PLANETA ERRANTE (casi un cuento de Navidad)

PLANETA ERRANTE (casi un cuento de Navidad)

A Lucía y Julián, in memoriam.

Durante la Navidad de mil novecientos sesenta y siete, concretamente en la medianoche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, el incansable astrónomo serbio (en aquella época Serbia estaba integrada en Yugoeslavia) Mirolad Protić (1911-2001), dio a conocer la que por entonces fue considerada una teoría tan peregrina como fantasiosa, ya que por ser anunciada en tan significativas fechas, parecía impregnada de una sospechosa pátina de religiosidad judeocristiana, lo que al unísono enfrentaba dicha teoría con la ciencia astronómica y la filosofía pragmática del régimen que dirigía la desaparecida república socialista. Mirolad Protić, eminente astrónomo como ya queda indicado, trabajó durante muchos años en el observatorio de Belgrado. Había descubierto bastante antes (década de los treinta) varios pequeños cuerpos celestes del llamado Cinturón de Asteroides de nuestro Sistema Solar, situado entre los planetas Marte y Júpiter (hasta la fecha se ha constatado la presencia de un segundo cinturón de asteroides transneptunianos, el de Kuiper) y estaba considerado una autoridad en lo que concierne a los cometas y los considerados planetas menores. En 1983 el astrónomo Henri Debehogne, que trabajaba en el Observatorio de la Silla, en Chile, lo homenajeó bautizando con su nombre al asteroide 22278 que él había descubierto. Pero volvamos al principio. Como decía, en la Navidad de 1967 Protić anunció una teoría, según la cual el universo estaba plagado de lo que denominó Planetas Errantes. Resulta paradójico, y con esto vamos adentrándonos en el meollo de mi relato, que la definición de planeta que aparece en el diccionario (cuerpo celeste sin luz propia que gira en una órbita elíptica, regular y constante alrededor de una estrella), se halle distante de su raíz etimológica, cuya definición de planeta, proveniente del latín y a su vez del griego, significa vagabundo o errante; a mí esto me viene al pelo, que diría un castizo, para lo que cuento, porque resulta que dichos planetas vagabundos o errantes (también conocidos como interestelares o huérfanos), al parecer, ahora ya se sabe, existen desde que existe el universo, e incluso abundan aunque no los hayamos podido observar o localizar hasta fechas recientes, en que varios grupos de astrónomos parecen haber identificado cientos de ellos y todo sin molestarse en enfocar sus telescopios más allá de nuestra galaxia, lo que cosmológicamente hablando significa distancias de aquí al lado…

Por aquellas fechas en que Mirolad Protić lanzó su poco apoyada teoría, yo era un niño que vivía con sus padres en un pueblo. Salvo por una particularidad y es que a ambos les gustaba observar el firmamento durante las noches en que el cielo lo permitía, mis progenitores eran gente común; de ellos, aunque no de la manera obsesiva a la que me tenían acostumbrado, adquirí el nombrado hábito, así como el conocimiento e identificación de algunas estrellas y constelaciones.

Al trascender su afición de lo meramente esporádico, resultaba frecuente sorprenderlos enredados en conversaciones e intercambio de impresiones relacionados con aquellos sucesos acaecidos y constatados en el cosmos, o refiriéndose a los avances técnicos en la materia, que en un futuro próximo podrían procurar a la humanidad hallazgos astronómicos inimaginables.

El caso es que fue así, durante aquellas charlas que a menudo coincidían con las observaciones nocturnas a las que se me permitía asistir, observaciones presididas siempre por un viejo telescopio, como fui empapándome de los fundamentos básicos, responsables de que en la actualidad posea un más que aceptable conocimiento de cuanto concierne a los planetas, satélites y demás cuerpos celestes de nuestro sistema solar, que sea capaz de localizar estrellas, algunas constelaciones y que sepa de la existencia de multitud de galaxias que…

¡Ejem! Creo que ha llegado el momento de dejarse de rodeos y centrarme en mi relato, así es que a continuación voy a hacer una afirmación que me temo afecta al bueno de Protić, porque resulta que meses antes de la anunciada teoría del astrónomo serbio, alguien se le adelantó y ese alguien fue mi propio padre. Sí, sucedió cierta noche en que, por ser verano, se me permitió compartir tumbona en el patio de casa (mis padres habían adquirido aquella adecuada costumbre, la de permanecer recostados cara al cielo para observar el firmamento) hasta altas horas de la madrugada. Así, podíamos permanecer durante horas contemplando las estrellas sin agotarnos.

Después de unos primeros momentos en que entre ambos progenitores identificaron algunas de aquellas estrellas o galaxias de nombres sugestivos (a mí así me lo parecía): Aldebarán, Sirio, Casiopea, Vega, Ómicron, Rigel, Lacerta, Antares, Perseo…, la «ubicación estelar» que denominaban ellos, se produjo un largo silencio; aquel era el acostumbrado proceder durante tales observaciones estelares, a no ser que existiese una motivación que justificase lo contrario. De hecho, al menos estando yo presente, el que alguno quebrantase tal silencio se había producido en contadas ocasiones, que casi siempre coincidían con la repentina aparición de una estrella fugaz o de las siempre llamativas perseidas o lágrimas de San Lorenzo, que visitan la Tierra allá, durante los meses de julio y agosto… Pero a lo que íbamos, que vuelvo a enredarme, aquella noche como decía, que por cierto era coincidente con la aparición de las perseidas, mi padre de pronto dio un salto de su tumbona, se abalanzó al telescopio que mantenía enfocado hacia una región concreta del firmamento, echó una mirada por el visor y enseguida lanzó una exclamación, al tiempo que señalaba a las estrellas gritando un «¡Allí, otra vez está allí! ¿Lo veis? ¡Corred, echad un vistazo! –Dijo conminándonos a observar a través del ocular del telescopio. Y acotó: –A ochenta y cinco grados entre Vega, en Lyra y la cabeza del Dragón».

Tras varios segundos de tenso examen, mi madre asintió y dijo que sí, que no le cabía duda, ella también lo veía, y a continuación se abrazó a mi padre, lo que no dejó de producirme sorpresa. Me pareció que incluso, a mi madre se le escapaba algún pucherito.

Al rato, cuando la cosa se fue calmando, tuve que insistir varias veces para que me desvelasen el misterio de aquello que ambos habían identificado a través de la lente del telescopio y yo no, porque por más que me esforcé no conseguí descubrir nada que se saliese de lo habitual. El cielo, para mí estaba plagado de millones y millones de estrellas, que si no fuera porque unas titilaban más que otras, podrían parecer idénticas, como así me lo parecen los granos de arena de cualquier playa. Sucede sin embargo, que finalmente ocurrió que aquella noche me fue revelada cierta teoría que había pergeñado mi padre y que en colaboración con mi madre, y como si se tratase de un juego o pasatiempo, aplicaban y enriquecían con ciertas circunstancias de carácter personal, que en adelante les serviría para fijar todo un catálogo de planetas errantes, que poco a poco iría creciendo; semejante protocolo tenía su origen en un pasado reciente, aunque lo de aquella noche, al parecer, constituía la prueba definitiva.

Sí, lo que habían localizado mis padres en el firmamento era un planeta errante, que son unos cuerpos celestes sin luz propia como ya adelantaba al principio, planetas rocosos por lo general, que por las razones que sean han escapado a la gravedad de la estrella anfitriona alrededor de la que en su momento giraban, aunque también puede suceder que jamás hayan pertenecido a un sistema planetario y vaguen por el espacio sin rumbo fijo desde su mismo origen.

El planeta errante descubierto por ellos (al menos así lo creían) varios años antes, siempre reaparecía en la misma época, puntual y en el sector del firmamento donde ahora lo volvían a localizar. Enseguida, como decía, ajustaron el pequeño telescopio, hicieron algunos cálculos y trasladaron los datos obtenidos, que uno iba dictando al otro, a un cuaderno de cuya información por entonces yo apenas entendía nada. Pero el caso es que el supuesto planeta errante, durante aquella madrugada recibió un nombre, Antonio, que luego, y tras volver a insistirles en que me indicasen el modo de localizarlo con la ayuda del telescopio y armado de cierta dosis de paciencia, supe era el causante de aquella intermitente titilación, que a intervalos irregulares se producía entre la mencionada estrella Vega y la cabeza del Dragón. El recién ubicado por mis padres planeta errante, como es natural desaparecería en unos días, para reaparecer en el mismo sector del firmamento exactamente un año más tarde, dado el movimiento de translación de la Tierra con respecto al Sol y la situación de nuestra estrella en relación a la galaxia a la que pertenecemos; una minucia espacio-temporal en términos universales.

Y aquí entro de lleno en la parte más singular de mi historia, ya que a partir de entonces fue cuando supe que Antonio, y Dolores, Fernando, Consuelo…, la tía Marisa y otros tantos planetas errantes, que mis padres fueron localizando a lo largo de los siguientes meses y años, representaban en su imaginario a mis cuatro abuelos fallecidos y luego de estos, a otros familiares también desaparecidos que, según mis progenitores, vagaban por el universo como planetas errantes, hasta que quizá un día ocurriese algo en lo que ellos no creían, pero podría compararse a que dichos planetas errantes, en un momento dado, fuesen captados por la influencia gravitacional de una estrella y… ¡Quien sabe!, allá cada cual con sus creencias, ilusiones, fantasías, convicciones… O eso, o seguirían por siempre y mientras existiese el universo así, vagando, errantes como el origen griego de la palabra define el concepto de planeta; visto desde una perspectiva positiva, a priori esto último tampoco parece una mala opción, aunque ya siempre se esté de paso en el sentido más universal del término.

En fin, y para concretar un poco más, creo (porque no puedo estar seguro de ello) que aquella estrategia de mis padres consistente en asignar nombres de allegados a los planetas errantes, no fue más que un modo de poner orden y estimular sus observaciones, pero la realidad es que mi abuelo Antonio se había marchado de este mundo durante un mes de agosto coincidente con la observación mencionada y que mi abuela Marisa también lo hizo en verano y otros como mi otra abuela, Consuelo, lo hizo en invierno y todos tuvieron su planeta errante. Entretenerse en localizar la presencia del planeta errante perteneciente a la abuela Consuelo durante el mes de febrero, que es cuando a ella le correspondía, significaba una tarea bastante penosa para mí, pues lo de permanecer al raso para localizarla me desagradaba sobremanera. Solo una vez, que me perdone la abuela, salí a contemplar su paso cuando mis padres la consiguieron ubicar durante la noche del tres de febrero, que es cuando, refirámoslo así, tocaba reencontrarse con ella.

Aquella lista de planetas errantes consignados por mis padres fue incrementándose, aunque yo poco a poco fuese perdiendo interés en el tema, sobre todo porque cuando crecí un poco más fui enviado a un colegio interno lejos de casa, donde las circunstancias impedían que siguiese con la costumbre de observar planetas errantes. De aquel colegio pasé a otro y luego a una universidad y después, cuando me quise dar cuenta, ya me había hecho mayor, formado mi propio hogar y definitivamente descuidada la observación de planetas errantes.

Lo años pasan deprisa, mis padres se hicieron mayores, muy mayores y ya solo, cuando mi esposa y yo los visitábamos por Navidad o en fechas señaladas, se aludía al tema de los planetas errantes, pues sabíamos que el desgaste de la edad y la muy deficiente visión que afectaba a ambos, les impedía realizar sus exploraciones estelares desde hacía mucho. Decían que el cuaderno donde todo lo apuntaban lo habían extraviado tiempo atrás, en cuanto al telescopio, llevaba años arrinconado en el desván.

Unos pocos años más tarde sucedería que mi padre falleció, qué casualidad, en la misma fecha, medianoche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, en que Mirolad Protić anunció su teoría de los panetas errantes. Por entonces, mi madre tenía sus condiciones cognitivas tan deterioradas, que ni siquiera fue consciente de que había perdido a su esposo.

Mis padres siempre habían vivido en aquella casa del pueblo en que pase mi infancia, pero tras el fallecimiento de mi padre y aunque una persona acudía a cuidarla diariamente, las circunstancias me indujeron a volver junto a mi madre. La vivienda de mis padres era bastante amplia y a mi esposa y a mí, no nos resultó complicado adaptarnos a la nueva situación.

Un día, había trascurrido cerca de un año desde el fallecimiento de mi progenitor, estaba husmeando recuerdos en los baúles guardados en el desván, cuando de pronto me topé con el cuaderno extraviado, donde durante años mis padres habían ido incorporando nombres y localizaciones de planetas errantes, además de fechas en que la Tierra era visitada por las perseidas y otras observaciones referidas a cometas, eclipses e incluso a noticias aparecidas en prensa, siempre relacionadas con la cosmogonía. Como creo que decía más arriba, nunca acaparó mi atención de una manera clara aquel cuaderno ahora recuperado, hasta ese instante.

Lo comencé a leer desde el principio y así, poco a poco fui haciendo descubrimientos notables que no tengo espacio para reseñar aquí, baste recordar lo señalado hasta el momento y baste también, referirme a la última anotación que, con letra temblorosa a causa de su casi total ceguera y de su merma física, mi padre había incorporado justo el día de su fallecimiento, quizá comprendiendo que se precipitaba el final de su tiempo en este mundo. Aquella anotación, enigmática, decía simplemente: «Buscad entre Polaris y Casiopea». Pero… De inmediato comprendí que aquella anotación abría un interrogante y, sobre todo, la confirmación de que el cuaderno como se me había dicho, no había sido extraviado, porque incluso hasta el último momento de sus días fue utilizado por mi padre. El misterio de la reaparición del cuaderno perdido fue aclarado enseguida, la persona que cuidaba de mi madre, una vecina del pueblo, se lo había encontrado la misma tarde del fallecimiento de mi padre tirado en el suelo, ella fue quien, con la mejor voluntad, lo subió al desván.

Inmediatamente recuperé el antiguo telescopio de mis padres. Durante los días siguientes me entretuve limpiándolo y me afané en la tarea de reaprender su manejo, al mismo tiempo que, valiéndome del cuaderno de las anotaciones, practicaba buscando planetas errantes allí consignados y otros fenómenos celestes que en él aparecían. Cuando llegó el veinticuatro de diciembre, fecha del primer aniversario desde el fallecimiento de mi padre, me sentía lo suficientemente preparado como para llevar a cabo la correspondiente comprobación. Tuve suerte con la climatología, aquella noche, víspera de Navidad, el cielo permanecía despejado. No dije nada a mi esposa y en cuanto pude situé el telescopio en posición y me dispuse a explorar el cielo. Ya conocía el secreto que permite localizar planetas errantes, estos, certifican su presencia con las fluctuaciones que provoca su tránsito en el firmamento profundo, al pasar por delante de estrellas y galaxias, a las que momentáneamente privan de su brillo. Me llevó una hora o más constatar que no estaba equivocado, que aquel rastro que recibía en forma de irregular titilación lo producía Julián, mi padre, planeta errante desde hacía un año.

Ignoro si al igual que sucede con las estrellas existen planetas binarios, aunque creo que sí. Mi afirmación se basa en los acontecimientos que me tocaría vivir justo un año más tarde, porque resulta que transcurrido este tiempo mi madre fallecería, ¡triste coincidencia!, durante la medianoche del veinticuatro al veinticinco de diciembre.

En cuanto tuve oportunidad, me escabullí del improvisado velatorio familiar y acudí a toda prisa al mirador en que mantenía dispuesto el telescopio. Haciendo los reajustes pertinentes, pronto pude constatar el tránsito del planeta errante Julián que ahora, no me cupo duda, iba acompañado por un segundo astro, a ratos titilante, como él, con el que ya compartía su cuasi eterno periplo. Los datos del planeta errante Lucía, mi madre, de inmediato fueron incorporados al cuaderno que yo había heredado.

25-12-2021

8 comentarios

  1. Gracias por compartir conmigo este relato, Enrique. No sabía que el dichoso ómicron también era una estrella ¿o es licencia artística?, jeje. Creo que podemos considerarlo cuento navideño, sin el casi. Ojalá existiera ese bello «más allá».
    Un abrazo y feliz entrada de año.

  2. Hola Gerardo. No es licencia, aunque lo incorporé al relato a propósito; lo cierto es que existen unas cuantas estrellas en distintas constelaciones que comparten ese nombre.
    Gracias por leer y más por comentar. Espero que el 2022 nos traiga menos ómicron del malo y su parentela, y que lo demás sea un poco de lo bueno y regular que se vivía antes. Ojala en el nuevo año solo tengamos que recordar esta «peste moderna» con cuentos como el de los descubridores de los planetas errantes.
    Un abrazo.

    E.J.

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