TATUAJE

          –La sangre sobre la nieve se ve roja, sobre la tierra apenas resulta perceptible –masculló enigmático y como jactándose de su afirmación mi colega de la policía sueca, cuando le dije que su compatriota, la guía turística, había sido hallada desangrada en aquel paraje remoto del subdesierto almeriense.

Pensé antes de responder. Me empleé con acritud:

–Tal vez, sobre la tierra la sangre resulte más esclarecedora.

Mi colega sueco no dijo nada, pero percibí su incomodo, me miró receloso. Como si estuviera pensando en otro asunto, le pregunté que cuándo regresaba a su país. Me respondió que al día siguiente.

–¿En el vuelo ESTOCOL. 112233? –Interrogué.

–Tendría que comprobarlo, pero creo que sí ¿Por qué?…

–Aquí, en el sur –dije hablando pausado–, todo se seca enseguida. Recogiste el pasaje que se te cayó sobre el vientre de la chica, pero las letras reaparecieron cuando la sangre se coaguló sobre su piel. Tienes que verlo, parece un tatuaje delator.

LA DE LOS DÍAS DE LLUVIA (Tormenta)

La de los días de lluvia, era la nota aclaratoria que le gustaba utilizar cuando alguien aludía a aquel nombre suyo que sonaba a epíteto. Su parto fue tan doloroso, que su padre, sin pensárselo dos veces, se fue al registro y porfió hasta conseguir que la inscribieran como Tormenta, sin María delante. Y ella se jactaba de ello cuando se le preguntaba:
            –Soy Tormenta. Para hacer padecer, pero también para entregar lo mejor que llevo dentro.
Así fue como Tormenta, la de los días de lluvia, había actuado a lo largo de toda su vida. Haciendo padecer, como lo hacemos todos, pero también entregando lo mejor de sí, dejando acceder hasta el centro de sí misma, hasta ese ojo de huracán desde el que se contempla, diáfano, la implacabilidad de un entorno bello aunque con frecuencia hostil…
            –Soy Tormenta ¡Mantente siempre junto a mí! –Embromaba a los suyos.

Muchos años después, cuando las noches se presentan desapacibles y si coincide con sus guardias, atraída por ese ojo de huracán que para ella es el servicio urgencias, la doctora Tormenta acude a echar una mano a los compañeros de pediatría o neonatología. Ser presentada a las desasosegadas parturientas, que en un momento como aquel traen sus criaturas al mundo, les proporciona a todos un plus de confianza. La simbiosis entre la ciencia y el influjo de la naturaleza posee este tipo de situaciones inexplicables.
            –Mira «fulanita», aquí tienes a la doctora Tormenta, la de los días de lluvia –se le dice a la parturienta de turno. Y ésta, siempre se serena con la presencia de aquella mujer, y piensa que si lo que le viene es una niña se llamará así, Tormenta.

LA PRIMERA VEZ

Para ganar tiempo, para que cuando quieran percatarse de mi fuga esté lejos, recurriré al viejo truco de meter la almohada en la cama. Luego guardaré mis escasos bienes en un zurrón que yo misma me he fabricado y saldré para siempre de este lugar, que antaño asociaba al paraíso y ahora me inspira purgación de faltas que no he cometido. Cuando suene el toque de maitines habré alcanzado la carretera y… Confío en que el primer prójimo que se cruce conmigo se apiade de esta humilde autoestopista. La experiencia resultará emocionante, hasta ahora el mundo exterior ha sido un ámbito ajeno, pero… Sí, claro, mucho más emocionante si cabe será nuestro encuentro. Por cierto, que deseo dejar constancia de que la diócesis es la culpable de todo al obsequiarnos con banda ancha…
¡Qué guapo es Manuel! Lo conocí en aquella página donde… ¡Ejem! Y me gustó tanto lo que el muy pícaro dejó caer a las primeras de cambio… Sí, lo de que nuestra primera vez se consumara sin yo despojarme del hábito.

LA VIDA GIRA

Prisionero en su esfera, feliz tal vez, perseverante sin duda, ignorante de la importancia de su empresa, no deja de hacer piruetas para evitar caer. Con gran esfuerzo y tenacidad supera obstáculos, asciende pendientes imposibles, avanza incansable, se para. No, jamás para descansar, lo hace para orientarse: realiza un giro de trescientos sesenta grados calculando a la par volumen y distancia recorrida, vuelve a otear el horizonte. ¡Cuidado, se acerca un intruso! ¡Un ladrón! Un advenedizo que pretende aprovecharse de su esfuerzo. Consigue darle esquinazo. Avanza un poco más y entonces aparece ella. Se detiene en seco. Orgulloso se hace a un lado y le muestra la redondeada bosta. Ella revela su interés y él la invita a encaramarse. Ella acepta y tras un breve escarceo amoroso la hembra clava su oviscapto, hasta lo más hondo de la bolita de estiercol que acaba de regalarle el macho de escarabajo pelotero. La vida gira.

YO IBA PARA CAMPEÓN DEL MUNDO

«Yo iba para campeón del mundo…» Con cada puñetazo encajado la misma frase bulléndome en la cabeza. Una constante que se prolongaba durante nueve largos asaltos con sus interminables minutos, con sus demoledores segundos y cuentas de protección. Tenía reventadas ambas cejas, con un ojo no veía nada, el otro tumefacto… ¿Los flancos?… ¡Uf! ¡Qué sería de mi hígado, de mi bazo, después del combate!
Durante el descanso entre asalto y asalto, notaba como Flanagan, mi preparador, se afanaba con el hielo y la vaselina. Llevábamos juntos desde el principio, desde que aquel negrito macarra y descarado me presentó como pupilo suyo en el gimnasio. Le dijo algo así como: Mira irlandés, un blanco que quiere boxear.
A Flanagan le llamaron la atención mis buenas maneras. Será cosa de la necesidad; dijo. Luego le impresionó mi tesón; entrenaba diez horas diarias.
Sí, yo iba para campeón del mundo, pero ahora estaba a punto de cumplir cuarenta años y el mocoso que tenía enfrente me estaba masacrando. El muy hijo de puta, además de contundencia le ponía entusiasmo. En cierto modo me recordaba a mí mismo cuando estaba empezando. Me lo recordaban sus golpes, diera donde diera, todos iban a parar al mismo lugar, a mi maltrecha conciencia, esa que me repetía sin cesar que yo iba para campeón del mundo, pero ahora debía doblar la rodilla. ¡Jamás!; me revolvía contra ella y al instante, cuando encajaba otro par de golpes: ¡sí, en el siguiente me tiro!…
Flanagan me lo reprochó siempre, adolecía de confianza. Luego, los malditos periodistas me endilgaron el San Benito: que de maneras bien y de empaque, pero que eso no basta en el boxeo. En el boxeo, a un tipo que sale de donde yo salí se le pide, como mínimo, un punto de marrullería y sobre todo, que sea sanguinario, que proporcione sangre al espectador, la propia y la del contrincante. Nunca acepté ese juego, siempre he respetado al rival.
Flanagan pasó una vez más el «frasquito milagroso» por mi nariz y me endosó el protector bucal. Casi me lo ajustó de una bofetada; también me propinó una palmada en la espalda. No era aquél el gesto de quien pretende infundir ánimo, lo noté, Flanagan se compadecía de mí. Me hizo una seña bien clara: tírate.
Sonó la campana del décimo asalto. Me incorporé despacio. Sentí el peso del cuerpo; el peso de la edad, no el de los golpes. Con la experiencia hasta esto se aprende, que noquea más el tiempo que el rival.
Miré al muchacho aproximándose confiado, con ese cuerpo moldeado en el gimnasio; habían hecho un buen trabajo con él. Se le veía decidido, con fe, las dos cosas que siempre me faltaron a mí. Lo vi con lo poco que conservaba de visión, vi ese resquicio que mostraba el camino hacia su mentón. Una guardia incorrecta, temeraria. No era una treta, estaba claro, acababa de cometer un error. Y, qué curioso, juro que en aquel instante hubiese detenido el combate para advertírselo: que aquella no era la senda del éxito por mucha preparación que acumulara a sus espaldas, y aunque tuviera la confianza que a mí me había faltado. Se lo hubiera dicho, como se aconseja al hijo para que no incurra en los propios errores. Pero no lo hice, en realidad no era lugar ni momento y además, en el improbable caso de que lo fuera, enceguecido como aparentaba mi rival, tampoco me hubiera escuchado. Así es que procuré descargar toda mi fuerza en aquel golpe, al tiempo que pensaba, una vez más, que yo iba para campeón del mundo.

PARADOJA DEL PESCADOR

Como los ángeles al caer el sol, errabundo, deslumbrado por la luz que antaño pensó era su guía y ahora un tentáculo que lo aferraba para mantenerlo ligado al incongruente sistema consumista, prisionero de sus contradicciones, así se sentía desde hacía tiempo cada vez que, retrepado a la almadraba, asía el gancho con el que ensartaba, uno tras otro, a los enormes y escurridizos atunes. Sabía que de aquel frenesí de sangre, sudor y muerte sacaría bien poco. Los japoneses lo compraban todo a precio de saldo. Casi no compensaba, se dijo. Unos billetes extras a cambio de sus manos llenas de sangre, manos que, una vez limpias, tomarían, casi por inercia, el blíster de sushi hecho a base de arroz y puede que de ese atún que él pescara, y cuyo precio, después de manufacturado y colocado en el estante del hipermercado, se había multiplicado por mil.

APOLO XIII

 

Ese tic-tac que escuchamos hace rato golpea mi conciencia como un percutor implacable. Uno de mis compañeros asegura que es el contador de millas: cada «tic» mil menos para llegar a la Tierra; cada «tac», otras mil nos separan de la Luna. El capitán insiste en que él no oye nada. Claro; pienso, ha de aparentar entereza. Mas yo tengo un terrible presentimiento. Es como si, del otro lado del casco, alguien verificase ese tiempo que se nos agota. Dicen que en el vacío la vida es inviable, lo cual, de alguna manera confirma mi inquietud. La muerte golpea con su guadaña en los lugares más insospechados, por eso ese tic-tac…

IMPOSTOR GALÁCTICO

Anoto sus nombres para luego acudir a los registros; verifico en los archivos los códigos identificadores, porque con los náufragos nunca se sabe. La mayoría provienen de la galaxia: de Vega, Sirio, Arturo… Dos individuos me interesan sin embargo, afirman proceder del Sistema Solar; circunstancia insospechada por lo anómalo de la subsistencia inteligente en dicho rincón perdido del universo. El tipo de Titán, un satélite de Júpiter, dice que allí, los efectos incontrolados de la acción antrópica hacen penosa la supervivencia, aunque todavía resiste una colonia. Pero el otro, el que asegura venir de la Tierra… Ése es un impostor, estoy seguro. La Tierra lleva muerta cientos de años. ¿Dónde habrá conseguido la identificación?

FIN

Traicionadas por sus propios acólitos los minutos, los segundos, las décimas de segundo… Todos los que ocupaban el espacio que media entre una y otra las abandonaron al unísono, y entonces ellas, las horas, se detuvieron; desaparecieron para siempre, y con éstas también lo hizo el tiempo.

LA HORA DEL CAFÉ

Se trata de un «donnadie», de un borrachín, de un colgado, vete tú saber a causa de qué sustancia, que ha hecho suyo este barrio. Hacerlo, frecuentar un barrio (sobre todo para gente como esta) tiene sus ventajas, al final las caras nos resultan familiares y aunque nos ignoremos los unos a los otros, parece que lo habitual es un factor de convivencia, de una convivencia obligada, eso sí. El donnadie al que me refiero a mí no me ignora; tiene sus razones. Coincidimos por la mañana, cuando hago un descanso en la oficina y salgo a tomar café. Desde dentro del bar lo veo escudriñar a través de la cristalera. Cuando me localiza, acomodado en el lugar que acostumbro hojeando el periódico, se dirige a la puerta y espera a que salga.
Una vez estoy en la calle, se me coloca delante y me hace el gesto de pedir tabaco, y yo le doy un par de cigarros, y él vuelve a extender la mano para que también le entregue unas monedas, y a veces se las doy y otras le contesto que no moviendo la cabeza. Jamás insiste, siempre se da la vuelta y se larga con el mismo trotecillo cansino.

Hoy, como todas las mañanas, he acudido al bar y abierto el periódico por donde acostumbro, reconozco que tengo mis manías. Al ver su fotografía allí, he mirado inmediatamente hacia afuera, a la puerta donde me espera y claro, no está. Colecciono nombres de personas que han dejado de fumar. He recortado su foto y añadido un comentario: «El donnadie de la hora del café».