HÉROES OLVIDADOS

El mismo día que comenzó el confinamiento, recibió la confirmación del retiro. Treinta años de su vida laboral, habían transcurrido en aquel semisótano, al que se había dado uso como sala de exposiciones. Decir que lo allí expuesto, pretendía repasar la historia de un ministerio creado hacía más de doscientos años. La sala apenas recibía visitas, los recortes de la anterior crisis la habían, sirva la metáfora, arrinconado en aquel pasillo húmedo y mal iluminado, donde se sucedían tediosos paneles informativos y dioramas que, más que por el propio contenido, interesaba a los visitantes, por suponer el último encierro de una intrusa fauna insectívora, tan apergaminada como lo expuesto dentro de las vitrinas.
Él era el último conserje. Su anterior compañero se había jubilado hacía un lustro.
Subió a las oficinas, firmó lo que tenía que firmar y allí mismo se le comunicó que la sala cerraría hasta nueva orden, podía volverse a su casa; pidió permiso para recoger sus cosas. Se le apremió a hacerlo. Dijo que lo haría al día siguiente. Nadie puso objeción.

La sala, poseía un espacio para uso del personal, que tras la jubilación de su compañero había hecho suyo; más todavía desde que su esposa faltaba. Murió tras fulminante enfermedad. Con frecuencia, acabada la jornada de trabajo, en vez de volver a casa se encerraba dentro de la sala y se quedaba en el cuarto que había hecho su segunda residencia. Nadie en el ministerio lo sabía, porque a nadie interesaba el semisótano y mucho menos la existencia de aquel sitio donde los conserjes se cambiaban. Su ex compañero y él habían reunido allí algunas cosas: una cocinilla eléctrica, un frigorífico, un sofá cama, varias sillas, e incluso una televisión y una estantería, donde trasladaron parte de sus bibliotecas; sí, aquello parecía un verdadero apartamento.

Cierto día, saneando una pared tapada por un friso, descubrieron una portezuela tras la que existía una estrecha galería. Ésta, terminaba junto a una escalera de gato sujeta a una pared de hormigón, que una trampilla de hierro comunicaba con la superficie. El acceso, estaba asegurado desde dentro por un cerrojo y un candado enmohecido. Recordaron que en el cajón de una mesa carcomida por el tiempo había algunas llaves viejas. Provistos de un engrasador, se entretuvieron hasta limpiar candado y cerrojo de mugre; consiguieron abrir el candado con una de las llaves. Desde entonces no había vuelto a entrar en la galería. La portezuela de acceso permanecía oculta por un frigorífico. Lo descorrió, anduvo por la galería y ascendió por la escalera de gato. Escuchó los ruidos provenientes del exterior. Nada, la gente ya se confinaba en sus casas. La entrada olvidada, escondida en un esquinazo de una vetusta plaza porticada, era un lugar nauseabundo al que solo acudían meones y donde se arrojaba todo tipo de desperdicios. Comprobó que el candado seguía funcionando. Sólo entonces se percató de un detalle y es que por el lado donde estaba el cerrojo, se podía meter la mano desde fuera para descorrerlo y también, claro, para quitar el candado. De regreso a casa, un agente municipal lo interceptó y le dijo que, a partir del día siguiente, sólo se permitiría salir a comprar medicinas y alimentos.

Mantenía amistad con el chino de la tienda existente junto a su portal; el local estaba abierto. El chino lo saludó afable, era un tipo educado que incluso le subía la compra a casa. Le venía bien, ya no andaba ágil, la artritis lo preocupaba. Hablaron brevemente de la triste situación. El chino al día siguiente cerraría la tienda y volvería a su país hasta que pasase toda aquella pesadilla del virus.
Cenó algo mientras veía las noticias. En la rueda de prensa que se estaba ofreciendo, se mencionó a los héroes de la pandemia: médicos y sanitarios, personal de limpieza, fuerzas de orden público, militares, voluntarios… En realidad, se subrayó, los miles de anónimos ciudadanos que hicieran lo que se debía también serían héroes.

Asumiría el encierro con estoicismo, pero… La idea acudió de repente. Metió en una maleta lo imprescindible y por la mañana se lo llevó a la sala. Mas se encontró con que unos albañiles estaban clausurando el acceso al semisótano, levantando una pared de ladrillos. Protestar al jefe de negociado no sirvió de nada. Éste, le dijo que debería haber acudido temprano para llevarse lo suyo. Ya no se podía entrar al semisótano.
Malhumorado regresó a casa; acudió a su amigo chino y le pidió ayuda. Juntos, introdujeron por el pasadizo secreto, cuanto pudiera requerir una larga estancia en aquel encierro voluntario. El chino no le quiso cobrar. Se despidieron en la trampilla, tal vez se volvieran a ver cuando aquello pasase, pensaron ambos sin decírselo. Por fin corrió el cerrojo y en un acto quizá absurdo, como en cierto modo lo era aquella situación, tras cerrar el candado arrojó por la rendija, fuera de su alcance, la llave. El día que saliera, se dijo, lo haría por la puerta de entrada a la sala, aquella que había sido clausurada sin contar con él. Luego, se acomodó en el sofá y buscó un disco de uno de sus músicos favoritos, David Bowie, el tema elegido se llamaba «Héroes».

El confinamiento pasó, y se olvidó. Como también se olvidó, que en aquel semisótano ministerial había existido una sala de exposiciones. Bastantes años después de aquel suceso del virus, alguien con poder de decisión, quiso recordar el doloroso acontecimiento con una retrospectiva. Encargó el proyecto a varios técnicos, que diseñaron algo que gustó. La exposición se llamaría «Héroes».
–¿Y dónde montaremos dicha exposición, tenemos sitio? –Preguntó el ideólogo.
–¡Claro, todo está previsto! –Respondieron los técnicos– En un semisótano clausurado hace veinte años, cuando la epidemia, allí existía una sala de exposiciones. Habrá que echar abajo un tapial y reacondicionar el sitio que, curiosamente, fue refugio de sublevados durante la Guerra de la Independencia, héroes de aquel entonces.

Texto seleccionado en la antología «Desde el confinamiento» de PANDEMIA, propaga tu escritura: pandemia.be

«Desde el confinamiento» es un proyecto altruista que consiste en la publicación de una antología de relatos, microrrelatos y poemas. Se publicará y venderá en Amazon.
Los beneficios obtenidos con la venta de dicho libro serán dedicados íntegramente a la adquisición y puesta en marcha de un sistema de monitorización por vídeo que permita al equipo médico conectar con los pacientes ingresados y a éstos con sus familias.

De CCC (cien cortos cuentos):LXV. VACACIONES 2ª. Parte… CON ÉL

Siento tener que golpear tu ego machista, pero el disgusto me duró… diez minutos a lo sumo.
Muy amablemente, Joao me ofreció su pañuelo. Joao se encontraba en nuestra misma fila, ocupaba el asiento contiguo al mío. Después terminó cediéndome la ventanilla, entre otras cosas.
Joao tiene quince años menos que yo. Había pensado regresar el mes pasado, llena de remordimientos, ¡qué estúpida! Sentía que, de momento, tres meses eran suficientes, pero le he cogido el gusto. Joao, además de encantador y guapo, es adinerado. ¿Sabes?, dice que está enamorado de mí, quiere que nos casemos, y a lo mejor acepto, aunque no paro de insistirle en que esas cosas del amor, a estas alturas, a mí por lo menos… Pero Joao dice que le da igual, que quiere que lo suyo sea mío.
Deberías conocer el Caribe en cuanto puedas. En todo este tiempo, no hemos dejado de visitar islas maravillosas. Sí, claro, en el barco de Joao.
No sé si será el influjo marino o su virilidad, pero el caso es que con él estoy experimentando los orgasmos más increíbles de mi vida.
¿Nuestro final decías? ¡Para nada, pienso volver! Ya hablaremos, tenemos que hacerlo, negociar el divorcio, nuestros bienes son gananciales…
Te contesto por carta, porque desde aquí no tengo cobertura.

PD: Por si no lo has hecho, te recuerdo que debes aprovechar el guiso de carne que dejé en el congelador, ya sabes que después de un tiempo pierde proteínas; hay para dos.

De CCC (cien cortos cuentos):LXIV. VACACIONES 1ª. Parte… CON ELLA

Gracias a la amable señorita de la agencia de viajes, lo pude preparar con dos semanas de antelación.
No querías, pero insistí. Nos lo merecíamos. Lo ideé para que fuera una sorpresa, una mayúscula sorpresa, que te llevarías por partida doble…
Tu cara de felicidad cuando ya estábamos en el aeropuerto me conmovió; casi me echo para atrás. Pero no lo hice, todos los días no se disfrutan unas vacaciones así. Lo tenía calculado al milímetro; el plan salió perfecto.
Abandoné mi asiento apenas acabábamos de acomodarnos. Te dije que iba al aseo.
A la azafata, que en ese momento cerraba la puerta de la cabina, le insistí en que se trataba de un asunto de vida o muerte, debía abandonar el avión…
Cuando te quisieras dar cuenta de la maniobra sería demasiado tarde, el avión habría despegado y yo, me encontraría a punto de llegar a la agencia de viajes donde había conocido a Mari Pili. De nuestras vacaciones no voy a hablarte, por supuesto, aunque puedes suponer que serán… Sí, desenfrenadas.
Te dejo el mensaje en el contestador del móvil, porque después de esto imagino que ni siquiera querrás hablar conmigo y además… Bueno, como también supongo que este es nuestro final, ya hablaremos del divorcio, pero sin prisas, yo no las tengo.

(¡ATENTOS! Hay segunda parte)

ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

El octavo día de confinamiento forzoso ya no puedo más y decido salir a la calle. He cogido una bolsa de la compra y me he ido al supermercado. No al que tengo más cercano, he ido a uno en el que antes jamás había entrado. El lugar estaba casi vacío; vacío de gente y de productos. Me he conformado con lo primero que he podido encontrar: un par de pimientos, una barra de pan y un paquete de pastillas para el lavavajillas; lo último se lo he regalado a la cajera cuando he ido a pagar, de algún modo le expreso mi gratitud, la considero una de nuestras heroínas.
Ya en la calle, he regresado de vuelta a casa dando un rodeo. Sé que no es bueno exponerse y que tampoco debemos exponer a otros a un posible contagio que pueda venir de nuestra parte; todos somos presuntos trasmisores. Pero el caso es que lo he hecho; mal hecho. Me figuro que a todos nos pasa, es una cuestión sicológica, de salud mental, estar dándole todo el día a la cabeza tampoco es bueno y yo, aunque soy de los que se entretiene y se busca cualquier ocupación, también sufro los embates de la angustia y la incertidumbre, así es que eso, sí, he hecho mal, pero he regresado a casa despacio, dando un rodeo, disfrutando de un ilegal paseo. Fijándome en aquel vehículo que circula a lo lejos, en esa patrulla de la policía (también son héroes), que cada vez que sorprende a un viandante reduce la velocidad, e incluso se para y le pregunta qué hace por la calle. Llevo mi bolsa de la compra bien visible, para que se sepa de dónde o a dónde voy. A la gente de los perros la policía los tolera. El detalle no me pasa por alto, de hecho, llevo varios días con la idea dándome vueltas en la cabeza, quizá, si tuviéramos un perro… ¡Claro, mis hijas encantadas! Habría peleas para sacar al animal a la calle. Lo que son las cosas, el problema en que siempre he pensado y me ha echado para atrás (uno de ellos) en la idea de tener un perro en casa no existiría. ¿Se puede considerar que con su contribución a mantenernos entretenidos, los perros también son héroes? Continúo caminando, despacio, siempre despacio. No hay ninguna prisa en volver. Cerca de casa existe un pequeño parque. Lo atravieso. El lugar está desierto, salvo por los inevitables paseantes de perros; algunos intercambian unas palabras manteniendo una distancia prudencial. Estoy por acercarme a uno de esos grupos para intentar conversar con ellos, de cualquier cosa, pero por fin desisto, no pertenezco a ese estatus de propietarios de mascotas, ¿qué haría yo allí?, con mi bolsa de la compra en la que llevo dos pimientos y una barra de pan. Continúo mi camino, llego al final del parque. Ya solo un semáforo y un corto paseo arbolado me separan de casa. No es necesario ni esperar a que el semáforo se ponga en verde y cruzo, y por fin, un tanto resignado, acometo el último tramo del itinerario. Pero cuando he cubierto la mitad de la distancia, de los árboles que escoltan el corto paseo comienzo a percibir el parloteo de los pájaros que, desde que lo que nos ha sucedido se prolonga, han ido ganándole terreno al tráfago urbano; es como si la ciudad estuviera cambiando de dueños. A los pocos metros llego a la altura de una señora mayor. Desmigaja un trozo de pan rodeada por una cohorte de avecillas, que la miran pacientes y a las que importa poco, que yo vulnere esa distancia prudencial que los pájaros comúnmente guardan con los humanos. Cada vez que la mujer les lanza unas pocas migas, los animalitos se las disputan. Contemplo la escena ¿Y los pájaros, también ellos son héroes? En un momento dado a la anciana se le acaba el pan y hace una señal extendiendo sus manos vacías, como para explicar a los pájaros que ya no tiene nada que ofrecerles. Algunos levantan el vuelo, pero otros, supongo que los más hambrientos, pacientes, o las dos cosas, se quedan aguardando un incierto futuro, que les depare algo que llevarse a la boca; al pico en este caso. Cuando estoy a punto de reiniciar mi camino, la anciana alza la vista hacia mí y dice: ellos también nos necesitan. Siento un escalofrío recorriendo mi espalda. El pensamiento que atraviesa mi mente como un relámpago también me produce incomodo. Se me ocurre, que si una patrulla de la policía pasa en este momento por allí y sorprende a la mujer… Se me ocurre, que ella igualmente necesita de esa dedicación que profesa a los pajarillos… Se me ocurre que yo mismo tengo necesidad de los que me necesitan a mí… Todo es demasiado absurdo; me digo por fin, demasiado increíble por verdadera que sea la situación. ¿Quién nos lo iba a decir, que pudiéramos llegar a algo así? Saco el pan de mi bolsa de la compra y se lo entrego a la mujer, y a ella se le iluminan los ojos, y enseguida arranca un extremo de la barra y desmigándola, comienza a ofrecérsela a los pajarillos, que regresan en bandadas y la rodean, y no paran de piar supongo que alborozados. «Si viniese una patrulla de la policía y le pregunta, dígales eso: que ellos también nos necesitan». He pensado en decírselo, pero no lo hago, solo levanto una mano en señal de despedida, a la que la anciana no atiende, está demasiado ocupada. Continúo mi camino y enseguida llego a casa. Allí, se me reprende con benevolencia por mi tardanza y cuando digo lo que he comprado en el supermercado, señalo que aparte de los dos pimientos llevaba una barra de pan, pero que la he dejado por el camino, porque «ellos también nos necesitan» aunque también, porque a todos nos viene bien sentirnos un poco héroes.

ANÓNIMA HEROÍNA

Una vez más ha ocurrido. La noche bien entrada, los niños dormidos. Mi marido hace rato se ha marchado al bar, con esos amigotes que me desagradan tanto como él; me dejo adormecer por un programa indeterminado del televisor, aguardando a que llegue la ansiada llamada; siempre es el día de mi cumpleaños, a esta hora en que, quiero suponer, sabes que me encuentro sola. Es tu regalo, lo sé, lo anhelo. Ha transcurrido justamente un año desde la llamada anterior y… No, nada de concesiones a la moralidad, nada remordimientos, ¡nada de haber procurado olvidarte! Eres mi único asidero, el único estímulo desde que mi esposo salió de mi existencia y yo de la suya que, para qué vamos a darle vueltas, sucedió enseguida, en cuanto su vulgaridad pasó a ocupar la primera línea de su atención y nuestros hijos crecieron un poco y yo recuperé tu aletargada memoria, porque ocurrió lo de aquella primera llamada.

Suena el teléfono. Al segundo «sí» que se queda sin respuesta ya no me cabe duda, sé que se trata de tu llamada. Podría haber sido la del otro, el borracho de mi marido, al que encima le dan accesos de celos y le gusta controlarme. Yo no sé que se pensará; o sí, que soy suya.
Pero no, no soy suya y quien llama eres tú, y entonces y como siempre también, viene lo del mudo recordatorio: dos respiraciones que se sincronizan, dos vidas distantes que se funden en el éter de una misma emoción, y el silencio que acontece es, quizá, nuestro fruto malogrado, una efímera ilusión, que en cada aniversario rememora lo que hace tiempo quedó atrás y permanece justo ahí, en tierra de nadie.

Recupero de golpe el jaculatorio instante de aquella última ocasión en que nos tocamos, en que nos hablamos, en que nos miramos, en que merodeé tu cuerpo… Esto jamás voy a olvidarlo. Diez años han transcurrido desde aquello, diez años. Y siempre tú en cada uno de ellos al otro lado del auricular.
Apuro esta fugaz proximidad, pronta a diluirse en mi triste situación… De la tuya nada sé. Se tensa el instante como una goma elástica a punto de romperse, y de lastimar nuestros oídos con su violento chasquido, y ya siento el regreso a ese vacío que embebe mi cotidianeidad y mis circunstancias. Mas existe algo, ese algo que me digo consolándome cada vez, una señal que me indica que aún estamos a tiempo de… Bueno, no sé muy bien de qué estamos a tiempo, pero ello constituye un asidero, endeble, pero un asidero me repito.

Asidero que consiste en imaginar aquellos planes que pormenorizaste con premura y que nos afectaban. Me agradaría sobremanera, oírte decir lo de la ilusión compartida, lo de «todo lo mío es para ti, pero ¿y lo tuyo?». Me mirabas inquisitivo, esperando una respuesta que nunca llegaba. Sé que sufrías, porque no podías evitar decir todo aquello y porque como yo estaba casada con otro hombre, no iba a hacer concesiones, negaría la correspondencia que tú demandabas. Y así llegó nuestro último encuentro, ese último encuentro en que admití haber trazado una línea que jamás traspasaría. Era mentira, lo improvisé sobre la marcha, no existía tal línea divisoria.
Sí, era cierto, me sentía acobardada por la educación recibida, basada en la obediencia y la sumisión, pero también, pensando que eras joven, que lo tenías todo al alcance de la mano. Con despecho dijiste lo del pasaje de avión que te llevaría hacia un destino difuso, donde te aguardaba un trabajo igualmente difuso; bien remunerado al cabo, suficiente para los dos, para los cuatro contando con mis hijos… Aquella ingenuidad tuya todavía me enternece. No lo decías, no hacía falta, pero lo tuyo era una huida hacia adelante. ¿Hiciste bien? Posiblemente sí…, o quizá no. En el último momento insististe: que sabías en qué consiste la felicidad. Yo no te pedí que me lo explicases, me daba miedo… Aunque no, no era exactamente eso, también conocía el secreto de la felicidad. Te amaba, no te lo dije jamás, debías partir sin equipaje, con poco equipaje, era lo mejor.

Luego, durante estos diez años, he sido infeliz y dichosa; a un tiempo. Como sólo se puede ser cuando se vive alimentada por la ilusión inalcanzada, esa que me reporta a una llamada de teléfono, nuestro puntual reencuentro. Me pregunto si lo mío no es puro masoquismo, o si por el contrario represento un ejemplo de anónima heroína; prudente madre que piensa en su progenie y se resigna a imaginar lo que pudo ser.
Y ahora, escribo esta torpe misiva, que precisamente titulo «Anónima Heroína». Nunca he conseguido exteriorizar mis emociones (es un error) y mucho menos la pasión (otro error aun mayor), pero por si el año próximo, como me propongo, reuniera agallas para leerte estas líneas cuando llames, desde ya quiero que sepas que sólo se trata de un preámbulo, que todavía tengo guardadas tantas y tantas cosas que deseo hablar contigo…
Aunque no sé, puede que cuando llegue el momento decida dejarlo para el año siguiente.

SOLO SOY UNA MOSCA (CCC nºXXXI)

Sólo soy una mosca. Sé que mi vida será breve, obviamente mi biografía también, tanto como para que consiga detallarla sin dificultad en apenas catorce o quince líneas. ¡Cielos, llevo consumidas más de dos! El caso es que ayer hacia el mediodía nací y por la tarde ya era mayor de edad. Esta mañana, tras un corto pero intenso noviazgo, del que no deseo olvidar su aspecto más procaz, me uní para siempre a un precioso moscardón de prominente abdomen metalizado… Pero he enviudado enseguida. Su legado: sesenta huevos fecundados y prolijamente depositados por mí en un rincón de cualquier pared. Contemplándolos ahí, ordenaditos, me encuentro a un tiempo tan triste y dichosa… ¡Hijos míos! Confío en que al menos la mitad de vosotros vea la luz y que la mitad de la mitad escape a las telas de araña y demás ladinas trampas que nos tiende la existencia. Cuan cierto es aquello de que la maternidad envejece, me hallo tan cansada… Después de tres días creo que está será la última puesta de sol que contemple. Pero pienso disfrutar al máximo de ella; la edad nos hace creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y por eso, ahora, mientras aguardo la llegada del sueño eterno, deseo rememorar la pasión a la luz de la luna que disfruté con mi amado moscardón.

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

La amenaza de tormenta cesó, era la señal para hacerse a la mar y cruzar la franja de agua que los separaba de la Tierra Prometida.
El patrón los fue apretujando de mala manera en el fondo de la embarcación. Los insultaba, los amenazaba, los trataba sin miramientos.
Aisa se acomodó lo mejor que pudo. La tripa le pesaba horrores, y ahora también le dolía. No le había dicho nada a Jartum, su compañero, pero creía que el parto se produciría pronto. No le había dicho nada a Jartum, ni al patrón de la patera, ni a nadie; de hacerlo no la hubieran dejado embarcar y ella deseaba que su hijo naciera en la Tierra Prometida.
La amenaza de tormenta cesó, pero el cielo nocturno permanecía manchado por aquella inquietante neblina, que ahora además raseaba la superficie del mar. La neblina impedía ver la luna y las estrellas, ninguna luz. El escenario perfecto; pensó el patrón de la patera; pensaron muchos de los embarcados, y pensó Aisa, animada porque al otro lado de la niebla se hallaba la Tierra Prometida. Sólo unos pocos kilómetros; volvió a reflexionar, y luego nada podría impedir que su hijo creciera como crecen los hijos que viven al otro lado: con zapatos, con comida, con colegio y educación, con dignidad todos los días de su vida… Ella y Jartum se habían conjurado, para procurar a su hijo lo que la justicia exige para todos, todos los días de su vida…

El motor de la patera rugió a plena potencia en cuanto el patrón enfiló el nordeste. A poco de salir a mar abierto, éste se tornó bravío; los golpes bajo el pantoque se sucedieron violentos, intimidatorios para aquel pasaje poco o nada acostumbrado a un entorno que percibían hostil. Muchos inmigrantes se abrazaron asustados, rezando en su lengua, en su religión, que al igual que todas las religiones persevera en lo mismo, la concordia entre los hombres. El patrón los miraba con indiferencia; en realidad los despreciaba, significaban la mercancía que debía llevar a su destino para enseguida regresar a por más. También, taladraba con su mirada aquella niebla pegajosa: nada a babor, nada a estribor. Al rato pareció calmarse un tanto, cuando a proa, las lucecitas de las poblaciones comenzaron a perfilar la línea de costa a la que se aproximaban; o sea, para el pasaje la Tierra Prometida. No obstante el patrón recelaba, lo hacía siempre que cruzaba el estrecho con su cargamento de migrantes ilegales. Los despreciaba; pensó.

De pronto Aisa se estremeció. Las contracciones aparecieron de manera súbita, y se sucedían regulares; ya no pudo disimular lo que estaba a punto de ocurrirle. El frío añadió un componente estertóreo a las contracciones y ello acrecentó la congoja de un Jartum que se aprestó a asistir a su compañera. Algunos de los que estaban cerca también se percataron de la situación. Lo peor sin embargo, fue que el patrón de la patera supo que aquella mujer estaba a punto de parir en mitad del estrecho. Y aquello lo enfureció; farfulló palabras amenazadoras señalando a Aisa. Esa mujer es una carga; dijo haciendo un gesto a los dos esbirros que lo acompañaban. Las miradas de éstos no presagiaban nada bueno, pero entonces Jartum esgrimió un cuchillo, y enseguida alguien de los que estaban a su lado lo imitó, y luego otro se interpuso entre aquellos malvados y Aisa. Y por fin un cuarto y un quinto…, en fin, todos los inmigrantes, migrantes, inmigrados, expatriados, emigrados, llegados, trabajadores…, que cualquiera de los sinónimos empleados resulta válido cuando se trata de exaltar la solidaridad, instaron al patrón de la patera para que permaneciera atento a lo que debía estar, que era llevarlos a la Tierra Prometida.

Aisa gemía. Jartum le habló procurando mostrar serenidad. Le dijo que la Tierra Prometida estaba a la vista. Pensó en algo con lo que entretener a su parturienta compañera, e hiló una historia que acababa de recordar, narraba la aventura de tres reyes en busca de un recién nacido; se trataba de una historia que había escuchado allá, en su aldea del África Ecuatorial. Se parecía a la historia de los reyes de oriente que todos en occidente conocemos, aunque no tiene por qué ser la misma; cualquier bella historia es patrimonio de quien la difunde y al parecer allá, en la aldea del África Ecuatorial, se afirmaba que el acontecimiento sucedió en… Jartum procuraba imprimir a su historia, de eso que denominamos tensión narrativa, necesitaba acaparar la atención de Aisa: «…los tres reyes, hallándose descorazonados, perdidos, fueron guiados por una estrella que iba dejando tras de sí una larga estela. Aquella estrella les marcó el camino…» Aisa dio un grito en el momento de romper aguas, y levantó una mano hacia un cielo emborronado por la calima. Entre contracción y contracción, con voz entrecortada, interrogó que si aquélla era su estrella. Jartum escudriñó la noche, en el instante en que un reflector lamió la cresta de las olas.
El patrón hizo amago de dar la vuelta al tiempo que gritaba ¡Guardia Civil! Pero Jartum, y los otros, dijeron que no, que no era la Guardia Civil, se trataba de la estela de una estrella, la estrella que los guiaba a la Tierra Prometida. El patrón insistió: ¡Guardia Civil! Y comenzó a girar la patera. Jartum y todos los demás inmigrantes, migrantes, inmigrados…, ya se sabe, volvieron a enfrentarse al patrón y sus esbirros. Les ordenaron: ¡No, Guardia Civil no! ¡Ve hacía la luz! Ella es la estrella que nos guía, emisaria de la Tierra Prometida.

LA LLAMADA DE TELÉFONO (un cuento de Navidad)

Había salido aquella tarde, a realizar unas obligadas compras para la cena de Nochebuena con la familia. Señalar que la familia se había visto tristemente menguada en los últimos años; sobre todo echaba en falta a mis progenitores. Los había querido mucho, habían sido unos buenos padres, como esperaba serlo yo para mis hijos, pero… Me estoy desviando. Como decía al principio, había salido aquella tarde con el objeto de realizar algunas compras. Ya me encontraba de vuelta a casa, atrapado dentro de mi coche en mitad de un atasco monumental y agotado por el tráfago al que, no olvidemos, aportaba mi granito de arena. Mantenía clavada la vista en un semáforo del que sólo me separaban unas decenas de metros, pero que al permanecer abierto menos de un minuto cada vez que se ponía en verde para los coches, apenas me permitía avanzar. Allí, junto al paso de peatones, se agolpaba un gentío, que enloquecido se lanzaba a cruzar la calzada en cuanto el muñequito pertinente se ponía en movimiento. Mas de pronto, mi vista se fijó en una de esas otras personas, que nos resultan invisibles a lo largo del año y que por una extraña circunstancia de empatía navideña (quizá mal entendida) acaba despertando nuestra conciencia. Cuando por fin me situé a la altura del semáforo y contemplé de cerca la cara de aquella persona, un anciano y enjuto mendigo, que solicitaba a los conductores “una limosna navideña” escrita en un cartel que le colgaba del cuello, sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo. El mendigo vestía un abrigo de espiguilla desastrado y pasado de moda, que además le quedaba grande; un abrigo idéntico al que en tiempos tuvo mi padre y que habíamos donado a una oenegé tras su fallecimiento; en mi obsesión, incluso creí ver en el mendigo las mismas facciones de mi progenitor enterrado hacía un lustro. Él, mi padre, había fallecido de manera penosa en un hospital, solo, sin que ninguno de sus seres queridos estuviera acompañándolo en ese trance final. Recuerdo que el mismo día había ido a visitarlo por la mañana y lo encontré razonablemente bien, a pesar de que en los últimos tiempos se le hubiera ido la cabeza y no parara de reprocharme que cualquier día nos olvidaríamos de que existía y acabaría muriendo solo, como así sucedió. Yo siempre había sentido un profundo remordimiento, cada vez que pensaba en aquel triste desenlace; dicen que quien pierde un ser querido en determinadas circunstancias, es acompañado a lo largo de su vida por dicha sensación de no haber obrado de manera adecuada. Pero no quiero desviarme otra vez…

Por la razón que fuera, el mendigo no se detuvo a la altura de mi coche y siguió caminando entre los otros vehículos mostrando su cartel; algunos conductores bajaban la ventanilla y le daban algo. El escalofrío que primeramente había experimentado cuando creí identificar a mi difunto padre, mutó al rememorar el habitual sentimiento de culpa al que acabo de aludir. En mi turbación, reaccioné apeándome del coche, quería llamar la atención de aquel anciano, atraerle hacia mí, hablarle, pedirle disculpas quizá, por algo que sin duda él no acertaría a comprender. ¿O puede que sí?
El semáforo se puso en verde para los coches y desde todas partes se me comenzó a increpar para que regresase a mi vehículo y reiniciase la marcha. Dudé. El mendigo, aunque alejado unos metros de donde yo estaba y semioculto entre la gente de la acera adonde había regresado, pareció percatarse de que me estaba dirigiendo a él e intentó abrirse paso hacia mí. Pero en ese momento apareció un agente de policía local, ordenándome autoritario que montase en el coche y me largara.
Justo cuando superaba el semáforo, en el que ya se agolpaba la nueva remesa de peatones para cruzar cuando les llegase el turno, observé emergiendo entre la multitud, una porción de aquel abrigo que había creído identificar como el que perteneció a mi padre. Del puño de una manga, sobresalía una mano huesuda sujetando lo que enseguida reconocí como un teléfono móvil. La mano agitó el ingenio electrónico con vigor, quizá con premura, y a continuación tanto uno (el mendigo entre el gentío), como otro (yo conduciendo mi automóvil), fuimos absorbidos por la vorágine del instante.
Intenté detenerme algunos metros más adelante, con la intención de apearme del coche, echar una carrera y reunirme con el anciano del abrigo, pero otra patrulla urbana me lo impidió. Opté entonces por dar una vuelta a la manzana y volver al semáforo. Para cuando lo conseguí, veinte minutos más tarde, el mendigo había desaparecido.

Entré en casa dubitativo, el encuentro me había perturbado. Sólo cuando me senté en el sofá y comencé a relajarme, mi cabeza recuperó el detalle del abrigo con la mano agitando el teléfono. Me acometió un nuevo sobresalto y actué sin pensármelo. Tomé mi móvil, consulté la agenda y allí estaba el número de mi padre. Desde que falleciera, jamás se me había ocurrido borrar el contacto del listín. Pulsé la tecla de llamada. El teléfono comenzó a emitir tono. Al cuarto timbrazo descolgaron y una voz familiar, muy familiar, dijo: «Feliz Navidad hijo mío». Y enseguida se cortó la comunicación.

19-12-2019

CCC. XV. UN JUEGO FATAL

Me decidí, pulsé el botoncito rojo. Entonces todo comenzó a temblar: la mesa, el ordenador que estaba en la repisa bajo la mesa, el vaso de agua que me acompañaba durante las sesiones en la red… Primero sentí desconcierto, luego conmoción, enseguida alarma y finalmente miedo. Fui asaltado por una especie de arrepentimiento vago, lo absurdo de la situación me mantenía bloqueado. Entonces quise rectificar. Apreté repetidamente el recuadro donde ponía anular, pero el contador no se detuvo. Los años transcurrieron como una exhalación en el monitor… Por fin, convencido de la inutilidad de mis intentos por detener aquel sinsentido procuré relajarme. Busque con la vista en la estantería de los libros tratando de localizar cierto título. Lo encontré, lo tomé y me dispuse a releer, pero antes de que lo abriese un campanilleo en el ordenador volvió a acaparar mi atención. Atendí a la pantalla; un sonido perseverante acompañaba al parpadeo del rótulo que anunciaba que estaba completado el escenario. Agobiado por la congoja tiré del cable de alimentación a la red. El ordenador se tambaleó y el monitor se apagó de golpe; dejé pasar algunos minutos y reinicié el sistema. El remedio fue baldío. En cuanto la pantalla se encendió apareció una fecha concluyente: 15/6/5006… ¡Habían transcurrido cerca de tres mil años!

Me asomé por la ventana. Lo de afuera no parecía haber cambiado mucho, la verdad: una chica paseando al perrito, dos operarios de la compañía telefónica trajinando con los cables en una fachada… Quizá aquella pareja vestida de manera un tanto estrafalaria, pero… ¡Nada, el detalle no era significativo! Sobre todo si teníamos en cuenta que habían pasado tres mil años. Me sentí desconcertado.

Llevo horas observando lo que acontece en la calle entre fascinado y perplejo. La gente va de un lado para otro, a lo suyo, como siempre. No es lo que me esperaba, todo sea dicho. Compruebo que incluso los coches, los anuncios…, ¡exactos a los de mi época!… Definitivamente algo no encaja. Creo que voy a releer el libro recuperado de la estantería; la máquina del tiempo de H. G. Wells, quizá éste me proporcione alguna explicación coherente. Aunque… ¿Y si retorno al escenario de origen e intento dar marcha atrás?… Podría servir, pero… ¿Y si me paso?…

Mas de pronto siento como un nuevo temblor acaece en la estancia y de inmediato un golpe seco en la nuca que está a punto de hacer que me estampe contra el monitor del ordenador.

–¡Imbécil! ¡Pedazo holgazán! ¡Sal a buscar trabajo y deja los jueguecitos virtuales, que tienes treinta y cinco años!

Es mi madre, devolviéndome a la cruda realidad con uno de sus habituales y admonitorios pescozones.

Cien Cortos Cuentos: XIV. EL OLOR DE LOS PEPINOS

 

          Ya es verano. Mi hermano José y yo nos apresuramos, merienda en mano, pan con chocolate, camino del prado. Hoy ha sido el último día de colegio. Nuestros amigos Pablo y Santiago nos esperan allí, en el prado. Pablo es el mayor de todos, acaba de cumplir nueve años.

El riacho, recrecido este año por las lluvias, envalentonado, juega a emular a los grandes. Se ha desbordado y corre revoltoso entre las abigarradas junqueras de la ribera. El suelo está tupido por un manto de tréboles.

 

Como si de un acto rutinario se tratara, una vez juntos, los cuatro nos desnudamos hasta quedarnos en ropa interior. Y es justo entonces, cuando una fuerza desconocida nos posee empujándonos a correr y saltar sin parar en un ritual desaforado que ya hemos experimentado antes, que intuimos algo así como un mensaje atávico de no sabemos explicar qué. Solo Pablo se atreve a emitir un juicio, afirma que lo que nos pasa tiene que ver con el “gusto” que sienten los mayores cuando… Todos asentimos porque ninguno acierta a comprender en qué consiste eso del “gusto cuando…”

 

Cae la tarde. El sol oblicuo tremola sobre los enveses plateados de las hojas de los chopos. Agotados de corretear y saltar nos tumbamos boca arriba sobre el manto de tréboles, entonces mi hermano, con voz jadeante, dice que le huele a pepinos. Racional, Santiago replica que habrá algún huerto cercano. Pablo sentencia que no, que éste es el olor del verano. Yo dejo clavada la mirada en el cielo azul. La brisa fresca de la tarde sobre nuestra piel nos unge efectivamente de olor a pepinos, y el instante se me queda clavado a la razón como un hito, un recordatorio de los que jamás se olvidan.