MIS VECINOS Y OTRAS GENTES DE MAL VIVIR

Hace unos años, entre proyecto y proyecto, escribí uno de esos textos que yo llamo “de entrenamiento”. MIS VECINOS Y OTRAS GENTES DE MAL VIVIR, que así se llama el relato en cuestión, está dividido en quince capítulos que iré subiendo en la sección por entregas. Espero arrancar alguna sonrisa (si es carcajada mejor) y hacer pasar un buen rato a los lectores.

 

 

LAS BRAGAS DE CAREM I

En el cuarto izquierda viven los Álvarez. Los Álvarez son un padre gordo y calvo de cincuenta y tantos, una madre parecida al padre en todo menos en la alopecia, un niño pelirrojo y repelente que aunque crecidito todavía lleva pantalones cortos y una jovencita despampanante que ronda la mayoría de edad; se llama Carem, es decir, se llama Carmen, pero yo la llamo Carem.

La vida de la familia Álvarez no me interesa, salvo, claro está, la de Carem. De Carem me interesa sobre todo una cosa, su colección de bragas-tangas, que pone a secar en perfecta y polícroma formación en la cuerda del tendedero una vez por semana.

Yo vivo en el tercero, en el tercero derecha. Los Señores Florit viven en el tercero izquierda. Los Señores Florit son unos jubilados entrañables además de los vecinos más antiguos de la comunidad. También tienen una hija que es profesora de bachillerato, solterona, ya cincuentona como los Álvarez, como yo, que se viste con tallas especiales desde… desde siempre.

“la Niña”, término cariñoso con el que la Señora Florit se refiere a su hija, también cuelga las bragas en el tendedero. Lo hace casi todos los días, pues de las suyas sólo caben dos o a lo sumo tres, en el mismo tramo de cuerda donde Carem acumula hasta veinte. A diferencia de las de Carem, las de la niña son bragas descomunales, intimidatorias, inhibidoras de la libido.

En cierta medida envidio a los Florit, envidio su posición ventajosa con respecto a mí, y mis anhelos con respecto a las bragas de Carem que secan justo por encima de ellos. Muchas veces fantaseo con esas íntimas prendas de deseo que se balancean en precario, dada la dificultad de sujetar tan exigua superficie textil a la cuerda; sueño con braguitas que, de vez en cuando, terminan retenidas en su caída por otras monstruosas y receptoras, las de la niña. Sueño y fantaseo…: “Subo corriendo al cuarto izquierda, llamo. Sale Carem a abrir y entonces le advierto con absoluta naturalidad aquello de que esté más atenta, que con frecuencia se le cae una braga o un tanga y que casi siempre termina enredada en la bragadura de las bragas, o lo que sea aquel trozo de tela rígido y amorfo, perteneciente a la niña y que parece como si ella, Carem, no se diera cuenta de esta circunstancia, de que está perdiendo las bragas… Y entonces ella me contesta que es cierto, que no se había dado cuenta hasta ahora y…” ¡No, no! No me gusta esta fantasía, prefiero otra, es decir prefiero una variación: “Subo, eso sí, pero con las braguitas en la mano. Naturalmente primero he tenido que conseguir hacerme con ellas. No se me ocurre otra manera que llamar a casa de los Florit cuando esté la Señora Florit sola y contarle cualquier milonga que, de seguro, se creerá con más facilidad que su marido, por no decir la niña, menuda es… El caso es que, ahora sí, subo (en el último momento he decidido cambiar las braguitas por ese tanguita que parece un hilo dental y que por delante tiene bordada una florecilla, pues dos sería imposible, no tiene superficie para tanto) y cuando Carem me dice lo de que hasta ahora no se había dado cuenta, también deja escapar una mirada pícara con esos ojos increíbles que tiene, abre un poco la boca como sorprendida y luego recompone el gesto de falsa incomodidad y me dice que me lo regala, el tanga. Y yo se lo acepto, naturalmente, aunque no sepa donde esconderlo a ojos de mi mujer. Se lo acepto y tal vez haga lo que haría con cualquiera de sus braguitas o tangas que cayeran en mis manos, encerrarme en el cuarto de baño y ponérmelo y enseguida pillar una erección de padre y muy señor mío y, por supuesto, cascármela pensando en ella”.

 

  1. LAS BRAGAS DE CAREM II

Por fin obtengo la prueba definitiva, Carem pierde con más frecuencia de lo razonable sus tangas. Además, ha bastado que hiciese un pequeño seguimiento durante varios días, para constatar que cada vez que Carem tiende su ropa interior, la Niña, hace lo propio con la suya que, al igual que si se tratase de un experto patrón de pesca, distribuye con estrategia envolvente a lo largo de la cuerda de su tendedero, paciente, sabedora de que antes o después, los confiados pececillos (en este caso tangas, braguitas y algún sujetador) acabaran apresados en el interior de los enormes bolsones de licra blancuzca o color carne, que son las susodichas bragazas/red de la Niña.

Podría haber obviado el asunto, considerarlo anecdótico, carente de malicia o intención, suceso de patio de vecinos, ya se sabe. Dix: tanguitas que se tienden despreocupadamente, alguna que se cae…, bragaza altruista que las acoge…, partes afectadas que se ponen en contacto para restituir el malentendido-prenda a su propietaria… Pero no, las cosas no son así, me he mantenido atento, bastante atento, y por eso puedo afirmar sin temor a equivocarme, que no me consta que la Señora Florit, o la Niña, hayan subido a devolver la ropa interior que periódica y accidentalmente les cae desde casa de los Álvarez. Y digo que no me consta, porque como es un tema que cada vez me preocupa más, pongo máxima atención en ello y como pongo máxima atención, razono que en todo este tiempo alguna vez tendría que haberme percatado de que se ha producido tal encuentro, pero no, estoy seguro de que ninguno de los Florit sube a devolver la ropa interior que pierde la descuidada de Carem.

Lo extraño es que, aparentemente, a la inversa sucede lo mismo. No digo que el Señor Álvarez tenga que bajar a pedir las bragas que se le caen a su hija, he comprobado que el caballero ni siquiera se molesta en tender sus calzoncillos, pero su mujer, la Señora Álvarez, o la propia afectada, Carem, sí que podrían hacerlo, sería lo suyo… No sé, el caso es que como afirmo, resulta un tanto extraño todo este asunto de las bragas de Carem, pues la jovencita debería llevar algún tipo de contabilidad de sus prendas íntimas; cosa que, por cierto, yo sí hago. Desde que comencé el seguimiento, tengo identificadas treinta tangas distintas y casi otras tantas bragas; bueno, a ello hay que descontar las bajas, aquellas que acaban enredadas en las bragazas de la Niña. La cosa comienza a resultar preocupante, en lo que va de mes, al menos diez prendas íntimas de Carem han ido a parar al interior de las redes de la pescadora, pero, y aquí es donde me descoloco, por lo visto a mi vecinita le trae sin cuidado aquella circunstancia. Circunstancia que me induce a pensar dos cosas, una que aunque Carem se haya dado cuenta, no le preocupa perder alguna que otra braga, y otra, derivada de la anterior, que la afectada recibe una asignación especial para mantener surtido su cajón de ropita íntima; de ahí su descuido. Vete tú a saber, el caso es que las bragas de Carem siguen balanceándose en precario, despreocupadas, a merced de la ávida niña con vocación de pescadora, o percebeira, o marisqueadora…

No sé cómo hacer, o quizá sí, voy a ver si de manera indirecta, preguntando a Adela, mi esposa, me entero de algo, es muy posible que ella ya haya escuchado algún cotilleo… ¡Claro, cómo no se me había ocurrido antes! Adela, como imagino que muchas de las vecinas, se surte en la mercería de los Martínez (2º izquierda). Apuesto a que la Señora Martínez se conoce las intimidades textiles de casi todas las hembras del vecindario.

 

  1. LOS CONEJO

Emiliano, “el tío Conejo”, es un vejete gruñón que se gasta bastante mala leche, vive en el bajo izquierda. Del tío Conejo, e incluso de su hembra, la “tía Coneja”, no hay mucho que contar, salvo que son los más antiguos de la comunidad; se vinieron del pueblo buscando una vida mejor; en la ciudad, creo, simplemente han alcanzado una vida diferente. A la tía Coneja se le llama tía Coneja por razones obvias, ha parido gazapos como una ídem hasta donde ha dado. A los Conejo no les queda ningún hijo viviendo con ellos, de los cinco varones dos han acabado volviéndose al pueblo, por lo que tengo entendido, subsisten con sus respectivas parientas y proles, de las tierras que en su momento no pudieron vender sus padres, así serían de improductivas. La jubilación del tío Conejo no debe dar para mucho y el curre en la ciudad hace tiempo dejó de ser lo que era, por lo que eso, allá que se han vuelto una parte de la estirpe roedora a la vieja conejera. Del resto de varones sólo se sabe que paran en el talego, uno por pringado, es camello de poca monta, y los otros dos por robo a mano armada y alguna lindura más; mejor que sigan donde están, alejados del barrio. El matrimonio Conejo también ha echado al mundo cuatro hembras: dos ejercen de putas; están independizadas, trajinan de manera itinerante, no se las suele ver por aquí. Otra de las hijas se casó con un negrata de la base americana, con el que acabó largándose cuando los yanquis cerraron el chiringuito. La pequeña finalmente, por una de esas situaciones irracionales con que a veces sorprende la naturaleza, les salió aplicada. Estudió como una cabrona a pesar del ambiente en que le tocó crecer. Estudió como una cabrona ya digo, hasta hacerse jueza. Que yo sepa, desde que cambió de estatus social, tampoco ha vuelto a aparecer por el barrio; el tío Conejo y su esposa jamás la mientan en público. Será, razono, porque no les cuadra mucho eso de que una hija les haya salido tan distinta del resto. Es frecuente que el carácter carpetovetónico tan nuestro, me vuelvo a decir, reaccione de manera primitiva, que conceda aprecio a lo sórdido y silencie lo meritorio. Digo yo, me lo digo por tercera y última vez, que con toda seguridad la incongruencia tiene su anidamiento en oscuras vergüenzas paternas, alimentadas por el abismo que separa a individuos surgidos de una misma parentela. En fin, y acabo con la reseña biológica, el tío Conejo, que no lo he señalado, es el tío Conejo porque en el patio de casa cría de esos roedores malolientes sosos y orejudos, en jaulones que imagino infectados de pulgas y cacas. En realidad, el tío Conejo cría conejos, gallinas, perdices e incluso pajarillos que él mismo captura sirviéndose de artes ilegales: red, liga…, esas cosas. Todo un profesional el tío conejo, al que en cada reunión de comunidad se le advierte que no puede disponer como dispone del patio comunitario. Pero él, erre que erre, se pasa las amonestaciones por el forro de los susodichos.

Hasta aquí, pudiera parecer que me he excedido con tanto tío Conejo para acá y para allá, pero no, y me explico:

Un servidor, como casi todos los vecinos, mantiene poca o ninguna relación con la familia Conejo por razones obvias, pero mira por donde hace unos días, pillé a la Niña en el descansillo del portal cuchicheando con el tío Conejo. La cosa me extraño, pues jamás hubiese imaginado que aquellos dos pudieran traerse algo entre manos, pero una frase, la única frase que pillé al vuelo, me puso en guardia: “envisca la cuerda, seguro que agarras algo”; escuché que decía el tío Conejo. Pasé junto a ellos murmurando un saludo ininteligible y en cuanto llegué a casa me fui al diccionario y busqué la dichosa palabrita. Enviscar: Untar alguna cosa con liga para que se peguen en ella los pájaros, a fin de cazarlos…

O sea que… ¡Joder, no hay que ser un puto lince! La Niña está hecha una intrigante del copón, que además recurre a cualquier artimaña para hacerse con las bragas de Carem. Vamos, que la muy ladina unta de liga la cuerda de su tendedero, para que las volanderas prendas acaben en su poder.

En cuanto hemos acabado de comer, he montado el servicio de vigilancia apostado tras la persiana de la ventana de casa que da al patio. No ha pasado mucho tiempo, hasta que he sorprendido a la Niña manipulando la cuerda de su tendedero, untándola de aquel menjunje asqueroso, al tiempo que a hurtadillas echaba miradas hacia arriba, allí donde las bragas de Carem se mecían empujadas por una brisilla, que incluso ha hecho llegar hasta mí el perfume embriagador del suavizante que utiliza la mamá de la jovencita en la colada.

–¿Se puede saber qué haces ahí Mariano, pegado a la ventana como una ventosa? –interroga Adela irrumpiendo en la habitación.

–¡Ah! –se me escapa un gritito de sorpresa–. Nada, estaba…, enviscado –digo sin pensar.

–¿Que estás qué? ¿De dónde demonios has sacado semejante palabreja Mariano? ¿Tú estás tonto o has bebido? Anda, vístete que tenemos que ir a la compra.

 

  1. ANTONIO MIRANDA Y PACO MIRAFLORES

Una cosa es la reputación que se fomenta ante los amigotes y otra la realidad. De cara a los conocidos y amigos, servidor procura comportarse como un macho alfa, un machote en toda regla y si se tercia un machista; la cosa se trueca cuando estoy con Adela, porque ella es mi realidad, mi media naranja; bueno, quizá sea yo más suyo que ella mía… En fin, reconozco que Adela dirige, organiza y en definitiva manda en mi vida, cosa de la que no reniego, porque Adela, además de muy limpia como decía mi madre, es una mujer ordenada, leída y por si fuera poco políglota. Trabaja en casa, traduce guiones de series televisivas, le dedica muchas horas a esa tarea para mí tediosa y encima, saca tiempo para hacer comidas, tender la ropa, planchar (¡incluso me plancha alguna camisa!)… ¿Que, qué aporto yo a cambio? Bueno, por supuesto mi trabajo, soy empleado público, inspector de obras urbanas. Tengo las tardes libres y por lo tanto ese tiempo lo dedico a…, a procurar escaquearme. Pero Adela, que como digo manda en mí y está atenta, invariablemente acaba buscándome algo para que me entretenga: que si pasa la aspiradora, que si limpia el polvo, que si esta semana te toca los cristales… Un coñazo lo de las tareas domésticas, en las que, reconozco, pongo poco empeño. Adela dice que para lo que hago dan ganas de decirme que no haga nada, y yo entonces contesto que vale y amago con abandonar la fregona o el trapo del polvo, pero claro, no lo hago, porque la cara que se le pone a Adela es para pensárselo, y además sé que en el fondo, muy en el fondo, agradece mi esfuerzo, aunque no lo diga, y aunque yo sí se lo eche en cara de vez en cuando y provoque que ella se cabree y alegue, posiblemente con razón, que no es cuestión de colaborar, sino de compartir obligaciones… ¡Uf!

La convivencia tiene esas cosas, que hay que compartir y que ceder, y que abandonar ciertas costumbres, adaptarse al medio… Y precisamente, lo de mi voluntad adaptativa, es un reconocimiento que me concede Adela.

Que en su momento un servidor renunciase a ver partidos de fútbol en casa con mis dos mejores amigos, Antonio Miranda y Paco Miraflores, la conmovió. Hace unos años no nos perdíamos una eliminatoria de la Champions, un enfrentamiento de altura de la liga, la Copa… La verdad es que armábamos bastante follón y un día a Adela se le hincharon…, esos mismos. Nuestros hijos por aquel entonces eran pequeños, estaban en la cama y acabamos despertándolos. Adela apareció en el salón en plan torbellino, se emplazó como un soldado hoplita delante de la tele y la desenchufó, justo en aquel instante crucial en que el Madrid estaba a punto de marcar el gol que a la postre supondría la añorada Séptima Copa de Europa. Todo un trauma (el no haber visto el gol en directo) que mis amigos arrastran desde entonces y por el que prometieron que jamás volverían a ver un partido en casa; naturalmente, esto no se lo revelé a Adela y sí lo otro, que estaba con ella y que en adelante, el fútbol en casa lo vería yo solo, cuando ella me dejase.

Cómo las respectivas de mis amigos los tienen igual de puestos que Adela, la única alternativa que nos queda si queremos compartir glorias futbolísticas es el bar de Mojamé; más adelante hablaré del bar de Mojamé.

Así las cosas, Adela y yo hemos ido al híper. La compra de vituallas ha sido rápida, lo peor viene luego, cuando llega lo del “ya que estamos aquí”. Entonces Adela me lleva a dar una vuelta por las tiendecitas de ropa. No suele comprarse nada, eso es lo desesperante, que me tenga apostado una hora o más delante de los probadores, para luego marcharnos como hemos venido… Creo que es una situación inherente al género mujeril.

Hoy, para no variar, la cosa ha funcionado del modo habitual, pero Adela, puede que para compensarme, me ha comprado un pack de calzoncillos bóxer que estaban de oferta. La ocasión me ha venido que ni pintiparada para hilar con el asunto que me interesa.

–¿Y tú? –digo como si tal cosa.

–¿Yo, qué? –interroga ella en tono amenazador.

–Que por qué no te compras tú unas bragas y me dejas decidir sobre mi ropa interior.

–Porque la tuya aquí está más barata y la mía más cara –dice lacónica.

–¿Más cara la tuya que dónde?

–Más cara que en la mercería de los Martínez, que es donde compro las bragas y los sujetadores. Los Martínez, no me digas porqué, tienen el mejor surtido de ropa interior femenina que puedas encontrar y al mejor precio.

“¡No me digas por qué!” Dice Adela… Pero uno hila y el hilado me lleva a pronunciarme en voz alta con la siguiente reflexión, a la que Adela, dedicándome una mirada perspicaz, responderá con un deje de malicia.

–Eso quiere decir que los Martínez acaparan una clientela qué no veas…, si no, de qué van a competir con las grandes superficies.

–A todas, nos tiene a todas las mujeres de la finca, a las de los otros portales, a las del barrio…

Y justo en ese momento aparecen mis amigos Antonio Miranda y Paco Miraflores. Aparecen por detrás, a traición, casi juraría que han escuchado parte de nuestra conversación, porque Antonio, el más guasón, me ha propinado una palmada en la espalda al tiempo que preguntaba qué hace el Señor bragazas, o sea yo, ¿comprando con la sargenta?

Paco ha reído la gracia, Adela les ha enseñado los dientes, y los calzoncillos que me acaba de comprar, y yo he levantado las bolsas de la compra, en un intento desesperado por distraer la atención de mis amigos. Considero un mal menor asumir mi rol de…

–¡Calzonazos! –subraya Paco Miraflores.

La cosa no pasa de ahí, en realidad mis amigos vienen a buscarme para ir al bar de Mojamé, hoy hay partido de la Champion. Antonio, con sorna, pide permiso a Adela para que me deje ir con ellos. Adela gruñe, sonríe, y me deja.

Al final, he consumido el espacio destinado a hablar de quienes pretendía, mis dos amigos, así que lo dejo para el siguiente capítulo, donde además, puede llegue a alguna conclusión relacionada con la mercería de los Martínez, pues la cuestión comienza a intrigarme.

 

  1. MIS AMIGOS Y EL BAR DE MOJAMÉ I

Después de llevar la compra a casa, naturalmente, me he acercado al bar de Mojamé donde me esperaban Antonio Miranda y Paco Miraflores.

Mis amigos, “los Mira” como se les conoce en el barrio, son bastante tocapelotas, en cuanto entro en el local comienzan, voz en cuello, a hablar de las condiciones vergonzosas en que me han pillado en el hiper. Intuyo que antes o después enlazarán con la tragedia en la final de la Champions; me armo de paciencia. Pido una cerveza a Mojamé que, puede que involuntariamente, puede que no, da al traste con la estrategia de mis amigos, cuando les afea que sigan con la misma consumición desde que han llegado.

–¡Segnores! –advierte con su acento farfullero mitad francés, mitad no sé– ¡Aquí hay que consumir!

–Muy bien Mojamé. Tarjeta amarilla para estos dos –digo adoptando pose de árbitro amonestando una entrada a destiempo.

En fin, que Antonio Miranda y Paco Miraflores son unos cabrones, pero son mis amigos. Trabajan juntos, tienen una empresa de transporte familiar y digo familiar porque es así, son primos. También son frikis de los cromos de fútbol, poseen casi todas las colecciones completas, de los equipos que juegan en primera división desde la posguerra hasta ahora. ¡Llevan gastada una pasta en la tontuna, oiga usted! Resulta infrecuente el domingo que no se desplazan al rastro, para canjear estampitas de ese laico santoral que se nutre de jetas de futbolistas.

Antonio vive en el bajo derecha y su primo justo encima, por lo que respectivamente son vecinos, puerta con puerta, del tío conejo y los Martínez. Los Martínez son quienes regentan la famosa mercería situada en uno de los locales de la finca. Tengo preguntas pendientes para mis amigos concernientes a sus vecinos, pero Antonio se me adelanta, cuando reconoce que a él también le hace su “Marichuchi” acompañarla a montar guardia delante de los probadores.

–¡Toma y a mí Toñi! –dice Paco– Pero no me importa, es más, casi me gusta.

Antonio y yo nos lo quedamos mirando con gesto de asombro. Paco saborea el momento dando un trago a su recién servida cerveza y luego afirma en plan confidente:

–Es que, en los probadores se pilla… Sí, no me miréis así. Con la tontería esa de que “pasa a ver cómo me queda esto” pues eso. Ahora ya no ponen puertas en esos cochitriles, sino que los cierran con cortinillas que con frecuencia se quedan medio abiertas, que incluso son demasiado cortas y así, es fácil entrever una cacha, asomar una teta, emerger un buen culo…

–¡Tú eres un puto salido! –le reprocha su primo.

–Alguna vez también meto mano a mi parienta.

–Y un incontinente –añado.

La cosa se queda ahí, de momento, pues ha comenzado el primer tiempo del partido de cuartos de la Copa de Europa y hay que estar atentos, nos jugamos mucho.

En el primer tiempo caen cuatro rondas, con picoteo. El “Moja” nos trata bien, sobre todo cuando el bar se le llena, como es el caso.

El bar de Mojamé ocupa otro de los locales de la finca. Mojamé es marroquí, llegó a este lugar, a este barrio, como tantos otros, para buscarse la vida, y lo ha hecho. Hace años se empeñó hasta las cejas y pilló el traspaso del bar. Lo ha sacada adelante a base de currar “como un puto negro”; cito palabras textuales suyas. Quien no lo conozca podría sospechar que existe un deje xenófobo por su parte, pero dudo que sea así, pues Mojamé es negro.

Antaño, cuando mi barrio era un barrio de embrutecidos obreros extremeños y andaluces, mayormente, el bar de Mojamé era la bodega del Chirli. En la bodega del Chirli se bebía vino de dudosa calidad en chato, se deglutían cantidades ingentes de cacahuetes (que muchos parroquianos, por aquello del mal empleo del castellano llamaban alvellanas o alcahueses) y se disputaban iracundas partidas de mus y domino. El bar del Chirli era un bar de inmigrantes autóctonos, si se me permite la incorrección y por distinguir la inmigración patria de la que ahora es mayoría en el bar de Mojamé, los inmigrantes extranjeros: rumanos, búlgaros, norteafricanos, bosnios, latinoamericanos en general, chinos y algún que otro negrata subsahariano.

–¡Ha marcado el negro, el puto mercenario! ¡Tenía que ser un inmigrante de mierda el que nos hiciera gol!

Brama un pequeñajo, madridista, carpetovetónico él, cuando el equipo rival se adelanta en el marcador y varios parroquianos: rumanos, magrebíes…, se ponen a dar saltos de alegría. Mira por donde, uno de los celebrantes, inmigrante, se percata del insulto, se lo cuchichea a otro y éste, un búlgaro de dos por dos, se viene a por el bocazas que se refugia como una comadreja entre los Mira; resulta que incluso conoce a Antonio. No me queda otra, intervengo. Levanto el brazo en son de paz, le pido a Moja que baje la tele. Temerario, me interpongo entre el comadreja y el armario de dos por dos y lanzo un alegato contra la estupidez xenófoba, afirmando que en este barrio, el de cuantos estamos allí, todos somos inmigrantes de mierda, porque ninguno es oriundo del lugar y sin excepción hemos venido a lo mismo, para buscarnos la vida honradamente. Aplausos. El búlgaro de dos por dos se serena y nos invita a una ronda a mis amigos y a mí. El comadreja ha aprovechado para largarse. Nada más comenzar el segundo tiempo el Madrid empata.

–¡Joder Mariano, tenías que haber sido defensor del pueblo, abogado o algo así! –grita Antonio abrazándome feliz por el empate; sobre todo.

–Me cansé de la facultad –digo en voz baja, pensando si, ahora que los niños son mayores, podría retomar la carrera que abandoné en su momento.

Los minutos a partir del empate han pasado deprisa, demasiado para los sufridos madridistas, que vemos como la eliminatoria se nos escapa por el valor doble de los goles en campo contrario, hasta que por fin, en el último minuto y de penalti injusto para unos… ¡Gooool! ¡A la semifinal! Pese a la rivalidad, como el búlgaro de dos por dos se ha hecho amigo mío, se limita a, en un gesto deportivo, estrujarme la mano. Luego se larga con varios de los hinchas derrotados.

 

  1. MIS AMIGOS Y EL BAR DE MOJAMÉ II

Aprovechando el momento de euforia, deslizo a mis amigos la pregunta que me roe las entrañas:

–Una cosa, y vuestras mujeres ¿También compran su lencería en la mercería de los Martínez?

Paco se encoge de hombros y murmura un “yo qué sé”, pero Antonio, entre amoscado y confuso, dice que a qué viene eso ahora.

–Nada, déjalo, cosas mías. Adela afirma que todas las vecinas compran sus bragas y sujetadores en la mercería de los Martínez y me resulta llamativo.

–Tú dirás por qué –insiste Antonio frunciendo el ceño.

–No es momento, pero un día de estos te hablaré de cierta cuestión que…

Antonio, cada vez más ofuscado, me interrumpe moviendo las manos como para señalar que desembuche, que aquel sí es el momento, pero algo que sucede a continuación aplaza el tema.

Mojamé, un tipo tranquilo que afirma sentirse a gusto con aquella clientela suya tan variopinta y follonera, resulta que es licenciado universitario por partida doble: en árabe clásico y en filología francesa. El tío, constantemente se empeña en demostrar que está preparado, no como otros… Se expresa que te cagas, aunque sea para dar la voz de alarma, acción que ejecuta con claridad diáfana, cuando el comadreja, el bocazas de antes, el conocido de Antonio Miranda, un tal Isiduro, un xenófobo de los que además va por ahí pegando, hincha radical, traicionero y rencoroso, reaparece en el local acompañado de un grupo de individuos con muy mala pinta.

–¡Se acabó la exaltada celebración del evento deportivo! –advierte Mojamé, que casi se lleva un botellazo por pedante.

El primero que ha cobrado ha sido un amigo del búlgaro de dos por dos, que no se había marchado. El tal Isiduro, amparado por sus antropoides, le ha sacudió a base de bien; luego se han ensañado con otros a los que se les ha ocurrido sacar la cara por el agredido. Y por fin, también han cobrado varios clientes habituales de Mojamé. Entre estos últimos se encontraba Marius, un rumano manitas que vive de hacer ñapas en el barrio y que ha intentado salir del bar, y lo ha logrado, pero a hostias.

Cuando al tal Isiduro se le han acabado los extranjeros se ha venido a por nosotros. Nos ha llamado gentuza, renegados y antipatriotas por defender a los inmigrantes de mierda. Entonces han comenzado a sonar las sirenas de policía, circunstancia que a los agresores los ha detenido en seco, aunque Paco haya tenido tiempo de llevarse un pescozón traicionero y yo una patada en la espinilla.

–¡Aquí la única gentuza sois vosotros! –brama envalentonado Antonio Miranda.

Tras revolverse nos han zarandeado, yo he caído al suelo. Cuando logro reincorporarme la policía está dentro del bar. Detienen al Isiduro y a otros cuatro de sus amigos, pero también los Mira y yo hemos acabado en comisaría, pues justo éramos el centro del tumulto en el instante en que irrumpió la poli en el local y a por nosotros que se han venido. Paco se ha llevado otro pescozón, esta vez de un agente del orden. Afortunadamente, una vez aclarada la situación, gracias a que tanto el Moja como el resto de los parroquianos declarasen a nuestro favor, hemos sido liberados; aun así, en la comisaría se han quedado con nuestros datos.

–Por cierto –me dice Antonio cuando estamos en la calle–, la próxima vez que vayamos al bar del Moja, pregúntale que dónde se compra las bragas Pura.

Los tres nos echamos a reír, porque sabemos que Pura, la compañera del Moja, es quien lleva los pantalones en su casa y lo mismo hasta los calzoncillos, con lo que en tal caso, las bragas se las pondrá Mojamé. Menuda es Pura, oriunda del barrio…

Paco y Antonio tenían que ir a la cochera donde guardan los furgones, a preparar no sé qué para el día siguiente. Yo he querido regresar al barrio dándome un paseo, pensando si contarle o no a Adela el altercado. No merece la pena, esas cosas alteran mucho; me digo por fin.

Cuando sumido en tan existenciales elucubraciones llego a casa, he coincidido con Carem en el portal; llevaba un bolso de tela grande, del que asomaban varios libros y cuadernos. Debe venir de informática; me digo por decirme algo, pues no tengo ni puñetera idea de lo que puede estudiar la jovencita.

Entramos juntos en el ascensor. Al sujetar la puerta para permitir que pase delante, echo una furtiva mirada a su trasero semicubierto por unos tejanos caídos, demasiado caídos. ¡Bendita moda de los tejanos caídos!, que me permite admirar más de medio culo maravilloso y luego, cuando Carem se ha dado la vuelta, hasta casi una cuarta de esa tersa piel de melocotón, que exhibe sin pudor por debajo del ombligo. El tanga, naturalmente, de color fucsia, se manifiesta con entidad propia, emergiendo por encima de la cintura de los vaqueros, que, en este caso y expresado de una manera metafórica, corresponderían al capullo que libera los pétalos de la maravillosa flor. ¡Joder, estoy hecho un puto rapsoda del hedonismo!

Carem, que se ha percatado del lugar en que persistentes se posan mis ojos, me ha dicho tratándome de usted y con un tono que más que de ingenua colegiala interpreto como de experimentada hembra, que soy muy amable, y entonces yo voy y contesto que de usted nada, que me llame Mariano y de tú. Y ella deja escapar una risita y, al tiempo que pestañea, la muy ladina lleva su mano a la botonera (del ascensor) y me interroga acerca del piso al que voy ¡Cómo si no lo supiera! Pero yo, cada vez más asumida mi condición de gasterópodo, le babeo un “da lo mismo, dale al tuyo que luego bajo andando”.

Creo que he quedado como un culo que en nada se parece al de Carem. ¡Mira que soy gilipollas! Menos mal que el trayecto es corto, porque con el día que llevo, si me hubiese dado tiempo seguro que vuelvo a meter la pata con otra tontería; de hecho así ha sucedido…

Según salía del ascensor, Carem ha regalado mis oídos con un “hasta luego Mariano”, que de manera instantánea ha obrado efectos colaterales en cierto punto concreto de mi humanidad. ¡Milagro! Subraya esa guasona conciencia de cincuentón que jamás se descabalga de mi hombro. El caso es que, con la turbación, he respondido: “Hasta luego Carem”, y entonces ella ha interrogado extrañada:

–¿Carem?

–¡Perdona, Carmen! En qué estaría pensado…

¡En qué estaría pensando, en qué estaría pensado…! ¡Baboso, que eres un baboso!; concluye mi conciencia.

 

  1. LA NIÑA

Expelo sudor por cada poro de la piel, se trata de un sudor copioso que se me queda pegado al cuerpo. La sensación viene a ser algo así como sentirse… ¡enviscado, eso es! ¡Qué asco!

Jamás me había visto obligado a emplearme tan fondo con una hembra. Por eso, esto que hago ahora me supone una especie de ejercicio físico total, un triatlón, pero a lo bestia, pues sobre mí debo soportar la humanidad de “la Niña”, que es como si a uno se le viene encima un fardo gigante; la situación se las trae.

Será por este motivo y por la abstinencia que le supongo a la Niña, la intensidad carnal con que se emplea con un servidor (quiero pensar además, que uno aún está de buen ver y eso motiva…); en fin, que como digo, jamás me había tenido que emplear tan a fondo con una hembra, en el caso de que esta cosa equivalga a una hembra, que más bien ocupa lo que dos, o tres si son de talla “S”.

Todo esto me lo digo a mí mismo para evadirme, subyugado por la descomunal masa que se ha puesto a cabalgarme como, como… ¡No sé cómo! El caso es que de pronto, me he sentido una especie de naufrago encaramado a una zódiac. Lo del vaivén, al principio, tenía un pase, pero la Niña es mucha niña y en un momento dado, tamaño ajetreo ha provocado marejada. En la confusión he escuchado un berrido que me ha puesto los pelos como escarpias (los de las pelotas también, me las he mirado, han mutado a erizos de mar) y luego, a traición, me he visto volteado, sometido, hundido debajo de ella.

Su piel estaba salada. Ella flotaba plácidamente (nunca mejor dicho lo de plácidamente, su cara lo expresaba bien claro) ahí encima, mientras yo, entre dos aguas, me limitaba a chapotear debajo de aquel “kraken” surgido de las profundidades del océano… Pero: ¿Qué tontería es esa de la zódiac, el océano, la Niña…? Reflexiono un instante, para regresar de inmediato requerido por la pesadilla que me ocupa… ¿Pesadilla?… Entonces, ¿lo de la zódiac en forma de Niña empeñada en cabalgarme hasta la extenuación?…

He pugnado por ordenar las ideas. Recapitulo: soy un desgraciado naufrago arrebatado de su barco por un golpe de mar. He tenido la suerte de acceder a una zódiac, que otro golpe de mar ha volteado. Ahora tengo encima un montón de caucho inflable que me está asfixiando…

Y en tan extrema situación, me viene a la cabeza aquello que se estudiaba en física y que venía a afirmar que, todo cuerpo sólido sumergido en un líquido cuya solución salina es más densa que el propio cuerpo sólido, hace que éste tienda a flotar, o a no hundirse por completo… ¡Menudo consuelo!, la zódiac continúa encima de mí y yo, efectivamente, me hallo entre dos aguas. Chapoteo, la falta de aire se me hace insoportable… Por fin me pongo a patear como un energúmeno, a morder, a clavar las uñas, en un intento desesperado por librarme del abrazo mortal de la Niña, y entonces sucede: la zódiac, la Niña…, estalla. A mis oídos llega nítido el ruido de la explosión y a mi nariz el olor nauseabundo proveniente de sus entrañas. Ingentes cantidades de gas metano, con el que la asquerosa ha sido inflada a base de comilonas, burbujea en una pedorreta infernal y estertórea. Braceo entonces con fuerza para ganar la superficie, ávido de la bocanada de aire salvador..

–¡Mariano, Marianooo! –grita mi mujer que me ha metido un codo en los riñones haciéndome despertar –¡Para ya! Que roncas como una ballena boreal.

–Sabrás tú de ballenas boreales –respondo malhumorado, pero a la vez agradecido al haberme librado de aquel mal sueño.

–Mucho más de lo que te piensas querido, gracias a ti llevo vistos unos cuantos documentales de animalitos. Insisto: como una ballena boreal, macho y en celo para ser más exactos.

Muy desencaminada no iba Adela. Así las cosas, constato que he sudado como un cretino dejando las sábanas perdidas, que he agujereado el colchón de un mordisco y que he tirado a mi mujer de la cama de una patada en la tripa. Consecuencias colaterales todas, provocadas por la interacción de los sueños en la realidad cotidiana; es lo que le digo a Adela, que tras la explicación me ha llamado imbécil del culo.

Y lo soy aunque no se lo reconozca. Siento remordimientos por haber metido en nuestra cama a la Niña, a pesar de que haya sido en sueños.

–No era una ballena, pero se le parecía –admito.

Ahí acaba la cosa. Bueno, no exactamente, porque Adela, aunque no se interesa más por mi sueño marítimo, se ha tomado el incidente bastante mal. Para procurar hacer regresar las aguas a su cauce, he decidido hacerle el desayuno, zumo incluido.

Cuando he vuelto del trabajo, siento que la tengo recuperada; lo de las flores no falla… Lo de las flores, y la promesa de que por fin vamos a cambiar la aspiradora, las cortinas de todas las ventanas, el lavavajillas que funciona fatal, las fundas de los sillones y también, que pediremos presupuesto para reformar el cuarto de baño.

–¡Joder con las consecuencias colaterales de mi pesadilla! –murmuro.

–¿Qué dices Mariano?

–Nada, que sí a todo lo que se te ocurra.

Me voy a la cocina a abrir una cerveza. No he podido evitar echar un vistazo rencoroso por el patio de luces, donde encuentro colgadas las impertérritas bragas de la Niña.

–¡Menuda colección de crisálidas sin bicha! –grito. Y enseguida me escondo.

 

  1. LOS MARTÍNEZ

Como vengo diciendo, los Martínez (2º izquierda), son el matrimonio que regenta la mercería situada en uno de los locales del edificio. Los Martínez pasan por ser de los más antiguos del lugar como diría aquél; cuando abrieron la mercería todavía no estaba ocupada ninguna vivienda del bloque. El negocio al principio debió irles jodidamente flojo, pero como ya queda dicho, con el tiempo han sabido ganarse a la clientela. De hecho, en los mentideros del barrio, se afirma que los dos pisos que poseen en la finca, los han pagado a base de vender bragas, sujetadores, camisones, fajas y algún que otro suspensorio.

Los Martínez son bastante mayores, en realidad, calculo que deberían estar jubilados, pero ahí los tienes, dando el callo, al frente de su próspero negocio basado en las interioridades del prójimo. En fin, la pela es la pela y hay gente para todo; yo le tengo prometido a Adela, que cuando nos llegue el momento, venderemos el piso y nos iremos a la costa, al Mediterráneo. Allí nos compraremos un apartamento y disfrutaremos plácidamente lo que nos reste de existencia, pero… A lo que estábamos.

La Señora Martínez, Doña Gloria, es una mujer enjuta, de mediana estatura, vestida a la antigua aunque, eso sí, le gustan los vestidos coloridos y floreados. La Señora Martínez habla poco, casi siempre, en cualquier circunstancia, se comporta con suma discreción. Sí, es de esas personas que prefiere mantenerse en segundo plano. Incluso en el negocio (esto se lo he oído decir a Adela) parece que tenga que ser su marido quien lleve la voz cantante, incluyendo el trato con las clientas que entran a comprar su ropa más íntima. En fin, en mi opinión, Doña Gloria parece una de esas personas que pasan por la vida de puntillas, excesivamente dóciles, pusilánimes, resignadas a ser guiadas, acomodaticias a lo que el destino les depare; una persona de esas que un buen día desaparecen sin más y nadie vuelve a recordar.

Don Pedro, el Señor Martínez, es todo lo contrario que su esposa. Aunque también viste de un modo bastante tradicional (de hecho recuerda a un caballerete de la rancia posguerra), trajeado siempre de oscuro, camisa blanca impoluta, sin faltar el bigotito al uso aludido en dicha época, resulta la personificación del requiebro y la galantería sobeteada y empalagosa, que aún en estos tiempos, casi ninguna mujer rechaza per se. A media mañana hace un alto para tomarse el cafelito en el bar de Mojamé, ritual que repite al final de la tarde con precisión milimétrica, siempre una hora antes de cerrar y si la mercería está floja de clientela.

Y es precisamente una tarde de estas en que Don Pedro Martínez entra en el bar a por su café de rigor, cuando Antonio Miranda, Paco Miraflores y un servidor nos encontramos allí tomándonos unas cañitas. El caso es que yo ando un tanto distraído con la televisión y no me he percatado de los codazos y cuchicheos que intercambian mis amigos, hasta que ya de vuelta de los momentos publicitarios y habiendo salido del bar el Señor Martínez, le oigo decir a Antonio que menudo negociete se tiene montado con la gorda…

–¿Negociete… la gorda? ¿Qué me estoy perdiendo? –interrogo.

–Nada, las fantasías de éste –dice Paco con indiferencia.

–¿Fantasías? Espera a que dé con el modo de demostrarlo, pero te digo que el vejete de Martínez y la Niña se traen algo entre manos.

–¿Piensas que están liados? –pregunta Paco.

–Adela dice que a las mujeres y en la mercería las dispensa un trato intachable –señalo.

–Eso no quiere decir nada. Haced caso a lo que os digo, nuestros vecinos se traen algo entre manos, lo que es en concreto todavía no lo sé. Pero con el tiempo y una caña… Por cierto ¡Pon otras tres Moja!

No hablamos mucho más del tema, pero un servidor se ha quedado con la copla y decide emprender algunas averiguaciones por su cuenta; además, se me está ocurriendo por dónde abordar el asunto, aunque de momento no les diré nada a mis amigos hasta que no tenga algo en claro.

Nada hace suponer, que la aparente rutinaria vida de los Martínez sufrirá cambios significativos, por ello, la conversación que mantenemos aquella tarde Antonio, Paco y yo, fácilmente podría haberse quedado ahí, en mera anécdota, en pretexto para pasar el rato, pero pronto, muy pronto, los acontecimientos se sucederán implacables y severos, para influir en la comunidad de vecinos de manera inesperada.

El momento de inflexión se produce un par de días más tarde, cuando Doña Gloria pasa a mejor vida del modo que ya adelantaba un poco más arriba, de puntillas, sin hacer ruido, sin apenas generar comentarios por parte de los convecinos; todos vivimos muy cerca los unos de los otros, pero resulta que nadie jamás en estos años había llegado a confraternizar con la esposa de Don Pedro que, al día siguiente del entierro y para sorpresa de propios y extraños, reabre el negocio.

–Ha sido de un infarto –me aclara Adela, que luego deja caer algo que aviva el recuerdo de la conversación con mis amigos en el bar. –Para mí, que su marido le ha dado bastante mala vida.

 

  1. EL VECINO MISTERIOSO

 

Ha sido enviudar y el Señor Martínez transformarse en la persona reservada y distante que jamás fue en vida de su esposa, al parecer ya no se muestra ni tan comunicativo ni tan dicharachero como venía siéndolo con las clientas. Va a resultar que la desaparición de Doña Gloria lo ha afectado de veras.

–¿Qué opinas tú? –le pregunto a Adela durante la comida.

–Que Doña Gloria ha llevado muy mala vida.

–Eso ya me lo has dicho antes –respondo–, pero sí es cierto, que desde que falta la Señora Martínez, Don Pedro parece tocado. Lo noto menos rutinario, te habrás dado cuenta, de que a veces cierra antes de la hora habitual la mercería, tampoco se le ve como antes en el bar tomándose sus inevitables cafelitos…

–Claro, eso es porque anda ocupado con la otra.

–¿La otra, qué quieres decir, quién es la otra?

–Mariano, no te enteras de nada… pero de todas formas ¿Y a ti qué más te da saber quién es la otra?

Asiento como para expresar que tiene razón, que lo del Señor Martínez y “la otra” me resbala. Pero es mentira, me comporto así para disimular. ¡Claro que no me da igual! De hecho, cada vez me da más. Mira que si al final resulta que lo que decían mis amigos es cierto…

En silencio calculo el paso de los minutos, hasta que por fin, cuando estamos recogiendo la mesa, dejo caer:

–De todas maneras le preguntaré a Antonio Miranda, seguro que al respecto Concha lo tiene mucho más al corriente de los chismes de sociedad barriobajeros.

Mi carga de profundidad produce inmediato efecto. Concha, la mujer de Antonio y Adela, que ha cambiado la manera de ganarse la vida, ejercen de administrativas en las dependencias del distrito. El trabajo les queda tan a mano como todo lo demás que también comparten: hacen la compra juntas, salen juntas a caminar, coordinan el día de peluquería para que les toque juntas… En fin, que entre ellas existe eso que se llama “confidencialidad de género”, fenómeno tentacular a las féminas (y muchos varones) del barrio, que se conocen de memoria la vida y milagros de los personajes más singulares; por lo tanto, cuando Antonio dijo lo que dijo en el bar es porque sabe del asunto…

–Desde que falta Doña Gloria, la Niña baja por la tarde a la mercería. Su mamá, la Señora Florit, va diciendo por ahí que para ayudar al Señor Martínez a hacer inventario… ¡Te digo que ahí se cuece algo! –recalca Adela maledicente.

–¡No fastidies! ¿Qué la Niña se ha liado con el vejestorio de Don Pedro?

–Piensa mal…

–¡Cómo sois las mujeres! –digo dándome una palmada en la frente, mientras me retiro a la salita para ver las noticias y codifico la información obtenida.

Por la tarde, en el bar, intento sacar a colación el temita de la gorda y el Señor Martínez. Pero resulta que Antonio no sabe mucho más que yo; tampoco se muestra especialmente interesado en que nos enredemos en los posibles tejemanejes del viudo y la Niña. Mas yo insisto, dejo caer que lo del rollo entre el Señor Martínez y la Niña da morbo; emplazo a mis amigos para que entre los tres estemos “al loro”… No cuela, Antonio y Paco alegan que no les apetece malgastar su tiempo en gilipolleces, que me entretenga yo que soy funcionario y me toco las pelotas todo el día, en el trabajo y fuera de él… Acabamos discutiendo, como siempre que se alude a mis gónadas y a las recurrentes injurias al empleado público.

–¿Sabéis lo que os digo? ¡Qué os den a los dos! –subrayo gesticulando al tiempo que abandono el bar.

Y justo en ese momento, cuando salgo, veo por primera vez al vecino misterioso (luego me dirá Adela, que le ha dicho Pura que es el nuevo inquilino del piso que tenía vacío el Señor Martínez). Ha cerrado el portal de casa tras de sí. Entrado en años, tiene estatura media; viste con sobriedad y corrección, aunque de manera informal. No consigo ver bien su cara, lleva gafas de sol. Unas grandes patillas le sobresalen por debajo del gorro que le cubre el cráneo, patillas que llegan a juntársele con un poblado bigote rubio.

Con paso decidido y ligero, el vecino misterioso desaparece en la primera intersección de la calle.

Durante los próximos días llegaré a cruzarme con el vecino misterioso varias veces, e incluso subiremos juntos en el ascensor, momento en que intentaré entablar conversación con él sin éxito, el tipo responde con monosílabos y se comporta con desabrimiento; jamás se desprende de las gafas de sol.

En fin, que podría haber hecho caso a mis amigos y dejar de perder el tiempo con el asunto, pero siempre me ha gustado escarbar en los entresijos de lo aparentemente intrascendente, en esas cosillas que a nadie parecen importar y a las que yo, puede que por mi tendencia a lo escabroso y oculto, o a que mi imaginación necesita buscarse pretextos que la mantengan bien despierta, o a que soy un cotillo, o a un poco de todo, presto atención y sí, que acabo obsesionándome.

Y ahora lo estoy bastante, porque además, esta misma noche, cuando bajaba las escaleras para ir a tirar la basura, justo al llegar al segundo he visto como el ascensor se detenía allí. En un acto reflejo me he acurrucado en el rellano y así, bien oculto, compruebo que quien sale del ascensor es la Niña. En ese preciso momento se ha abierto la puerta de una vivienda, en la que se ha apresurado a entrar la hija de los Florit…

Aunque en un principio he pensado que los había pillado con las manos en la masa a Don Pedro y a la roba bragas, me he quedado de piedra cuando en el último instante, verifico que donde en realidad entraba la Niña era en el segundo derecha, o sea, en el piso del inquilino del Señor Martínez, el vecino misterioso.

Dubitativo he llegado hasta la calle, he tirado la basura y luego, cuando vuelvo a entrar en el portal, me ha dado por revisar la identificación de los buzones. La que reza en el del segundo derecha, donde vive el nuevo vecino misterioso, dice simplemente: COLECCIONES S.L.

–¿Colecciones… qué coño coleccionas? –murmuro.

 

  1. VACACIONES

En julio, como todos los meses de julio, los Florit se han marchado de vacaciones a la Costa Brava. Hasta ahora siempre los había acompañado la Niña, pero la Señora Florit, le ha dicho a Adela que este año la Niña se reuniría con ellos a mitad de mes, porque se ha tomado muy en serio la tarea de ayudar a Don Pedro con lo del inventario de la mercería; incluso por la tarde, después de cerrar el negocio, se reúnen en la trastienda del local o en casa del Señor Martínez para poner en orden el papeleo acumulado, y “todas esas cosas”…

–Y “todas esas cosas”, según tú –le digo a Adela–, son la coyunda que se traen entre manos, claro.

–No me cabe la menor duda –se apresura a consensuar Adela–, el matrimonio Florit son grandes personas, pero su hija nunca me ha gustado, es una pelandusca, te lo digo yo.

–¿Me lo dices por qué así lo has decidido, porque lo imaginas, o por qué lo sabes a ciencia cierta?

–Te lo digo yo y punto. Llámalo como quieras.

–Intuición femenina…, así lo llamaré –mascullo.

–Me vale, intuición femenina –concluye Adela que a continuación, señala que a la Señora Florit se le ha escapado que su Niña siente aflicción por el pobre de Don Pedro. Éste, ha llegado a confesarle, que en vida de su esposa le tocaba hacer todo, tanto en casa como en el negocio.

–Vamos, que Don Pedro ha sido un mártir.

–Es lo que asegura la Niña –apunta mi esposa, y enseguida exclama con su habitual ironía:– ¡Ay, pero que piadosa es ella, y qué golfante es Don Pedro!

Tan piadosa, que ha decidido pasarse por la piedra al Señor Martínez; medito. Y ya puestos, hace lo propio con el inquilino nuevo, el vecino misterioso… ¡Joe! Va a resultar que a la Niña, además de darle a pelo y pluma (al menos de intención) le va la gerontofilia. Nada nada, si mis amigos no me ayudan, este embrollo lo desmadejo yo como que me llamo Mariano.

A mitad de julio, efectivamente, la Niña baja a dejarnos las llaves del piso de sus papás (y de ella) para que les reguemos las plantitas, tal y como hemos hecho siempre. Aquella es la mía; me digo, a la menor oportunidad que se presente, pienso meter la nariz bien metida en el dormitorio de la hija de los Florit, me da que allí voy a toparme con algo importante.

Y la ocasión llega pronto. Aquella mañana mis hijos están fuera, Adela en el trabajo y yo no. Sin pensármelo mucho, he cogido las llaves de mis vecinos y entrado en su casa. Las plantas están regaditas, lo hizo Adela anoche, por eso yo a lo mío. Voy directamente a la habitación de la Niña. En cuanto traspaso el umbral me siento incómodo, es como si una presencia tan inmaterial como diabólica, no me quitase ojo de encima, no perdiese detalle de mis movimientos… En fin, que me niego a ser supersticioso a estas alturas; me digo, aunque quizá sí lo sea un poco… ¡Joder Mariano, te comportas como un cagueta! Censura la faceta más castrense de mi conciencia. Logro rehacerme. Los ojos se me han ido directos a una cómoda de horroroso gusto, que me invita a realizar un registro metódico, y pronto… ¡Bingo! En el mismo cajón donde la Niña guarda su arsenal de fajas, sujetadores de a dos arrobas por copa y bragazas de hiper–boutique, me he topado con dos cajas de cartón. Una es una simple caja de zapatos, en la tapa, a bolígrafo, precisa: para la colección. La otra caja se encuentra forrada de tela tanto por fuera como por dentro. La abro. El interior, que es de terciopelo lila acolchado, me revela algo no tan inesperado. ¡Joder, Adela tiene razón, la Niña es un pedazo de pervertida! ¡Eh, eh! Que tú no te quedas muy a la zaga; me suelta a bocajarro mi conciencia…

Bajo la tapa de la caja, bordado en dorado, el nombre de Carem (¡también la llama Carem! Sí, me siento escandalizado) resalta sobre el terciopelo. En fin, que la caja está atiborrada de braguitas y tangas. Cada prenda tiene una etiquetita con una fecha, supongo que se corresponderá con el día en que la predadora hizo “la captura”. No las he contado, pero al menos hay diez bragas, todas de Carem, más tres sujetadores… ¡uf!

Abro la otra caja, en la que pone “para la colección”, y encuentro más de lo mismo, aunque enseguida constato que a estas otras bragas (además de las de Carem también las hay que, según reza en las correspondientes etiquetas, han pertenecido a la mamá de la criatura y a Maripuri o Pura, la esposa de Mojamé, que por cierto, creo que no lo había comentado hasta ahora, vive en el cuarto derecha) se les aprecia cierto uso. Nada que ver la caja “B”, con lo que la Niña esconde en la caja de terciopelo.

Para la colección, para la colección… En el buzón del vecino misterioso ponía colecciones… La Niña…, Don Pedro…, inventario…, vecino misterioso…, reuniones con uno y otro… Todo son conjeturas, todo especular, pero algo toma forma y se define dentro de mi cabeza, y ese algo tiene miga.

Cuando me dispongo a salir de casa de los Florit escucho el ascensor deteniéndose en mi piso. Enseguida me doy cuenta de que es Adela la que llega. Observo por la mirilla y escucho. Mi esposa habla con la Señora Álvarez, se están despidiendo. Alcanzo a oír, que la Señora Álvarez dice a Adela que se encuentran tan satisfechos con los estudios Carmencita, que este año van de vacaciones a Canarias, a Lanzarote y Fuerteventura, quince días…

Por fin, el ascensor continúa hasta el cuarto. Observo como Adela abre la puerta de nuestra casa. Cuando todo se queda en calma salgo con sigilo y bajo a la calle. Diez minutos más tarde hago como si viniese de fuera.

–Fíjate ¿a qué no sabes dónde se van de vacaciones los Álvarez este año? –dice Adela cuando estamos comiendo.

–A Canarias –contesto sin apartar la vista de la televisión encendida.

–¿Y tú, como lo sabes? Yo acabo de enterarme. Los Álvarez lo han decidido esta misma mañana, durante el desayuno. Quieren dar una sorpresa a Carmencita por lo bien que lleva sus estudios.

Me atraganto y toso, pero enseguida me rehago. Digo:

–Adela, todo el mundo, en cuanto puede, va a Canarias y lo proclama a los cuatro vientos.

Mi esposa pone cara desconfiada. Para despistar interrogo:

–Y ¿qué es eso tan meritorio que estudia la hija de los Álvarez para que le hagan semejante regalito?

–Medicina, está en tercero y creo que saca notas de escándalo. Podían aprender de ella los gansos de nuestros hijos.

 

  1. EN EL CINE TRES DE

–Luego… ni de lejos lo que pensaba –murmuro.

–¿Cómo dices? –pregunta Adela.

–Nada que, no sé por qué, estaba convencido de que Care… Carmencita estudiaba informática.

–Tú como siempre Mariano, sin enterarte de la misa la media.

–Es que para estar en medicina y encima con buenas notas hay que tener buen cerebro…

–Ya ves, pues Carmencita, aparte de estar como un queso, lo tiene –dice mi esposa afeándome el deje machista.

Más que como un queso concluyo para mis adentros.

Al parecer, hace un rato, cuando hablaban en el rellano de la escalera, la Señora Álvarez le ha reconocido a Adela que, hasta hace unos años, Carmencita era una estudiante ramplona, pero fue comenzar a recibir clases de la hija de los Florit y obrarse el milagro. ¡El orgullo de la familia!

–¿Quién de las dos es el orgullo de la familia? –interrogo malicioso.

Adela gruñe. Luego señala:

–La Niña no les quiso ni cobrar; que lo hacía gustosa decía; que Carmencita era una excelente alumna. –Mi esposa recapacita un instante antes de añadir con rencor–: Sin embargo acuérdate, a nosotros sí nos cobró por dar clase nuestros hijos…

No me apetece enfangarme con el perfil académico de nuestros hijos, de sobra sabemos que buenos estudiantes nunca han sido; también me callo lo que pienso con respecto a que la Niña no cobrase las clases a Carem, pero el detalle es clarificador, lo del deseo por la jovencita le viene de antaño.

En fin, que el verano transcurre como tantos veranos. También salimos de vacaciones. Los Mira comparten la propiedad de una casa en el sur y para allá que nos hemos marchado las tres parejas: Paco, su esposa Toñi, Concha, Antonio, Adela y yo.

Y naturalmente, las vacaciones se hacen tan cortas como pesada me resulta la digestión de cada mes de septiembre. En cuanto estamos de vuelta, Adela, que otra cosa no será pero de memoria anda sobrada, me recuerda lo de las compras que teníamos pendientes. Así, hemos dedicado todo un fin de semana, el último antes de reincorporarnos al trabajo, a hacernos con la aspiradora, las cortinas, el lavavajillas…

Mi cabreo ha ido in crescendo, pero Adelita, memoriosa y avispada como digo me tiene bien calado, al acabar de estrujar la visa, ha dejado caer que “ahora me iba a invitar a algo que me encantaba”… Sí, aprovechando que estamos cerca y que en la junta de distrito les han regalado unas entradas de descuento, me “invita” (vuelve a insistir con lo de la invitación para rabiarme) a una proyección 3D. Ponen ese documental de dinosaurios que a ella ni fu ni fa, pero que yo tantas ganas tengo de ver… ¿Qué yo tengo ganas de ver? Hago memoria… Nada, no la tengo (la memoria); iremos a ver el doculemtal.

Luego, a Toñi y Concha les dirá que soy como un niño, que se me contenta fácil. Y algo de razón no le falta, porque me dejo manipular, dócil, olvidadizo del desfalco que mi Señora esposa acaba de infligir a nuestra economía. Además, lo que nos sucede nada más salir del cine tres D me anima. Sé que ello va ayudarme en mi desmañada actividad detectivesca.

–¿Te apetece que nos tomemos un refresco sentados en esa terracita antes de volver a casa? Todavía es pronto… –propone Adela señalando unas mesas distribuidas alrededor de un kiosco próximo a la sala de proyecciones. Acepto.

Apenas llevamos cinco minutos sentados, cuando mi esposa señala hacia el lado donde quedan las taquillas.

–¿No es aquel el tío Conejo?

–Pues sí. Qué raro, no me pega que se gaste el dinero en éstas cosas…

–Se comenta que el zorrón de una de sus hijas tiene montada “la oficina” en la zona –me informa Adela.

Mas de inmediato nos llevamos la sorpresa de que el tío Conejo no aguarda a su hija, sino a la de los Florit. Cuando la ve llegar camina a su encuentro. Los dos se saludan. Intercambian unas frases que por supuesto no alcanzamos a escuchar y enseguida nuestro peculiar vecino hace entrega a la Niña de una bolsa grande de plástico.

–Seguro que son bragas –mascullo.

–¿Qué dices Mariano? No te he entendido –dice mi esposa.

–Nada, no me hagas caso… Oye, vamos a disimular. No mires hacia dónde están esos. Si nos ven que piensen que nosotros no los hemos visto a ellos.

Adela protesta, pero consigo que se ponga de espaldas a nuestros vecinos; yo cambio la orientación de mi silla para evitar tenerlos de frente, aunque de reojo no los pierdo de vista.

La Niña ha examinado el interior de la bolsa. El tío Conejo le ha dicho algo y la otra ha negado con la cabeza. Emiliano, el tío Conejo, ha vuelto a hablar, parecía impaciente. La Niña niega con reiterada insistencia, luego refuerza su negativa con un gesto autoritario. Por fin el otro asiente. La hija de los Florit echa mano a su bolso y le tiende unos billetes. Enseguida repite su ademán autoritario, es evidente que insta a marcharse al tío Conejo.

No ha transcurrido un minuto cuando el que aparece es el vecino misterioso. La sorpresa hace que se me abra la boca.

–¿Qué pasa? –dice Adela girando la cabeza.

–¡Disimula, que no nos vean! –digo– Sí, es él, el vecino misterioso.

La Niña y el vecino misterioso se han saludado con familiaridad, con demasiada familiaridad. Luego ella le ha mostrado la bolsa y el otro ha parecido ponerse muy contento. La parejita se ha abrazado y así, muy juntitos, han entrado al cine; parecían dos enamorados.

–¡Madre mía! ¡Cuando les cuente esto a Toñi y Concha! –exclama Adela.

¡Bragas, seguro que eran bragas! El tío Conejo las consigue, sabe Dios cómo. Bragas para la colección; pienso yo.

No he parado de dar vueltas al encuentro vespertino, pero esa misma noche, cuando bajo a tirar la basura, mi cerebro se evade, la presencia de Carem se apodera de mis sentidos. Otra vez coincidimos en el ascensor. Como siempre va con su inseparable bolsón. Ahora que sé lo que estudia, me lo imagino lleno de apuntes tomados con premura en las clases magistrales, y entre la confusión de papeles el inevitable fonendoscopio.

–¿Que, hoy qué tocaba Car…mencita?

–Miología, tres horas seguidas de miología –contesta Carem dándose una sonora palmada en su impresionante muslamen cubierto (o descubierto, según se mire) por un minúsculo y ceñido short.

A continuación, cuando se ha percatado de que me sonrojaba, porque se ha percatado, se ha echado a reír.

–Buenas noches Mariano –dice con naturalidad al llegar a mi piso.

–Buenas noches Carmen –respondo.

Yo estoy fuera y ella dentro, y las puertas del ascensor cerrándose, pero alcanzo a escuchar qué dice:

–Sabes, casi me gusta más lo de Carem.

En cuanto entro en casa me voy al ordenador y busco en la Wikipedia. Miología: parte de la anatomía descriptiva que trata de los músculos.

 

  1. EL EMBROLLO SE EMBROLLA

Durante unos días, aprovechando que los Mira y yo solemos quedar a la misma hora en el bar de Mojamé, he observado con discreción el comportamiento de “los sospechosos”. Lo primero que ha llamado mi atención, es la renuncia de Don Pedro a su cafelito del final de la tarde. Ahora cierra puntualmente la mercería y sube directo a casa, donde me consta continúa “poniendo al día la contabilidad”, gracias a la inestimable colaboración de la hija de los Florit.

Lo curioso es que al poco rato de que Don Pedro eche el cierre y suba a su vivienda, quien viene saliendo de la finca es el Vecino Misterioso y… Eso, que digo yo, que o entre los tres andan muy bien organizados, o la Niña, si es verdaderamente una fresca como afirma Adela, apura que no veas sus oportunidades con uno y con otro.

En fin, aunque la cosa no acabe de cuadrarme, una vez acotada la aludida línea de investigación y advirtiendo que las salidas del Vecino Misterioso se hacen sospechosamente regulares, decido centrarme en dicho personaje y…

¡Debería haberlo hecho antes, joder!

Pronto descubro que, lo que algunos días no es más que un vulgar paseo por el barrio, otros se pone interesante de verdad. Sólo he tenido que fijar la vigilancia durante un par de semanas, para acertar con el cabo que me conduce a desenmarañar una parte del embrollo que me ocupa.

En uno de sus paseos, el Vecino Misterioso me ha llevado de vuelta a las cercanías del cine 3D, que por cierto, yendo “a pata” se encuentra más que retirado de casa. Por un momento, cuando he visto que se detenía, imaginaba que en cualquier instante aparecería el Tío Conejo. Pero no, de pronto compruebo que se dirige a un callejón, en el que un neón anuncia que allí se ubica el “Club Venus”. En la puerta lo espera una mujer con pinta de fulana que identifico ipso facto. Sí, es una de las hijas de los Conejo y veo que entrega una bolsa al Vecino Misterioso y que éste le da algo a cambio. Naturalmente; supongo, dinero por bragas. Luego, el Vecino Misterioso regresa a casa.

La cosa no se queda ahí, en sucesivos seguimientos, creo desentrañar aquella especie de tinglado basado (sigo suponiendo) en el tráfico de bragas, bragas provenientes de los distintos puticlubes y lugares de mal vivir, a los que acude el Vecino Misterioso con periodicidad. Algunas veces el o la intermediaria se esperan en la puerta (así he sabido dónde ejercen las dos hijas de los Conejo), pero otras, mi acechado personaje no duda en entrar a los antros que le abastecen de su preciada mercancía. Los múltiples interrogantes que se me acumulan requieren respuestas y sólo se me ocurre una manera de averiguar qué leches ocurre con todo aquel tráfago de ropa interior: preguntando ¿Pero, a quién y de qué manera? Si me paso de listo corro el riesgo de quedar como un gilipollas, o de cobrar, o de cobrar por gilipollas, que parece lo más probable.

Tras mucho darle vueltas decido emplearme con audacia. Comienzo a frecuentar uno de aquellos clubs regentado por un tipo que, aunque me resulta familiar, de primeras no caigo quién es, hasta que por fin un día se me acerca y me pregunta que por qué siempre rechazo la compañía de sus chicas. Intento hacerle creer que no soy más que un maduro reprimido y cobardón, que se contenta con la contemplación de cachas sin pretender nada más, y al parecer el proxeneta (al que por fin reconozco, el a mí no por fortuna, resulta ser el tal Isiduro, recuérdese la pelea en el bar de Mojamé) se lo traga, porque en una de éstas va y se sincera, y entonces me dice que no me preocupe, que reprimetas como yo por allí van muchos. Y como le pongo cara de lelo, él sigue largando y acaba contándome lo del cliente que le compra bragas de puta sin usar, o con poco uso (vete tú a saber el criterio de medición utilizado).

–¿Bragas de puta? ¿Y para qué puede querer alguien bragas de puta? –pregunto.

–Para coleccionarlas –contesta el proxeneta con naturalidad –, las bragas de mis putas no son bragas cualquiera… O tal vez sí, pero lo que yo quiero decir, es que las bragas de mis chicas representan un valor añadido que atrae clientela. Yo mismo me preocupo de que estén bien surtidas, y a la última. Reservo un presupuesto, destinado a comprar los diseños de las mejores marcas que existen en el mercado. Y la cosa funciona créeme, funciona que ni te imaginas. Además, desde que se las revendo a éste individuo que te digo, saco un inesperado beneficio. Te aseguro amigo…

–Isidoro –digo deprisa.

–¡Coño, nos llamamos igual! –exclama el proxeneta que, tras estrecharme la mano con efusión, me desvela unas cuantas aficiones inconfesables de sus clientes.

No repito la visita a semejante antro, ya me he enterado de cuanto necesitaba.

–¿Se puede saber qué te pasa Mariano? Llevas dos días en Babia y creo que te has quedado allí. ¡Vuelve en ti jomío! –me exhorta Adela.

–Nada, no te preocupes, cosas del trabajo, que se jubilan dos compañeros y me va a tocar apencar con lo suyo –respondo.

–¿Sí, quienes se jubilan, los conozco?

–No, no los conoces –señalo, y cambio de tema inmediatamente, porque acabo de soltar una trola para salir del paso. ¿Cómo voy a admitir, que lo que ocurre es que estoy obsesionado con el asunto de las bragas de nuestros vecinos?

Resuelto a desembrollar de manera definitiva el embrollo que me corroe, una noche, tras regresar de la persecución habitual a la que someto al Vecino Misterioso, le concedo un par de minutos y luego me planto delante de su casa. Tras dudar un instante llamo al timbre… Y entonces se hiela la sangre en mis venas. Tras la puerta escucho una vocecilla cantarina que identifico al momento.

–¿Ya estás de vuelta cariño? –pregunta la Niña mientras comienza a descorrer los cerrojos.

La maniobra la ha entretenido el tiempo justo para que logre ocultarme. De dos zancadas he bajado hasta el siguiente rellano, donde me he acurrucado en un rincón como una cucaracha. Desde el umbral de la puerta, la Niña ha susurrado un par de veces reclamando a su amado, luego ha vuelto a meterse en casa del Vecino Misterioso y yo, sin moverme de donde estaba, me he puesto a cavilar. Poco ciertamente, porque enseguida he visto abrirse la puerta de Don Pedro y salir de su casa una especie de cruce entre él mismo, quiero decir del Señor Martínez, y el Vecino Misterioso, pues aunque la cara en efecto pertenecía al primero, vestía del mismo modo que el Vecino Misterioso… ¿O es qué?… ¡Claro, por fin lo entiendo! Uno y otro… ¡Son la misma persona!

Don Pedro ha abierto con llave la vivienda del Vecino Misterioso. He oído cuchichear a la parejita, unas risitas flojas y luego… Bueno, luego he subido a casa sujetándome la mandíbula inferior, para que no se me acabara de descolgar.

 

  1. EL NOVIO

 

–…y entonces, los dos se metieron en casa del Vecino Misterioso. Hasta ahí he llegado –les digo a Antonio y Paco, quienes no acaban de tomarme en serio.

–O sea, que según tú, Don Pedro y su inquilino son la misma persona –medita Paco en voz alta.

–Creo que con los detalles que proporciono la cosa pinta bien clara: blanco y en botella…

–¿Y lo de las bragas? –insiste mi amigo.

–También está claro, y también os lo he dicho: colecciona bragas, así de sencillo. Don Pedro colecciona bragas y por lo que parece, a la Niña la afición le sube la libido y las ganas de ayuntar.

–Mariano –interviene Antonio en tono paternal poniéndome una mano sobre el hombro–, creo que deberías olvidar las series de buenos y malos que ves en la tele, la afición investigadora está afectando a tu coco.

–Sí –corrobora Paco–, como continúes devanándote los sesos, acabarás como el pobre Don Quijote, al que por pasarse leyendo novelas de caballería se le fue la pinza.

–O sea, ¿qué no me creéis y os tomáis a coña lo que digo?

–Sí, a las dos cosas –señala Antonio echándose a reír. Paco lo secunda.

Estoy por mandar a la mierda a mis amigos y pirarme, como hago siempre que me mosqueo con ellos, pero el Moja acaba de ponernos otras cañas y además, en ese instante sucede algo que acapara nuestra atención de manera inmediata. Vemos que Carem se dispone a entrar en el portal de casa con un bigardo que le saca la cabeza. Por si fuera poco, a los chicos se les ve muy sueltecitos, en un momento dado el joven le ha dado un azotito disimulado en el culo y ella se ha vuelto obsequiándole con “un pico” que me ha hecho sentir una lanzada de celos.

–Es el novio de Carmencita –me aclara Paco percatándose de que no les quito ojo.

Aquello es la gota que colma el vaso. Sin mediar palabra, cabreado y en cierto modo desengañado, abandono a mis amigos y me voy a casa.

–¡Creo que ya lo estás! –me grita Antonio que ha salido a la puerta del bar.

–¿Que ya estoy, qué? –le pregunto dándome la vuelta en mitad de la calle.

–¡Pirado, como Don Quijote!

Tras dedicarle una higa al más puro estilo de la época cervantina, le doy la espalda. Escucho reír a mis ensañados amigos; ignorantes de mi aflicción.

En cuanto tengo oportunidad, que es pronto, saco el tema con Adela.

Sí; confirma mi esposa, es el novio de Carmencita. El chico; añade, además de guapete está hecho un lumbreras, más o menos como la hija de los Álvarez. El futuro médico está a punto de acabar la carrera y ya se lo rifan los especialistas.

–La Señora Álvarez –continúa mi esposa–, me ha dicho que al final se han decidido a comprar el piso vacío del primero izquierda. Quieren invertir, ahora que pueden, dejando una vivienda para cada hijo el día que ellos falten. Pero para mí, que lo que pretenden es enganchar al novio de Carmencita con un buen cebo, porque el pisito en cuestión, resulta que lo han puesto a nombre de ella…

–No creo que los Álvarez sean tan retorcidos cariño –contesto–, más bien, me inclino a aceptar lo que te cuenta la Señora Álvarez, pero sin tus añadidos.

–Mira que eres ingenuo querido. ¡Pues claro que quieren enganchar un buen yerno!

–Si tú lo dices…

–Yo te digo –desliza Adela–, que Carmencita ya ha estrenado el piso.

–No entiendo.

–¡Bah, déjalo! Nada, no he dicho nada. O sí, que Carmencita se pasa muchas horas estudiando en el piso y no siempre lo hace sola…

En fin, aquello último supone la puntilla del desamor, o más bien, el finiquito del deseo carnal que siempre le he profesado a Carmencita, desde que dejó de ser Carmencita y comenzó a ser Carem. Pero la vida es un poco eso, alegrías, decepciones, anhelos inalcanzables, ocultas pasiones… En adelante, para mí la hija de los Álvarez será únicamente eso, la hija de los Álvarez… Bueno, ya veremos.

Y luego, cuando al día siguiente acudo al bar para tomarme algo con mis amigos, porque lo de la tarde anterior naturalmente está olvidado, escucho que Paco le dice a Antonio justo en el momento en que hago acto de presencia:

–…Sí, estudiar también estudian, sobre todo anatomía, ¡Muuucha anatomía!

–¿De qué va el temita de hoy? –pregunto haciéndome el loco.

–Nada, que aquí nuestro amigo Paco, dice que sus nuevos vecinos estudian anatomía, todas las noches –subraya Antonio.

–Vale, ya sé que los Álvarez han comprado el primero izquierda –digo– y que Carmencita le ha tomado el gusto a empollar allí.

–Llamémoslo equis –señala Paco–, pero os digo que con frecuencia se escuchan hasta los cachetes que intercambian, cachetes de mano contra culo o muslamen…

–¡Puro músculo! –ríe Antonio.

–Miología –dejo caer.

–¿Cómo dices? –interrogan mis amigos a dúo.

–Pues eso, que los cachetes al músculo, es que están haciendo prácticas de miología. La miología es la parte de la anatomía descriptiva que trata de los músculos y cuando uno se toma las cosas en serio, como parece el caso, es necesario emplearse a fondo para comprender el funcionamiento del asunto…

–¡Joder Mariano, te juro que algunas veces me sorprendes, cuánto sabes! Cómo se nota que tienes estudios –asiente Antonio.

–¡Ya te digo! –corrobora Paco.

–Si yo os contase… –digo por decir algo. Y lo digo más bien amoscado, pues sospecho que mis amigos están devolviéndome la pelota; pretendiendo tomarles el pelo, son ellos los que me lo toman a mí.

 

  1. ¡VAYA CON EL SEÑOR MARTÍNEZ!

En fin, que a veces la vida realiza inesperados bucles trastocando nuestras rutinas, nuestros modos de vida acomodadizos de manera aparentemente dramática, para luego, una vez superada la fase aguda de la crisis, volver a parecerse al escenario anterior. Y eso es lo que acabó sucediendo en la finca donde vivo, cuando un día cualquiera se produjeron los hechos que a continuación narro:

Fue por la tarde. Como de costumbre, el Señor Martínez habría subido a su casa, cambiado de camisa (o no, vete tú a saber) y corrido al encuentro de su amada que, como de costumbre también, lo estaría esperando en casa del Vecino Misterioso, que para los demás habitantes del bloque lo sería, pero para mí ya no. Sí, yo solito había desentrañado el percal y me lo había guardado. Ni siquiera a Adela le conté nada, para qué, ya habría tiempo…

Pero a lo que íbamos, fue por la tarde, a última hora de la tarde, estarían a punto de comenzar las noticias de las nueve en la tele. De pronto oímos gritos en la escalera. Los vecinos salimos alarmados. Olía a humo. Mis amigos, los Mira y sus esposas, ya estaban en el segundo. La Niña pedía auxilio a voz en cuello junto a la puerta abierta de la vivienda del vecino Misterioso. El humo salía de allí.

–¡Socorro, socorro! ¡Que se quema! –gritaba como una energúmena.

Paco y Antonio actuaron con diligencia; de hecho, cuando llegaron los bomberos, el conato de incendio estaba sofocado y sólo una humareda densa inundaba la vivienda. Ardieron varias cajas, que luego se comprobó estaban repletas de las muchas bragas y sujetadores que, en secreto, había acumulado el mercero durante años. Pero la circunstancia no despertó sospechas. La Niña dio la cara. Ante la policía, que abrió la oportuna diligencia, aseguró que el Vecino Misterioso al que los vecinos se referían, había abandonado el piso semanas antes y Don Pedro, el propietario de la vivienda, estaba dándole uso de manera eventual, como almacén de la mercería que regentaba. Sin embargo yo sabía que allí ocurría algo más y la fortuna (o el infortunio), que acudió en mi ayuda, acabó dándome la razón.

Encontramos a Don Pedro caído en el salón, inerte, encogidito, tal cual precisamente les sucede a las bragas de licra cuando salen de la lavadora. Entre el humo que había inhalado y las exigencias a las que le venía sometiendo su amada (esto es una suposición mía), el pobre había resultado fulminado por, así lo supimos más tarde, un ictus. Afortunadamente aquella noche Carmen y el novio estaban en su pisito; ellos fueron los que salvaron la vida del Señor Martínez prestándole los primeros auxilios, aunque como consecuencia del accidente, el comerciante nunca volviese a ser sombra de lo que fue. De hecho, Don Pedro se quedó bastante pachucho, sin apenas poder valerse y mal hablando en un chapurreo poco inteligible. Fue internado en una residencia para la recuperación de enfermos con ese tipo de patología y sólo salió de allí cuando la Niña (que se portó de primera con él) decidió llevárselo a un apartamento que alquiló para ambos lejos del barrio. Al principio los Florit mantuvieron el hecho en secreto, pero ese tipo de chismes acaba sabiéndose y un buen día la Señora Florit lo admitió en el lugar donde suele admitirse lo que nos resulta una carga, durante un intercambio de saludos entre vecinos, en la escalera.

Pero antes me he dejado atrás la parte más importante de lo acaecido durante el fatídico día que, como ya dije al principio, trastocó la rutina de la vecindad. Los bomberos, actuando según el protocolo habitual, procedieron a evacuar de la vivienda todo aquel material susceptible de arder; naturalmente, las cajas de ropa interior y algunos otros objetos inflamables fue lo primero. Cuando llegó la ambulancia y procedieron a trasladar al infortunado Don Pedro, la mayoría de los vecinos bajó hasta la calle. Yo me había quedado de los últimos y me disponía a hacer lo propio, cuando algo llamó mi atención. Sobre una de las cajas que los bomberos habían sacado al rellano de la escalera, encuadernados en una tela que me resultó familiar, observé, uno encima de otro, dos gruesos libros. Al principio pensé que se trataría de muestrarios, pero fue posar la mano sobre la cubierta del primero, atraído por el deseo de tocar su tela de terciopelo y recordar la caja en que la Niña escondía su secreto tesoro: las bragas y tangas choriceadas del tendedero de los Álvarez. Sin duda; deduje, la encuadernación de aquel mamotreto había sido realizada por las mismas manos que apañasen la caja de la Niña.

Abrí el primero de los supuestos muestrarios y mi sorpresa fue mayúscula, porque aquello más bien se trataba de un álbum dedicado a la ropa interior de mujeres que, en cuanto realicé unas cuantas comprobaciones, supe perteneciente a hembras de carne y hueso, hembras del barrio, hembras que vivían en el propio bloque, hembras a las que el coleccionista había puesto cara e incluso cuerpo, bien mediante fotografía retocada o con figurines (desnudos naturalmente), realizados por una mano metódica y detallista, que no podía ser otra que la de Don Pedro, o puede que la de la Niña… ¡La de ambos!¡Hasta mi esposa, Adela, estaba allí! Y también, cómo no, Toñi, Concha, las hijas del Tío Conejo, Maripuri, la propia Niña…, y por supuesto la Señora Álvarez y su hija Carem.

El trabajo, ya digo, era metódico. Don Pedro, vete tú a saber cómo, se había hecho con fotos de la clientela y cuando no disponía de éstas, simplemente añadía al figurín correspondiente unos rasgos más o menos reconocibles. A cada Señora o Señorita, le había dedicado una o dos páginas; depende, y a cada figurín, que en realidad se trataba de un recortable reforzado en su parte posterior por una cartulina gruesa, y que podía desprenderse del lugar en el álbum que le había sido asignado, correspondía su vestuario específico de ropa interior, que asimismo era manipulable e intercambiable. Y aquello, me refiero al trabajo de la ropa interior intercambiable, era en lo que sin duda el Señor Martínez puso mayor empeño y dedicó más tiempo, pues cada una de las braguitas, tangas, sujetadores, etc., estaba confeccionado en la misma tela que las bragas originales vendidas en su momento a la clienta. Todo ello, quedaba registrado en la leyenda que cada perfil incluía, concretado en unos cuantos datos de carácter general referidos al físico y, naturalmente, al tallaje de la ropa interior de las afectadas.

Cuando, una vez pasado lo peor del momento los ánimos se fueron serenando y la vecindad volvió a su casa, Adela, Concha, Toñi, sus maridos y yo, nos quedamos un rato en la calle comentando lo acaecido. A nuestras mujeres les había pillado a contrapié la circunstancia, más que evidente, de que entre la Niña y Don Pedro existía algo… ¡Vaya con el Señor Martínez! Exclamó Adela, siempre tan crítica.

–Sí, vaya con el Señor Martínez –murmuré yo, conocedor ya de lo que escondían aquellos libros que, sin decir nada a nadie, me había apresurado a guardar en el trastero de casa.

 

  1. LA BODA

 

La pareja de recién casados quiso que la celebración se hiciese allí, en la azotea de la finca. Además, los pisos altos tenían acceso directo a ella y tanto la Señora Álvarez como Maripuri, se encargaron de adecentar el espacio.

Los papás del novio jamás habían abandonado la región en que se encontraba el pueblo donde vivían, por eso hubo que gestionar con tiempo los pasaportes y visados correspondientes, para que pudiesen salir de Marruecos y acudir a la boda de su único hijo, Mojamé, que se había venido a nuestro país y luego al barrio donde ahora vivía, para lo que tantos, como decía al comienzo de mi relato: ganarse la vida honradamente. Sin duda había logrado lo que se propuso. Como también era un logro lo de Maripuri que, aparcando su ideario, decidió dar el paso de casarse con aquel hombre, porque estaba segura de que no se equivocaba y porque de ese modo además proporcionaba una alegría a sus progenitores, convencidos de que por fin, aquella hija suya que siempre se mostró tan reivindicativa, revoltosa e inconformista, optaba por asentar la cabeza cristianamente… Bueno, no muy cristianamente, pero el detalle era lo de menos.

Hubo de todo, claro: atracón, bebida, música, baile, lagrimitas y ramo de flores nupcial que la novia, tal y como manda la tradición, quiso lanzar de espaldas a los invitados y lo impulsó de tal modo, que aquél rebasó el peto de la azotea yéndose a la calle… Hubo de todo repito, y acaeció algo que en los últimos tiempos se echaba de menos en la vecindad: cierta sintonía. Incluso asistieron los Florit (sin la Niña) y los Conejo acompañados de la hija jueza, que fue la encargada de procurar legalidad al evento.

Paco Miraflores, al que siempre he considerado un filósofo y que cuando lleva unas copas de más desbarra, pero a mí me encanta que lo haga, Paco como digo, en un momento dado se nos acercó a Antonio y a mí, que estábamos apoyados en el peto mirando hacia un bloque de pisos cercano en que también se celebraba una fiesta o algo parecido en su azotea, y nos preguntó qué hacíamos.

–Nada, comprobando que, al igual que nosotros, esa gente está pasando una buena tarde –dije señalando a los de la otra azotea.

–¿Los conocéis, sabéis qué hacen allí? –se interesó Paco.

–Yo sí –admitió Antonio–, se trata de un grupo de lectura que se reúne periódicamente para comentar textos.

–¿Un taller literario? –interrogué.

–Algo así. Sé que varios viven en el mismo edificio. En verano hacen como nosotros hoy, se suben a la azotea. Mira, el que parece está leyendo en voz alta trabaja en la Seguridad Social, se llama Sebastián y las otras que se sientan juntas, las rubias, son hermanas. Una es Paloma y la otra María José. La delgadita de pelo rizado y gafas es…

–¿Y cómo sabes tanto de esa gente? –interrumpí.

–Bueno, las cosas de la culturilla siempre han despertado mi atención. Admito que he asistido a varias de sus reuniones –reconoció Antonio.

–Me gusta el escenario –dijo entonces Paco encendiendo un pitillo– ¿No os parece que hoy, ahora mismo, estamos rodeados de pura armonía? ¿De que la vida, a poco que nos lo propongamos, es un hermoso acontecer?…

Carem y su novio no estudiaron durante mucho más tiempo en el pisito. Quiero decir que la pareja de bellos lumbreras, fue reclamada para incorporarse a sendos proyectos en una afamada universidad que les pillaba lejos del barrio; por lo tanto se mudaron.

Y algo más tarde de los acontecimientos que acabo de narrar, fue cuando nos enteramos que la Niña también se había independizado de sus papás, para irse a vivir con Don Pedro Martínez que, aunque algo recuperado, queda dicho no volvería a ser sombra de sí mismo. Pero las relaciones humanas, para quienes sobre todo nos consideramos espectadores, resultan un completo misterio y en contra de lo imaginado, el coleccionista y su ayudante debían ser razonablemente felices en su nueva etapa.

Me costó mucho decidirme, pero pensé que haciendo lo que me proponía, cerraba un episodio que aún permanecía entreabierto y además lo haría de manera bastante razonable; no sé si correcta…

De los álbumes de bragas no había dicho nada a Adela ni por supuesto a mis amigos. Así pues, en cuanto se presentó la ocasión y una vez me hube enterado dónde vivía la parejita, me presenté en su casa. La Niña se quedó parada cuando abrió la puerta; no me permitió traspasar el umbral.

–Vengo a devolver a Don Pedro algo que le pertenece –dije.

–Mira Mariano –habló la Niña con gesto serio y amoscado–, Pedro lo ha pasado muy mal y ahora que comienza a recuperarse… Lo que se salvó del incendio y deseábamos conservar está aquí, en esta casa, el resto o se quemó, o nos hemos desprendido de ello, no nos interesaba.

–Te equivocas, existe algo que he guardado durante este tiempo y creo que el Señor Martínez sí querrá recuperar. Vengo a devolvérselo –insistí mostrándole los dos álbumes del fetichista.

En aquel instante descubrí la figura del Señor Martínez que, en pie, estaba escuchando desde el fondo del pasillo. La Niña se dio la vuelta hacia él. Los tres nos miramos de hito en hito. Por fin añadí:

–Lo sé todo. Desde antes del incendio. Sé lo de las salidas vespertinas del Vecino Misterioso, lo de los proveedores de bragas… Lo sé todo.

–¿Y por qué no me ha denunciado? Cualquier juez hubiese considerado un delito lo que he estado haciendo durante estos años.

–Primero porque no lo tenía claro, luego porque considero reprobable mi intromisión y ahora porque pienso que, en realidad, usted no ha hecho mal a nadie, lo que hacía se lo guardaba para sí… A estas alturas, si el asunto se removiese sería perjudicial para todos, no sólo para usted. Por ello prefiero guardar el secreto. Creo que no debería haber metido las narices donde no me importa, si así hubiese obrado quizá…

–Si no llega a ser por ti, alguien habría descubierto los álbumes y entonces sí que Pedro hubiese tenido problemas –me interrumpió la Niña que se había apresurado junto a su amado.

–No había pensado en ello… Pero bueno, aquí les dejo esto –concluí depositando los pretendidos muestrarios en una silla de la entrada.

Me di la vuelta con intención de marcharme, pero la voz imperiosa de Don Pedro me detuvo.

–¡Espere Mariano! ¿Hágame un favor, quiere?

–Naturalmente, si está de mi mano… Usted dirá.

–Es muy sencillo, llévese eso y arrójelo en el primer contenedor que encuentre. Cuando nos vinimos a vivir aquí –el Señor Martínez abrazó tiernamente a la Niña–, decidimos desembarazarnos de nuestros pequeños secretos inconfesables. Ya le ha dicho hace un momento María que sólo conservamos aquello que nos interesa.

Estuve tentado de preguntar a María, la Niña, si también ella se había desprendido de la caja donde guardaba las bragas de Carem, pero no lo hice, no me pareció adecuado y además, la vida sin enigmas resulta tan aburrida…

Obedecí, arrojé los incómodos libracos en un contenedor.

FIN

16 opiniones en “MIS VECINOS Y OTRAS GENTES DE MAL VIVIR”

    1. El dibujo de mis vecinos se lo “fusilado” al de Trece Rue del Percebe, el gran Ibáñez. el resto un poco de aquí y allá, colaboraciones familiares sobre todo.

      E.J.

  1. Los dibujos me encantan… Acabo de descubrir de donde me viene “la manía” de empezar a leer los periodicos por la contraportada, de esa Trece Rue del Percebe, para que luego digan que las lecturas no marcan. Un día tendremos que analizar por que leemos lo que leemos y como lo leemos.
    Besos
    Pura.

  2. Señor Mariano: Me parecen muy entretenidas sus historias de vecinos, lo que no me hace demasiado gracia es la alusión a mis prendas intimas, ya sé que le encantaría saber si uso gallumbos, bragas de cuello alto, o hilo dental… Pues se va a quedar con la ganas de saberlo, siga dedicandose a las braguitas de Carem y dejenos a las demás en paz.
    Suya afectisima.

    Pura.

    1. Pobre Mariano. si usted supiera doña Purificación, aunque… ¡lo sabrá! Ya lo creo que lo sabrá; dentro de muy poquito.

      Salud.

      E.J. (de parte de Mariano)

  3. Señor Mariano la obsesión por Carem, le hace desvariar y cambiar el nombre de las mujeres de sus amigos, en que quedamos?
    Merche? Concha? Toñi? .

    Haga usted el favor de corregir o al menos aclarar como se llaman esas mujeres.

  4. Toñi, la de Paco es Toñi. Perdón por el lapsus doña Pura, ya está corregido. Y de paso finalizada la historia. Gracias por leer. Como verá (ya lo había visto), le he reservado un papelito.
    E.J.

  5. Mi querido Enrique,
    Ya sé que ha finalizado la historia, también me he dado cuenta del papelito que me ha reservado, del que me guardaré la opinión…
    Lo que no ha acabado es ;mi empleo de enmendadora de plana, que me he adjudicado a mi misma, ¿con que derecho? pues el que me da el leerle a usted de cabo a rabo, además de ser conocedora de la vida y milagros de todos sus vecinos y gentes de mal vivir.
    El capítulo en el que habla de su querida esposa ( que por cierto me ha gustado) dice usted: trabaja en casa… para en otro capítulo dice que esta solo en casa pues Adela se ha ido a su trabajo ¿ en que quedamos?.

    Ahora en serio, me ha gustado mucho y confio en que siga usted escribiendo aunque solo sea para esta enmendadora de plana.

    Un abrazo muy fuerte.
    Pura.

    1. Pues en esta se ha pasado de frenada mi respetada enmendadora de plana, porque en el capítulo 9º (El vecino misterioso) digo: “Concha, la mujer de Antonio y Adela, que ha cambiado la manera de ganarse la vida, ejercen de administrativas en las dependencias del distrito”. Así es que estaba apuntado ya que Adela me había encasquetado a mí (al prota) otro buen “paquete” de acciones caseras. De cualquier manera, se agradecen y mucho sus comentarios, enmiendas y observaciones, porque lo de la página me tiene un poco…, bueno, no sé como decirlo, ya lo comentaremos cara a cara.
      Salud y espero que los calsot no le hayan dejado un exceso de soltura intestinal.

      E.J.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *