CUADERNO AUSTRAL

IBÍDEM

MADRID–ENERO–BUENOS AIRES

(Retrospectiva; porque conlleva un abandono)

Me gustaba el invierno, el frío

cuando me embargaba la tristeza,

cuando el ánimo se me congelaba en las venas,

o cuando me acometía ese desasosiego

que lleva aparejada la soledad.

Sentir el invierno es así de sencillo,

es, sirva la petulancia, saberse poeta,

ser aliado de la melancolía, identificarse

con cierta estirpe que se extingue

y sobre todo, reconocerse un cobarde,

pero no de los que huyen, sino de los que se quedan.

Me hallaba en un lugar intermedio, entre el cielo

de Buenos Aires y Madrid. Pensé

que por lo tanto, lo mismo significaba huir

hacia uno u otro lado y que lo que se dijera

en el enero austral y respondiese en Madrid

me resultaría indiferente. Erré,

de pronto supe que antes me gustaba el invierno

pero ahora ya no, ahora era verano

y me sentía extraviado, o peor aún,

percibí, desconcertado, que ya me daba igual

que fuese mes de enero allí o acá.

(23–1–05)

I

INICIO DE VIAJE

(Todo viaje contiene mil preguntas, y mil justificaciones, y mil divagaciones o razones para arrepentirse de lo que sea)

En el aeropuerto. Aguardo

con la expectación del viajero,

que no comienza a serlo

hasta ser consciente de que no existe marcha atrás.

No lo soy, no acostumbro, no suelo viajar,

soy gregario, soy de poco transitar, por eso,

ahora soy de sala de espera, y soy

de aeropuerto, de embarque,

de destino austral.

Pero se hace realidad…,

y el resto de los rastros, sabores

de aquí ¿se vienen conmigo allá?

olores, contradicciones, todo. No, todo

se queda aguardando mi regreso. En el embarcadero.

Los viajes de quienes no viajan son así;

podría dar media vuelta,

¿y volver de mi viaje? ¿de qué viaje?

Expectante; megafonía, un rastro

y la parte de soledad que me corresponde.

Y otra vez la megafonía.

Corro, porque ya no pienso, rastros

sobre la pasarela suspendida, corro

y me dejo atrás, y entro en el avión, y éste

atruena, y se yergue, y el aeropuerto:

desciende, desciende…

y al final, se pierde,

y me pierdo.

(6-1-05 y 5-5-07)

II

RESONANCIA DE AMOR FILIAL 1

(Sobre el Atlántico resuena una voz que no es la mía, ni la de nadie que haya conocido en vida. Sueños de filial melancolía)

Hasta ese lugar que un día dejaste atrás…

La noche me transporta. Fantaseo.

El amanecer me ha traído. Lo certifico.

Buenos Aires, son,

que Madrid ya no es.

“Hace cien años me fui de acá.

Regreso; él acude”. Tenue

rastro que se agolpa y

que después, me asciende

desde las entrañas a la boca,

como un ácido que refluya mi memoria.

Su Buenos Aires querido,

hace cien años partió de acá,

y yo, porque no puedo llegar

y porque nunca lo conocí

y porque apenas supe de él,

yo soy atraído. Sí, ya estoy,

jamás venido; si acaso: expelido,

arrogado, transfigurado, usurpador,

argentino como tú.

Sueño de filial melancolía.

(10-8-07)

III

RESONANCIA DE AMOR FILIAL 2

(El trayecto sobre el Atlántico, nocturno, está vestido con las mejores galas del vacío; es como un tiempo muerto por el que he de transitar)

Nocturno de ocho mil por ocho mil

metros de cielo y oscuridad,

de mar y oscuridad,

de plataforma que transita

sobre la oscuridad entre el mini bar y el aseo.

Una voz que anuncia desayuno,

y después, que no hagan cola en los lavabos,

y pronto, la comida.

Ocho mil metros de cielo y mar,

más ocho mil kilómetros de distancias.

Unos y otros dicen: ¡Regresa!

Y yo: ¡Ven!

(22-10-2010)

IV

RESONANCIA DE AMOR FILIAL 3

(“Un día me precediste, por eso regreso”)

Amanecer austral

dilatándose sobre el Mar de Plata.

Del horizonte llego; al fin.

Pasos de un siglo me preceden.

Sí, llegaste hace cien años,

por eso vengo a buscarte,

por eso vengo a rastrear tus pasos,

porque sé que volviste.

Una hora más y estaré acá.

Y vengo, o regreso, o América, o Mar de Plata,

o llego, o rastro.

Amanecer austral,

tú.

(10/11/2010)

V

BAIRES=MADRID=BAIRES

(Los aeropuertos son las estaciones de metro del cielo. Uno recorre un túnel o un cielo para acceder a la tierra)

Ciudad reflejada en ciudad;

aeropuerto al que un acento

une a otra ciudad. Aduana,

once horas y otra ciudad,

la misma ciudad.

Baires, enero en Madrid,

calor austral, que el frío boreal

me empuja hasta un hotel.

Truenos, tormenta estival.

El jet-lag que se dice; y sí

(que también se dice acá)

que por fin estoy aquí.

Es cierto:

Baires está en Madrid,

pero mucho más,

Madrid lo está en Baires.

(10/11/2010)

VI

PASEO DIURNO EN RECOLETAS

(…y también son los mismos vendedores de bisutería con las misma mercadería de allá, con diferente precio para los mismos turistas)

 

 

Transita la mañana

en la ciudad de sol y aire.

Hace calor, se oferta el refugio

de floresta urbana.

¡Hola! ¿De dónde sos?

Las conversaciones se entrecruzan

bajo la sombra arbórea y ellos,

los árboles, cierran filas,

se abrazan solidarios, autóctonos,

esconden itinerarios a los turistas;

son guardianes de lo suyo, de los otros,

de los artesanos, de los vendedores

de verano austral.

¡Hola! ¿De dónde sos?

Unos que visitan la tumba de Perón,

otros, fortificados de flores,

montan guardia, avientan cuentas de cristal,

roban guiños a la luz…

Y un exótico instrumento musical,

que no propone melodía

pero tiene forma de sonido.

Y yo, que ya estoy acá.

¡Hola! ¿De dónde sos?

(11/11/2010)

VII.

VAGANDO EN PALERMO VIEJO

(Por caer en la trampa, comportarme como un turista, reflexiono. Y rectifico. Lo siguiente es dejarse llevar, vagar)

…y me dejé guiar.

Las calles eran estrechas,

las construcciones difusas, en cierto modo

difusas. Era envuelto por el gentío

de las tres cuadras de Palermo Viejo.

Había diversión; estaba

perdido, me compré un libro;

hablé con un taxista

que me convenció para estafarme,

rodeo tres veces las tres cuadras.

Pero llegué, no sé adonde

pero llegué y compré otro libro,

tal vez el mismo libro

que antes había comprado;

no podía asegurarlo,

las edificaciones y ahora los libros

eran difusos, todo lo era,

difuso y extraviado. Y después,

en algún lugar de las tres cuadras,

abrí por fin el libro

y se me apareció Palermo Viejo.

(11/11/2010)

VIII.

CENA EN PALERMO VIEJO

(Intimidad; casi como en casa. Que uno acierta a sentirse cómodo siendo viajero austral)

Yo era un extranjero,

pero la música de mi país.

Sobre una mesa se encendió una lamparilla,

me animaron a compartir.

Comí y bebí; todo era de acá,

pero la música de mi país.

Y es que el vino, ya se sabe…

No recuerdo la cena, debe ser por aquello

del efecto del Viejo Palermo, o puede que no,

porque después seguía teniendo hambre

y pensé en el sexo

y creo que estaba borracho

y además era un extranjero… pero

¿qué importaba eso?

En la mesa se apagó la lamparilla,

ya no tenía sueño.

Mi primer día austral

y la música de mi país

y luego, ya sí, me dejé muñequear.

(11/11/2010)

CIELOS DE PLUMBAGINA

IX

1º SAN TELMO Y EL RELOJ

(Sin saber por qué motivo, en mi razón se agolpan deseos y emociones que sé, no me pertenecen)

De pronto se precipitó el cielo;

cuadrícula a cuadricula, como

un damero desmenuzándose,

ensuciándolo todo con sus escaques color grafito,

haciendo por limpiarlo con los blancos,

fracasando. Busqué refugio.

Merca, una plazuela, cuadrícula

que hace vértice con otra cuadrícula

y más merca bajo el cielo. Vórtice.

En las plazas se merca antiguo,

rebusco en el pasado que pauta mi periplo.

Pero nada hallo, porque soy

merca, deseo de habitar bajo el cielo

que se precipita y luego se abre

y entonces me permite intuir un rastro

(sólo intuir), el reloj de las horas

que partieron de allí,

que llegaron para esperar a…

 que merque… anticuario de San Telmo.

Y yo, cercado bajo el cielo

de plumbagina, sabedor de mi condición,

peón de mi viaje, las encontré,

detenidas, a las horas del pasado.

San Telmo desciende a la tierra.

Y en la tierra, y en las escaleras

que conducen desde el cielo a la tierra,

las cuadrículas de grafito se transforman

en escaques y estos en patios.

Ahora lo entiendo, todo comienza así.

(17/11/2010)

X

2º LA BOCA Y EL CAMINO

(Caminito; como escarbar, como profundizar hasta encontrar la raíz de una nacionalidad; de éstos orígenes)

Camino del Caminito, de todos.

Voy remezclando transeúntes.

Un cielo gris; impropio me dice uno,

propio pienso yo, recostado,

barnizando la calzada adoquinada,

avivando el color de las fachadas,

abrillantando a unos y otros, recuperando

cercos de ventanas, de puertas entornadas.

Fluye el camino y fluye el sentir,

mi sentir extraviado, herrumbroso

como los railes que atraviesan el Caminito,

y que son, razón que un día fue y ahora no,

que ya no deglute inmigrantes,

para vomitarlos luego en lo más hondo

de la Pampa; y grita el tanguista:

El país nos acogió a todos.

Y pienso yo: quizá por eso vengo,

a buscarte, o a buscarme. Sí,

así ha de ser, camino,

del Caminito. Donde

una pareja de danzantes lo escenifica, todo.

Donde se mezclan sudores, refriegan

Deseos, sones de una guitarra,

de una voz y de un bandoneón.

Ya los creo embajadores

de mi turbación austral, responsables,

de que confunda el color del océano,

con los cielos que me han arrastrado aquí.

Estoy, al fondo de un estuario. Veo,

un mar algo enfermo, sucio, pretérito

sedimento que se agolpa en La Boca;

todos los pasados la tienen: boca,

y sabor y culo y luego hedor. Los míos, de aquí no son,

pero quería venir. Y estoy, camino,

del Caminito.

(17/11/2010)

XI

TAXIS DE BUENOS AIRES

(Circulan deprisa; sueñan con Boca o River)

Dicen que en Buenos Aires,

ciudad de sol además de “el buen aire”,

pululan, holgazanean, acechan, laboran…,

cincuenta mil taxis.

Dicen que en enero, el verano austral,

los cincuenta mil aires, taxistas,

como tantos corporativistas, escapan

a Mar de Plata, Pinamar, Carilo…

Y la ciudad de las grandes avenidas

se queda desnuda de sol, aires y taxistas,

de rivalidad sectaria, de River

¡No! de Boca ¡No! del Barsa ¡che!

Pero tampoco es del todo así; porque Baires

jamás goza de verdaderas vacaciones.

De pronto, cincuenta mil perseguidores

fluyendo, confluyendo, yendo,

viniendo, llegándose, llevándome,

proponiendo itinerarios

a lo largo y ancho de la gran urbe,

de River; sol, de Boca; aire, de Barsa ¡che!

Y los cincuenta mil socios (y entrenadores)

de otras tantas propuestas e inquietudes,

relevándose, trenzando su estrategia.

-¿Hotel mengano? -¿En cruce de tal con cual?

-Sí -¡Ok! Lo conozco ¡listo! ¡va!

(18-11-2010)

XII

TAXIS-PUERTO MADERO-RÍO

(…y es que la vida nocturna de las grandes urbes es tan similar…)

La madrugada arrastra hacia el río

miríadas de turistas, de taxis y mosquitos

al fondeadero. Un viajero contempla:

herrumbrosos esqueletos, pecios olvidados

y a su lado, una esbelta goleta,

el yate de un magnate que cena

en un local de Puerto Madero.

¿Taxi, señor? No gracias, todavía no.

Del otro lado, en la otra orilla del río,

muchos dormitan. “Remís”

estacionados en hileras de vigilia,

más aún quedan sombras, y luces,

y algún prorrogativo, y algún paseante

que juega a ser viajero.

¡Alma, de Puerto Madero!

¿Taxi, señor? Y sí, ahora sí.

(19-11-2010)

XIII

TRES

(Enormes distancias; pero nos une el día, y también la noche)

En la estación de autobús; uno,

aguarda el colectivo; dos,

que rasga la Pampa; tres,

a cien kilómetros hora: un, dos, tres.

Comparto el ómnibus, comparto horizonte,

comparto desdibujadas miradas

que en la llanura convergen para hacerse noche,

sobre ella se dilatan los trayectos.

Fémina ciudad, Rosario; uno,

provincia de Santa Fe; dos,

en el andén aguarda otra mujer; tres.

Un Largo viaje ¿Cómo estás?

¡Todo bien, genial! ¿Y vos?

Y yo asiento. Que sí, todo bien,

que justo he llegado; por fin…

Y ella subraya: en su momento justo.

Cena dispuesta; mesa familiar.

Aúno horizontes, rasgo la Pampa.

A ocho mil kilómetros existen tres mujeres:

un, dos, tres; que hallo en Rosario.

(20-11-2010)

 

 

PASAJES ROSARINOS

XIV

CIUDAD DE ROSARIO (UNO)

(Qué bonito es escuchar tu voz, y tu acento, y que lejos estamos de nosotros…)

La ciudad del interior, de la ribera, de la Pampa,

no es una ciudad cercana; siento como

si estuviera alejada de sí misma. Posee

grandes avenidas y un racional trazado

en cuadrícula que insatisface, que la oferta

distanciada, indiferente al viajero.

La ciudad del interior, tiene un gran río,

el más grande según los rosarinos;

es un río dominante, pero simbólico,

ignorante de sus fondeaderos, de los barcos

que lo navegan. Y es que los símbolos

pergeñan naciones, pero las naciones,

al dilatarse, diluyen sus símbolos.

La ciudad del interior se me aparece

ficcional (que me disculpen los rosarinos),

una anécdota del dominador Paraná,

una ilusión extraviada en la llanura que él,

el gran río, traza con sus dedos de azulada humedad:

ensaya cuadrículas, provoca plazas,

yergue enhiestos estandartes de una nación.

La ciudad del interior. Hallada Rosario,

periférica y sometida, parcela

de una historia aquí traída,

cómplice de sí misma. Y yo, que vine

a encontrarte. Coincidíamos en la orfandad;

pero sólo lo supimos al distanciarnos.

(24-11-2010)

XV

CIUDAD DE ROSARIO (DOS)

(Rosario ciudad horizontal y vertical)

Una oblicua tarde de soles rosarinos,

calurosa tarde sin sueño, transpirada,

emplomada, prohibitiva, desaconsejable

como lo es cualquier mala compañía;

una tarde, como decía, me dejé llevar

por mi deambular ingenuo. Era verano,

era enero, era hemisferio austral

y por eso pensé en Madrid,

en que allí haría frío;

absorto, estúpido de mí, añoré

como haría cualquier viajero inexperto.

Siempre es así; único viajero…

Una tarde de soles oblicuos,

de ardientes calles, de jardines atorrados

por la canícula, me dejé llevar. Ignorante.

En un museo olvidado a la modernidad

se mostraba arte (o algo parecido)

que dormitaba custodiado por un conserje,

por un coordinador de eventos, por un arácnido,

por dos propuestas escénicas

y, creo, que por mi soledad,

puesto que nadie se percató de mi presencia.

Entonces me sentí prófugo.

Abandoné el lugar. Siempre es así.

Una oblicua tarde de soles rosarinos,

 pretendí que fuera mi última tarde.

Recapacité. No tenía argumentos,

ni derechos, ni capacidad de decisión,

no sabía pensar; sólo en finales,

en zanjar con lo del verano austral,

en concluir con mi errar díscolo y absurdo.

De pronto desperté, consciente de la pesadilla,

sudoroso en el invierno madrileño.

Supe, que por mucho que maquillase la memoria,

una muestra permanecería, fijada para siempre

en una oblicua tarde de soles rosarinos.

(25-11-2010)

XVI

PARANÁ

(El Paraná es mucho más que un río, es un largo mar. Compilación: barco, vaguedad, instante, reflexión… se fue)

Soy un barco que desciende el Paraná,

que abandona en las orillas enturbiadas,

sueños que fabulan abundancias,

limos empujados hacia el mar.

Vástagos engendro, tantos como

brazos y meandros; a saber: unos díscolos,

algunos educados y otros, pasionales,

fantasías, sensuales ilusiones.

Sé que ahora que contemplo el Paraná,

todos ellos significan lo pasado,

sedimentos, devenires; eso son.

Ese barco que desciende el Paraná,

luna llena reflejada en su caudal,

luna que susurra sin cesar,

fuente de mi sueño, pretérito remanso, estar.

El regazo de su lecho me insinúa,

me dibuja, ahora soy su hijo; lo persigo.

Sé que, al cabo, viajar es un segundo,

y sé también que, como todos, lo seré. De él:

flujo y río, del tiempo son inventos.

Siempre supe que vivir, solamente

 es transitar, y transitar, sin más, ser.

Soy un barco que desciende el Paraná.

(26-1-2005)

CUMBRES MENDOCINAS

XVII

VIAJE A MENDOZA

(Si la distancia pudiese medirse en noche…)

En la carretera, otra vez. Es de noche.

Largo camino hacia el sudeste. Mil kilómetros.

Más de diez horas adentrándome en la distancia,

en noche que mide un viaje. Se acercan los Andes.

Entresueños; a mitad de trayecto acometen fantasías,

El autobús se detiene. San Luís:

curiosos vendedores que asoman sus cabezas

entre filas de asientos; los viajeros, trasiegan

entre sueños de dulces y placeres. Finjo dormir. Entonces,

se vuelve a alargar la noche. Feraz.

Cruzo el país de los viajes nocturnos, siento

la fiereza de la Pampa, el despoblado

que se deglute así mismo y al páramo

que a su vez deglute a sus hijos, insaciable.

La carretera no tiene final,

cada poco alguna luz, posiblemente un villorrio,

alguien a quien olvidó el amanecer,

y ya luego, bastante más tarde,

donde terminan los mil kilómetros de noche,

la calcinada (puede que milagrosa) Mendoza.

Los viñedos se esfuerzan por saltar a la calzada,

huyen de la tierra requemada, flanquean,

de norte a sur, la muralla interminable de los Andes.

(26-11-2010)

XVIII

VIAJE A MENDOZA (DOS)

(Sólo el vértice donde se tocan los respectivos octavos de esfera en que habitamos nos separa…; vórtice.)

 

 

De la ciudad, difusas quedan sus imágenes.

Menguada, plana, colonial, desubicada.

En ella:

rastrean cualquier cosa los ávidos turistas.

¡Olvídense de admirar, que de admirar no hay!

Y aburridos, asisten a la disolución

de una prometedora mañana,

a la luz refractada por los nevados Andes,

al encuadre que procura la ventana

de una habitación de hotel.

Ellas, las altas cumbres, ignorantes

de insignificados pobladores,

de miserables turistas que sonríen

no saben a qué, ellas

se dejan abandonar en los restos

de un desayuno (king size),

o en la mano abierta de un mendigo

(anciano y poblador) mentor,

andino, excluido, hambriento.

Invasores todos, a través de la ventana

de una habitación, en un hotel

de Mendoza juzgado por los nevados Andes.

(26-11-2010)

XIX

VIAJE A MENDOZA (TRES)

(El asfalto se contrae acosado por los nevados. Y vencido transformado en barro…)

 

 

Tarde mendocina, alargada y estival,

y emplomado discurrir exacerbado.

Déjome llevar, abstraído, de miradas

huidizo; abordo un ómnibus,

y éste que detiene un cruce,

que refrena el discurrir de calles

olvidadas de su historia, donde

parecería que jamás acaeció algo.

Pierdo el interés, me extravío,

me sueño, me recuerdo:

Interminables paseos;

bagaje, instantes que no me seducen;

si se los compara, siempre se parecen,

en todas partes estamos, porque en todas

visitamos museos y todas comparten

encantadores de serpientes,

y un legado divino, y un cine,

y un hotel, y un mercado,

y una calle de únicas mujeres,

vanguardia del atardecer sometido.

Entonces, todos se retrepan, huyen

a la cumbrera de un parque

que iluminado los protege. Y allí,

acicalándose, la hallo. Es una puta, por eso

oso, y la pregunto, y me responde.

Sólo las mendocinas acaparan

a los hombres que beben vino

en el desierto, o en los vecinos

Andes. Me fui con ella

y descubrí la noche de Mendoza.

(26-11-2010)

XX

VIAJE A MENDOZA (CUATRO)

(…y en la noche, el alcohol me ensombrece, y me dejo extraviar.)

Aquella noche me embriagué.

Apenas la recuerdo; sí a un viento del oeste

que hacía aletear los luminosos de led y neón.

Debí tomar en exceso; alguien, no sé quién,

me lo repitió sin cesar hasta que se cerró

la puerta de mi habitación, y luego,

la madrugada se alargó y oscureció mi conciencia,

y después, con la primera luz matinal,

fragante como un cuerpo de mujer,

que inesperadamente acude a reunirse

con el fugado amante y se aprieta contra él,

porque se me aprieta, y lo ama, porque me ama,

y se evade, porque enseguida escapa…

y después, como digo, supe que jamás

existiría nuestro anhelado encuentro.

Lo más parecido había acecido

la pasada madrugada…

¡Ah, las ilusiones! Y el alcohol,

embriaguez de noche mendocina,

tan larga, tan distante, tan brutal,

tan contundentemente irreal. Ya fue.

(26-11-2010)

XXI

EN EL TECHO DE LOS ANDES

(Cumbres: sol feroz en combate con el frío; emboscados ambos, prestos a disputárseme.)

 

 

Se les llama majestades, o altas

embajadas terrenales. A ellas,

ascienden serpeantes caminos

que abren y después cierran como

cremalleras, la retirada a los herrumbrosos

camiones que atraviesan los Andes,

pequeños comerciantes que intercambian ilusiones.

Viajo en ómnibus. Acoso a los camiones,

soy un viajero más que rinde pleitesía

desde la comodidad de una butaca,

que contempla extasiado la enormidad

de las majestades que se yerguen,

y que se sacuden los zarcos neveros

para lustrar sus oropeles cortesanos.

Los adormilados Andes estivales

no conceden audiencia. Los torrentes

se consumen en la espera. La carretera,

impaciente y osada, discurre esquiva y veloz. Un ferrocarril

desahuciado por sus cruentas majestades,

es acosado por morrenas de glaciares.

Todos son embajadores, vejados, olvidados.

Los viajeros, egoístas, pedimos más y entonces

alguien cita: Los dos hermanos, El Capitán

y justo detrás, imperante, Emplumado, níveo, el Aconcagua.

Seis mil novecientos y no se cuantos metros

de cínica benevolencia, de falsa mansedumbre.

Frente a él un lacayo, el Cristo Redentor,

cima de vientos y viajeros, lugar donde me hallo.

Cerro de barro y aluvión, que desde su atalaya

saluda a chilenos y argentinos. Súbditos que

se reparten las migajas de otro mundo,

el que sus majestades trazan con ese látigo que,

de norte a sur, fustiga a la América Andina.

Aquiescentes majestades, yo confieso:

sólo soy un transeúnte.

Arrecia el viento en los Andes y un prurito

de nostalgia me atenaza. Reciente, aún tibia,

una evocación bonaerense, y enseguida,

una primavera más lejana, otro imperio de olor

arisco y montaraz. Legado de un recuerdo;

ya sólo distancia de elevadas cumbres,

de huérfanos imperios. Aquí,

no soy más que un advenedizo, un embajador,

un súbdito que rinde pleitesía,

no se sabe muy bien si a las altas cumbres

de la idealidad, o al rastro de sí mismo.

(28-11-2010)

XXII

PESADILLA

(El autobús de mi existencia transita por un túnel, que cubre los mil quinientos kilómetros que separan Mendoza de Buenos Aires.)

Noche larga; sueño lento,

motor de Pampa triturándose

al otro lado de las condensadas ventanillas,

esbozo de la desdibujada planicie,

impertérrita extensión desconocida.

De pronto me acomete el temor:

recóndito, remoto, infantil, tenaz.

Acechante, agazapado en mis orígenes,

en aquel sencillo razonar que es la ignorancia.

Inconcreta razón en la noche larga; sueño lento.

Y entonces, como tratándose de un fingimiento,

cobro conciencia: soy un prisionero más.

Los pasajeros, que despiertan asustados, también.

Viajamos en el autobús que recorre un tornillo sin fin,

túnel donde las existencias, efímeras, se consumen.

Ruge el motor y rasga la Pampa,

digeridos todos, transeúntes de la inercia,

prisioneros de la noche larga, del sueño lento.

Temo, que no sea ésta una estúpida pesadilla más,

que los fantasmas atávicos me acorralen.

Pero no, ha sido una ficción, una alucinación

en el túnel que dilata el tiempo.

Lo real, de pronto es un taller de carretera.

El autobús ruge otra vez y yo, liberada la Pampa,

descanso, ahora sí, en mi noche larga.

(29-11-2012)

EL REGRESO

XXIII

ÚLTIMA MAÑANA EN BAIRES

(El tráfago cotidiano… ciudad que pronto abandona mi existir.)

…hasta que por fin, ya fuera de ese túnel

de intermedias pesadillas, de indeseada pausa,

a ti regreso Dama Baires, la que acoge,

la que pare urbanitas y viajeros,

la que sintetiza pesadillas para nutrirse

de éste, mi último día en la ciudad del sol.

Era verano todavía, pero pronto me regresaría

el invierno, y ello me incomodaba y también

y tal vez por eso, quise seguir ese rastro austral.

Temí, que de pronto fuese sorprendido:

yo en aquella mañana, postrera mañana de sol,

de Buenos Aires querido… ya lo amaba.

El rastro me recondujo a la fantasía.

Bien sabía yo lo que me aguardaba,

no sólo allí, en todas partes. Era a un tiempo

ubicuo e inexistente, una mera contradicción,

un espectro, alguien que no estaba,

que no había estado. Para qué buscar.

Y porque dejé de pertenecerme, sí, así fue

en un lejano día de juventud, algo cambió para reconstruirse

y tomar nueva forma. Tuve entonces una evidencia:

llegado el día, o muchos días, la reconocería

en cuanto nos cruzásemos. Ella, era y fue y sería

quién nunca se queda, mi gran tragedia, mi carencia.

Y ahora me digo: qué curioso, las circunstancias

cercenan. Yo quería dedicar unos pensamientos

atrapados en lo dilatado del tiempo y

no supe a quién, porque cierta luz cegadora,

Baires, abrasaba cualquier rastro de mi pasado.

Esa fue el fin, mi última mañana.

Desde entonces siempre digo, que mis recuerdos

se quedaron custodiados por una dama austral.

(13-12-2010)

XXIV

ÚLTIMA NOCHE EN BAIRES

(“La originalidad no existe, sí las ansias de persistencia”)

Tras un fallido intento por sobrevivir,

se precipitó sobre mí, expedito,

libre de cualquier conciencia,

el deseo: postrero y huidizo,

que agazapado, aguardándome,

se hallaba en un lugar a medio camino

de la distancia que me ha guarecido.

Huido era, y estoy, cuando despierto.

Fantaseo en todo aquello que,

ya se sabe, si son sueños

en el éter quedan. Quimeras, sí,

que sé que sigo rodeado de ilusión,

de postreros instantes, y sé también, ahora,

que no debe demediarse la distancia.

Tal vez, por todo ello, o por nada,

que también podría, por un absurdo

e insalubre contagio, mi ilusión,

contaminada en vanidad, se desliese

en su propia sinrazón, se guareciese

en su estertor de finiquitada

última noche en Buenos Aires.

No quiero dormir, me niego el descanso,

contemplo a esos puntuales transeúntes

que trasiegan los secretos de la noche

fallida, triste noche que ya sólo

pertenece a los mendigos. Nada más que ellos, y yo,

somos conscientes, de un fallido intento

por sobrevivir. Doblegado soy.

(15-12-2010)

XXV

Y BAIRES SE ALEJA

(Retrospectiva evocación asociada a la experiencia más unos días vividos que ya se están quedando atrás.)

Como los ojos de la mujer

que expresa un postrer y definitivo sentimiento,

que entiende que jamás recobrará a su amado.

Como el viento extraviado de sí mismo;

la flor que con su fragancia abstrae,

el calor rotundo del pecado,

deseo que por inalcanzado carece de sí,

el cielo de Baires cálmase primero

y enseguida, bajo mis pies, es sosiego.

Como la belleza que por conocerse

efímera, se me oculta; egoísta ella, una vez

cerciorada de que ha dejado de ser; mortal

entre los comunes, simple como yo

que explayo sin ambages el rotundo

aprecio de su razón; ahora,

no admito otra opción, no dejo

de asistir, impasible, a la distancia

en que se bifurcan nuestras sombras.

(15-12-2010)

VIAJERO AUSTRAL

XXVI

MADRID-BAIRES-MADRID

(“Madrid-Buenos Aires-Madrid. Estela del Atlántico, un pez que nada detrás del jet. Mensaje que nunca he de abrir”.)

Sentido inverso, al lugar

del avión que regresa del oeste.

Allí, ahora lo sé, no dejo nada.

Si acaso, abandono un aparte,

una porción de cielo, mi lugar en tierra,

la geografía que recorrí en pos de una ilusión,

cierto tipo de sentido del que jamás

seré consciente haber alcanzado;

preguntas de las que no obtuve respuestas,

espejismos a la postre, espasmos que

a algunos nos arrastra al error,

o tal vez no, pero da igual, porque

el caso es haber ido y después

haber vuelto. Sentido inverso.

Otros y yo volamos el Atlántico,

Y enseguida tomamos tierra, y

enseguida tengo frío, y enseguida sé

que éste no es un frío boreal, no el

que debiera aguardarme,

como viajero austral que soy.

Me siento traicionado por el tiempo,

por el caprichoso espectro latitudinal,

pero ante todo y como siempre,

siento que me traiciono a mí mismo.

Yo, que digo que soy un viajero,

comprendo que lo soy accidental y

por lo tanto, procuro evadirme

y aguardo mi equipaje y éste,

 que llega por una cinta,

la misma que arroja sobre mi conciencia

cuanto ha quedado atrás.

He pasado a significar una caricatura,

un no ser arrojado a ningún lugar.

Ahora, ya sí, dejo de mirar a mi alrededor.

Tomo un autobús,

que me conduce a otro,

y éste a un tren,

y por fin ya estoy de vuelta en casa.

Entro allí, donde nadie me reconoce,

porque al llegar,

al arrojar mi equipaje en un rincón,

por no querer abrirlo, por querer que todo

sea igual que antes, admito

que lo pasado, lo inmediatamente anterior

era falso, una mentira, una ficción.

Y también, que cualquier ilusión

apareja una apostasía.

Sí, todos los que viajan lo son.

(3-1-2011)

XXVII

EL NAÚFRAGO

(Queriendo regresar fracaso… y continúo perdido)

Madrid, Buenos Aires, Madrid.

La estela del Atlántico, un pez,

nada detrás de mi “jet”.

Nunca he de abrir el mensaje:

botella, que extraviado el tiempo,

adorméceme la conciencia

difusa, cegada, engastada en

un inocuo cristal desechado.

Ya no veo, no existo. No distingo

el afuera, el adentro.

Fui, y he venido.

Baires, regreso a Madrid,

Atlántico, vastedad y al fin,

ya sé que lo sé, aquél, yo,

no era más que un pobre viajero,

que por fin, creo, aprendió: jamás,

por el simple hecho de transitar, se halla.

Y sí, extraviado, en sí mismo.

Madrid, Buenos Aires, Madrid.

(30-1-2011)

 

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