Cien Cortos Cuentos II. INOPORTUNIDAD

Aguardo impaciente. Es nuestra primera cita.

De manera inopinada había conseguido acercarme a aquella hembra de postín venida del septentrión. Y lo había conseguido yo, que no soy precisamente guapo. Pero al lograrlo me convertí en el centro de atención, en la envidia de mis amigos y compañeros de facultad.

El primer día que entró en clase (¡benditos intercambios universitarios! Pensé) todos los tíos (y alguna tía) nos quedamos con la boca abierta. ¡Qué formas! ¡qué rotundidad! ¡qué… qué…! ¡Increíble!

El caso es que, como decía al principio, yo, un vulgar mortal, un sosaina, no podía ni siquiera fantasear con la posibilidad de merecer su atención; de ligármela ni hablamos… Pero ha sido que sí.

La interioridad de cada individuo es un rasgo distintivo de nuestra especie que, a unos más que a otros, confiere originalidad y gracejo, por eso no quiero darle más vueltas al contexto de mis méritos. Los compañeros no daban crédito, sobre todo Jaime, el guaperas oficial, que seguro contaba con llevársela al huerto. Y sin embargo, mira por donde a ella le llamó más la atención mi aspecto desvalido, esa lánguida mirada de cervatillo que acaba de quedarse sin su mamá y que tan bien sé componer. Todos allí, en la fiesta de confraternización de la facultad trasegando alcohol y otras cosas, procurando manosearse los unos a las otras, riendo las chorradas de los payasetes de turno, y Nicole que va rehuyendo al pesado de Jaime, y al resto de los moscones, y se pone a mi lado y entonces me sonríe y yo, que seré enclenque pero no gili, le entro como puedo, o sea torpemente. Sin venir a cuento le pregunto que si le gusta el cine y luego, cuando con una mirada chispeante me contesta que le encanta, como el que no quiere la cosa, dejo caer que seguro que pasear en buena compañía también… Y eso, que mi conjetura parece que la desarma. De nuevo esos ojos grandes y azules trasmitiéndome todo lo trasmisible, y a continuación va y me endosa un beso en la boca y agrega que algunos españoles somos demasiado indecisos (dame tiempo y verás, guapa; pienso) y que, desde que llegó, no ha hecho más que buscar el modo de acercárseme, y también que quiere que vayamos al cine y luego sí, que demos un paseo por la ciudad y más, mucho más, que desea saberlo todo de mí…

Y yo no paraba de mirar alrededor, buscando esa más que probable complicidad entre Nicole y las supuestas amigas a quienes habría garantizado divertimento a costa mía… Pero no, no existía nada de esto.

Así es que aquí estoy, esperando a que llegue la normanda, en la parada del autobús. Lo tengo todo planeado: he elegido una película intranscendente y diseñado un itinerario tendencioso para el posterior paseo. Por supuesto me he aseado y escogido lo mejor de mi vestuario. Lo único… Qué inoportunidad, justo en este instante, me desazona a más no poder cierto humor espeso anclado en las profundidades de mi tabique nasal. Voy a ver si así… con disimulo… haciendo palanca con el dedo meñique… ¡Ump! ¡Arg! ¡Qué horror! ¡Qué verde, qué proporciones, qué asquerosidad! ¡Incluso a mí, su involuntario hacedor, me provoca repulsa!

Y el autobús que se ha detenido en la parada en tan crítico instante y las puertas que se abren justo donde estoy y… ¡Sí! ¡Trágame tierra! ¡Es ella! Lo ha visto todo: mi dedo hurgando en la nariz, la extracción del tremendo grumo y esa instintiva reacción de restregármelo en el costado del pantalón, cuando me sé descubierto en lo más comprometido del momento.

Una nausea acomete a Nicole. Se queda como pasmada. ¿Duda? Creo que ni eso. El autobús cierra sus puertas y enseguida se aleja con Nicole dentro. ¡Esto no puede estar sucediéndome!

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