cuaderno austral (27): madrid-baires-madrid

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madrid-baires-madrid

Gira a la inversa mi reloj,

deshoras del avión en que navego,

regreso desandado, o revolado,

lo mismo da, que entre el lugar

del que me alejo y al que voy,

sólo dista una porción de cielo,

un trayecto inexplorado,

el límite que rige mi tictac.

 Y éste, llegando a donde sea,

implacable, puntual, hace que

 mute cualquier expectativa;

tal acaece en los viajes:

Qué me dejé esto para otra vez,

qué aquello no lo pude ver,

 qué no entiendo por qué

el Atlántico, transfigurado, juez,

reporta, invertido, mi espejismo.

Y así, divagando, recelando,

percibo el final de mi periplo,

sublímanse en la tierra mar y cielo,

vuelve el frío, Madrid, deshora

de un invierno puntual, me sé,

adueñado por un impío no ser.

Y yo que me pensaba viajero,

de pronto comprendo que,

de serlo, soy viajero accidental.

La frustración pues me acrece,

quiero escapar, desandar, evadir

 esa cinta que escupe equipajes,

que llegado el mío se detiene.

 Admito que ahí acaba el viaje,

si acaso, algún poso que perdure

es cuanto conservará mi razón;

razón que sin ambages, presta

a reubicarme, busca un autobús

y luego me guía hasta un tren,

y después me obliga a caminar,

a rebuscar las llaves del hogar.

 ¿Dónde las habré metido?

Arrojo el remedo de mi viaje

en un rincón; allí permanecerá

 arrumbado, para siempre encarcelado

en esa valija del regreso,

reposando, puede que desecándose.

Sí, mejor lo dejaré así, bien

custodiado, prisionero, latente

por si alguna vez lo necesito;

quién sabe, cuando menos lo espera uno

 el reloj vuelve a atrasar, o a adelantar.

La necesidad de viajar es así,

inductora de apostasía.

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