CCC. XI. ANIVERSARIO

No olvides dejar la llave puesta en el contacto, aunque no lo parezca es un detalle importante. Y enmascara rastros, échate colonia, límpiate los restos de carmín, mete toda tu ropa en la lavadora, deshazte de la frase que escribí en la servilleta de papel, debe de seguir en el bolsillo de tu americana. Sí, esa misma en que te juraba amor eterno… ¡Deshazte de cuanto tenga que ver conmigo! Del papel, del amor… Del tuyo, de tu amor (¿acaso lo has sentido?), porque del mío no puedes, ése no te pertenece.

Y después, cuando todo haya terminado, no se te ocurra rellenar el depósito de combustible como haces cada vez que nos vemos, ahórratelo, ya no utilizaré más el coche. Mantén la concentración, por favor, no vayas a tener la ocurrencia de ir a una gasolinera de las que frecuento en busca de clientes y se queden con tu cara ¡Ah! y si por un casual cayeses en la tentación de entrar en algún local a tomar algo (no te vendrá mal una copa, lo sé) paga en efectivo. Insisto: no debes dejar rastros. Y sí, el coche puedes dejarlo estacionado en la explanada, frente al club. ¡No, descuida! No te verá nadie, a partir de las cinco de la mañana el lugar permanece desierto, todos se habrán marchado, estate tranquilo. Tu casa queda relativamente cerca, por lo que puedes llegar dando un paseo; te vendrá bien tomar el aire. Y por fin… Hazme un favor ¿quieres?, no leas la página de sucesos, hazlo por ti, no te martirices, no hará falta que te confirmen… Bueno, eso, sabes muy bien que apareceré donde me has dejado, y también, que si somos discretos (hasta donde me toca ya ves que yo me estoy esforzando…) lo nuestro jamás trascenderá. El caso se cerrará pronto, oficialmente habré sido asesinada por un cliente descontento y desconocido, abandonada en mi propio automóvil; seré una menos, solo eso, una simple baja, entre las que se dedican a esta profesión donde tantas importan tan poco. Limpia las huellas de tus manos del volante, del salpicadero, de la tapicería, de mi garganta y mi cuerpo, hazlo todo concienzudamente, pensando en que ya no tendrás el compromiso de celebrar ningún otro aniversario fuera del hogar. Tu esposa, aunque juegue a que nunca ha sabido nada (disimulará como tantas esposas), aunque no te lo diga, acabará por perdonarte (nunca olvidando), y si no vuelves a recaer en la tentación de celebrar aniversarios con otra, también pensará que te ha recuperado para siempre, mientras que tú, conseguirás que poco a poco sanee tu conciencia, esa tortura que ahora sientes, cada vez que contemplas las manos que me han estrangulado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *