solo es el hombre que se sienta cada día en el mismo banco

          Por primera vez me percato de su presencia cuando, al asomarme a la ventana de casa, este acapara mi atención. La circunstancia de que, con puntuales interrupciones, lleva ahí bastantes horas, de alguna manera se confirma a la mañana siguiente. Impulsado por un acto reflejo vuelvo a descubrirlo donde lo dejé ayer; no estaba equivocado, ya sé que se trata del hombre que se sienta cada día en el mismo banco. Solo en ese momento, intrigado, decido estudiar su comportamiento. Constato que a ratos, de manera inopinada, sin motivo aparente, se ausenta de ese espacio que parece haber hecho suyo para regresar poco después. Especulo, es posible que lleve repitiendo su extraño proceder (para mí al menos así lo es) desde un tiempo que escapa a mi control: viniendo, dejando pasar las horas sin hacer otra cosa que leer algún folleto de propaganda (que alguien ha abandonado sobre el banco que ocupa), puede que un diario (decido que atrasado), fijando la vista con reiteración en la nada y luego, transcurridas bastantes horas, en un momento que se acomoda en el atardecer, marchándose a donde sea para regresar puntual al día siguiente.

¿Dónde irá cuando se ausenta? De pronto comprendo que ese tiempo suyo, desconocido para mí, si cabe acrecienta mi inquietud, creo que he comenzado a obsesionarme.

De ahí, que me decida a pormenorizar cierto control visual sobre el misterioso personaje, que anoto cada día en un cuaderno. Así: cuantifico las horas que permanece sentado en ese banco que existe debajo de donde vivo y ha hecho suyo, y también las veces que lo sorprendo caminando resoluto en una dirección, puede que endeble resolución, porque enseguida desanda lo andado y regresa al punto de partida con cierto aire de pesadumbre (quizá el detalle vuelve a ser una apreciación personal). Incluso, también cuantifico las ocasiones en que levanta la vista hacia la ventana desde la que yo lo observo a él… En una de estas, y tras pretender construirme un esquema de su personalidad basándome en sus poco singulares facciones, frustrado, a lo más que llego es a conjeturar, de algún modo necesito hacerlo: puede que esa persona cumpla con un horario, o con una exigencia impuesta, o con una misión, encargo, cometido…

Acude temprano. Es como si, tal y como anticipo más arriba, obedeciese al cumplimiento de las directrices de una agenda, o a una jornada laboral prefijada, con su correspondiente colchón de flexibilidad horaria, en que se incluyen las rutinas aceptadas de manera tácita, por cualquier plantilla de trabajadores de cualquier oficina.

Llevo bastantes días constatando cierto ritual, por el que al doblar la esquina de la calle donde vivo y caminar presuroso hasta llegar a las inmediaciones del alto tapial que separa los patios de un colegio religioso vecino (que para más señas se halla justo en la perpendicular a la horizontal de mi casa), el hombre que se sienta cada día en el mismo banco, alcanzado su objetivo se detiene en seco, echa un vistazo a su alrededor (no entiendo que pretende constatar) y enseguida da unos pocos pasos, acelera su caminar y… Sí, parece que se va a marchar, se le ve como decidido a alcanzar la siguiente esquina y… ¡Deseo que lo haga, que se largue de una vez y no regrese jamás!… Pero entonces se detiene, duda, su pie levita sin acabar de ejecutar un paso que podría ser definitivo, paso que no llega a producirse, porque de pronto, con la marcialidad de un soldado, da media vuelta y retrocede hasta el punto de partida. Y allí vuelve a detenerse y a continuación repite la maniobra caminando en dirección contraria, justo hasta la otra esquina del tapial, el lugar por el que ha aparecido esta mañana, todas las mañanas. Y vuelve a detenerse, y a dudar, y a retroceder hasta ese punto intermedio equidistante y perpendicular a la horizontal de mi casa, donde de nuevo se para y, ahora ya sí, contempla de hito el dichoso banco en el que sé que, transcurridos un par de minutos, a lo sumo cuatro si es que vuelve a repetir el trasiego de las esquinitas, acabará sentándose.

Lo hace, como tantos días al fin lo hace, no falla. Para ello, antes ha debido cruzar la estrecha calzada por un paso de cebra desdibujado, mal repintado; un coche le ha tocado el claxon. El ámbito que rodea al banco (en realidad existen dos bancos), es un angosto y mísero parquecillo descuidado y sucio, al que si cabe todavía afea más el reseco vestigio de un primitivo parterre; dos árboles altos, impropios por su exotismo, procuran una sombra mal repartida, bajo la que se cobijan malas hierbas, restos de césped pisoteado y colillas de cigarrillos. En la depauperada zona verde también resisten un par de papeleras que nadie utiliza; bueno, una de ellas sí, la que está desfondada y redirige al suelo las inmundicias de los descuidados o malintencionados viandantes. Bien, pues en el descrito lugar hoy tampoco falta el hombre que se sienta cada día en el mismo banco, allí dejará que transcurran las horas.

Algunas veces lo sorprendo entablando conversación con alguien, lo veo abordar de palabra a la gente que va y viene. En ocasiones el interpelado parece reconocerlo, quizá haya charlado con él más de una vez y como (al igual que yo) se siente intrigado, busca ampliar información, averiguar qué hace allí un día y otro día ese hombre que…

Luego, como consecuencia de la reiterada vigilancia a la que lo someto, he advertido un nuevo comportamiento en él que todavía me choca más, me explico: de pronto, tras hablar con alguien que no tarda en reemprender su camino, el singular personaje abandona el banco, echa una carrerita en pos de esa persona con la que instantes antes ha charlado y, supongo, lo alcanza nada más doblar la esquina por la que desaparece cada tarde como ya antes he referido. Cuando sucede esto sé que ya no volveré a verlo hasta el día siguiente, porque el hombre que se sienta cada día en el mismo banco hoy se ha traído el carrito y… ¡Ah, es cierto! Todavía no me había referido al carrito. Lo hago ahora. Se trata de un carro de mano, grande. Debe tener estructura metálica porque parece bastante sólido; está forrado de loneta y es de color azul oscuro. Por supuesto posee ruedas. Me recuerda a esos carros que llevan los carteros o repartidores de paquetería, solo que el del visitante del banco aparenta estar siempre vacío, por la facilidad con que es manejado.

El detalle del carro constituye un elemento más para que, según avanzan los días, mi curiosidad vaya en aumento. He constatado (y como siempre lo incorporo a mi cuaderno de incidencias) que el hombre que se sienta cada día en el mismo banco, acude con dicho carro una vez por semana, algunas veces cada algo menos. También, que ese día suele permanecer menos tiempo en el lugar de costumbre, porque generalmente antes del mediodía, acaba marchando tras los pasos de una de las personas con las que un momento antes ha entablado conversación. Es curioso, pero la situación es siempre idéntica: los dos hablan, el viandante ocasional acaba mostrando lo que yo interpreto como inquietud y entonces se despide y echa a andar. Cuando veo que el hombre que cada día se sienta en el mismo banco agarra su carro y camina detrás de aquel que acaba de dejarlo y los dos doblan la esquina, sé que no volverá a suceder nada digno de reseñar hasta el día siguiente, en que el visitante porfioso regresará, ya sin su carro.

Me emplazo: tengo que enterarme de qué va la vaina, lo del misterio de ese personaje, el asunto de su carro; que en un momento dado eche a andar detrás de una determinada persona, alguien que (puesto que revisando mis notas he llegado a dicha conclusión), invariablemente posee un tamaño adecuado a las dimensiones del carro… Lo que se me está ocurriendo es mucho fantasear, ¿verdad? Sí, verdad, me digo a mí mismo, pero no por ello tal hipótesis deja de resultar inquietante, porque la realidad es que algo está sucediendo, no me cabe duda de que algo está sucediendo y…Ya no puedo quitarme el ronroneo de la cabeza.

Pasan los días, las semanas, los meses. He adoptado la costumbre de acudir a la ventana, para verificar que el hombre que cada día se sienta en el mismo banco acude puntual a su cita con… Bueno, digamos que conmigo, así es que lo que hago es saludarlo levantando la mano, pero él no corresponde a mi saludo, jamás lo hace, quizá solo esté dispuesto a saludar (se comporta así con frecuencia aunque los transeúntes lo ignoren) a quienes pasan por su lado, ya sean jóvenes, mayores, ancianos… Algunos chavales del instituto cercano que escapan en el recreo, se acomodan en su mismo banco o en el de al lado y entonces le piden un cigarrillo, que él les da. Luego suelen echarse unas risas juntos hasta que lo dejan allí, como también lo dejan allí, plantado, los grupitos de muchachas uniformadas, alumnas del colegio religioso que, por si no lo he mencionado al principio, está del otro lado del tapial que tengo en frente de casa. A la salida de clase, las chicas acostumbran a detenerse en la farsa de parque. Hacen tiempo y aprovechan para fumar y piden tabaco a quien sea (incluyendo al hombre que se sienta cada día en el mismo banco), parlotean entre ellas atropelladamente, cruzan noes, síes y risas, muchas risas y por fin intercambian adioses precipitados y se largan. Con el asiduo visitante no hablan jamás. Unos y otros (los del instituto y las chicas del colegio de religiosas) siempre van en grupo, quizá por eso, aunque ese día coincida conque ha acudido con el carro, a ellos jamás los sigue.

Llego a acostumbrarme tanto a sus idas y venidas, que soy capaz de anticiparme a lo que va a hacer en cada momento. También, en si este o aquel individuo se corresponde con el perfil, de quien puede que se decida a perseguir el día que viene con el carro. Por cierto que lo de acudir con el carro ha ocurrido una docena de veces y en todas las ocasiones en que se ha decidido por alguien se trataba de personas desconocidas para mí; en todas, menos en una. Y ese es el detalle al que en su momento no presto atención. Ha sido un descuido por mi parte, de haberlo hecho, de haber denunciado el hecho a quien correspondiese de manera inmediata, puede que hubiera evitado unas consecuencias imprevisibles, que escapan a toda lógica.

La cuestión es que, según mi entender, considero que se me presenta la ocasión adecuada para desentrañar los entresijos de este asunto que no hace más que embrollarse en mi cabeza, cuando aparece cierta persona que me resulta familiar y compruebo que entabla conversación con el hombre que se sienta cada día en el mismo banco; se ha traído el carrito. Lo conozco del barrio a la otra persona, con frecuencia coincidimos tomando café en el bar. Los dos hablan, comprendo que la conversación debe resultar lo bastante atractiva, como para que el conocido de mi barrio siga la corriente a su interlocutor, que de pronto ha abierto la tapa de su carro (hasta ahora no había visto que lo hiciese nunca) y señala dentro. La persona que conozco del barrio echa un vistazo, se encoge de hombros (a partir de ese momento se muestra algo nervioso), mete la mano temblorosa en un bolsillo de donde extrae una cajetilla de tabaco y ofrece un pitillo al otro. Los dos fuman al tiempo que siguen hablando. En ese instante he pensado en bajar a la calle y abordar al conocido del barrio con cualquier excusa, ello me permitirá entablar conversación con el otro, saber por fin. Sí, emplearé la excusa de… De nuevo la indecisión ¿De qué? Los contemplo desde la ventana y ellos sin duda me están viendo a mí, dirigen sus miradas hacia arriba. Entonces he agitado una mano amigable y para mi sorpresa ambos se han encogido de hombros, han cruzado unas pocas palabras más y enseguida, el hombre que se sienta cada día en el mismo banco ha hecho una señal inquisitiva al otro y cuando este ha negado, el primero ha bajado la tapa de su carrito de lona. Después, el conocido del barrio ha hecho un mohín, cuando su interlocutor ha señalado alternativamente el carro y mi ventana, y enseguida se ha ido caminando presuroso, y ya no me ha dado tiempo de abrir la ventana para decirle que me espere, que ya bajo, que quiero hablar con él, y también con su acompañante.

Con algún matiz diferente, luego ha sucedido algo similar a lo que ocurre tantas veces: el hombre que se sienta cada día en el mismo banco, ha inquirido a mi conocido para que se detuviera, este no ha obedecido. Enseguida los he visto desaparecer doblando la esquina y ya no he vuelto a verlos. Al hombre que se sienta cada día en el mismo banco hasta el día siguiente y a mi vecino jamás.

Y justo entonces, es decir al día siguiente, se produce una circunstancia singular, la primera de las tres que este día acaparan mi atención, porque viene a trastocar los hábitos comunes que venía observando en el singular personaje. Ha roto mis estadísticas, ya que veinticuatro horas más tarde, sin dejar que transcurra esa semana protocolaria a la que me tiene acostumbrado, el hombre que se sienta cada día en el mismo banco reaparece arrastrando su carro.

Ha repetido los rituales de costumbre, con sus idas y venidas hasta las esquinas del tapial, y se ha acomodado en el banco, echado algún cigarro, leído un cuadernillo de propaganda que recoge del suelo, bajo la papelera desfondada en concreto, cruzado breves conversaciones con viandantes ocasionales y por fin… Sí, por fin, ha levantado la vista a mi ventana y esta vez, sin que yo realizase amago de saludo, ha sido él quien alza el brazo, y agita su mano, y yo le correspondo, y no sé, pero su rostro continúa sin trasmitirme ninguna empatía, nada que despierte cualquier estímulo positivo hacia él; es más, su reacción, lo que me trasmite su saludo, más bien se parece a una constatación, algo así a como, si con su gesto y mi respuesta, estuviera verificándome aquello para lo que uno y otro estamos destinados… Y esta apreciación, inquietante de verdad, constituye la segunda circunstancia singular que atribuyo a la presente jornada. Considero que el detalle es tan significativo, que al instante corro a apuntarlo en la libreta de las incidencias. Luego, me digo, que ya no existen motivos que me hagan dudar para bajar a la calle y enfrentarme sin rodeos al hombre que se sienta cada día en el mismo banco y preguntarle qué diablos hace ahí abajo, dejando pasar el tiempo del modo que lo hace.

Y justo cuando termino de transcribir lo que pienso hacer en cuanto cierre el cuaderno, suena el portero automático. Contesto. Me piden que abra. Lo hago, siempre lo hago, sin preguntar quién es. Quizá debería hacerlo; sin duda debería haberlo hecho, pero el hecho es que como digo no lo he hecho y naturalmente ni en ese momento he pensado en ello ni el instante en que el timbre de casa ha sonado me ha dado por relacionar; más bien, lo que la nueva interrupción me produce es rechazo por importunidad, en ese instante estaba a punto de regresar a la ventana, abrirla y dirigirme al hombre que se sienta cada día en el mismo banco, para vocearle que me dé un par de minutos, que enseguida bajo.

Y aquí viene la tercera e inopinada circunstancia, porque es él quien aparece en el umbral cuando atiendo la llamada del timbre de casa. Sus ojos me contemplan con indiferencia y ello provoca que se me dispare el desasosiego, y que perciba una ingravidez en la atmósfera que nos rodea capaz de actuar sobre mi conciencia, vaciándola como haría un imán que atrae hacia sí las partículas de hierro que quedan a su alcance. Es como sentirse seducido por un pozo del que no vemos su fondo y nos invita a lanzarnos en él. Ese mismo pozo que aparece en el carrito de lona cuando mi visitante abre su tapa.

No sé con qué ha presionado mi pecho, puede que fuese un artilugio de esos que sueltan descargas eléctricas y te dejan aturdido, pero la circunstancia inmediata es la de sentir que pierdo el equilibrio; me quedo sin fuerzas, me precipito en el interior del carro y entonces el hombre que cada día se sienta en el mismo banco me manipula con destreza para hacer que mi cuerpo se adapte a las hechuras del carro de loneta. Vuelvo a sentir una segunda descarga eléctrica y mi cuerpo se contrae (quizá es lo que se pretendía) y enseguida me precipito más y más hacia el fondo de ese pozo tenebroso, el carrito que ahora constituye mi encierro.

Nos movemos. Descendemos en el ascensor. Estamos en la calle. Todavía mi mente posee el suficiente grado de consciencia como para sugerirme que haga un esfuerzo, que luche por zafarme de mi reclusión, que grite para advertir acerca de lo que me sucede a quienes transiten cerca. No hago nada, algo somete mi conciencia, aventuro que quizá mi propia curiosidad actúa de catalizador aplacando mis instintos de supervivencia, que indica a mi voluntad que deje de resistirme, porque ya hemos doblado la esquina de la calle y por fin nos dirigimos hacia ese ámbito desconocido que tanta curiosidad me despertaba y que solo el hombre que se sienta cada día en el mismo banco sabe dónde se encuentra. Al principio de comenzar a estudiar su comportamiento me obsesionaba localizar dicho lugar. Ahora, aunque de momento de manera fragmentaría, por fin obtengo una respuesta. Aun no sé la ubicación exacta del lugar al que nos dirigimos, pero lo que sí me queda claro es la intención de mi captor: entregar su mercancía.

11-2021

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