CCC. XII. CÍCLADAS

Se abre la puerta del vestíbulo. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, una mujer, una hermosa mujer. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, el ideal de la belleza de la antigüedad. Al verla, me pregunto si la presencia de los Dioses Griegos en este lugar fue lo suficientemente intensa como para dejar su impronta. La mujer posee una piel ligeramente tostada por la luz del Mediterráneo, luce cabellera negra y brillante y unos ojos cuya tonalidad rivaliza con el cian que en ese momento refleja el mar; nos obsequia una sonrisa medida que reporta confianza y su voz… Lo suyo es pura armonía, por eso ya no me cabe duda: sí, se trata de la hija de un Dios Griego, de una embajadora del Olimpo.

Inopinadamente cobro conciencia (o más bien lo hace el viajero que está incluido en el “paquete de turistas”). Me extasío (nos extasiamos el de la recién recuperada conciencia, o sea yo, y quien soy afuera de mi dudosa condición viajera en su peor versión, que es la de vulgar turista) contemplando a la mujer que una vez formalizado el recibimiento y distribuidos los pasajes de manera maquinal, se apresura a regresar al Mediterráneo de los Dioses Griegos, o lo que es lo mismo, traspasa la puerta que oculta al vestíbulo lo que acontece del otro lado, una puerta que discrimina a vulgares turistas, a mortales viajeros, que marca la frontera entre los simples seres humanos y los dioses del Olimpo. En algún lugar próximo, justo a nuestra espalda, se aviva la actividad. Observo que se levanta la barrera que da acceso al muelle y una voz estentórea, por megafonía, invita a que los viajeros embarquen en el crucero que realiza la singladura a la isla de Santorini. Inmediatamente quienes están junto a mí se dan la vuelta y se precipitan en la pasarela que permite acceder al crucero; allí todos se apelotan, se dan codazos, disputan por subir a cubierta ¡Hay sitio para todos! Grita alguien.

Me quedo solo, mirando de hito en hito, contemplando la avalancha de turistas que se atropellan los unos a los otros, contemplando la puerta cerrada tras la que ha desaparecido quien repartía los pasajes, la emisaria del Olimpo. Los últimos turistas, viajeros de ninguna parte, son absorbidos por la pasarela del crucero. Un postrer aviso conmina a los rezagados para que suban al barco. Ya no dudo más, esperaré a que vuelva a abrirse la puerta que da al vestíbulo, el regreso de la mujer que reparte los pasajes.

DEVENIRES. 1er. devenir

1er. DEVENIR.

Salgo a dar un paseo. En realidad no tiene nada de particular que salga a dar un paseo: caminar, observar mientras paseo, reflexionar…, lo hago con frecuencia. Lo que sí es singular y quizá el motivo que me hace sondear pensamientos en lo que concierne al asunto de los “devenires”, es la hora en que decido pasear, más o menos el mediodía. Tampoco debería ser ésta una circunstancia que mereciera la atención que le estoy poniendo, pero sí, sí lo es, y me explico. Mi pequeña ciudad, más bien la ciudad en que habito desde hace muchos años, esta ciudad a la que me he adaptado de modo razonable, pero que nunca he estimado como elemento arraigado firmemente a mi identidad (sé que cualquier otra ciudad y en cualquier momento podría serlo de manera instantánea, pero ésta no), mi ciudad como decía, es una ciudad que aglutina una buena porción de historia e incluso de méritos en su haber, aunque no por ello deja de ser una ciudad común, mundana, idéntica a cualquier otra pequeña ciudad, una ciudad en que a lo largo de las distintas franjas horarias del día, se ve desfilar por sus calles toda una muestra de la población que acoge, esa mayoritaria población con la que yo, en circunstancias normales, no coincidiría pero hoy sí lo he hecho, lo acabo de hacer…

A pesar de que aquel tiempo en que vine a dar con mi humanidad a esta ciudad se ha quedado muy atrás, ha devenido permítaseme que diga, a pesar de que entonces sintiese la necesidad de acotar los límites impuestos por este espacio en que convivimos más de doscientas mil personas, de mi ansiedad por averiguar la realidad y entresijos del entorno que por novedoso me incumbía, y de que en la actualidad ese entorno lo tenga conocido o casi conocido hasta la saciedad, incluyendo sentido del tráfico de las calles principales, ubicación de las barriadas tradicionales… A pesar de estos y otros muchos elementos y situaciones que no viene al caso pormenorizar, de que a priori ya nada de aquí alcance la capacidad de conmoverme como aconteció en otros momentos, sí ocurre para mi admiración (no sé si admiración es la palabra adecuada para definir lo que a continuación relato) que siento removérseme las emociones embutidas en cierto sayo de nostalgia, o quizá de vacío existencial, o quizá de tiempo perdido que diría aquél, o quizá de repentino estado introspectivo, que de pronto hace saberme un náufrago en este devenir de gentes que me rodea, gente con la que me cruzo, desconocida toda, pero toda identificable, cortada por un mismo patrón, el de sus particulares devenires, el del tiempo que los ha sobrepasado a la mayoría internándolos en la ancianidad, y es que a esta hora de la mañana, mediodía como decía antes, casi todo este itinerario que voy completando en mi paseo está morado por gente anciana. No me veo como ellos, tengo sesenta años, pero no me veo como ellos, es decir, con lo que muchos de ellos transmiten: enfermedades, tragedias personales, ociosidad de gente que en apariencia lo tiene todo hecho en la vida y que en algunos o muchos casos (es lo que me transmiten sus aspectos, insisto) dichos logros o no logros les vienen anchos, o por afinar, les viene como la ropa que un día constituyó la moda y fue de su talla pero ahora no. Sí, me digo pensando con cierta crueldad, sé que juzgando a la ligera, es como si estuviesen amortizados y deambulasen cual zombis que no saben a dónde van y por qué. Decía un poco más arriba que no me veo como la mayoría de esta mayoría de gente mayor, y muy mayor, gozo de excelente salud, no tengo achaques visibles o reconocibles de momento, me considero una persona razonablemente afortunada en lo familiar, hago deporte, procuro cultivar mi intelecto de diversas maneras y encima mantengo, creo que de modo bastante saludable, la capacidad de plasmar en un papel mis experiencias como observador. Y justo aquí encuentro la clave de este primer devenir que juega con la introspección pero carece de empatía, porque bien mirado, quizá me esté quedando atrás, quizá mi estar donde estoy se corresponda con una especie de destiempo. Es una sensación extraña la de esta mañana de paseo, pero de pronto me da por razonar en que algunos (o muchos) somos inconscientes de que nuestro tiempo transcurre sin detenerse, de que en él no existen los rodeos o las pausas, y que con el tiempo, nuestro tiempo, las personas y el entorno que las acompaña deviene; no puede ser de otro modo. Y que por ello, los allegados y los menos próximos, los apenas conocidos pero cuyas caras nos han resultado siempre familiares y si se me apura contribuyentes a nuestra constatación como individuos de un tiempo, todas esas personas comienzan a difuminarse, a dejarnos solos aunque muchas sean sustituidas por otras hasta que, y aquí llega la tragedia de este pequeño devenir, de pronto ya no somos capaces de reconocer a nadie que podamos constatar como perteneciente a nuestra generación. Es entonces cuando deberíamos decidir que, bien mirado, hemos tenido suerte, porque continuamos aquí, con los pies sobre la tierra, respirando, viviendo, siendo un ser consciente, con identidad, con entidad… Y por eso… No, ahora mismo, aquí, en este espacio y este lugar en que me hallo, en esta hora no conozco a nadie, quienes me rodean, todos, me son ajenos, o yo soy ajeno a este momento, quizá a este devenir de la jornada que todavía no me concierne, que he osado profanar. Corro a protegerme en casa, no sé si de regreso al espacio y el tiempo que me corresponde, deseando recuperar el devenir perdido de manera inopinada.

4-6-2018

CCC. XI. ANIVERSARIO

No olvides dejar la llave puesta en el contacto, aunque no lo parezca es un detalle importante. Y enmascara rastros, échate colonia, límpiate los restos de carmín, mete toda tu ropa en la lavadora, deshazte de la frase que escribí en la servilleta de papel, debe de seguir en el bolsillo de tu americana. Sí, esa misma en que te juraba amor eterno… ¡Deshazte de cuanto tenga que ver conmigo! Del papel, del amor… Del tuyo, de tu amor (¿acaso lo has sentido?), porque del mío no puedes, ése no te pertenece.

Y después, cuando todo haya terminado, no se te ocurra rellenar el depósito de combustible como haces cada vez que nos vemos, ahórratelo, ya no utilizaré más el coche. Mantén la concentración, por favor, no vayas a tener la ocurrencia de ir a una gasolinera de las que frecuento en busca de clientes y se queden con tu cara ¡Ah! y si por un casual cayeses en la tentación de entrar en algún local a tomar algo (no te vendrá mal una copa, lo sé) paga en efectivo. Insisto: no debes dejar rastros. Y sí, el coche puedes dejarlo estacionado en la explanada, frente al club. ¡No, descuida! No te verá nadie, a partir de las cinco de la mañana el lugar permanece desierto, todos se habrán marchado, estate tranquilo. Tu casa queda relativamente cerca, por lo que puedes llegar dando un paseo; te vendrá bien tomar el aire. Y por fin… Hazme un favor ¿quieres?, no leas la página de sucesos, hazlo por ti, no te martirices, no hará falta que te confirmen… Bueno, eso, sabes muy bien que apareceré donde me has dejado, y también, que si somos discretos (hasta donde me toca ya ves que yo me estoy esforzando…) lo nuestro jamás trascenderá. El caso se cerrará pronto, oficialmente habré sido asesinada por un cliente descontento y desconocido, abandonada en mi propio automóvil; seré una menos, solo eso, una simple baja, entre las que se dedican a esta profesión donde tantas importan tan poco. Limpia las huellas de tus manos del volante, del salpicadero, de la tapicería, de mi garganta y mi cuerpo, hazlo todo concienzudamente, pensando en que ya no tendrás el compromiso de celebrar ningún otro aniversario fuera del hogar. Tu esposa, aunque juegue a que nunca ha sabido nada (disimulará como tantas esposas), aunque no te lo diga, acabará por perdonarte (nunca olvidando), y si no vuelves a recaer en la tentación de celebrar aniversarios con otra, también pensará que te ha recuperado para siempre, mientras que tú, conseguirás que poco a poco sanee tu conciencia, esa tortura que ahora sientes, cada vez que contemplas las manos que me han estrangulado.

De CCC: AMANTE (I y II)

AMANTE I.

El amante busca a su fugado amante. Lo busca desesperadamente por cada rincón de su apartamento. No busca su presencia está claro, busca sus rastros extraviados: olores, objetos personales, vestigios varios…

El amante sabe que su amante no volverá jamás, que otro amante se lo ha arrebatado. El amante piensa que su amante es un tránsfuga y por ello se ofusca aun más. El amante recurre a su imaginación para aliviar ese dolor que le mortifica; no escatima alternativas ni escenarios, cualquier detalle es legítimo pese a que éste provenga del lugar más obsceno, de la situación más indeseada, ya que ahora todo le sirve, todo le trae recuerdos y los recuerdos le reconfortan: una prenda interior olvidada (o no) en el cesto de la ropa sucia, el vaso con la marca de sus labios abandonado en el fregadero, ese papel garabateado y arrugado y arrojado en un rincón, el cajón sanitario del gato de su amante, que permanece ahí todavía (no así el gato, a ese se lo ha llevado; por fortuna), en el cuarto de baño, residuo dentro del lugar destinado a lo escatológico pero también al aseo y la seducción. Sí, le consuela todo cuanto tenga relación con, y provenga de, le consuela ahora que su hogar se va transformando en las distintas celdas de una penitenciaría.

El amante, se acurruca en el sofá. Encuentra un bolígrafo entre los cojines, un bolígrafo que sin duda ha dejado olvidado su amante… ¡Descuidado amante! Piensa con benevolencia. Y es entonces, que el amante utiliza el bolígrafo para escribir unos lánguidos versos, que enseguida se apresura a insertar en una página de Internet (y que podría llamarse amantes.com, o como desee cada cual, la cuestión es que vaya de amantes despechados) y le pone un título: “Amante 2”…

AMANTE II.

Y entonces relee:

En un cajón hallé esto:

 

Estacionado,

un tiempo quiero dejar.

Siempre vigente,

mi tiempo presente.

Desestacionando

lo visible y material.

Aceptado, inservible, permanente,

supuestamente necesario.

Estacionado.

Nadie lo puede tocar,

y no ocupa lugar,

y solamente te ocupa.

Estacionado, añorado,

amante fugado.

Invisible soy de ti,

solamente tú me ocupas.

 

…Y después, enseguida se arrepiente, y borra el poema de amantes.com y esconde el papel donde lo ha escrito en un cajón. Un amante, y un poema, y un cajón que procurará olvidar.

CCC Nº VII. LA PIERNA

Cuando el metro se puso en marcha demostré a los presentes mi excelente forma física. Un acompasado braceo y los saltos cadenciosos que daba con mi pierna libre a lo largo del andén, alcanzaron para que mantuviese el equilibrio a pesar de la progresiva aceleración del convoy.

Es increíble lo que la premura de unos instantes vividos intensamente puede transmitir al acervo personal. Porque, efectivamente, bastaron segundos para almacenar en mi cerebro las caras de cada una de aquellas personas, que asistían expectantes, espectadores, al premonitorio espectáculo que les había caído en suerte allí, en el vagón de metro, en cuyo interior una de mis piernas permanecía atrapada por las malévolas puertas, que se me habían cerrado de golpe sin dar tiempo a que saliera, del todo. Un viajero procuraba baldíamente abrir las malditas puertas, otro, el gafe de turno, vociferaba a voz en cuello augurando la inminente tragedia, un tercero procuraba accionar el freno mecánico de emergencia (y se cargaba la manija el muy cretino), una viejecita sacó su rosario del bolso y se puso a pasar cuentas como si tal cosa y otra chica, que por cierto estaba muy buena, se tapó los ojos instantes antes de que el andén finalizara y yo me estampara contra el muro que acotaba la boca de entrada al túnel.

Lo principal es que no me he matado; estos tubos, la vía y los vendajes así me lo sugieren (a no ser que en el nirvana existan salas de recuperación como las de los hospitales, que no creo). En fin, que momentos después de recobrada la conciencia, he tenido el impulso de rascarme la pierna, me picaba, y es entonces cuando me he dado cuenta de que había sido inmovilizado a la cama. Pero ¡Uf! El caso es que la pierna me picaba horrores… Aunque ¿de verdad me picaba la pierna?

No he querido forzar la situación, incorporarme para verificar esa sospecha que me asalta, ese fogonazo de recuerdo señalando que, mientras yo terminaba cayendo sobre el andén, la pierna continuaba el trayecto enganchada a la puerta del metro.

De CCC: VI. FUMATA BLANCA, O QUÉ MALO ES EL TABACO.

–¡Venga, anímate! Tienes que probarlo –me dijo Rufus en un tono que más bien parecía orden.

Hice un primer intento, lo admito, pero mis sentidos, por llamarlo de alguna manera, me decían que aquella no era la opción correcta, sólo acertaba a percibir el calor del tabaco en combustión dentro de la cazoleta y ello no auguraba buen presagio; me dije: las imprevisibles consecuencias no compensarán, seguro. Aun así volví a probar pero… Nada de aroma y, por supuesto, nada de sabor.

–¡Esto es una locura, Rufus! –protesté confuso y malhumorado.

A continuación quise exponerle de una manera convincente, los motivos por los que no debíamos inmiscuirnos en semejante peripecia, pero él estaba obcecado. Insistió:

–¿Qué pasa, te achantas?

–Sí.

–¡Antes y ahora, siempre fuiste un cobardica! ¡Vamos! tienes que probarlo, será como fumarse un pitillo a escondidas de la conciencia, o si lo prefieres, tómatelo como si actuáramos de intermediarios entre el embajador de los hombres y Dios, una “fumata blanca”. Nuestra condición lo hará más intenso, estoy seguro, somos unos privilegiados, ni en vida podrías haber soñado lo que sucederá cuando…

No acabó la frase. Sin más, presto, Rufus se puso manos a la obra, y de inmediato sucedió lo que me había temido, asistí a su degradación; su presencia (por volver a denominar de alguna manera lo innombrable) se fue haciendo más y más débil, y enseguida volátil, y luego ni eso.

–No, no puedo –balbucí horrorizado, sin acertar a ubicar a Rufus. –¿Rufus, dónde estás?

Su temeridad lo había llevado demasiado lejos, asimilado por el hilacho de la columna de humo, pronto acabó diluido en la atmósfera. Y para colmo, aquel individuo de la pipa con el que habíamos jugueteado, como incomodado por un algo que no acertaba a explicarse y que yo ligué a una de esas intuiciones que de vez en cuando asaltan a los mortales, se puso a golpetear nervioso la cazoleta con la palma de su mano, hasta arrojar al suelo los últimos rescoldos del tabaco en combustión que había estado fumando. Luego, meticuloso, el individuo pisoteó los restos y entonces yo, aprovechando la postrer y efímera ráfaga de calor, me dejé ascender impulsado por la corriente térmica; ya no tenía nada que hacer en semejante lugar.

Mientras me alejaba del suelo, creí encontrar una explicación al calamitoso anhelo de Rufus; pensé que aquél, escondía algún tipo de correlación con la materialidad que un día tuvimos. Y la realidad, mi realidad de ahora, era bien distinta, de ahí la conveniencia de no divagar demasiado, o de tentar a la fortuna, que en este caso se le parecía; me dije, puesto que nosotras, las ánimas, por el hecho de serlo, debíamos segregar de los hábitos cotidianos cuanto estuviera relacionado con ciertos placeres terrenales. Y aquellas osadas que quebrantaran las normas, ya no es que estuvieran condenadas al fracaso, sino que previsiblemente acabarían en el limbo.

XENOFOBIA

De CCC (Cien Cortos cuentos).

V. “XENOFOBIA”

 

          Siendo joven, mi padre se fue a trabajar a Alemania. En su pueblo de España no había na. En Alemania, mi padre trabajó como un burro. Yo nací allí y de allí decidí volver a mis orígenes con intención de no abandonarlos jamás; solo regresaría a Alemania para visitar a los amigos. Por lo visto, mi padre dijo algo parecido, cuando se vio obligado a marchar de su país para no pasar calamidades.

Mi padre me había inculcado cierto valor que consideraba fundamental, un distintivo de nobleza; decía, de nuestro terruño de procedencia: “allí nunca se trataría a un inmigrante como a él y a otros compatriotas en ocasiones se los había tratado”; lo de la xenofobia no iba con nosotros, lo habíamos sufrido en nuestras propias carnes y por eso…

Cercano ya a mi destino, recién abandonaba la estación de tren, un par de muchachos marroquíes me abordaron: que si sabía cómo se llegaba a…; preguntaron. Precisamente pretendían desplazarse a mi pueblo, es decir, al pueblo de mis padres, adonde me dirigía yo. Aspiraban a trabajar en los invernaderos; en su país se decía que aquello de los invernaderos era una buena opción. Me ofrecí a llevarlos en el taxi que acababa de tomar. El taxista me puso mala cara, me preguntó que si llevaba dinero, le dije que sí. Aunque no pareció muy convencido arrancó el coche; en un arrebato de altanería le dije que esperase. Me apeé del vehículo e invité a los dos marroquíes a que me imitasen; tomamos otro taxi. Ellos; pensé cuando estábamos de camino, los muchachos marroquíes, iban en busca de futuro y yo también, aunque mi futuro partiese con ventaja, estaba previamente tamizado por un pasado conocido de oídas. Ellos, los muchachos marroquíes, querían echar raíces y yo reabonar las mías.

Me enteré de lo que estaba acaeciendo en la comarca bruscamente, cuando nos bajamos del taxi y entramos en aquel bar. Varios parroquianos, increpaban a voz en cuello la crónica inaudible del locutor televisivo. Un titular rezaba: “XENOFOBIA EN LOS INVERNADEROS”. Todos se nos quedaron mirando; de pronto a los parroquianos les dejó de interesar la televisión, el locutor y la noticia. Enseguida, uno nos amenazó puño en alto: que cómo teníamos tanto morro de meternos allí; dijo, en su propia casa, en un local reservado a los amos de aquella tierra, donde ningún moro asqueroso estaba autorizado a poner sus pies.

Cuando recobré la conciencia me dolía todo el cuerpo. Una amable enfermera de color, negro, me dijo que me hallaba en el Hospital Provincial, que no tenía nada grave, alguna costilla rota quizá; por prudencia habría que esperar a las radiografías. Cierto tipo de traumas pueden permanecer indetectables, pero latentes, y si no se tratan de manera adecuada…

Cien Cortos Cuentos II. INOPORTUNIDAD

Aguardo impaciente. Es nuestra primera cita.

De manera inopinada había conseguido acercarme a aquella hembra de postín venida del septentrión. Y lo había conseguido yo, que no soy precisamente guapo. Pero al lograrlo me convertí en el centro de atención, en la envidia de mis amigos y compañeros de facultad.

El primer día que entró en clase (¡benditos intercambios universitarios! Pensé) todos los tíos (y alguna tía) nos quedamos con la boca abierta. ¡Qué formas! ¡qué rotundidad! ¡qué… qué…! ¡Increíble!

El caso es que, como decía al principio, yo, un vulgar mortal, un sosaina, no podía ni siquiera fantasear con la posibilidad de merecer su atención; de ligármela ni hablamos… Pero ha sido que sí.

La interioridad de cada individuo es un rasgo distintivo de nuestra especie que, a unos más que a otros, confiere originalidad y gracejo, por eso no quiero darle más vueltas al contexto de mis méritos. Los compañeros no daban crédito, sobre todo Jaime, el guaperas oficial, que seguro contaba con llevársela al huerto. Y sin embargo, mira por donde a ella le llamó más la atención mi aspecto desvalido, esa lánguida mirada de cervatillo que acaba de quedarse sin su mamá y que tan bien sé componer. Todos allí, en la fiesta de confraternización de la facultad trasegando alcohol y otras cosas, procurando manosearse los unos a las otras, riendo las chorradas de los payasetes de turno, y Nicole que va rehuyendo al pesado de Jaime, y al resto de los moscones, y se pone a mi lado y entonces me sonríe y yo, que seré enclenque pero no gili, le entro como puedo, o sea torpemente. Sin venir a cuento le pregunto que si le gusta el cine y luego, cuando con una mirada chispeante me contesta que le encanta, como el que no quiere la cosa, dejo caer que seguro que pasear en buena compañía también… Y eso, que mi conjetura parece que la desarma. De nuevo esos ojos grandes y azules trasmitiéndome todo lo trasmisible, y a continuación va y me endosa un beso en la boca y agrega que algunos españoles somos demasiado indecisos (dame tiempo y verás, guapa; pienso) y que, desde que llegó, no ha hecho más que buscar el modo de acercárseme, y también que quiere que vayamos al cine y luego sí, que demos un paseo por la ciudad y más, mucho más, que desea saberlo todo de mí…

Y yo no paraba de mirar alrededor, buscando esa más que probable complicidad entre Nicole y las supuestas amigas a quienes habría garantizado divertimento a costa mía… Pero no, no existía nada de esto.

Así es que aquí estoy, esperando a que llegue la normanda, en la parada del autobús. Lo tengo todo planeado: he elegido una película intranscendente y diseñado un itinerario tendencioso para el posterior paseo. Por supuesto me he aseado y escogido lo mejor de mi vestuario. Lo único… Qué inoportunidad, justo en este instante, me desazona a más no poder cierto humor espeso anclado en las profundidades de mi tabique nasal. Voy a ver si así… con disimulo… haciendo palanca con el dedo meñique… ¡Ump! ¡Arg! ¡Qué horror! ¡Qué verde, qué proporciones, qué asquerosidad! ¡Incluso a mí, su involuntario hacedor, me provoca repulsa!

Y el autobús que se ha detenido en la parada en tan crítico instante y las puertas que se abren justo donde estoy y… ¡Sí! ¡Trágame tierra! ¡Es ella! Lo ha visto todo: mi dedo hurgando en la nariz, la extracción del tremendo grumo y esa instintiva reacción de restregármelo en el costado del pantalón, cuando me sé descubierto en lo más comprometido del momento.

Una nausea acomete a Nicole. Se queda como pasmada. ¿Duda? Creo que ni eso. El autobús cierra sus puertas y enseguida se aleja con Nicole dentro. ¡Esto no puede estar sucediéndome!

CIEN CORTOS CUENTOS: I. Comerse el mundo

Cuando mi esposa dejó de amarme comenzó a referirse a mis defectos sin ambages. Y el caso es que reconozco que sí, que siempre tuve muchos. La falta de carácter; decía ella, es lo que más me había lastrado hasta entonces. E insistía en que mi fatuidad acabaría por hacer que me disipase como el don nadie en que me estaba convirtiendo… ¡Eso jamás! Pensé en silencio, porque yo, ya, todo lo hacía en silencio.

Intenté rebelarme contra aquél, mi supuesto destino, y puede que contra mí mismo.

A fuerza de tesón y disciplina fui acopiando energía, y por fin llegó un momento en que logré sentirme un ser definido, sólido, concreto, sabedor de que había ascendido hasta un nivel de seguridad personal inimaginable tiempo atrás. Estaba dispuesto a comerme el mundo.

Pero comerse el mundo es una tarea ardua; pensé enseguida, requiere, entre otras cosas, de tenacidad. Y bueno, ¿no habíamos quedado en que precisamente la tenacidad era un rasgo de mi naturaleza? No partía de cero. Me pondría manos a la obra desde ya…, bueno, a partir del día siguiente.

Madrugué mucho. Apenas percibí la primera claridad salté de la cama, me lavé la cara, me afeité concienzudamente, desayuné, me puse la mejor americana que encontré en el armario y salí a la calle. Pero justo entonces, allí, frente al portal de mi casa, la mente se me quedó en blanco y mi supuesta solidez se vino abajo como un castillo de naipes. ¿Sería por culpa de aquella mañana tan luminosa? Me pregunté. ¿O acaso volvía a disipárseme el carácter? Lo cierto es que de pronto no supe por dónde seguir. Definitivamente; razoné, lo de comerse el mundo es una tarea ardua.

Estaba paralizado, como aguardando no sé muy bien qué; tampoco soy capaz de precisar el tiempo que permanecí así, pues enseguida tuve la certeza de que en concreto había perdido eso, la noción del tiempo, y puede que del espacio…

Obviamente, el mundo no iba a detenerse por mí. Con esto quiero decir que desde el instante en que me quedé allí, atrapado frente al portal de casa, no han parado de entrar y salir vecinos.

Todos sin excepción me ignoran, no se me presta atención. Los veo llegar (o marcharse) y parece que van a arrollarme sin contemplaciones, pero en el último instante hacen un requiebro, ¿o quizá es el espacio/tiempo que nos repele, que se contrae y expande, que goza de voluntad propia? No sé, el caso es que jamás llegamos a chocar los unos con el otro; obviamente (no puedo explicar lo de obviamente, pero así me resulta, obvio) tampoco se me dirige la palabra. Una situación incómoda cuando menos ésta mía…

Y luego está lo de ella. Al caer la noche (ya he perdido la cuenta de las noches que llevo anclado aquí) aparece mi esposa. Vendrá de vuelta del trabajo… ¿De dónde vendrá? Es curioso, hasta hoy (por aquello de asirme a una referencia temporal), de peor o mejor manera lo había sobrellevado; sólo hasta hoy, puesto que hoy mi esposa no ha llegado sola. Venía agarrada a un tipo que le cuchicheaba al oído cosas que debían hacerle mucha gracia, puesto que no paraba de reír. ¡De ninguna manera! Me he dicho entonces, a estos no les permito entrar, les corto el paso; me he interpuesto en su trayectoria. Pero como en tantas ocasiones, justo se han soltado del abrazo a escasos centímetros de mí, ejecutando una hábil pirueta, un paso de baile que me ha sorteado con efectividad. Inmediatamente mi esposa ha sacado las llaves del portal y ha abierto. El tipo que la acompañaba ha entrado delante y ella, antes de cerrar la puerta tras de sí, ha echado un vistazo adonde yo estaba. He notado como nuestras miradas se cruzaban; o mejor dicho, he notado como la suya traspasaba la mía y parecía perderse a mi espalda, incrustándose en la nocturnidad. Y es que ella; quiero imaginar, de pronto me ha recordado. Y lo que imagino ha recordado me desconcierta. Imagino que ha recordado que fui transformándome en un ser vil y en un mediocre a medida que nuestra vida en común sumaba años, se vulgarizaba y disipaba, y que, como tantas otras noches, ésta también me dejaría afuera si de pronto reapareciese. Es más, estaría encantada de poder hacerlo, me daría la espalda haciendo innecesario cualquier intento de aclaración. ¿Verdad?…

¿Debo asumir pues que nunca volveré a entrar en casa, ni a compartir la cama que fue nuestra, nada de nada?…

¿Cómo hacerte entender que lo de aquel día no fue que abandonase el hogar, sino que de pronto fui expulsado por éste y que para poder recuperar lo que fuimos antes debería comerme el mundo, demostrar mi carácter, merecerte?…

Mas ciertos detalles me indican que he fracasado y lo que es peor, que en algún momento me extravié en el empeño y ni siquiera soy consciente de que el mundo es quien me ha comido a mí, y prácticamente me tiene digerido.

UNA LUZ EN EL ESTE

“El presente relato, escrito hace más de veinte años, permite entrever los anhelos y frustraciones de una generación, la mía, que el correr de los años me ha demostrado no hallarse tan distante de los tiempos actuales, mi consideración para los afectados de una y otra”.

 

Tenía bastantes menos años, tenía un buen empleo; desde el punto de vista económico algo mejor que los que le han seguido a posteriori, en el profesional tan ingrato como cualquiera.

Lo que más valoro de aquel tiempo, tal vez lo único, es la juventud, a pesar de la ingenuidad a ella asociada y que en mi caso alimentaba la convicción de que todo lo bueno puede llegar en esta vida y nada, en principio, resultaba inabordable. Pensaba que yo, con mi esfuerzo, estaba a punto de abrirme paso, de triunfar en el inhóspito mundo laboral. Lo tenía claro: el éxito pasaba por medrar a toda costa. Pero ¿y los demás, quienes me rodeaban, los compañeros de trabajo?… Bueno los demás eran eso, simplemente otros, rivales que no me interesaban.

Un buen día dejé de ir al bar de parados y ociosos donde me reunía con mis amigos de siempre. De hecho, la obtención del inopinado y aceptable empleo, hizo que me apartase de aquéllos de manera definitiva. Por supuesto; reflexionaba, los amigos serían sustituidos por otros, personas de mi entorno laboral, que con seguridad no serían gente de fiar. El detalle carecía de importancia.

Tuve, eso sí, que superar un largo y penoso proceso de adaptación, jamás he soportado las rutinas a las que somete el entorno laboral, la repetición tiende a irritarme, pero le eché inventiva; ahora entiendo, exceso de inventiva.

Mi generación no había sido adiestrada para lo del trabajo prolongado, perpetuarse en una misma empresa comenzaba a ser fenómeno del pasado; mi generación era una generación de empleados intermitentes, de asalariados a tiempo parcial. Por esto, como acabo de decir, pasaron muchos meses, años, hasta que logré tolerar mi no tan novedosa condición; ya se sabe: rígidos horarios, atascos de tráfico, prisa para todo, cuando mi realidad anterior pasaba por la vuelta al paro, a los amiguetes del barrio, al bar…, tras trabajar en lo que fuera durante unos meses, semanas incluso. En fin, que cuando mis circunstancias cambiaron de pronto, primero quise entender que ello significaba el tributo del éxito, para enseguida saberme liberado del lastre que suponían mis antiguos amigos, aquellos que continuarían atados de pies y manos al bar, o a sitios peores, porque los tiempos que nos había tocado vivir no daban para más; toda una proeza digna de admiración lo alcanzado por mi parte…

Sin embargo, el pasado parecía no estar dispuesto a dejarme tranquilo. Cierto día, uno de los pocos amigos con los que aún me trataba, el filósofo lo motejábamos, osó decirme que quizá había errado el camino. Afirmaba que el bar, la pandilla, el barrio, todo aquel entorno nuestro, no tenía por qué ser abandonado por mi maldito trabajo… Así lo calificó, “mi maldito trabajo”. E incluso se atrevió a ir más lejos, afirmó que había hecho mío un rol en el que no me veía, que siempre seguiría siendo uno de ellos, que de una u otra manera, todos nosotros ejemplarizábamos la derrota de nuestra generación y que por mucho que me empeñase en lo contrario, los años volverían a reunirnos.

Lo de mi amigo me hizo pensar. Precisamente ahora que pensar ya no era vital para mí, mi amigo me hacía pensar… Dejé de verlo a él también. Consideré que lo suyo no era más que filosofía barata disfrazada de pura envidia. Entendí que ya no me hacían falta los amigos, mejor los sustituiría por compañeros de trabajo.

Y fue entonces, al centrarme en mi nueva etapa, cuando me creí en el derecho, quizá en la obligación, de sentirme alguien afortunado. ¿Acaso aquello que me estaba ocurriendo tenía que ver con la felicidad?

Pronto olvidé el bar de parados y la incertidumbre que me había ocasionado semejante etapa de mi existencia. Por fin me hallaba en condiciones de librarme del pasado, de beneficiarme con la buena luz de la estrella que me guiaba.

Me vi ascendiendo a la carrera en la escalinata social. Disfrutaba de un bien ganado estatus y pertenecía a una empresa sólida en la que había conseguido posicionarme, porque siempre me mantenía atento y cualquier matiz, por insignificante que pareciese, acababa siendo aprovechado. Y así, con semejante estrategia, enseguida constaté que aunque el compañerismo era algo perteneciente a la utopía, me divertía yendo de copas con ciertas secretarias y que los de la directiva eran hombres de carne y hueso, que tenían familia y responsabilidades, hombres a los que como a mí, también les sucedía que algunos días iban a trabajar con poca gana, y a quienes convenía mantener trato de preferencia con subordinados y subordinadas elegidos cuidadosamente. Concluyendo, descubrí que vivir, a poco que nos lo propongamos, en realidad es bastante llevadero y sobre todo sencillo.

Decidido (a sabiendas del precioso tiempo que había desperdiciado en el bar de los parados) a reorganizar mi existencia, procuraba seguir al pie de la letra cuantas premisas sugería el Director de mi Departamento. La intención era que éste asimilara mi lealtad. Y así sucedió. Pronto empezó a dispensarme trato preferente y yo, en momentos de abstracción indetectables por los demás, especulaba imaginándonos codo con codo dirigiendo la empresa. Codo con codo ya fuese con él, o con cualquier subordinado del que me valiese cuando lo superara en el escalafón.

De esta guisa transcurrió mi periodo de aprendizaje, por llamarlo de alguna manera. Por supuesto para entonces llevaba tiempo confraternizando con ciertas secretarias. El espaldarazo definitivo había llegado con mi ascenso a mando intermedio. Tras diez años en la empresa, puede decirse que conocía todos o casi todos sus entresijos. Para mí no existían secretos; al menos eso pensaba.

Con el nuevo y potente automóvil que acababa de estrenar, disfruté trazando el primer curveo de la carretera, superada la glorieta en cuyo centro ondeaba una inmensa bandera nacional, aquel hito de exaltación patriótica que determinaba la frontera de lo urbano.

La ciudad pronto se achicó a mi espalda quedándose allá, al final de la prolongada pendiente tantas veces recorrida en una y otra dirección. Gustaba imaginar que aquélla, la ciudad en que habitaba, era como las grandes colonias de coral, siempre en expansión aunque atrapada en sí misma, una especie de ente rezongón y murmurante, desperezándose en el amanecer que iba abocetando sus macizas y recortadas formas. Mire por el espejo retrovisor: algunas ventanas iluminadas en los anodinos bloques de ladrillo. Madrugadores; pensé, claroscuros; pensé, manifestaciones tácitas; convine, de la contribución de cuantos construíamos este mundo de progreso… Lo de la “manifestación tácita” me pareció un guiño que me enviaba el subconsciente, un afeamiento conque mi pasado se deslizaba maligno. Demasiada susceptibilidad. ¿Por qué pensar en el pasado?

Conduje. Un par de kilómetros de monotonía asfáltica, tentáculo de la conurbación que arañaba el terruño en retirada. Otras tres curvas abiertas hacia a la izquierda y ascenso hasta las arcaicas terrazas fluviales que, poco a poco, a fuerza de milenios, habían ido apretando al río contra el páramo, aquella prolongada elevación que ahora se levantaba a mi espalda, hasta perderse de vista a derecha e izquierda, justo por encima de la ciudad. …Y por fin la calina, usurpando protagonismo, nivelando el fondo del valle, ocultando los edificios, permitiendo emerger sobre ella sólo los pisos superiores de los más altos. La escena se repetía machacona cada mañana, a lo largo de los años: el alba, mi rutinario alborear, la misma sensación mortecina.

Después de las tres curvas llegaba la recta larga. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Sólo la recta larga en dirección norte y algún arbolillo aproximándose desde el borde de la carretera a ciento cincuenta por hora. Alcanzada la cima del cerro el penúltimo viraje. Muy cerca sonaba una sirena, eran las ocho. Marceliano levantaba la barrera y algunas veces, sólo algunas, le devolvía los buenos días separando una mano del volante.

Andreu censuraba mi actitud. Nunca me lo decía pero sé que lo hacía. Por mi parte, no comprendía que un tipo como él hubiese llegado a obtener un puesto de responsabilidad. No es que fuera mal profesional, pero se trataba de una persona con tendencia a la disipación. En alguna ocasión lo había comentado con el Director de mi Departamento, siempre era yo quien sacaba el tema, pero ambos compartíamos idéntico criterio.

Y el caso es que contra él, lo que se dice contra él no tenía nada, incluso nos llevábamos bien; Andreu era un tipo sosegado (en exceso sosegado). Desempeñábamos idénticas funciones; tampoco lo consideraba un rival aunque tuviese más antigüedad que yo, porque, estaba claro, Andreu había tocado techo y yo no. Bueno, digamos que yo tenía mucha confianza depositada en el Director de mi Departamento.

Mas algo no marchaba como debiera, desde hacía una temporada percibía un misterioso lastre, por el que mi posición en el organigrama parecía estancarse. Comencé a sospecharlo cuando, a principios de año, le fue revisado el sueldo a todo el personal del departamento excepto a mí.

Un día cometí la equivocación, ahora lo sé, de plantear la cuestión a las claras al Director de mi Departamento. Vehemente y aséptico, aseguró desconocer el motivo por el cual yo no había sido tenido en cuenta en la última revisión salarial.

–Pues si usted no lo sabe… –deslicé esperando una aclaración que no llegó.

Aquel amago de conversación significó el principio de mi punto y final en la empresa.

La obsesión por encontrar respuestas a lo que percibía turbios tejemanejes en mi contra me hacía dormir mal. Rebuscaba en la vigilia, rebuscaba en todas partes, rebuscaba en las curvas y rectas de la carretera el desliz desencadenante de mi ruina.

La solución al embrollo, la obtuve por fin a base de ir juntando cabos y el inesperado desenlace, hizo que retornase a cierta situación que conocía demasiado bien.

Una tarde, meses atrás, a punto de concluir la jornada de trabajo, levanté la cabeza de la mesa y miré afuera del amplio ventanal que tenía frente a mí. Solía hacerlo, solía echar algún vistazo puntual para evadirme unos pocos segundos, era una eficaz terapia que permitía aliviar tensiones, lo había leído en algún manual de autoayuda y desde entonces lo practicaba. La noche estaba a punto de cerrarse, proyectaba las mismas y anodinas sombras de siempre. Quise volver a lo mío, pero entonces me fijé en Andreu que había abandonado su asiento y se hallaba con la cara pegada a otro ventanal. Nada que ver lo suyo con mi lapsus terapéutico. Andreu es así, siempre en las nubes; pensé censurador.

–¡Qué haces! –dije ensayando un mohín para asustarlo.

–¡Eh! –dio un respingo–. ¡Nada, nada! Me pareció ver una luz que brilla en el este; allá, sobre el horizonte.

–¡Qué perogrullada Andreu! Una luz “que brilla” en el este… ¡Las luces siempre brillan, joder! Ya veo que sigues en tu línea de costumbre, entreteniéndote con cualquier gilipollez…

–Tienes razón, perdona. Pero es que me resultó extraño –respondió lacónico.

–No sé qué tiene de extraño una luz –aduje con irritado desdén.

–Es verdad. He dicho una tontería –reconoció evadiendo el cuerpo a cuerpo–. No tiene nada de extraño.

Y así terminó nuestro breve intercambio de pareceres.

Mas enseguida, repensándomelo, concluí que, por el bien de la empresa, el Director de mi Departamento debía conocer el incidente. El hecho, desde mi punto de vista, venía a sumarse a tantos otros deslices cometidos por Andreu. Es posible que tal acumulación de despropósitos, sirviera para desenmascararlo de una vez por todas ante el Director General. Éste, entonces, tal vez tomaría una decisión drástica. Decisión en la que mi perspicacia, por supuesto, habría resultado relevante.

Reflexioné al respecto: aunque el Director General seguramente permanecía en fábrica, me pareció que no era momento de abordarlo para tratar un tema como aquel. Además, los conductos reglamentarios debían respetarse. Eso es: esperaría al día siguiente y se lo contaría primero al Director de mi Departamento. De este modo, me limité a anotar en un papel la frase de Andreu, deseaba recordarla, significaba un detalle probatorio, uno más en su reiterado abandono del deber laboral: Una luz que brilla en el este… Una luz que brilla en el este… Una luz que brilla… Sin saber por qué, de manera mecánica, escribí repitiendo la dichosa frase hasta llenar la hoja de papel. Y la dejé por allí, encima de mi mesa; creo.

Y sucedió que al día siguiente no acudí al trabajo, ni al otro, ni al otro tampoco. Por primera vez en diez años, una gripe alevosa me mantuvo encamado durante una semana completa.

Cuando, ya repuesto, me reincorporé a mi rutina laboral, no observé cambios ni eché en falta nada. La mesa permanecía ordenada tal y como la dejé días antes. El papel donde apuntara la frase de Andreu… Lo cierto es que me había olvidado del papel, y del incidente también. Pero luego, casi medio mes más tarde, de pronto me vino a la memoria el asunto: una luz que brillaba en el este… ¡Qué gilipollez! Pensé de nuevo. En fin, ya pillaría en otro renuncio al bueno de Andreu.

Por entonces se sucedieron las primeras señales de alarma, cuyo colofón vino con mi no subida de sueldo. Comencé a especular con el paradero de la hoja de papel, donde anotara una y mil veces la dichosa frasecita. Revolví mis cajones, varios armarios donde se acumulaba documentación atrasada sin clasificar; ni rastro de lo que buscaba. El mismísimo Director de mi Departamento, percatándose de mi agitación, me inquirió con unos modos que no me parecieron adecuados por el motivo de aquélla. Como había más gente, incluido Andreu, contesté que no sucedía nada, que simplemente reorganizaba documentos y echaba en falta algunos, que ya aparecerían…

Finalmente, quise convencerme de que el personal de limpieza habría arrojado el papel al cubo de basura. Decidí echar tierra sobre el asunto. No podía imaginar las consecuencias negativas que me depararía semejante postura.

No transcurrió demasiado tiempo sin que la actitud de algunos compañeros me pusiera en guardia. Era evidente que algo extraño sucedía a mis espaldas, pero qué.

Una tarde entré en el cuarto de reprografía. Dos chicas, dos jóvenes auxiliares, cuchicheaban mientras fumaban a escondidas. Apagaron los cigarros presurosas y callaron cuando me vieron aparecer. Aun así, alcancé a escuchar las últimas palabras que decía una de ellas: “…luz que brilla en el este”. Y de inmediato sus risitas cómplices interrumpidas por mi repentina llegada.

Pero… ¡Aquello era terrible! Justo en ese instante comprendí que un abismo se abría ante mis pies.

Disimulé con una broma. Eche mano de un rebuscado símil, que ahondaba en la nefasta influencia que el caduco comunismo había ejercido en los países de Europa del Este, donde las modas, estancadas respecto a occidente, continuaban diferenciándolos al compararlos con nosotros. En otro tiempo ambas me habrían bailado el agua, pero entonces no. Ejecutaron un gesto calcado como de no entender y salieron del cuarto como alma que lleva el diablo.

De pronto se me aclaraba lo absurdo, pero también lo trágico de la situación. Medité: de entre el personal del departamento, Andreu (con la cabeza en otra parte, como de costumbre) parecía ser el único que no había cambiado su actitud con respecto a mí. Sentí caérseme el cielo de golpe, si no se me ocurría un remedio expeditivo y eficaz estaba acabado. Y todo, nunca mejor empleado el término ¡por una gilipollez!

Por la tarde hice acopio de cuanta serenidad fui capaz y me presenté en el despacho del Director de mi Departamento:

–Hola. Quiero que me explique sin tapujos qué demonios les sucede a todos conmigo.

Contaba; pensé, con la imprevisión. Confiaba en que mi actitud impulsiva pillase descuidado al Director de mi Departamento. Pero erré.

–Vaya, por fin se decide… Tenga –dijo sacando de una carpeta mi papel extraviado. Como no hice intención de cogerlo lo depositó sobre su mesa–. Tiene el fin de semana… Hasta mediados de mes –se corrigió– en que volveré de viaje, para buscar un motivo convincente que explique esto. De no ser así, considere que su tiempo en esta empresa ha concluido. Es lo que hemos decidido el Director General y yo. Le diré que me ha decepcionado, siempre vi en usted a alguien abnegado y centrado en el deber. Esto –golpeó repetidamente con su dedo índice sobre el papel– dice mucho en su contra. Al parecer, su cabeza no está donde tiene que estar con demasiada frecuencia. Puede que hayamos estado invirtiendo en quien no debíamos; así parece demostrarlo este dichoso papelito…

Hice amago de réplica, pero el Director de mi departamento lo impidió expeditivo.

–¡Salga de mi despacho! ¡Ahora mismo! –elevó el tono de voz señalando con el brazo extendido.

Recogí la hoja de papel.

–Puedo… es… ahora mismo… –barboté sin conseguir articular una frase coherente.

–¡Salga de aquí! ¡Fuera! –gritó con rabia mi superior.

Un súbito abatimiento, al que enseguida se le sumó la frustración, hizo presa en mí. Incapaz de reaccionar, la mente se me nubló como jamás hasta entonces.

Apreté el papel en mi puño como para exprimirlo. Una luz que brilla en el este; reflexioné. Cientos de luces que a mi alrededor se apagaban de repente.

Maldije a la absurda fortuna mientras abandonaba el despacho de dirección. Quedaba aclarado el misterio, al menos para mí. Como vulgarmente se dice, me acababa de comer un marrón. Puede que me lo hubiese buscado yo solito, pero si algo me jodía sobremanera, es que se me tomara por un lunático, por un infeliz como todos considerábamos a Andreu.

De pronto mi reputación apuntalada durante tantos años, se venía abajo como un castillo de naipes, al tiempo que quedaba ante los demás como un imbécil, como otro Andreu. Desolado, asumí que difícilmente conseguiría demostrar lo contrario. ¿Difícilmente? ¡No! No me pensaba rendir. ¿Qué hacer? ¿Cómo podía recuperar la confianza de mis jefes? De existir alguna manera habría de obrar con prontitud.

Dediqué el resto de la jornada a meditar una estrategia. Daría con una solución, estaba seguro de ello. Requeriría de toda mi astucia, aquella astucia que tan buenos resultados me había deparado hasta la fecha. Por fin se me ocurrió algo. Comencé a concretar el plan con una meta ambiciosa que, por supuesto, incluiría mi relanzamiento profesional. Luego, una vez reconquistase la reputación perdida, me emplearía a fondo contra aquellos que habían dejado de confiar en mí, comenzando… ¡Por el Director de mi Departamento! ¡Ese era el principal culpable!

Disponía de poco tiempo. Suficiente; pensé. Pero y ¿Qué haríamos con Andreu? ¡Bah! Andreu era un pobre infeliz… Aunque ¡Sí! También me lo llevaría por delante. La responsabilidad de aquel embrollo recaía sobre él.

Lo primero, era buscar la manera de demostrar que el asunto del papelito obedecía a una estrategia, encaminada a desenmascarar a los verdaderos responsables del absentismo, lacra que venía padeciendo el departamento desde tiempo atrás. Porque el departamento, vaya por delante, hacía tiempo que no funcionaba como debiera. ¿Qué quién eran los culpables? Obvio, la principal cabeza visible, el Director del Departamento y el estúpido de su protegido, Andreu, aquel gusano enquistado en la empresa que, con sus deslices, no hacía más que entorpecer la tarea de los demás.

Aproveché uno de los momentos en que Andreu y yo cotejábamos información de algún proyecto en el que trabajábamos, para poner en marcha la contraofensiva. Como si en realidad no me interesara mucho, le pedí que me contara detalles acerca de aquella la luz que creyó ver días atrás. Él se encogió de hombros.

–¡Sí hombre, Andreu! –insistí conteniendo la exasperación–, la luz que brillaba en el este.

–¡Ah! Eso. Es verdad… La luz que siempre está allí… –repuso desviando la mirada hacia la ventana al tiempo que su cabeza describía una parábola; algo así, como si con la vista pretendiese trazar la curva de una bengala, lanzada para localizar a ese náufrago que se busca en el mar.

–¿Pero, a qué luz te refieres? ¿Dónde está la puñetera luz?

–Allí, en el este, sobre el horizonte… –insistió sin apartar la vista del ventanal–, indicándome el camino.

–¿El camino? ¿De qué camino hablas? –pregunté intrigado.

Andreu se dio la vuelta hacia mí y respondió con naturalidad:

–Hablo del camino al que renuncié en su momento. Hablo del itinerario de mi frustrada existencia…

Deduje que, definitivamente, Andreu padecía algún tipo de esquizofrenia, aún así escuché atento sus delirios. Y éstos se sucedieron del mejor modo posible respecto a mis intereses. Habló sin pausa en un monólogo, con el que sin pretenderlo se inculpaba de cuantos despropósitos se le atribuían, confesando las muchas estupideces que bajo su responsabilidad se habían cometido en el departamento. Mas de pronto comprendí que detrás de aquello que me interesaba, se ocultaba la trágica vorágine de alguien frustrado y muy desgraciado. Es curioso, pero ya no pude sacudir de mi conciencia aquel sentimiento suyo, del que me hizo partícipe sin yo pretenderlo. En definitiva, nuestra conversación supuso mi definitiva desestabilización personal y la certeza de la estrecha distancia que separa el éxito profesional del fracaso. Mientras escuchaba a Andreu, no conseguí reprimir el impulso de efectuar un retrospectivo análisis de lo que hasta entonces había sido mi propia vida y la conclusión me dictó que ésta andaba sobrada de sinrazón.

Habló y habló como jamás hasta entonces, sincerándose, desvelándome aspectos personales acallados durante años. Me esforcé en no conceder demasiada verosimilitud a su relato, no me convenía. Al fin y al cabo; me repetía sin parar, Andreu no era más que un alucinado que, aunque no pretendiéndolo, me había colocado en situación comprometida. Mantenía ocupada su mente con patrañas relacionadas con islas, tesoros y piratas del Mar de la China. Admitió que de jovencito quiso ser marino. Que incluso llegó a embarcarse como polizón en un mercante. No fue muy lejos. Cuando, asomado a un ojo de buey, contempló la enorme inmensidad oceánica abriéndose frente a él se sintió amedrentado. Entonces abandonó su escondite y salió a cubierta dando voces, desesperado, implorando para que se le llevara de vuelta a tierra firme, a casa con su familia. Confesó que lo que más impresión y humillación le ha producido en su vida, fueron las caras de estupor de los marineros que lo observaban. Hubiera preferido que se rieran de él, pero muy al contrario, aquellos hombres curtidos por la mar lo miraban con dureza, con contenido reproche, y así se mantuvieron incluso después de que acudiese una lancha guardacostas a recogerlo y comenzase a perder de vista el mercante; más tarde supo, que la peor reacción que se espera de alguien que desea ser marino es la que él tuvo. Y hasta entonces alcanzaba su vergüenza, nunca se libraría de las miradas censuradoras de los marineros. No, jamás pudo ser marino…

Al final desbarró demasiado. Insistió otra vez en lo de la dichosa luz y me dijo que, cualquier día de estos, acabaría por reunir el valor que le faltó de joven. Que el viaje que emprendería le llevaría al este, siempre hacia el este. Al otro lado del mundo, al lugar donde, puede que aun, estuviera esperándolo su razón de ser. Sólo entonces dejaría de reprocharse y, sobre todo, podría mirar cara a cara a cualquier marino.

Ahí se detuvo. A continuación consultó su reloj y se despidió hasta el lunes siguiente con la mayor naturalidad.

Paré la grabadora que había utilizado en secreto. Me sentía satisfecho, la información obtenida de Andreu significaría mi total rehabilitación.

Sin embargo, mientras subía las escaleras camino del despacho del Director de mi Departamento decidido a mostrarle la grabación, comenzó a fraguarse una nueva variante del plan que había ideado y… ¡Sí! Decididamente haría algo parecido.

Me detuve en la puerta, pero no entré. Di media vuelta, volví sobre mis pasos, todavía tenía una semana de plazo para concretar la estrategia, a la que ahora añadiría una nueva variante, con la que confiaba recuperar el terreno perdido, y puede que más.

El miércoles o jueves siguiente, cuando ya hubiese regresado de su viaje, me reuniría con el Director de mi Departamento, pero solicitaría que también estuviera presente el Director General. Sólo entonces mostraría el as que guardaba en mi manga, la prueba concluyente de mi inocencia. Y de paso, conseguiría que el Director de mi Departamento quedara como un fatuo, al desconfiar de uno de los mejores elementos de la empresa.

Por mi parte mostraría una postura conciliadora, ello me haría ganar puntos. Reconocería mis errores, pero ¡ojo! subrayando que éstos derivaban de un exceso de celo en mi obsesión por el bien de la compañía, truncado por una inoportuna enfermedad. Lo del papel con la dichosa frasecita de Andreu solo significaba una anécdota.

Cuando acabase la ansiada reunión, lo mismo teníamos un nuevo y flamante Director de Departamento, yo, para escarnio del necio que no había confiado en mí. Con un poco de suerte mi antiguo superior sería despedido por… ¡Vaya! Seguro que encontraríamos un buen motivo.

El plan estaba fraguado. Sólo necesitaba retocar algunos flecos y aprenderme la lección al dedillo.

Mientras bajaba al aparcamiento, mi perspicacia me hizo sentir alborozado.

Mañana sábado; medité, llevaría a alguna de mis amigas a cenar. ¡O mejor aún! A pasar un sensual fin de semana en… ¡Bah, daba lo mismo! En cualquier lugar. Un sensual fin de semana.

Aceleré a tope en cuanto Marceliano levantó la barrera. Lo saludé con ganas. Hoy sí; me dije. Los potentes faros de mi deportivo rasgaron la oscuridad. Una pequeña criatura que se hallaba en mitad de la calzada, apenas tuvo tiempo de saltar a la cuneta. Ascendí la vertiente del cerro a toda velocidad y enfilé la recta larga. Los reflejos de la ciudad allá, al final de la carretera que la unía a mi futuro laboral. La noche detrás, la noche al oeste, la noche, salvo una insignificante luz, en el este. No la presté atención.

Enseguida estuve en casa. Tomé una ducha y me dejé caer en el sofá. Consulté algunos teléfonos de mi agenda mientras recordaba en voz alta:

–¡Una luz que brilla en el este…! ¡Jajaja! ¡Qué gilipollas eres Andreu! ¡Qué gilipollas es el Director de mi Departamento! ¡Hasta el Director General es un gilipollas! ¡Os vais a enterar todos, pandilla de capullos! Una luz que brilla…

Y en aquel instante caí en la cuenta, acababa de verla cuando regresaba del trabajo: una luz brillando en el este.

–¡Bah! Cualquier cosa…

Quedé con Paloma. Saldríamos esa misma noche. Conocía un hostal recoleto de la sierra donde además se cenaba bien. Luego un paseíto al frescor de la madrugada, unas copas, un par de polvos y por la mañana daríamos una vuelta por la comarca en busca de pueblos escondidos.

Partimos por la misma carretera que pasaba junto a mi empresa. Cuando llegáramos a la altura de ésta no haría como en anteriores ocasiones, en que aprovechaba para deslumbrar a mi ligue de turno con la enumeración de nuestros logros mercantiles y mi proyección individual, no estaba de humor. Además, algo volvió a acaparar mi atención: una luz que brillaba en el este… Las fantasías de Andreu; farfullé entre dientes. Pero el caso es que la luz continuaba allí. Levanté el pie del acelerador, casi dejé que se detuviera el coche. Paloma, que hasta entonces no había parado de parlotear acerca de su cargo bancario como agregada al jefe financiero, me malinterpretó. Pasándome una de sus piernas por entre las mías me dijo que sí, que por ella debíamos aprovechar desde el primer momento el fin de semana, que ya había estado allí…, conocía el camino que buscaba, aquel que ascendía la loma sobre la que se ubicaba la granja avícola abandonada, un lugar tranquilo y apartado de miradas indiscretas. Sí, justo a la derecha, donde brillaba la luz…

–Entonces es que hay alguien –aduje desabrido pisando el acelerador; el automóvil rugió y volvió a ganar velocidad.

Lo pasamos bien. Estuvimos… ¡Da lo mismo! lo pasamos bien. Paloma era buena en la cama, de las mejores que conocía. Así, durante un fin de semana podía soportarla, más no. Porque Paloma representaba una pieza más en el rompecabezas de la sinrazón en que vivía; una gilipollas igual que Andreu, igual que el Director de mi Departamento, igual que el Director General. Durante el viaje de regreso me lo dijo, que ella no era como la mayoría de las otras chicas que sólo pensaban en casarse. Que lo que más le importaba era la pasta, lo políticamente correcto y disfrutar de vez en cuando con algún chico; conmigo por ejemplo. Su confidencia, supongo que por un prurito de machismo, por orgullo, o por las dos cosas, me sentó fatal. Y recordarlo me hace llegar a una conclusión, la de que en el fondo, incluso entonces, era un romántico que buscaba con desesperación la esencia de la vida; algo parecido a lo que le ocurría a Andreu.

El resto del trayecto de vuelta a casa, no dejé de repensar en los motivos por los que últimamente todo el mundo me parecía gilipollas.

Poco antes de llegar Paloma reconoció que se había echado un noviete, nada serio, alguien con quien entretenerse con más asiduidad. Aunque ahora llevaban una semana enfadados… Reprimí una carcajada.

–¿En qué quedamos? –interrogué.

–¿Cómo? No te entiendo –dijo Paloma.

–Soy yo el que no te entiende. Me refiero a lo del novio. Hace un rato has dado a entender todo lo contrario.

–¡Ah, ya! Pero lo nuestro no va en serio –insistió.

Decidí pasarla a la reserva. Lo decidí en un instante, casi con premura, por dejar sitio en mi cabeza a otro asunto que me preocupaba más. Había anochecido y de nuevo vi la luz sobre el horizonte, una luz que brillaba en el este.

Despaché a Paloma en la puerta de su casa y me largué, imaginando que le faltaría tiempo para llamar al noviete en busca de reconciliación; me supe utilizado por ella, seguro que ahora se sentiría arrepentida, deseosa de confesar la infidelidad cometida por despecho… Hasta nunca, dije para mis adentros. O hasta que te canses de ese otro gilipollas. ¡Jajaja!

Aquella noche descansé de manera razonable, tal y como venía sucediendo desde que hallase solución a los males que me aquejaban. Mas todavía ciertos sobresaltos me acometían para inquietar mi sueño. Los percibía como si se tratasen de perturbaciones luminosas; su efecto me desazonaba.

Era lunes. Acudí al trabajo más temprano que de costumbre. Sentía crecer la ansiedad, la semana se prometía ajetreada.

Repasé mi plan por enésima vez. Estaba tan claro y medido que no podía fallar. Pero lo de la luz brillando en el este, esa luz que apenas se alzaba sobre el horizonte y que de manera invariable reaparecía donde quizá no debiera, esa luz que me desconcertaba…

Nada reseñable acaeció durante la jornada. Me hallaba tranquilo, seguro de mí mismo…, casi totalmente seguro de mí mismo. La cuenta atrás acababa de comenzar y ésta concluiría cuando el Director de mi Departamento regresara de su viaje el miércoles, o a lo sumo el jueves. Mientras tanto, decidí centrarme en las obligaciones; aislándome de cuanto me rodeaba, dejé que las horas se consumieran una tras otra. Alcancé tal estado de introversión, que sólo mientras regresaba a casa por la tarde, caí en la cuenta de que Andreu no había aparecido por la oficina. Al día siguiente haría indagaciones, su ausencia me producía agitación. Y puede que también al día siguiente, un día de aquellos, acabara por tomar el camino de la vieja granja avícola para comprobar el origen de la dichosa luz.

El martes supuso un calco del lunes. Andreu volvió a ausentarse. Decidí telefonearlo, pero no atendió mi llamada. Hice un esfuerzo para que la circunstancia no me preocupase; quise pensar que su absentismo reforzaba mi estrategia; deberíamos prescindir de él, la mente trastornada de aquella persona no hacía más que poner trabas en el normal funcionamiento del departamento y la empresa. Como tampoco se me pasaba por la cabeza la eventualidad de que le hubiese sucedido algo, solo cuando regresaba a casa, al comprobar una vez más la luz brillando sobre el horizonte, se me ocurrió relacionar ésta con Andreu y aquellas bobadas suyas de los mares, los barcos y su frustrada vocación marinera.

El caso es que llegado el miércoles, cuando más descansado debía encontrarme, fui atenazado por un insomnio que no me permitió pegar ojo en toda la noche.

Harto de dar vueltas en la cama opté por levantarme bastante antes de lo habitual. De pronto me acometían agoreros presentimientos, dudas, mil preguntas absurdas con sus todavía más absurdas respuestas, y todo llegándome de forma retrospectiva desde aquella etapa del pasado que ponía en tela de juicio mi actual manera de obrar… ¡No, fuera las indecisiones! Este es el gran día; me dije. Debía mantener el aplomo, para no echar por tierra los últimos años en que había conseguido abrirme camino en la vida. Si no andaba ojo avizor, el Director de mi Departamento acabaría por abortar mi plan de choque y… ¡Joder con los nervios!

Salí a la calle. Una niebla plomiza retardaba el alba. Incluso respirar resultaba dificultoso a causa de la humedad, percibí el aire saturado en mis pulmones como un ácido que me abrasaba, lo achaqué a la tensión. Poco a poco me habitué.

Tomé el camino de siempre. Me sentía como un náufrago en medio de la multitud motorizada, gente ajena, anónima, insolidaria como yo, con la que convergía desplazándonos a nuestros respectivos y tediosos centros de trabajo. Autómatas todos; murmuré.

¿Qué sería de mí? El Director General podía no creerme. O peor todavía, le podía convenir no creerme… Y además, estaba claro, el Director de mi Departamento se defendería con uñas y dientes. Seguro que inventaría mil truculencias con tal de guardarse las espaldas. Diría que lo de la grabación era una farsa, un montaje. Que ahora que no estaba Andreu, resultaba más deplorable si cabe mi estratagema.

Por mi parte, intentaba confiar en que al Director General le convenciese la veracidad de mi grabación. Si así ocurría, haría porque el responsable del malentendido admitiera su falta; no me cabía duda, de que a continuación Andreu admitiría lo que fuera, y más, justo lo que yo pretendía, que admitiera lo que fuera… Era tan ingenuo mi alucinado compañero, que ni siquiera me guardaría rencor. Pero el problema es que Andreu había desaparecido y por ello el Director de mi Departamento podría alegar todo lo que se le antojara, llevaba las de ganar. Analizado desde un prisma racional, hasta yo mismo me inclinaba ante la evidencia. A no ser… A no ser que la luz que continuaba allí, brillando en el este, aportara la solución.

Tomé la intersección que conducía a la granja avícola abandonada. Persistía la niebla, lo que unido al mal estado del camino me obligó a ralentizar la marcha. El coche cabeceaba dando continuos bandazos; el vaivén me recordó al característico movimiento del oleaje marino zarandeando a los pesqueros de bajura. Unos días antes no se me habría ocurrido someter mi flamante automóvil a semejante tortura, pero ahora habían dejado de preocuparme ciertas cuestiones. Llegaría hasta la luz, aunque ésta estuviera en el mismísimo ojo de un huracán.

La lluvia, una lluvia racheada hizo acto de presencia, se abría paso en la penumbra a latigazos, golpeando y escurriendo sobre el parabrisas. Alcancé a escuchar la furia del repentino temporal, el jadeante ulular que envolvía la atmósfera, que electrizaba el aire e iluminaba fugaz algunas formas, que cegaba el amanecer, que a intervalos ocultaba el parpadeo de una luz en el este, un faro en la noche al que fui acercándome despacio.

Me vinieron a la cabeza los marinos de las historias de Andreu. Quise situarlo en medio del temporal, sabiéndose un náufrago; de algún modo sentí compasión por él, un sentimiento tan inútil como la mayoría de los sentimientos que había procurado erradicar de mí.

Un fuerte impacto me detuvo en seco. Si verdaderamente me hubiese encontrado en aquel viaje austral que realizase a América dos años antes y al que de súbito me transportó el recuerdo, habría asociado el terrible rugido que me heló la sangre, con el tumulto de los grasientos y gigantescos elefantes marinos, que contemplara apelotonados en las pedregosas playas de la Patagonia. Pero no estaba en la Patagonia y sí en mitad de un temporal que azotaba brioso la paramera en que me hallaba, un temporal que modelaba el entorno en una amalgama de caprichosos volúmenes, de jirones de niebla, de luces que eran cegadas y resurgían entre la pertinaz lluvia.

El coche de Andreu permanecía con las puertas abiertas. Ráfagas de viento gemían al penetrar en el interior de su cabina. Vaporosos remolinos, espumarajos hirvientes, salitre marino adherido al casco embarrancado… Los faros del vehículo emitían una luz mortecina.

Fue justo entonces, cuando sentí la disputa de dos ideas antagónicas dentro de mí que, como dos filosofías enfrentadas, dos entes irreconciliables, tomaban forma para, tras breve y fútil disputa, disiparse en la calma que sigue a la tempestad. Sí, ambas parecieron desentenderse de mí. Imaginé que una era arrastrada por el temporal que se dirigía hacia el este. La otra, probablemente, acabaría diluyéndose en el mundo controlado por los directores generales y de departamento.

Examiné mi empapado traje. Puede que ejemplificara el reflejo de la derrota. Sabía que mi futuro nunca estaría cerca del este con los sueños de Andreu, pero tampoco en el norte al que conducía la carretera que llevaba a mi empresa.

Supongo que en aquel instante se me extravió la estrella que hasta entonces había creído poseer, la luz que confiaba me mantendría para siempre sobre terreno firme. Eché una triste mirada hacia la cercana ciudad. En ella se encontraba mi antiguo barrio y el bar de los parados del que huyera años atrás, un arrecife donde acabaría varado como tantos otros, un asidero al fin y al cabo… ¡Tierra! Grité en mi interior; una tierra yerma pero firme, una tierra en la que, poco a poco, se atemperarían las aristas de mis frustradas ambiciones.

Entré en el viejo local de reunión y pedí una cerveza. De mis conocidos no había nadie. Recordé el día en que aquel amigo, el filósofo, me dijo que cuantos habíamos frecuentado el bar de los parados, unos antes y otros después, acabaríamos regresando, porque hay cosas que no se pueden cambiar por mucho que nos empeñemos, que apostaba a que mis ambiciones acabarían mal y que entonces sería uno de tantos ejemplos del fracaso de nuestra generación.

De mis conocidos no había nadie, pero esperé a que llegaran.

 

Alcalá–Daganzo 7 y 8/1994