TURNO DE NOCHE

Desde que yo también tengo turno de noche apenas coincidimos. Tiempo atrás, cuando podía acompañarlo en sus correrías nocturnas, lo pasábamos genial. Naturalmente eran otros tiempos, y ya se sabe que las circunstancias son como los tiempos, cambian.
Tuve que aceptar el empleo, la necesidad de una vivienda y los gastos que conlleva la sociedad moderna, trastoca cualquier rutina por muy adaptados a ella que nos encontremos.
En fin, lo cierto es que lo de ahora tampoco es tan malo, más o menos nos hemos acostumbrado a nuestra novedosa situación y además: no hay mal que dure mil años… ¿O eran cien? ¡Bah! Da lo mismo, cuando existe complicidad el paso del tiempo supone una minucia; más en nuestro caso.
Es por eso que cada tarde, a la caída del sol y antes de salir para el trabajo, le plancho una camisa y le dejo preparado su capote preferido; sí, ése, el de las solapas levantadas… ¡Mira que le queda bien al joío!
Lo que más extraño, es no poder verlo con su atuendo recién enfundado. No son celos, pero me da rabia imaginar, que sean otros ojos los que así lo contemplen a la vuelta de cualquier esquina, aunque sepa de sobra que dichas circunstancias… ¡Ejem! Vamos, que echo de menos escuchar el despertador a medianoche, levantarme con él, disfrutar del modo en que, prolijo, se viste para salir a lo suyo…
Eso sí, me lo tiene prometido, en cuanto pase el «pico carnavalesco» de este año, vendrá a hacerme compañía algunas madrugadas al hospital, a pesar de que no para de repetírmelo: ¡Nunca me ha gustado la gente pachucha que hay en estos sitios! Y su recelo es comprensible, pero le tengo preparada una sorpresa. Cuando venga lo llevaré de visita al banco de sangre y nos embriagaremos tomando unas bolsas de nuestros grupos de plasma preferidos. Ya me ocuparé yo, de que no se eche en falta la desaparición. Y es que unos pocos litros no van a ninguna parte.

2º QUERIDO PAPÁ

Papá solía morirse dos veces por semana. Pero su fortaleza era tal, que superaba cada una de sus crisis hipoglucémicas como un ave fénix. De pronto, cuando todos pensábamos llegado su final, abría los ojos mirándonos de uno en uno con expresión entre sorprendida y fastidiosa, hasta que, de manera inopinada, se paraba en alguno de los familiares que asistíamos a lo que pensábamos sus últimos instantes de vida, lo señalaba con un dedo acusador y decía: ¡Tú no eres nada mío!, ¡largo de aquí! El aludido, era un acuerdo tácito, simulando despecho se largaba sin más y, naturalmente, ya no volvía aparecer cuando se nos comunicaba la inminencia del siguiente óbito. El día que Papá tuvo la crisis definitiva, la que finalmente lo llevó a la tumba, sólo quedaba yo. Entonces me sujetó la mano y dijo: ¡Tú si eres mío! Y se murió. Previsor, me había hecho acompañar de un notario, que levantó acta de las últimas palabras de mi querido papá. Creo que sobra comentar que la herencia fue mía y sólo mía.

1º CATENARIA

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Un día lo había soltado así en la mesa del comedor de la pensión. Que trabajaba en la alta velocidad, los trenes bala, ya se sabe… Rio la gracia.
Su dormitorio estaba al lado del mío y algunas noches, cuando me despertaba el traqueteo de su cama, corría a asomarme al pasillo, estaba convencida de que frecuentaba a varios de mis jóvenes inquilinos. Aunque nunca conseguía sorprender a unos u otra entrando o saliendo de su habitación. En determinadas ocasiones, juraría, un siseo, el placentero gemido de una imaginaria catenaria, podía escucharse uniendo el itinerario que separaba ambas estancias.