CCC. XII. CÍCLADAS

Se abre la puerta del vestíbulo. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, una mujer, una hermosa mujer. Sale a recibir a quienes llegan, a los viajeros, el ideal de la belleza de la antigüedad. Al verla, me pregunto si la presencia de los Dioses Griegos en este lugar fue lo suficientemente intensa como para dejar su impronta. La mujer posee una piel ligeramente tostada por la luz del Mediterráneo, luce cabellera negra y brillante y unos ojos cuya tonalidad rivaliza con el cian que en ese momento refleja el mar; nos obsequia una sonrisa medida que reporta confianza y su voz… Lo suyo es pura armonía, por eso ya no me cabe duda: sí, se trata de la hija de un Dios Griego, de una embajadora del Olimpo.

Inopinadamente cobro conciencia (o más bien lo hace el viajero que está incluido en el “paquete de turistas”). Me extasío (nos extasiamos el de la recién recuperada conciencia, o sea yo, y quien soy afuera de mi dudosa condición viajera en su peor versión, que es la de vulgar turista) contemplando a la mujer que una vez formalizado el recibimiento y distribuidos los pasajes de manera maquinal, se apresura a regresar al Mediterráneo de los Dioses Griegos, o lo que es lo mismo, traspasa la puerta que oculta al vestíbulo lo que acontece del otro lado, una puerta que discrimina a vulgares turistas, a mortales viajeros, que marca la frontera entre los simples seres humanos y los dioses del Olimpo. En algún lugar próximo, justo a nuestra espalda, se aviva la actividad. Observo que se levanta la barrera que da acceso al muelle y una voz estentórea, por megafonía, invita a que los viajeros embarquen en el crucero que realiza la singladura a la isla de Santorini. Inmediatamente quienes están junto a mí se dan la vuelta y se precipitan en la pasarela que permite acceder al crucero; allí todos se apelotan, se dan codazos, disputan por subir a cubierta ¡Hay sitio para todos! Grita alguien.

Me quedo solo, mirando de hito en hito, contemplando la avalancha de turistas que se atropellan los unos a los otros, contemplando la puerta cerrada tras la que ha desaparecido quien repartía los pasajes, la emisaria del Olimpo. Los últimos turistas, viajeros de ninguna parte, son absorbidos por la pasarela del crucero. Un postrer aviso conmina a los rezagados para que suban al barco. Ya no dudo más, esperaré a que vuelva a abrirse la puerta que da al vestíbulo, el regreso de la mujer que reparte los pasajes.

2 opiniones en “CCC. XII. CÍCLADAS”

    1. Gracias “Valdivia”. Compártelo con los paisanos mexicanos, a ver si se pasan por las Cícladas y por mi blog, que entra menos gente que en la sede del PP en Barcelona… jejeje

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