CCC. XV. UN JUEGO FATAL

Me decidí, pulsé el botoncito rojo. Entonces todo comenzó a temblar: la mesa, el ordenador que estaba en la repisa bajo la mesa, el vaso de agua que me acompañaba durante las sesiones en la red… Primero sentí desconcierto, luego conmoción, enseguida alarma y finalmente miedo. Fui asaltado por una especie de arrepentimiento vago, lo absurdo de la situación me mantenía bloqueado. Entonces quise rectificar. Apreté repetidamente el recuadro donde ponía anular, pero el contador no se detuvo. Los años transcurrieron como una exhalación en el monitor… Por fin, convencido de la inutilidad de mis intentos por detener aquel sinsentido procuré relajarme. Busque con la vista en la estantería de los libros tratando de localizar cierto título. Lo encontré, lo tomé y me dispuse a releer, pero antes de que lo abriese un campanilleo en el ordenador volvió a acaparar mi atención. Atendí a la pantalla; un sonido perseverante acompañaba al parpadeo del rótulo que anunciaba que estaba completado el escenario. Agobiado por la congoja tiré del cable de alimentación a la red. El ordenador se tambaleó y el monitor se apagó de golpe; dejé pasar algunos minutos y reinicié el sistema. El remedio fue baldío. En cuanto la pantalla se encendió apareció una fecha concluyente: 15/6/5006… ¡Habían transcurrido cerca de tres mil años!

Me asomé por la ventana. Lo de afuera no parecía haber cambiado mucho, la verdad: una chica paseando al perrito, dos operarios de la compañía telefónica trajinando con los cables en una fachada… Quizá aquella pareja vestida de manera un tanto estrafalaria, pero… ¡Nada, el detalle no era significativo! Sobre todo si teníamos en cuenta que habían pasado tres mil años. Me sentí desconcertado.

Llevo horas observando lo que acontece en la calle entre fascinado y perplejo. La gente va de un lado para otro, a lo suyo, como siempre. No es lo que me esperaba, todo sea dicho. Compruebo que incluso los coches, los anuncios…, ¡exactos a los de mi época!… Definitivamente algo no encaja. Creo que voy a releer el libro recuperado de la estantería; la máquina del tiempo de H. G. Wells, quizá éste me proporcione alguna explicación coherente. Aunque… ¿Y si retorno al escenario de origen e intento dar marcha atrás?… Podría servir, pero… ¿Y si me paso?…

Mas de pronto siento como un nuevo temblor acaece en la estancia y de inmediato un golpe seco en la nuca que está a punto de hacer que me estampe contra el monitor del ordenador.

–¡Imbécil! ¡Pedazo holgazán! ¡Sal a buscar trabajo y deja los jueguecitos virtuales, que tienes treinta y cinco años!

Es mi madre, devolviéndome a la cruda realidad con uno de sus habituales y admonitorios pescozones.

DEVENIRES. 1er. devenir

1er. DEVENIR.

Salgo a dar un paseo. En realidad no tiene nada de particular que salga a dar un paseo: caminar, observar mientras paseo, reflexionar…, lo hago con frecuencia. Lo que sí es singular y quizá el motivo que me hace sondear pensamientos en lo que concierne al asunto de los “devenires”, es la hora en que decido pasear, más o menos el mediodía. Tampoco debería ser ésta una circunstancia que mereciera la atención que le estoy poniendo, pero sí, sí lo es, y me explico. Mi pequeña ciudad, más bien la ciudad en que habito desde hace muchos años, esta ciudad a la que me he adaptado de modo razonable, pero que nunca he estimado como elemento arraigado firmemente a mi identidad (sé que cualquier otra ciudad y en cualquier momento podría serlo de manera instantánea, pero ésta no), mi ciudad como decía, es una ciudad que aglutina una buena porción de historia e incluso de méritos en su haber, aunque no por ello deja de ser una ciudad común, mundana, idéntica a cualquier otra pequeña ciudad, una ciudad en que a lo largo de las distintas franjas horarias del día, se ve desfilar por sus calles toda una muestra de la población que acoge, esa mayoritaria población con la que yo, en circunstancias normales, no coincidiría pero hoy sí lo he hecho, lo acabo de hacer…

A pesar de que aquel tiempo en que vine a dar con mi humanidad a esta ciudad se ha quedado muy atrás, ha devenido permítaseme que diga, a pesar de que entonces sintiese la necesidad de acotar los límites impuestos por este espacio en que convivimos más de doscientas mil personas, de mi ansiedad por averiguar la realidad y entresijos del entorno que por novedoso me incumbía, y de que en la actualidad ese entorno lo tenga conocido o casi conocido hasta la saciedad, incluyendo sentido del tráfico de las calles principales, ubicación de las barriadas tradicionales… A pesar de estos y otros muchos elementos y situaciones que no viene al caso pormenorizar, de que a priori ya nada de aquí alcance la capacidad de conmoverme como aconteció en otros momentos, sí ocurre para mi admiración (no sé si admiración es la palabra adecuada para definir lo que a continuación relato) que siento removérseme las emociones embutidas en cierto sayo de nostalgia, o quizá de vacío existencial, o quizá de tiempo perdido que diría aquél, o quizá de repentino estado introspectivo, que de pronto hace saberme un náufrago en este devenir de gentes que me rodea, gente con la que me cruzo, desconocida toda, pero toda identificable, cortada por un mismo patrón, el de sus particulares devenires, el del tiempo que los ha sobrepasado a la mayoría internándolos en la ancianidad, y es que a esta hora de la mañana, mediodía como decía antes, casi todo este itinerario que voy completando en mi paseo está morado por gente anciana. No me veo como ellos, tengo sesenta años, pero no me veo como ellos, es decir, con lo que muchos de ellos transmiten: enfermedades, tragedias personales, ociosidad de gente que en apariencia lo tiene todo hecho en la vida y que en algunos o muchos casos (es lo que me transmiten sus aspectos, insisto) dichos logros o no logros les vienen anchos, o por afinar, les viene como la ropa que un día constituyó la moda y fue de su talla pero ahora no. Sí, me digo pensando con cierta crueldad, sé que juzgando a la ligera, es como si estuviesen amortizados y deambulasen cual zombis que no saben a dónde van y por qué. Decía un poco más arriba que no me veo como la mayoría de esta mayoría de gente mayor, y muy mayor, gozo de excelente salud, no tengo achaques visibles o reconocibles de momento, me considero una persona razonablemente afortunada en lo familiar, hago deporte, procuro cultivar mi intelecto de diversas maneras y encima mantengo, creo que de modo bastante saludable, la capacidad de plasmar en un papel mis experiencias como observador. Y justo aquí encuentro la clave de este primer devenir que juega con la introspección pero carece de empatía, porque bien mirado, quizá me esté quedando atrás, quizá mi estar donde estoy se corresponda con una especie de destiempo. Es una sensación extraña la de esta mañana de paseo, pero de pronto me da por razonar en que algunos (o muchos) somos inconscientes de que nuestro tiempo transcurre sin detenerse, de que en él no existen los rodeos o las pausas, y que con el tiempo, nuestro tiempo, las personas y el entorno que las acompaña deviene; no puede ser de otro modo. Y que por ello, los allegados y los menos próximos, los apenas conocidos pero cuyas caras nos han resultado siempre familiares y si se me apura contribuyentes a nuestra constatación como individuos de un tiempo, todas esas personas comienzan a difuminarse, a dejarnos solos aunque muchas sean sustituidas por otras hasta que, y aquí llega la tragedia de este pequeño devenir, de pronto ya no somos capaces de reconocer a nadie que podamos constatar como perteneciente a nuestra generación. Es entonces cuando deberíamos decidir que, bien mirado, hemos tenido suerte, porque continuamos aquí, con los pies sobre la tierra, respirando, viviendo, siendo un ser consciente, con identidad, con entidad… Y por eso… No, ahora mismo, aquí, en este espacio y este lugar en que me hallo, en esta hora no conozco a nadie, quienes me rodean, todos, me son ajenos, o yo soy ajeno a este momento, quizá a este devenir de la jornada que todavía no me concierne, que he osado profanar. Corro a protegerme en casa, no sé si de regreso al espacio y el tiempo que me corresponde, deseando recuperar el devenir perdido de manera inopinada.

4-6-2018