ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

El octavo día de confinamiento forzoso ya no puedo más y decido salir a la calle. He cogido una bolsa de la compra y me he ido al supermercado. No al que tengo más cercano, he ido a uno en el que antes jamás había entrado. El lugar estaba casi vacío; vacío de gente y de productos. Me he conformado con lo primero que he podido encontrar: un par de pimientos, una barra de pan y un paquete de pastillas para el lavavajillas; lo último se lo he dejado a la cajera cuando he ido a pagar, hace días que no utilizo el electrodoméstico.
Ya en la calle, he regresado de vuelta a casa dando un rodeo. Sé que no es bueno exponerse y que tampoco debemos exponer a otros a un posible contagio que pueda venir de nuestra parte; todos somos presuntos trasmisores. Pero el caso es que lo he hecho; mal hecho. Me figuro que a todos nos pasa, es una cuestión sicológica, de salud mental, estar dándole todo el día a la cabeza tampoco es bueno y yo, aunque soy de los que se entretiene y se busca cualquier ocupación, también sufro los embates de la angustia y la incertidumbre, así es que eso, sí, he hecho mal, pero he regresado a casa despacio, dando un rodeo, disfrutando de un ilegal paseo. Fijándome en aquel vehículo que circula a lo lejos, en esa patrulla de la policía, que cada vez que sorprende a un viandante reduce la velocidad, e incluso se para y le pregunta qué hace por la calle. Llevo mi bolsa de la compra bien visible, para que se sepa de dónde o a dónde voy. A la gente de los perros la policía los tolera. El detalle no me pasa por alto, de hecho, llevo varios días con la idea dándome vueltas en la cabeza, quizá, si tuviéramos un perro… ¡Claro, mis hijas encantadas! Habría peleas para sacar al animal a la calle. Lo que son las cosas, el problema en que siempre he pensado y me ha echado para atrás (uno de ellos) en la idea de tener un perro en casa no existiría. Continúo caminando, despacio, siempre despacio. No hay ninguna prisa en volver. Cerca de casa existe un pequeño parque. Lo atravieso. El lugar está desierto, salvo por los inevitables paseantes de perros; algunos intercambian unas palabras manteniendo una distancia prudencial. Estoy por acercarme a uno de esos grupos para intentar conversar con ellos, de cualquier cosa, pero por fin desisto, no pertenezco a ese estatus de propietarios de mascotas, ¿qué haría yo allí?, con mi bolsa de la compra en la que llevo dos pimientos y una barra de pan. Continúo mi camino, llego al final del parque. Ya solo un semáforo y un corto paseo arbolado me separan de casa. No es necesario ni esperar a que el semáforo se ponga en verde y cruzo, y por fin, un tanto resignado, acometo el último tramo del itinerario. Pero cuando he cubierto la mitad de la distancia, de los árboles que escoltan el corto paseo comienzo a percibir el parloteo de los muchos pájaros que, desde que lo que nos ha sucedido se prolonga, han ido ganándole terreno al tráfago urbano; es como si la ciudad estuviera cambiando de dueños. A los pocos metros llego a la altura de una señora mayor que, sentada en un banco, desmigaja un trozo de pan rodeada por una cohorte de avecillas, que la miran pacientes y a las que importa poco, que yo vulnere esa distancia prudencial que los pájaros comúnmente guardan con los humanos. Cada vez que la mujer les lanza unas pocas migas al suelo, los animalitos se las disputan. Me detengo a contemplar la escena. En un momento dado, a la anciana se le acaba el pan y les hace una señal a los pájaros extendiendo hacia ellos sus manos vacías, como explicándoles que ya no tiene nada para ofrecerles. Algunos levantan el vuelo, pero otros, supongo que los más hambrientos, pacientes, o las dos cosas, se quedan aguardando un incierto futuro, que les depare algo que llevarse a la boca; al pico en este caso. Cuando estoy a punto de reiniciar mi camino, la anciana alza la vista hacia mí y dice: ellos también nos necesitan. Siento un escalofrío recorriendo mi espalda. El pensamiento que también atraviesa mi mente como un relámpago me produce idéntico incomodo. Se me ocurre, que si una patrulla de la policía pasa en este momento por allí y sorprende a la mujer… Se me ocurre, que ella igualmente necesita de esa dedicación que profesa a los pajarillos… Se me ocurre que yo mismo tengo necesidad de los que me necesitan a mí… Todo es demasiado absurdo; me digo por fin, demasiado increíble por verdadera que sea la situación. ¿Quién nos lo iba a decir, que pudiéramos llegar a algo así? Saco el pan de mi bolsa de la compra y se lo entrego a la mujer, y a ella se le iluminan los ojos, y enseguida arranca un extremo de la barra y desmigándola, comienza a ofrecérsela a los pajarillos, que regresan en bandadas y la rodean, y no paran de piar supongo que alborozados. «Si viniese una patrulla de la policía y le pregunta, dígales eso: que ellos también nos necesitan». He pensado en decírselo, pero no lo hago, solo levanto una mano en señal de despedida, a la que la anciana no atiende, está demasiado ocupada. Continúo mi camino y enseguida llego a casa. Allí, se me reprende con benevolencia por mi tardanza y cuando digo lo que he comprado en el supermercado, señalo que aparte de los dos pimientos también llevaba una barra de pan, pero que la he dejado por el camino, porque «ellos también nos necesitan».

21-3-2020

ANÓNIMA HEROÍNA

Una vez más ha ocurrido. La noche bien entrada, los niños dormidos. Mi marido hace rato se ha marchado al bar, con esos amigotes que me desagradan tanto como él; me dejo adormecer por un programa indeterminado del televisor, aguardando a que llegue la ansiada llamada; siempre es el día de mi cumpleaños, a esta hora en que, quiero suponer, sabes que me encuentro sola. Es tu regalo, lo sé, lo anhelo. Ha transcurrido justamente un año desde la llamada anterior y… No, nada de concesiones a la moralidad, nada remordimientos, ¡nada de haber procurado olvidarte! Eres mi único asidero, el único estímulo desde que mi esposo salió de mi existencia y yo de la suya que, para qué vamos a darle vueltas, sucedió enseguida, en cuanto su vulgaridad pasó a ocupar la primera línea de su atención y nuestros hijos crecieron un poco y yo recuperé tu aletargada memoria, porque ocurrió lo de aquella primera llamada.

Suena el teléfono. Al segundo «sí» que se queda sin respuesta ya no me cabe duda, sé que se trata de tu llamada. Podría haber sido la del otro, el borracho de mi marido, al que encima le dan accesos de celos y le gusta controlarme. Yo no sé que se pensará; o sí, que soy suya.
Pero no, no soy suya y quien llama eres tú, y entonces y como siempre también, viene lo del mudo recordatorio: dos respiraciones que se sincronizan, dos vidas distantes que se funden en el éter de una misma emoción, y el silencio que acontece es, quizá, nuestro fruto malogrado, una efímera ilusión, que en cada aniversario rememora lo que hace tiempo quedó atrás y permanece justo ahí, en tierra de nadie.

Recupero de golpe el jaculatorio instante de aquella última ocasión en que nos tocamos, en que nos hablamos, en que nos miramos, en que merodeé tu cuerpo… Esto jamás voy a olvidarlo. Diez años han transcurrido desde aquello, diez años. Y siempre tú en cada uno de ellos al otro lado del auricular.
Apuro esta fugaz proximidad, pronta a diluirse en mi triste situación… De la tuya nada sé. Se tensa el instante como una goma elástica a punto de romperse, y de lastimar nuestros oídos con su violento chasquido, y ya siento el regreso a ese vacío que embebe mi cotidianeidad y mis circunstancias. Mas existe algo, ese algo que me digo consolándome cada vez, una señal que me indica que aún estamos a tiempo de… Bueno, no sé muy bien de qué estamos a tiempo, pero ello constituye un asidero, endeble, pero un asidero me repito.

Asidero que consiste en imaginar aquellos planes que pormenorizaste con premura y que nos afectaban. Me agradaría sobremanera, oírte decir lo de la ilusión compartida, lo de «todo lo mío es para ti, pero ¿y lo tuyo?». Me mirabas inquisitivo, esperando una respuesta que nunca llegaba. Sé que sufrías, porque no podías evitar decir todo aquello y porque como yo estaba casada con otro hombre, no iba a hacer concesiones, negaría la correspondencia que tú demandabas. Y así llegó nuestro último encuentro, ese último encuentro en que admití haber trazado una línea que jamás traspasaría. Era mentira, lo improvisé sobre la marcha, no existía tal línea divisoria.
Sí, era cierto, me sentía acobardada por la educación recibida, basada en la obediencia y la sumisión, pero también, pensando que eras joven, que lo tenías todo al alcance de la mano. Con despecho dijiste lo del pasaje de avión que te llevaría hacia un destino difuso, donde te aguardaba un trabajo igualmente difuso; bien remunerado al cabo, suficiente para los dos, para los cuatro contando con mis hijos… Aquella ingenuidad tuya todavía me enternece. No lo decías, no hacía falta, pero lo tuyo era una huida hacia adelante. ¿Hiciste bien? Posiblemente sí…, o quizá no. En el último momento insististe: que sabías en qué consiste la felicidad. Yo no te pedí que me lo explicases, me daba miedo… Aunque no, no era exactamente eso, también conocía el secreto de la felicidad. Te amaba, no te lo dije jamás, debías partir sin equipaje, con poco equipaje, era lo mejor.

Luego, durante estos diez años, he sido infeliz y dichosa; a un tiempo. Como sólo se puede ser cuando se vive alimentada por la ilusión inalcanzada, esa que me reporta a una llamada de teléfono, nuestro puntual reencuentro. Me pregunto si lo mío no es puro masoquismo, o si por el contrario represento un ejemplo de anónima heroína; prudente madre que piensa en su progenie y se resigna a imaginar lo que pudo ser.
Y ahora, escribo esta torpe misiva, que precisamente titulo «Anónima Heroína». Nunca he conseguido exteriorizar mis emociones (es un error) y mucho menos la pasión (otro error aun mayor), pero por si el año próximo, como me propongo, reuniera agallas para leerte estas líneas cuando llames, desde ya quiero que sepas que sólo se trata de un preámbulo, que todavía tengo guardadas tantas y tantas cosas que deseo hablar contigo…
Aunque no sé, puede que cuando llegue el momento decida dejarlo para el año siguiente.

SOLO SOY UNA MOSCA (CCC nºXXXI)

Sólo soy una mosca. Sé que mi vida será breve, obviamente mi biografía también, tanto como para que consiga detallarla sin dificultad en apenas catorce o quince líneas. ¡Cielos, llevo consumidas más de dos! El caso es que ayer hacia el mediodía nací y por la tarde ya era mayor de edad. Esta mañana, tras un corto pero intenso noviazgo, del que no deseo olvidar su aspecto más procaz, me uní para siempre a un precioso moscardón de prominente abdomen metalizado… Pero he enviudado enseguida. Su legado: sesenta huevos fecundados y prolijamente depositados por mí en un rincón de cualquier pared. Contemplándolos ahí, ordenaditos, me encuentro a un tiempo tan triste y dichosa… ¡Hijos míos! Confío en que al menos la mitad de vosotros vea la luz y que la mitad de la mitad escape a las telas de araña y demás ladinas trampas que nos tiende la existencia. Cuan cierto es aquello de que la maternidad envejece, me hallo tan cansada… Después de tres días creo que está será la última puesta de sol que contemple. Pero pienso disfrutar al máximo de ella; la edad nos hace creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y por eso, ahora, mientras aguardo la llegada del sueño eterno, deseo rememorar la pasión a la luz de la luna que disfruté con mi amado moscardón.

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

La amenaza de tormenta cesó, era la señal para hacerse a la mar y cruzar la franja de agua que los separaba de la Tierra Prometida.
El patrón los fue apretujando de mala manera en el fondo de la embarcación. Los insultaba, los amenazaba, los trataba sin miramientos.
Aisa se acomodó lo mejor que pudo. La tripa le pesaba horrores, y ahora también le dolía. No le había dicho nada a Jartum, su compañero, pero creía que el parto se produciría pronto. No le había dicho nada a Jartum, ni al patrón de la patera, ni a nadie; de hacerlo no la hubieran dejado embarcar y ella deseaba que su hijo naciera en la Tierra Prometida.
La amenaza de tormenta cesó, pero el cielo nocturno permanecía manchado por aquella inquietante neblina, que ahora además raseaba la superficie del mar. La neblina impedía ver la luna y las estrellas, ninguna luz. El escenario perfecto; pensó el patrón de la patera; pensaron muchos de los embarcados, y pensó Aisa, animada porque al otro lado de la niebla se hallaba la Tierra Prometida. Sólo unos pocos kilómetros; volvió a reflexionar, y luego nada podría impedir que su hijo creciera como crecen los hijos que viven al otro lado: con zapatos, con comida, con colegio y educación, con dignidad todos los días de su vida… Ella y Jartum se habían conjurado, para procurar a su hijo lo que la justicia exige para todos, todos los días de su vida…

El motor de la patera rugió a plena potencia en cuanto el patrón enfiló el nordeste. A poco de salir a mar abierto, éste se tornó bravío; los golpes bajo el pantoque se sucedieron violentos, intimidatorios para aquel pasaje poco o nada acostumbrado a un entorno que percibían hostil. Muchos inmigrantes se abrazaron asustados, rezando en su lengua, en su religión, que al igual que todas las religiones persevera en lo mismo, la concordia entre los hombres. El patrón los miraba con indiferencia; en realidad los despreciaba, significaban la mercancía que debía llevar a su destino para enseguida regresar a por más. También, taladraba con su mirada aquella niebla pegajosa: nada a babor, nada a estribor. Al rato pareció calmarse un tanto, cuando a proa, las lucecitas de las poblaciones comenzaron a perfilar la línea de costa a la que se aproximaban; o sea, para el pasaje la Tierra Prometida. No obstante el patrón recelaba, lo hacía siempre que cruzaba el estrecho con su cargamento de migrantes ilegales. Los despreciaba; pensó.

De pronto Aisa se estremeció. Las contracciones aparecieron de manera súbita, y se sucedían regulares; ya no pudo disimular lo que estaba a punto de ocurrirle. El frío añadió un componente estertóreo a las contracciones y ello acrecentó la congoja de un Jartum que se aprestó a asistir a su compañera. Algunos de los que estaban cerca también se percataron de la situación. Lo peor sin embargo, fue que el patrón de la patera supo que aquella mujer estaba a punto de parir en mitad del estrecho. Y aquello lo enfureció; farfulló palabras amenazadoras señalando a Aisa. Esa mujer es una carga; dijo haciendo un gesto a los dos esbirros que lo acompañaban. Las miradas de éstos no presagiaban nada bueno, pero entonces Jartum esgrimió un cuchillo, y enseguida alguien de los que estaban a su lado lo imitó, y luego otro se interpuso entre aquellos malvados y Aisa. Y por fin un cuarto y un quinto…, en fin, todos los inmigrantes, migrantes, inmigrados, expatriados, emigrados, llegados, trabajadores…, que cualquiera de los sinónimos empleados resulta válido cuando se trata de exaltar la solidaridad, instaron al patrón de la patera para que permaneciera atento a lo que debía estar, que era llevarlos a la Tierra Prometida.

Aisa gemía. Jartum le habló procurando mostrar serenidad. Le dijo que la Tierra Prometida estaba a la vista. Pensó en algo con lo que entretener a su parturienta compañera, e hiló una historia que acababa de recordar, narraba la aventura de tres reyes en busca de un recién nacido; se trataba de una historia que había escuchado allá, en su aldea del África Ecuatorial. Se parecía a la historia de los reyes de oriente que todos en occidente conocemos, aunque no tiene por qué ser la misma; cualquier bella historia es patrimonio de quien la difunde y al parecer allá, en la aldea del África Ecuatorial, se afirmaba que el acontecimiento sucedió en… Jartum procuraba imprimir a su historia, de eso que denominamos tensión narrativa, necesitaba acaparar la atención de Aisa: «…los tres reyes, hallándose descorazonados, perdidos, fueron guiados por una estrella que iba dejando tras de sí una larga estela. Aquella estrella les marcó el camino…» Aisa dio un grito en el momento de romper aguas, y levantó una mano hacia un cielo emborronado por la calima. Entre contracción y contracción, con voz entrecortada, interrogó que si aquélla era su estrella. Jartum escudriñó la noche, en el instante en que un reflector lamió la cresta de las olas.
El patrón hizo amago de dar la vuelta al tiempo que gritaba ¡Guardia Civil! Pero Jartum, y los otros, dijeron que no, que no era la Guardia Civil, se trataba de la estela de una estrella, la estrella que los guiaba a la Tierra Prometida. El patrón insistió: ¡Guardia Civil! Y comenzó a girar la patera. Jartum y todos los demás inmigrantes, migrantes, inmigrados…, ya se sabe, volvieron a enfrentarse al patrón y sus esbirros. Les ordenaron: ¡No, Guardia Civil no! ¡Ve hacía la luz! Ella es la estrella que nos guía, emisaria de la Tierra Prometida.

LA LLAMADA DE TELÉFONO (un cuento de Navidad)

Había salido aquella tarde, a realizar unas obligadas compras para la cena de Nochebuena con la familia. Señalar que la familia se había visto tristemente menguada en los últimos años; sobre todo echaba en falta a mis progenitores. Los había querido mucho, habían sido unos buenos padres, como esperaba serlo yo para mis hijos, pero… Me estoy desviando. Como decía al principio, había salido aquella tarde con el objeto de realizar algunas compras. Ya me encontraba de vuelta a casa, atrapado dentro de mi coche en mitad de un atasco monumental y agotado por el tráfago al que, no olvidemos, aportaba mi granito de arena. Mantenía clavada la vista en un semáforo del que sólo me separaban unas decenas de metros, pero que al permanecer abierto menos de un minuto cada vez que se ponía en verde para los coches, apenas me permitía avanzar. Allí, junto al paso de peatones, se agolpaba un gentío, que enloquecido se lanzaba a cruzar la calzada en cuanto el muñequito pertinente se ponía en movimiento. Mas de pronto, mi vista se fijó en una de esas otras personas, que nos resultan invisibles a lo largo del año y que por una extraña circunstancia de empatía navideña (quizá mal entendida) acaba despertando nuestra conciencia. Cuando por fin me situé a la altura del semáforo y contemplé de cerca la cara de aquella persona, un anciano y enjuto mendigo, que solicitaba a los conductores “una limosna navideña” escrita en un cartel que le colgaba del cuello, sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo. El mendigo vestía un abrigo de espiguilla desastrado y pasado de moda, que además le quedaba grande; un abrigo idéntico al que en tiempos tuvo mi padre y que habíamos donado a una oenegé tras su fallecimiento; en mi obsesión, incluso creí ver en el mendigo las mismas facciones de mi progenitor enterrado hacía un lustro. Él, mi padre, había fallecido de manera penosa en un hospital, solo, sin que ninguno de sus seres queridos estuviera acompañándolo en ese trance final. Recuerdo que el mismo día había ido a visitarlo por la mañana y lo encontré razonablemente bien, a pesar de que en los últimos tiempos se le hubiera ido la cabeza y no parara de reprocharme que cualquier día nos olvidaríamos de que existía y acabaría muriendo solo, como así sucedió. Yo siempre había sentido un profundo remordimiento, cada vez que pensaba en aquel triste desenlace; dicen que quien pierde un ser querido en determinadas circunstancias, es acompañado a lo largo de su vida por dicha sensación de no haber obrado de manera adecuada. Pero no quiero desviarme otra vez…

Por la razón que fuera, el mendigo no se detuvo a la altura de mi coche y siguió caminando entre los otros vehículos mostrando su cartel; algunos conductores bajaban la ventanilla y le daban algo. El escalofrío que primeramente había experimentado cuando creí identificar a mi difunto padre, mutó al rememorar el habitual sentimiento de culpa al que acabo de aludir. En mi turbación, reaccioné apeándome del coche, quería llamar la atención de aquel anciano, atraerle hacia mí, hablarle, pedirle disculpas quizá, por algo que sin duda él no acertaría a comprender. ¿O puede que sí?
El semáforo se puso en verde para los coches y desde todas partes se me comenzó a increpar para que regresase a mi vehículo y reiniciase la marcha. Dudé. El mendigo, aunque alejado unos metros de donde yo estaba y semioculto entre la gente de la acera adonde había regresado, pareció percatarse de que me estaba dirigiendo a él e intentó abrirse paso hacia mí. Pero en ese momento apareció un agente de policía local, ordenándome autoritario que montase en el coche y me largara.
Justo cuando superaba el semáforo, en el que ya se agolpaba la nueva remesa de peatones para cruzar cuando les llegase el turno, observé emergiendo entre la multitud, una porción de aquel abrigo que había creído identificar como el que perteneció a mi padre. Del puño de una manga, sobresalía una mano huesuda sujetando lo que enseguida reconocí como un teléfono móvil. La mano agitó el ingenio electrónico con vigor, quizá con premura, y a continuación tanto uno (el mendigo entre el gentío), como otro (yo conduciendo mi automóvil), fuimos absorbidos por la vorágine del instante.
Intenté detenerme algunos metros más adelante, con la intención de apearme del coche, echar una carrera y reunirme con el anciano del abrigo, pero otra patrulla urbana me lo impidió. Opté entonces por dar una vuelta a la manzana y volver al semáforo. Para cuando lo conseguí, veinte minutos más tarde, el mendigo había desaparecido.

Entré en casa dubitativo, el encuentro me había perturbado. Sólo cuando me senté en el sofá y comencé a relajarme, mi cabeza recuperó el detalle del abrigo con la mano agitando el teléfono. Me acometió un nuevo sobresalto y actué sin pensármelo. Tomé mi móvil, consulté la agenda y allí estaba el número de mi padre. Desde que falleciera, jamás se me había ocurrido borrar el contacto del listín. Pulsé la tecla de llamada. El teléfono comenzó a emitir tono. Al cuarto timbrazo descolgaron y una voz familiar, muy familiar, dijo: «Feliz Navidad hijo mío». Y enseguida se cortó la comunicación.

19-12-2019

CCC. XV. UN JUEGO FATAL

Me decidí, pulsé el botoncito rojo. Entonces todo comenzó a temblar: la mesa, el ordenador que estaba en la repisa bajo la mesa, el vaso de agua que me acompañaba durante las sesiones en la red… Primero sentí desconcierto, luego conmoción, enseguida alarma y finalmente miedo. Fui asaltado por una especie de arrepentimiento vago, lo absurdo de la situación me mantenía bloqueado. Entonces quise rectificar. Apreté repetidamente el recuadro donde ponía anular, pero el contador no se detuvo. Los años transcurrieron como una exhalación en el monitor… Por fin, convencido de la inutilidad de mis intentos por detener aquel sinsentido procuré relajarme. Busque con la vista en la estantería de los libros tratando de localizar cierto título. Lo encontré, lo tomé y me dispuse a releer, pero antes de que lo abriese un campanilleo en el ordenador volvió a acaparar mi atención. Atendí a la pantalla; un sonido perseverante acompañaba al parpadeo del rótulo que anunciaba que estaba completado el escenario. Agobiado por la congoja tiré del cable de alimentación a la red. El ordenador se tambaleó y el monitor se apagó de golpe; dejé pasar algunos minutos y reinicié el sistema. El remedio fue baldío. En cuanto la pantalla se encendió apareció una fecha concluyente: 15/6/5006… ¡Habían transcurrido cerca de tres mil años!

Me asomé por la ventana. Lo de afuera no parecía haber cambiado mucho, la verdad: una chica paseando al perrito, dos operarios de la compañía telefónica trajinando con los cables en una fachada… Quizá aquella pareja vestida de manera un tanto estrafalaria, pero… ¡Nada, el detalle no era significativo! Sobre todo si teníamos en cuenta que habían pasado tres mil años. Me sentí desconcertado.

Llevo horas observando lo que acontece en la calle entre fascinado y perplejo. La gente va de un lado para otro, a lo suyo, como siempre. No es lo que me esperaba, todo sea dicho. Compruebo que incluso los coches, los anuncios…, ¡exactos a los de mi época!… Definitivamente algo no encaja. Creo que voy a releer el libro recuperado de la estantería; la máquina del tiempo de H. G. Wells, quizá éste me proporcione alguna explicación coherente. Aunque… ¿Y si retorno al escenario de origen e intento dar marcha atrás?… Podría servir, pero… ¿Y si me paso?…

Mas de pronto siento como un nuevo temblor acaece en la estancia y de inmediato un golpe seco en la nuca que está a punto de hacer que me estampe contra el monitor del ordenador.

–¡Imbécil! ¡Pedazo holgazán! ¡Sal a buscar trabajo y deja los jueguecitos virtuales, que tienes treinta y cinco años!

Es mi madre, devolviéndome a la cruda realidad con uno de sus habituales y admonitorios pescozones.

Cien Cortos Cuentos: XIV. EL OLOR DE LOS PEPINOS

 

          Ya es verano. Mi hermano José y yo nos apresuramos, merienda en mano, pan con chocolate, camino del prado. Hoy ha sido el último día de colegio. Nuestros amigos Pablo y Santiago nos esperan allí, en el prado. Pablo es el mayor de todos, acaba de cumplir nueve años.

El riacho, recrecido este año por las lluvias, envalentonado, juega a emular a los grandes. Se ha desbordado y corre revoltoso entre las abigarradas junqueras de la ribera. El suelo está tupido por un manto de tréboles.

 

Como si de un acto rutinario se tratara, una vez juntos, los cuatro nos desnudamos hasta quedarnos en ropa interior. Y es justo entonces, cuando una fuerza desconocida nos posee empujándonos a correr y saltar sin parar en un ritual desaforado que ya hemos experimentado antes, que intuimos algo así como un mensaje atávico de no sabemos explicar qué. Solo Pablo se atreve a emitir un juicio, afirma que lo que nos pasa tiene que ver con el “gusto” que sienten los mayores cuando… Todos asentimos porque ninguno acierta a comprender en qué consiste eso del “gusto cuando…”

 

Cae la tarde. El sol oblicuo tremola sobre los enveses plateados de las hojas de los chopos. Agotados de corretear y saltar nos tumbamos boca arriba sobre el manto de tréboles, entonces mi hermano, con voz jadeante, dice que le huele a pepinos. Racional, Santiago replica que habrá algún huerto cercano. Pablo sentencia que no, que éste es el olor del verano. Yo dejo clavada la mirada en el cielo azul. La brisa fresca de la tarde sobre nuestra piel nos unge efectivamente de olor a pepinos, y el instante se me queda clavado a la razón como un hito, un recordatorio de los que jamás se olvidan.

MIS ÚLTIMAS VACACIONES

Cien Cortos Cuentos: XIII

 

Bajé las escaleras. Entré en los lavabos y lo que sucedió a continuación ocurrió tan deprisa que no cupo tiempo para la sorpresa. Jamás piensas que te pueda tocar a ti, que te vayas a ver involucrado en alguna de esas desgracias puntuales que les ocurren a los turistas desafortunados. Y el caso es que durante los primeros instantes ni siquiera tuve conciencia de que acababa de engrosar dichas estadísticas, pero… Así ha sucedido, me ha tocado.

Luego de la primera impresión y de saberme momentáneamente a salvo cuando el mundo ha dejado de moverse, lo siguiente fue superar la angustia, lo tercero pensar en cómo salir de mi encierro. Aunque… Sí, soy consciente de que un número importante de fallecimientos se producen precisamente después de ocurrido el desastre. Me aterra pensar en ello.

Durante un tiempo he llevado una estimación de las horas transcurridas. Al principio me pareció necesario hacerlo para aquilatar energías, pero cuando dicha estimación intuí se transformaba en días el pavor se adueñó de mí. E inmediatamente, sabiéndome domeñado por un mecanismo de autodefensa, comencé a hacer justo lo contrario, es decir, he procurado perder toda referencia temporal.

El hambre me acucia. Puede que fuera ayer, o puede que solo hayan transcurrido unas pocas horas, o incluso una semana completa, el caso es que cuando menos lo esperaba he conseguido llevarme algo a la boca que cayó en mis manos de manera fortuita; lo que son las cosas, en ese instante incluso me he sentido afortunado. No pude ver qué era por hallarme en tinieblas. Me encontraba dormitando, acurrucado en un rincón. De pronto sentí un roce en mi pierna e instintivamente alargué la mano aferrando un animalillo peludo que emitió un chillido y me mordió. No lo solté, lo golpeé contra el suelo y sin pensarlo lo he devorado. Sí, qué más da, posiblemente era una rata ¿Y qué?

Entra un nuevo elemento negativo en juego, la humedad. Ésta va haciéndose más y más insoportable, siento las articulaciones agarrotadas. Sólo una leve corriente de aire me vincula con el exterior, ese aire que ya casi preferiría se agotara y me permite vivir.

Todavía conservo, latiéndome en las sienes, la impresión que me produjo el edificio espasmódico crujiendo y balanceándose a pesar de encontrarme en el primer semisótano. El trozo de forjado bajo mis pies se quedó como flotando, ingrávido, luego colapsó y se vino abajo hasta golpear sobre el que se encontraba unos metros por debajo. El urinario ha soportado el peso de los otros veinte pisos que se le vinieron encima, pero la puerta ha quedado obstruida por toneladas de hormigón.

Estaba a punto de coger el coche para salir al exterior; quizá me hubiese librado de quedar sepultado si hubiera abandonado mi habitación cinco minutos antes.

Me he salvado sí, pero a costa de quedar aprisionado en esta especie de bunker, esta celda penitenciaria que las terribles circunstancias me han endilgado.

En la agencia de viajes me dijeron que éstas serían unas vacaciones inolvidables; los destinos tropicales poseen ese deje de imprevisibilidad que los hacen singulares…

No tengo ni idea del tiempo transcurrido desde el terremoto, pero aquí sigo, dentro de este exiguo espacio que en su momento constituyó un urinario pestilente y encharcado, cada vez más encharcado. No quiero perder la esperanza de ser rescatado, pero dicen que cuando los servicios de auxilio están cerca, quienes se hallan aprisionados bajo los escombros oyen perfectamente el trajín que producen los rescatadores y yo no he escuchado nada que se le parezca en ningún momento, es como si desde el principio se diese por sentado que aquí, donde estoy, no puede haber ningún superviviente.

Procuro conciliar el sueño, ya que dormir es la única manera de evadir mi pesadilla, pero cuando al fin lo logro, el siseo constante de una cañería rota continúa taladrando mi razón incluso dormido.

¿Los peces sueñan? Me pregunto constatando que el nivel del agua ha comenzado a subir y que de seguir así, éstas, definitivamente serán mis últimas vacaciones.

CCC. XII. CÍCLADAS

Se abre la puerta del vestíbulo. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, una mujer, una hermosa mujer. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, el ideal de la belleza de la antigüedad. Al verla, me pregunto si la presencia de los Dioses Griegos en este lugar fue lo suficientemente intensa como para dejar su impronta. La mujer posee una piel ligeramente tostada por la luz del Mediterráneo, luce cabellera negra y brillante y unos ojos cuya tonalidad rivaliza con el cian que en ese momento refleja el mar; nos obsequia una sonrisa medida que reporta confianza y su voz… Lo suyo es pura armonía, por eso ya no me cabe duda: sí, se trata de la hija de un Dios Griego, de una embajadora del Olimpo.

Inopinadamente cobro conciencia (o más bien lo hace el viajero que está incluido en el “paquete de turistas”). Me extasío (nos extasiamos el de la recién recuperada conciencia, o sea yo, y quien soy afuera de mi dudosa condición viajera en su peor versión, que es la de vulgar turista) contemplando a la mujer que una vez formalizado el recibimiento y distribuidos los pasajes de manera maquinal, se apresura a regresar al Mediterráneo de los Dioses Griegos, o lo que es lo mismo, traspasa la puerta que oculta al vestíbulo lo que acontece del otro lado, una puerta que discrimina a vulgares turistas, a mortales viajeros, que marca la frontera entre los simples seres humanos y los dioses del Olimpo. En algún lugar próximo, justo a nuestra espalda, se aviva la actividad. Observo que se levanta la barrera que da acceso al muelle y una voz estentórea, por megafonía, invita a que los viajeros embarquen en el crucero que realiza la singladura a la isla de Santorini. Inmediatamente quienes están junto a mí se dan la vuelta y se precipitan en la pasarela que permite acceder al crucero; allí todos se apelotan, se dan codazos, disputan por subir a cubierta ¡Hay sitio para todos! Grita alguien.

Me quedo solo, mirando de hito en hito, contemplando la avalancha de turistas que se atropellan los unos a los otros, contemplando la puerta cerrada tras la que ha desaparecido quien repartía los pasajes, la emisaria del Olimpo. Los últimos turistas, viajeros de ninguna parte, son absorbidos por la pasarela del crucero. Un postrer aviso conmina a los rezagados para que suban al barco. Ya no dudo más, esperaré a que vuelva a abrirse la puerta que da al vestíbulo, el regreso de la mujer que reparte los pasajes.

DEVENIRES. 1er. devenir

1er. DEVENIR.

Salgo a dar un paseo. En realidad no tiene nada de particular que salga a dar un paseo: caminar, observar mientras paseo, reflexionar…, lo hago con frecuencia. Lo que sí es singular y quizá el motivo que me hace sondear pensamientos en lo que concierne al asunto de los “devenires”, es la hora en que decido pasear, más o menos el mediodía. Tampoco debería ser ésta una circunstancia que mereciera la atención que le estoy poniendo, pero sí, sí lo es, y me explico. Mi pequeña ciudad, más bien la ciudad en que habito desde hace muchos años, esta ciudad a la que me he adaptado de modo razonable, pero que nunca he estimado como elemento arraigado firmemente a mi identidad (sé que cualquier otra ciudad y en cualquier momento podría serlo de manera instantánea, pero ésta no), mi ciudad como decía, es una ciudad que aglutina una buena porción de historia e incluso de méritos en su haber, aunque no por ello deja de ser una ciudad común, mundana, idéntica a cualquier otra pequeña ciudad, una ciudad en que a lo largo de las distintas franjas horarias del día, se ve desfilar por sus calles toda una muestra de la población que acoge, esa mayoritaria población con la que yo, en circunstancias normales, no coincidiría pero hoy sí lo he hecho, lo acabo de hacer…

A pesar de que aquel tiempo en que vine a dar con mi humanidad a esta ciudad se ha quedado muy atrás, ha devenido permítaseme que diga, a pesar de que entonces sintiese la necesidad de acotar los límites impuestos por este espacio en que convivimos más de doscientas mil personas, de mi ansiedad por averiguar la realidad y entresijos del entorno que por novedoso me incumbía, y de que en la actualidad ese entorno lo tenga conocido o casi conocido hasta la saciedad, incluyendo sentido del tráfico de las calles principales, ubicación de las barriadas tradicionales… A pesar de estos y otros muchos elementos y situaciones que no viene al caso pormenorizar, de que a priori ya nada de aquí alcance la capacidad de conmoverme como aconteció en otros momentos, sí ocurre para mi admiración (no sé si admiración es la palabra adecuada para definir lo que a continuación relato) que siento removérseme las emociones embutidas en cierto sayo de nostalgia, o quizá de vacío existencial, o quizá de tiempo perdido que diría aquél, o quizá de repentino estado introspectivo, que de pronto hace saberme un náufrago en este devenir de gentes que me rodea, gente con la que me cruzo, desconocida toda, pero toda identificable, cortada por un mismo patrón, el de sus particulares devenires, el del tiempo que los ha sobrepasado a la mayoría internándolos en la ancianidad, y es que a esta hora de la mañana, mediodía como decía antes, casi todo este itinerario que voy completando en mi paseo está morado por gente anciana. No me veo como ellos, tengo sesenta años, pero no me veo como ellos, es decir, con lo que muchos de ellos transmiten: enfermedades, tragedias personales, ociosidad de gente que en apariencia lo tiene todo hecho en la vida y que en algunos o muchos casos (es lo que me transmiten sus aspectos, insisto) dichos logros o no logros les vienen anchos, o por afinar, les viene como la ropa que un día constituyó la moda y fue de su talla pero ahora no. Sí, me digo pensando con cierta crueldad, sé que juzgando a la ligera, es como si estuviesen amortizados y deambulasen cual zombis que no saben a dónde van y por qué. Decía un poco más arriba que no me veo como la mayoría de esta mayoría de gente mayor, y muy mayor, gozo de excelente salud, no tengo achaques visibles o reconocibles de momento, me considero una persona razonablemente afortunada en lo familiar, hago deporte, procuro cultivar mi intelecto de diversas maneras y encima mantengo, creo que de modo bastante saludable, la capacidad de plasmar en un papel mis experiencias como observador. Y justo aquí encuentro la clave de este primer devenir que juega con la introspección pero carece de empatía, porque bien mirado, quizá me esté quedando atrás, quizá mi estar donde estoy se corresponda con una especie de destiempo. Es una sensación extraña la de esta mañana de paseo, pero de pronto me da por razonar en que algunos (o muchos) somos inconscientes de que nuestro tiempo transcurre sin detenerse, de que en él no existen los rodeos o las pausas, y que con el tiempo, nuestro tiempo, las personas y el entorno que las acompaña deviene; no puede ser de otro modo. Y que por ello, los allegados y los menos próximos, los apenas conocidos pero cuyas caras nos han resultado siempre familiares y si se me apura contribuyentes a nuestra constatación como individuos de un tiempo, todas esas personas comienzan a difuminarse, a dejarnos solos aunque muchas sean sustituidas por otras hasta que, y aquí llega la tragedia de este pequeño devenir, de pronto ya no somos capaces de reconocer a nadie que podamos constatar como perteneciente a nuestra generación. Es entonces cuando deberíamos decidir que, bien mirado, hemos tenido suerte, porque continuamos aquí, con los pies sobre la tierra, respirando, viviendo, siendo un ser consciente, con identidad, con entidad… Y por eso… No, ahora mismo, aquí, en este espacio y este lugar en que me hallo, en esta hora no conozco a nadie, quienes me rodean, todos, me son ajenos, o yo soy ajeno a este momento, quizá a este devenir de la jornada que todavía no me concierne, que he osado profanar. Corro a protegerme en casa, no sé si de regreso al espacio y el tiempo que me corresponde, deseando recuperar el devenir perdido de manera inopinada.

4-6-2018