1º CATENARIA

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Un día lo había soltado así en la mesa del comedor de la pensión. Que trabajaba en la alta velocidad, los trenes bala, ya se sabe… Rio la gracia.
Su dormitorio estaba al lado del mío y algunas noches, cuando me despertaba el traqueteo de su cama, corría a asomarme al pasillo, estaba convencida de que frecuentaba a varios de mis jóvenes inquilinos. Aunque nunca conseguía sorprender a unos u otra entrando o saliendo de su habitación. En determinadas ocasiones, juraría, un siseo, el placentero gemido de una imaginaria catenaria, podía escucharse uniendo el itinerario que separaba ambas estancias.

poemas no escogidos

A LA DIOSA ASTARTÉ

Para qué me sirven las manos
si no es para utilizarlas contigo.
Estas manos exploradoras, indagadoras
de tu piel, recorredoras de tu cuerpo.
Tu cuerpo de diosa modelado
por mis manos egoístas, que al tocarte,
hacen de tu ser un cuerpo compartido,
a través del deseo que transmite a mis manos
el deseo que te procuro con mis manos.

Las insto a entretenerse, a mis manos,
con todo aquello de lo que tu divino ser
se apropia; insto a que se impregnen de tu sudor,
a que arrastren impurezas olvidadas:
un reguero de carmín desdibujado,
un flujo esmaltado en tu epidermis,
restos impúdicos de amor abandonado,
mies recolectada; por mis manos.

Te hago mía, te doy mis manos
e imploro, aunque no te lo diga,
que también deseo tus manos,
sí, que en sentido inverso repitan
todo aquello en que se aventuran mis manos,
hasta que por fin suceda ¡claro!
que tus manos se encuentren con mis manos.

HOTEL DEL AMOR

1.

AMOR SIN AMOR

No te escribiré versos de amor, lo juro.
No perseguiré tu rastro en el atardecer,
ni pasearé por calles. No entraré en bares,
no esperaré tu llegada ni añoraré tu partida.

No desvestiré tu memoria, no y no.
No te seré infiel (tampoco fiel), simplemente
no te seré nada; lo digo, proclamo y
por si acaso insisto: no te amaré.

Jamás te lo habían dicho antes ¿verdad?
(jamás se lo había dicho a nadie)
que te amarían aún antes de jurarte
la tontería esa que te he jurado yo,
lo de los versos de amor,
lo del atardecer, lo de los bares, las calles…

No, no sé escribir versos de amor.

 

2.

HOTEL DEL AMOR

Habitación trescientos trece,
sube el ascensor,
hotel del amor.
Hotel Continental, follamos sin amor.
Otros se aman en la trescientos quince,
en la trescientos once, en la…

Te quise amar,
nunca follaremos por amor.
Baja el ascensor,
nunca follaremos por amor,
nunca…

 

3.

NORTE

Me gustaría llevarte al norte,
alejarte de la aprensión,
apartarte de los recelos,
aproximarte a nosotros,
al sur del pasado, al norte
de lo que tengamos que ser.

¿Tengamos? Mejor tuviéramos.
Tengamos es arrogar, es afirmar,
tuviéramos es suponer, nos supone.
Concluyo pues, mejor así, que sí,
que probablemente yo te querría, pero
y ¿tú?

Nunca me lo vas a decir ¿verdad?
Que te gustaría ser transportada al norte,
a ese hipotético y épico
punto magnético, donde estemos juntos,
sí, cerca de nosotros dos.

 

4.

HABITACIÓN DE HOTEL

Habitación de hotel,
camas separadas,
una toalla seca y otra empapada,
un vaso afuera del celofán,
en la ducha restos de semen y de jabón.
Me asomo a la ventana,
llaman a la puerta,
desayuno para dos; sólo estoy yo.
No, que ya no quedan
individuales en el hotel.

Habitación de hotel,
doble habitación de hotel.
¿Qué fue de nosotros
desde aquella, la última vez?
Me asomo a la ventana,
cruzas la calzada que separa
las camas de nuestra habitación.
Llaman a la puerta,
camas separadas,
que vienen a llevarse el desamor.

 

5.

MENSAJE

Dejé el mensaje guardado en un cajón,
devuelvo la llave de la habitación:
Trescientos trece, recepción,
es noche otra vez,
perdido, perdido…,
adónde… Es volver.
¿Le faltará el contenido
al mensaje que dejé?
Me falta la razón,
Me faltas tú.

Choco de bruces con el anochecer,
no quiero volver,
no vas a volver; así sucede.
No me esperan cartas en recepción,
trescientos trece,
en el cajón recupero
el mensaje que te dejé.
Dudo entre beber, llorar o…
Todo sin ti.
Rebusco en otro cajón,
hallo un olvido, tu ropa interior,
rompo el mensaje que te dejé:
me excito, imagino, masturbo
y te amo.

 

6.

BAR DE HOTEL

Busco en el bar del hotel;
me encuentra una puta
y un camarero que es maricón,
ambos me ofrecen placer,
apuro una copa,
no quiero follar sin amor,
se lo digo a los dos,
se ríen de mí,
entra una sombra en el ascensor,
dejo el dinero de la consumición,
corro a tu encuentro,
subo escaleras, atajo distancias,
rastros de añeja pasión.
Abro la puerta de mi habitación,
al final del pasillo se cerró el ascensor.
Flamígera sombra, tafetán que ondulas,
mano que agita mi turbación,
mano de adiós.
Busco en el bar del hotel,
tomo una copa con una puta
y con un maricón,
les propongo placer; sí, con los dos.

 

7.

GEOGRAFÍA DEL AMOR I

Cómo será el tacto de tu piel,
cortejarte con aquél, el único fin
de hallarte postrada a los pies
de los dioses que gobiernan
la geografía de tu anatomía;
sin concesión, sin apostura.

Cómo el cabalgar lo venusino,
descender hasta tus pies,
trepar a las axilas, saborear un rastro,
acariciar la yema de tus dedos.
Y el brillo cristalino de esos ojos
¿qué me dirán? ¿consentirán?

Dejo aparcados dioses y geografías.
Pero…
El tacto de tu piel ¿cómo será?

 

8.

GEOGRAFÍA DEL AMOR II

La puerta de la habitación,
antesala blanca de tu piel,
luego un angosto pasillo,
a la izquierda el lavabo:
tu faz que se contempla en un espejo,
tu boca se enjuaga, escupe pesadillas,
detrás me veo; te observo:
cuan calmo placer,
me hallo en tus ojos,
sorprendidos, metódicos,
procaz mirada, regular parpadeo
que ofertan y acepto. Pero, súbitamente
tu mirar se hace abstruso y…
A la derecha, la estancia,
devora un lienzo flamenco
y en él, no lo dudo, se te imita;
sí, otra vez tu piel, y al lado
yo, sí también me veo,
y siento, ¡Sí, sí, también!:
me apoyo en la almohada,
me aferro al dosel, te ansío
en la cama, en el sueño… el placer.
Ventanas que calcan las luces de afuera,
espadas brillantes de oblicuos aceros,
zapatos de vidrio que quiebran tus pies,
flotando han dejado un rastro de piel.
Transito una senda:
que me orienta, que no alcanzo,
que me guía, que me ofusca,
que sólo me pertenece a mí,
es mi geografía del amor.

 

9.

FINAL DE CIELO

En el final del cielo
un punto de luz, una estrella:
te admiro. Y entonces los ojos
-te sueño- se cierran.
En mi habitación sucede,
sobre las ajadas sábanas
de este lugar ajeno, de esta
iconoclasta trescientos trece;
que soy un indocumentado
debajo de un cielo
que huele a ausencia, a cieno,
a colchón meado y follado y
jurado y torturado incluso,
pero también amado.
Sí, yo te hubiera amado,
pero ahora solo me queda
un punto de luz, una estrella,
un final de cielo,
y ya no me restan fuerzas
para nada más.
Te admiro, te sueño.

 

10.

ANIVERSARIO

Si no negaras, pensaría: sueña;
que tampoco a imaginar me induces,
por brillantes que puedan ser las luces
con las cuales pretendes ser mi dueña.

Más sea por eso, porque así lo dices,
que aquellas, tus pasiones, mal digiero,
que a la suave caricia, yo prefiero
el embeleso, purgatorio de infelices.

Que me dejes, suplico por lo tanto,
celebrar solitario aniversario,
aguardar amparado por el manto,

que resguarda a este corsario
desterrado por osar a tus encantos;
exceso de fervor es mi sudario.

 

11.

CIEN TRISTES CIELOS.

En cien tristes cielos
se descomponen los instantes
de nuestra pasión; los ordeno,
los clasifico por intensidad y emoción,
me entretiene hacerlo, aclara mi razón.
Luego, cuando los tengo así, organizados,
son como los lugares de este hotel:
habitaciones pares e impares,
buenos y malos momentos,
un poco de emoción, algo de sexo,
promesas, compromisos…
¡Nada! En realidad y ahora, el instante
se asemeja a este o aquel alfeizar,
desde el que contemplo ensimismado
tras la ventana de mi trescientos trece;
estrecho ámbito, punto de partida,
impar ubicación de inmigrantes.
Eso y la enfermiza obsesión por el pasado.
Porque ya eres pasado, te descompongo,
así de sencillo, desnudado soy de ti,
de los cien tristes cielos
que sobre nosotros fueron arriostrados.
Sólo me queda un barrunto de memoria,
que dice: ¡te amé!
Sí, eso también.

 

12.

PARTIDA.

He dejado la entrada entornada
y arrumbado los restos compartidos
en nuestra habitación; los restos de la nada,
que luego he ido esparciendo
a lo largo del pasillo,
que conduce adonde baja
la escalera del adiós.

Suena el tono de un teléfono;
pienso: en algún lugar alguien desea.
Por última vez, recepción;
queda la llave, entregada, en su casilla,
quedan también cartas sin abrir.
Es para mí, fantaseo, la llamada
es para mí. Y las cartas…

Pago, me voy, alguien aguarda
en la salida, puerta giratoria,
esa puerta que no se detiene jamás,
y ese alguien, desconcertado, no acierta
a ofertarme una mirada, una palabra,
una señal, un simple: ¿estás ahí?
que nos detenga a la puerta y a mí.

Es mi partida, no persigo;
y deseo decírselo a ese alguien,
que no mendigo vaguedades.
La puerta giratoria que da vueltas,
sin cesar. Las puertas giratorias
que expulsan los porqués,
o que los rescatan en el último momento.

Por lo tanto, ahora sé que no decido,
que no hay entonces. Y no pretendo
darte alcance. Especulo: ya no cabe,
no procede, ya me he ido…
Y sin embargo, al cruzarse nuestros ojos,
en las hojas giratorias de cristal,
lo he gritado ¡Sí! al pasar,
que por pasar ya fuimos.

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

La amenaza de tormenta cesó, era la señal para hacerse a la mar y cruzar la franja de agua que los separaba de la Tierra Prometida.
El patrón los fue apretujando de mala manera en el fondo de la embarcación. Los insultaba, los amenazaba, los trataba sin miramientos.
Aisa se acomodó lo mejor que pudo. La tripa le pesaba horrores, y ahora también le dolía. No le había dicho nada a Jartum, su compañero, pero creía que el parto se produciría pronto. No le había dicho nada a Jartum, ni al patrón de la patera, ni a nadie; de hacerlo no la hubieran dejado embarcar y ella deseaba que su hijo naciera en la Tierra Prometida.
La amenaza de tormenta cesó, pero el cielo nocturno permanecía manchado por aquella inquietante neblina, que ahora además raseaba la superficie del mar. La neblina impedía ver la luna y las estrellas, ninguna luz. El escenario perfecto; pensó el patrón de la patera; pensaron muchos de los embarcados, y pensó Aisa, animada porque al otro lado de la niebla se hallaba la Tierra Prometida. Sólo unos pocos kilómetros; volvió a reflexionar, y luego nada podría impedir que su hijo creciera como crecen los hijos que viven al otro lado: con zapatos, con comida, con colegio y educación, con dignidad todos los días de su vida… Ella y Jartum se habían conjurado, para procurar a su hijo lo que la justicia exige para todos, todos los días de su vida…

El motor de la patera rugió a plena potencia en cuanto el patrón enfiló el nordeste. A poco de salir a mar abierto, éste se tornó bravío; los golpes bajo el pantoque se sucedieron violentos, intimidatorios para aquel pasaje poco o nada acostumbrado a un entorno que percibían hostil. Muchos inmigrantes se abrazaron asustados, rezando en su lengua, en su religión, que al igual que todas las religiones persevera en lo mismo, la concordia entre los hombres. El patrón los miraba con indiferencia; en realidad los despreciaba, significaban la mercancía que debía llevar a su destino para enseguida regresar a por más. También, taladraba con su mirada aquella niebla pegajosa: nada a babor, nada a estribor. Al rato pareció calmarse un tanto, cuando a proa, las lucecitas de las poblaciones comenzaron a perfilar la línea de costa a la que se aproximaban; o sea, para el pasaje la Tierra Prometida. No obstante el patrón recelaba, lo hacía siempre que cruzaba el estrecho con su cargamento de migrantes ilegales. Los despreciaba; pensó.

De pronto Aisa se estremeció. Las contracciones aparecieron de manera súbita, y se sucedían regulares; ya no pudo disimular lo que estaba a punto de ocurrirle. El frío añadió un componente estertóreo a las contracciones y ello acrecentó la congoja de un Jartum que se aprestó a asistir a su compañera. Algunos de los que estaban cerca también se percataron de la situación. Lo peor sin embargo, fue que el patrón de la patera supo que aquella mujer estaba a punto de parir en mitad del estrecho. Y aquello lo enfureció; farfulló palabras amenazadoras señalando a Aisa. Esa mujer es una carga; dijo haciendo un gesto a los dos esbirros que lo acompañaban. Las miradas de éstos no presagiaban nada bueno, pero entonces Jartum esgrimió un cuchillo, y enseguida alguien de los que estaban a su lado lo imitó, y luego otro se interpuso entre aquellos malvados y Aisa. Y por fin un cuarto y un quinto…, en fin, todos los inmigrantes, migrantes, inmigrados, expatriados, emigrados, llegados, trabajadores…, que cualquiera de los sinónimos empleados resulta válido cuando se trata de exaltar la solidaridad, instaron al patrón de la patera para que permaneciera atento a lo que debía estar, que era llevarlos a la Tierra Prometida.

Aisa gemía. Jartum le habló procurando mostrar serenidad. Le dijo que la Tierra Prometida estaba a la vista. Pensó en algo con lo que entretener a su parturienta compañera, e hiló una historia que acababa de recordar, narraba la aventura de tres reyes en busca de un recién nacido; se trataba de una historia que había escuchado allá, en su aldea del África Ecuatorial. Se parecía a la historia de los reyes de oriente que todos en occidente conocemos, aunque no tiene por qué ser la misma; cualquier bella historia es patrimonio de quien la difunde y al parecer allá, en la aldea del África Ecuatorial, se afirmaba que el acontecimiento sucedió en… Jartum procuraba imprimir a su historia, de eso que denominamos tensión narrativa, necesitaba acaparar la atención de Aisa: «…los tres reyes, hallándose descorazonados, perdidos, fueron guiados por una estrella que iba dejando tras de sí una larga estela. Aquella estrella les marcó el camino…» Aisa dio un grito en el momento de romper aguas, y levantó una mano hacia un cielo emborronado por la calima. Entre contracción y contracción, con voz entrecortada, interrogó que si aquélla era su estrella. Jartum escudriñó la noche, en el instante en que un reflector lamió la cresta de las olas.
El patrón hizo amago de dar la vuelta al tiempo que gritaba ¡Guardia Civil! Pero Jartum, y los otros, dijeron que no, que no era la Guardia Civil, se trataba de la estela de una estrella, la estrella que los guiaba a la Tierra Prometida. El patrón insistió: ¡Guardia Civil! Y comenzó a girar la patera. Jartum y todos los demás inmigrantes, migrantes, inmigrados…, ya se sabe, volvieron a enfrentarse al patrón y sus esbirros. Les ordenaron: ¡No, Guardia Civil no! ¡Ve hacía la luz! Ella es la estrella que nos guía, emisaria de la Tierra Prometida.

LA LLAMADA DE TELÉFONO (un cuento de Navidad)

Había salido aquella tarde, a realizar unas obligadas compras para la cena de Nochebuena con la familia. Señalar que la familia se había visto tristemente menguada en los últimos años; sobre todo echaba en falta a mis progenitores. Los había querido mucho, habían sido unos buenos padres, como esperaba serlo yo para mis hijos, pero… Me estoy desviando. Como decía al principio, había salido aquella tarde con el objeto de realizar algunas compras. Ya me encontraba de vuelta a casa, atrapado dentro de mi coche en mitad de un atasco monumental y agotado por el tráfago al que, no olvidemos, aportaba mi granito de arena. Mantenía clavada la vista en un semáforo del que sólo me separaban unas decenas de metros, pero que al permanecer abierto menos de un minuto cada vez que se ponía en verde para los coches, apenas me permitía avanzar. Allí, junto al paso de peatones, se agolpaba un gentío, que enloquecido se lanzaba a cruzar la calzada en cuanto el muñequito pertinente se ponía en movimiento. Mas de pronto, mi vista se fijó en una de esas otras personas, que nos resultan invisibles a lo largo del año y que por una extraña circunstancia de empatía navideña (quizá mal entendida) acaba despertando nuestra conciencia. Cuando por fin me situé a la altura del semáforo y contemplé de cerca la cara de aquella persona, un anciano y enjuto mendigo, que solicitaba a los conductores “una limosna navideña” escrita en un cartel que le colgaba del cuello, sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo. El mendigo vestía un abrigo de espiguilla desastrado y pasado de moda, que además le quedaba grande; un abrigo idéntico al que en tiempos tuvo mi padre y que habíamos donado a una oenegé tras su fallecimiento; en mi obsesión, incluso creí ver en el mendigo las mismas facciones de mi progenitor enterrado hacía un lustro. Él, mi padre, había fallecido de manera penosa en un hospital, solo, sin que ninguno de sus seres queridos estuviera acompañándolo en ese trance final. Recuerdo que el mismo día había ido a visitarlo por la mañana y lo encontré razonablemente bien, a pesar de que en los últimos tiempos se le hubiera ido la cabeza y no parara de reprocharme que cualquier día nos olvidaríamos de que existía y acabaría muriendo solo, como así sucedió. Yo siempre había sentido un profundo remordimiento, cada vez que pensaba en aquel triste desenlace; dicen que quien pierde un ser querido en determinadas circunstancias, es acompañado a lo largo de su vida por dicha sensación de no haber obrado de manera adecuada. Pero no quiero desviarme otra vez…

Por la razón que fuera, el mendigo no se detuvo a la altura de mi coche y siguió caminando entre los otros vehículos mostrando su cartel; algunos conductores bajaban la ventanilla y le daban algo. El escalofrío que primeramente había experimentado cuando creí identificar a mi difunto padre, mutó al rememorar el habitual sentimiento de culpa al que acabo de aludir. En mi turbación, reaccioné apeándome del coche, quería llamar la atención de aquel anciano, atraerle hacia mí, hablarle, pedirle disculpas quizá, por algo que sin duda él no acertaría a comprender. ¿O puede que sí?
El semáforo se puso en verde para los coches y desde todas partes se me comenzó a increpar para que regresase a mi vehículo y reiniciase la marcha. Dudé. El mendigo, aunque alejado unos metros de donde yo estaba y semioculto entre la gente de la acera adonde había regresado, pareció percatarse de que me estaba dirigiendo a él e intentó abrirse paso hacia mí. Pero en ese momento apareció un agente de policía local, ordenándome autoritario que montase en el coche y me largara.
Justo cuando superaba el semáforo, en el que ya se agolpaba la nueva remesa de peatones para cruzar cuando les llegase el turno, observé emergiendo entre la multitud, una porción de aquel abrigo que había creído identificar como el que perteneció a mi padre. Del puño de una manga, sobresalía una mano huesuda sujetando lo que enseguida reconocí como un teléfono móvil. La mano agitó el ingenio electrónico con vigor, quizá con premura, y a continuación tanto uno (el mendigo entre el gentío), como otro (yo conduciendo mi automóvil), fuimos absorbidos por la vorágine del instante.
Intenté detenerme algunos metros más adelante, con la intención de apearme del coche, echar una carrera y reunirme con el anciano del abrigo, pero otra patrulla urbana me lo impidió. Opté entonces por dar una vuelta a la manzana y volver al semáforo. Para cuando lo conseguí, veinte minutos más tarde, el mendigo había desaparecido.

Entré en casa dubitativo, el encuentro me había perturbado. Sólo cuando me senté en el sofá y comencé a relajarme, mi cabeza recuperó el detalle del abrigo con la mano agitando el teléfono. Me acometió un nuevo sobresalto y actué sin pensármelo. Tomé mi móvil, consulté la agenda y allí estaba el número de mi padre. Desde que falleciera, jamás se me había ocurrido borrar el contacto del listín. Pulsé la tecla de llamada. El teléfono comenzó a emitir tono. Al cuarto timbrazo descolgaron y una voz familiar, muy familiar, dijo: «Feliz Navidad hijo mío». Y enseguida se cortó la comunicación.

19-12-2019

Un premio que recibe un «colega»

En este difícil y complicado mundo de los que escribimos por vocación o algo así, siempre es grato enterarse de que a un «colega» se le da un premio. Conocí a Mariano Monge (lo conocí por sus textos que no nos conocemos en persona) gracias a una novela corta a la que quise dar el primer premio de un prestigioso premio…, no pudo ser, el jurado lo componíamos varias personas y mi relato favorito: «LA LUZ DE LAS ANTÍPODAS», cuya lectura recomiendo, se me quedó el segundo. En fin, ahora veo que a Mariano se le ha concedido un premio (XX premio de narrativa Géminis) y un servidor se siente doblemente contento, primero, porque Mariano haya ganado el premio y segundo, porque mi vanidad de algún modo se ve compensada con mi fallida elección.

Una vez más, felicidades Mariano.

E.J de Lara

LA DERIVA DE LOS ICEBERGS

LA DERIVA DE LOS ICEBERGS

Enrique J. de Lara

editorial CARPE NOCTEM 2018 (262 páginas)

Francisco Campos es uno de los socios fundadores y el único comercial de una pequeña empresa dedicada a la venta de paneles solares. El inicio de la crisis se suma, para él, a otra crisis más personal: la de su matrimonio.
Acosado por una existencia que parece haber perdido repentinamente su sentido, Paco sueña con dejar atrás su antigua vida y embarcarse en un pesquero. Su objetivo no es otro que el de conseguir ver icebergs, esas enormes masas de hielo que pueden llegar a alcanzar zonas cálidas del atlántico y en cuya deriva sin rumbo el comercial cree ver un espejo de su existencia.

 

«La deriva de los icebergs es una novela en la que el paisaje de la costa gallega se convierte en un protagonista más con sus personajes sin rumbo, a los que las corrientes del océano lleva a unirse o separarse, en esta metáfora sobre la soledad del hombre contemporáneo y sobre los lazos personales como el mejor timón para evitar la deriva existencial.»

CCC. XV. UN JUEGO FATAL

Me decidí, pulsé el botoncito rojo. Entonces todo comenzó a temblar: la mesa, el ordenador que estaba en la repisa bajo la mesa, el vaso de agua que me acompañaba durante las sesiones en la red… Primero sentí desconcierto, luego conmoción, enseguida alarma y finalmente miedo. Fui asaltado por una especie de arrepentimiento vago, lo absurdo de la situación me mantenía bloqueado. Entonces quise rectificar. Apreté repetidamente el recuadro donde ponía anular, pero el contador no se detuvo. Los años transcurrieron como una exhalación en el monitor… Por fin, convencido de la inutilidad de mis intentos por detener aquel sinsentido procuré relajarme. Busque con la vista en la estantería de los libros tratando de localizar cierto título. Lo encontré, lo tomé y me dispuse a releer, pero antes de que lo abriese un campanilleo en el ordenador volvió a acaparar mi atención. Atendí a la pantalla; un sonido perseverante acompañaba al parpadeo del rótulo que anunciaba que estaba completado el escenario. Agobiado por la congoja tiré del cable de alimentación a la red. El ordenador se tambaleó y el monitor se apagó de golpe; dejé pasar algunos minutos y reinicié el sistema. El remedio fue baldío. En cuanto la pantalla se encendió apareció una fecha concluyente: 15/6/5006… ¡Habían transcurrido cerca de tres mil años!

Me asomé por la ventana. Lo de afuera no parecía haber cambiado mucho, la verdad: una chica paseando al perrito, dos operarios de la compañía telefónica trajinando con los cables en una fachada… Quizá aquella pareja vestida de manera un tanto estrafalaria, pero… ¡Nada, el detalle no era significativo! Sobre todo si teníamos en cuenta que habían pasado tres mil años. Me sentí desconcertado.

Llevo horas observando lo que acontece en la calle entre fascinado y perplejo. La gente va de un lado para otro, a lo suyo, como siempre. No es lo que me esperaba, todo sea dicho. Compruebo que incluso los coches, los anuncios…, ¡exactos a los de mi época!… Definitivamente algo no encaja. Creo que voy a releer el libro recuperado de la estantería; la máquina del tiempo de H. G. Wells, quizá éste me proporcione alguna explicación coherente. Aunque… ¿Y si retorno al escenario de origen e intento dar marcha atrás?… Podría servir, pero… ¿Y si me paso?…

Mas de pronto siento como un nuevo temblor acaece en la estancia y de inmediato un golpe seco en la nuca que está a punto de hacer que me estampe contra el monitor del ordenador.

–¡Imbécil! ¡Pedazo holgazán! ¡Sal a buscar trabajo y deja los jueguecitos virtuales, que tienes treinta y cinco años!

Es mi madre, devolviéndome a la cruda realidad con uno de sus habituales y admonitorios pescozones.

Cien Cortos Cuentos: XIV. EL OLOR DE LOS PEPINOS

 

          Ya es verano. Mi hermano José y yo nos apresuramos, merienda en mano, pan con chocolate, camino del prado. Hoy ha sido el último día de colegio. Nuestros amigos Pablo y Santiago nos esperan allí, en el prado. Pablo es el mayor de todos, acaba de cumplir nueve años.

El riacho, recrecido este año por las lluvias, envalentonado, juega a emular a los grandes. Se ha desbordado y corre revoltoso entre las abigarradas junqueras de la ribera. El suelo está tupido por un manto de tréboles.

 

Como si de un acto rutinario se tratara, una vez juntos, los cuatro nos desnudamos hasta quedarnos en ropa interior. Y es justo entonces, cuando una fuerza desconocida nos posee empujándonos a correr y saltar sin parar en un ritual desaforado que ya hemos experimentado antes, que intuimos algo así como un mensaje atávico de no sabemos explicar qué. Solo Pablo se atreve a emitir un juicio, afirma que lo que nos pasa tiene que ver con el “gusto” que sienten los mayores cuando… Todos asentimos porque ninguno acierta a comprender en qué consiste eso del “gusto cuando…”

 

Cae la tarde. El sol oblicuo tremola sobre los enveses plateados de las hojas de los chopos. Agotados de corretear y saltar nos tumbamos boca arriba sobre el manto de tréboles, entonces mi hermano, con voz jadeante, dice que le huele a pepinos. Racional, Santiago replica que habrá algún huerto cercano. Pablo sentencia que no, que éste es el olor del verano. Yo dejo clavada la mirada en el cielo azul. La brisa fresca de la tarde sobre nuestra piel nos unge efectivamente de olor a pepinos, y el instante se me queda clavado a la razón como un hito, un recordatorio de los que jamás se olvidan.