cuaderno austral (8)

…no sé adonde, pero llegué.

8

vagando en Palermo Viejo

(Atrapado, llevado, traído…)

…porque quizá permití que fuera así.

Las calles eran estrechas,

las edificaciones difusas, en cierto modo

difusas. Me vi envuelto por el gentío

de las tres cuadras de Palermo Viejo.

Rodeado de diversión; ya está,

me supe extraviado. Me compré un libro,

hablé con un taxista

que se las arregló para estafarme.

Rodeamos tres veces las tres cuadras,

mas al fin llegué, no sé adonde

pero llegué. Y entonces compré otro libro,

tal vez el mismo libro que, pensé,

jamás leería; por tercera vez se repitió todo,

y entonces (aunque no podría asegurarlo)…,

el caso es que sólo entonces percibí,

desdibujarse el dichoso taxi, las edificaciones…

Fui abandonado en algún lugar de las tres cuadras.

Y por fin abrí el libro, y me hallé en él,

atrapado, vagando en Palermo Viejo.

cuaderno austral:

¡Hola! ¿De dónde sos?

7

paseo diurno en recoleta

(…de todo: bisutería, músicos callejeros, turistas…)

Transita la mañana

en la ciudad de sol y aire.

Hace calor, se encarece el refugio

de floresta urbana.

¡Hola! ¿De dónde sos?

Conversaciones entrecruzadas

bajo la sombra arbórea y ellos,

autóctonos, que cierran filas,

que se ciñen a lo que es suyo,

que esconden itinerarios a los turistas,

que se protegen de lo alóctono,

que guarecen a sus artesanos,

del tórrido verano austral

que nos acogota a los demás.

¡Hola! ¿De dónde sos?

Unos visitan la tumba de Perón,

otros los fortificados de flores

y otros avientan cuentas de cristal,

roban guiños a una luz estival que…

Sí, también atienden

a un exótico instrumento musical,

que no propone melodía,

que se empeña en dar forma al sonido.

Ya siento solamente lo de acá,

y…

¡Hola! ¿De dónde sos?

cuaderno austral:

…once horas y dos ciudades
trabadas por un cielo…

6

baires=madrid=baires

(Aeropuertos: estaciones de cielo. Uno recorre un cielo para arribar a otra ciudad)

Ciudad reflejada en ciudad;

aeropuerto al que un acento

une y separa de otra ciudad.

Aduana, once horas y dos ciudades

trabadas por un cielo.

Baires, enero en Madrid,

calor austral que acorrala al frío boreal.

Busco un hotel; bochorno…

Truenos, tormenta de estío.

Y sí, el jet-lag que,

en como tantos allás

se dice acá. Y ya está,

por fin estoy aquí (o acá).

Porque es cierto:

Baires está en Madrid,

mas ahora, lo estoy comprobando,

mucho más Madrid lo está en Baires.

cuaderno austral:

Amanecer austral
proyectándose sobre el Mar de Plata…

5

resonancias de filial evocación y 3

(«Me precede un siglo, pero ¡eso no es “na”»)

Amanecer austral

proyectándose sobre el Mar de Plata.

De mi horizonte llego; al fin.

Me precede un siglo de desencuentro,

pero, ¿qué es eso? ¡Cien años no es na!

Apocopa el bandoneón

y por eso repienso:

¡Qué tontería, qué estupidez es esto del tiempo!

¿Qué más da uno que cien?

Que yo vengo a encontrar,

y sin concesiones,

sin parar a pensarlo

rastreo tus pasos,

y te pregunto, o le pregunto

al aire de este Baires que respiraste:

¿Dónde estuviste, dónde estás?

¡Que yo vengo a reencontrar!

En una hora a reencontrar…

¡Y sí, ya sé!, son cien años…

Pero ¡cien años no son na!

Apocopa el bandoneón.

No me canso de repetirlo:

vengo porque regreso.

¡Sí! Regreso a mi América,

al Mar de Plata,

donde el amanecer austral

proyecta el horizonte

de uno o cien años,

¿qué más da?

cuaderno austral:

Nocturno de ocho mil por ocho mil metros de cielo…

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resonancias de filial evocación 2

(Nocturno sobre un Atlántico, al que engalana el vacío; es, un tiempo muerto por el que he de transitar)

Nocturno de ocho mil por ocho mil

metros de cielo y oscuridad,

de mar y oscuridad,

de plataforma aérea que transita

sobre la oscuridad, entre el mini bar y el aseo.

Una voz que anuncia desayuno,

y después, que no hagan cola en los lavabos,

y pronto acomódense, vamos con la comida.

Ocho mil metros de cielo y mar comprimidos,

más ocho mil kilómetros de dilatada distancia.

Y unos, y otros, demándanme lo mismo: ¡Regresa!

Y yo: ¡Voy!

cuaderno austral:

Sobre el Atlántico resuena una voz…

Cuaderno austral recoge el poemario escrito a partir de los apuntes tomados durante mi estancia en Argentina en enero de 2005.

3

resonancias de filial evocación 1

(Sobre el Atlántico resuena una voz; ya no pertenece a nadie. Resonancias de filial evocación)

Hasta ese lugar que un día dejaste atrás…

La noche me transporta. Fantaseo.

Certifico que el amanecer me ha traído.

Buenos Aires son

los que comparte con Madrid.

«Hace cien años me fui de acá.

Regreso; revengo». Recojo

un tenue rastro que se agolpa y

que después huye, que me asciende

desde las entrañas a la boca,

como un ácido que refluye; evocación.

Su Buenos Aires querido.

Hace cien años lo retuvo acá,

y yo, porque no puedo no llegar

y porque nunca lo conocí

y porque apenas he sabido de él,

yo soy atraído. Y sí, ya estoy acá,

jamás venido; si acaso: expelido,

arrogado, transfigurado, usurpador

de un rastro argentino.

Resonancia de filial evocación.

cuaderno austral:

Cuaderno austral recoge el poemario escrito a partir de los apuntes tomados durante mi estancia en Argentina en enero de 2005.

2. inicio de viaje

2

inicio de viaje

(Todo viaje contiene mil preguntas, y mil justificaciones, y mil divagaciones o razones para arrepentirse de lo que sea)

En el aeropuerto. Aguardo

con expectativa de viajero,

que no comienza a serlo

hasta ser consciente de que no existe marcha atrás.

No lo soy, no acostumbro, no suelo viajar,

no soy gregario, tampoco soy de transitar,

por eso, ahora me siento incómodo

en esta sala de espera aeroportuaria

mediadora de mi destino austral.

Y cuando la expectativa torna en realidad

y el resto de los rastros, sabores

de aquí ¿es que se vienen conmigo?…

No, estos: olores, contradicciones…, todo

se queda aguardando mi regreso.

Los viajes de quienes no viajan son así;

podría dar media vuelta,

¿y volver de mi viaje? ¿De qué viaje?

Expectante, espectador, megafonía, un rastro

y la parte de soledad que me corresponde.

Y otra vez la megafonía.

Corro, porque ya no especulo.

Rastros sobre la pasarela suspendida.

Corro y me dejo atrás,

y entro en el avión,

y éste  atruena, y se yergue,

y el aeropuerto desciende, desciende…

y al final, se pierde,

y me pierdo.

cuaderno austral

Cuaderno austral recoge el poemario escrito a partir de los apuntes tomados durante mi estancia en Argentina en enero de 2005.
Periódicamente iré subiendo los 28 poemas de que consta dicho poemario.

1

ibidem

madrid–enero–buenos aires

(Retrospectiva; porque conlleva un abandono)

Me gustaba el invierno, el frío

cuando me embargaba la tristeza,

cuando el ánimo se me congelaba en las venas,

o cuando me acometía ese desasosiego

que conlleva aparejada la soledad.

Sentir el invierno es así de sencillo,

es, sirva la petulancia, saberse poeta,

ser aliado de la hipocondría, identificarse

con cierta estirpe que se extingue

y sobre todo, reconocerse un cobarde,

pero no de los que huyen, sino de los que se quedan.

Me hallaba en un lugar intermedio, entre el cielo

de Buenos Aires y Madrid. Pensé

que por lo tanto, lo mismo significaba huir

hacia uno u otro lado y que lo que se dijera

en el enero austral y respondiese en Madrid

me resultaría indiferente. Erré,

de pronto supe que antes me gustaba el invierno

pero ahora ya no, ahora era verano

y me sentía extraviado, o peor aún:

percibí, desconcertado, que ya me daba igual

que fuese mes de enero allí o acá.

poema 25

Gracias por marcharte de mi vida…

Gracias por marcharte de mi vida,

así, sin avisar,

por la puerta de atrás,

sin hacer ruido,

pareciendo, quizá a tus ojos,

desde luego no a los míos,

un poco cobarde.

Has hecho bien,

porque en esto nuestro,

el cobarde he sido yo

por no haberte echado (de mi vida),

cuando debiera haberlo hecho,

antes de que llegase a hacerte daño,

como creo ha sucedido.

Las cosas son así,

uno nunca entiende

como le vendrá la vida,

por eso es vida,

¡Así es la vida!

disfruta de ella, te deseo:

que no te marches nunca de tu vida.

POEMA 21 o PEDRO ATIENZA; in memoriam

POEMA 21 o PEDRO ATIENZA

A Pedro Atienza, in memoriam

El poeta es un enfermo de poesía,
o acaso la poesía es una enfermedad,
enfermedad infecciosa, naturalmente, que
genera enfermos de pandémica poesía.
Algunos, enfermos de poesía,
nacen siéndolo, poetas, y enfermos;
otros, acaban sucumbiendo a su adicción,
que para el caso es lo mismo,
porque la Enfermedad de la Poesía,
siempre conlleva una única consecuencia,
quizá a través de diferentes vías de contagio,
tal vez disfrazada de distintas patologías,
ya que, hablemos claro, se trata de eso,
de arruinarse así mismo,
de alimentar el mal para ser poeta…
No importa el cómo, ni el cuándo,
cada enfermo de poesía tiene sus métodos,
su librillo, como aquéllos maestros,
los vocacionales, los más auténticos; puede.
Bien, pues, insisto, los poetas son así,
estirpe de vocación, perseguidores
de un momento de gloria, gente a extinguir.
Por eso, tantos acaban estragados de poesía,
y ella, como cualquier enfermedad
estimada de ser mortal, egoísta,
actúa de manera implacable,
llevándoselos. Poetas que, sin quererlo,
o queriéndolo, han nacido,
o se han gestado, o guerrean,
en la vanguardia de un ejército mercenario,
que les conduce a la ruina final.
¡Poesía, puta, maldita y vil!
Haces de los que nacen poetas, enfermos,
y a los poetas, enfermos de ti haces.

Texto seleccionado en la antología «Desde el confinamiento» de PANDEMIA, propaga tu escritura: pandemia.be
«Desde el confinamiento» es un proyecto altruista que consiste en la publicación de una antología de relatos, microrrelatos y poemas. Se publicará y venderá en Amazon.
Los beneficios obtenidos con la venta de dicho libro serán dedicados íntegramente a la adquisición y puesta en marcha de un sistema de monitorización por vídeo que permita al equipo médico conectar con los pacientes ingresados y a éstos con sus familias.