LA LLAMADA DE TELÉFONO (un cuento de Navidad)

Había salido aquella tarde, a realizar unas obligadas compras para la cena de Nochebuena con la familia. Señalar que la familia se había visto tristemente menguada en los últimos años; sobre todo echaba en falta a mis progenitores. Los había querido mucho, habían sido unos buenos padres, como esperaba serlo yo para mis hijos, pero… Me estoy desviando. Como decía al principio, había salido aquella tarde con el objeto de realizar algunas compras. Ya me encontraba de vuelta a casa, atrapado dentro de mi coche en mitad de un atasco monumental y agotado por el tráfago al que, no olvidemos, aportaba mi granito de arena. Mantenía clavada la vista en un semáforo del que sólo me separaban unas decenas de metros, pero que al permanecer abierto menos de un minuto cada vez que se ponía en verde para los coches, apenas me permitía avanzar. Allí, junto al paso de peatones, se agolpaba un gentío, que enloquecido se lanzaba a cruzar la calzada en cuanto el muñequito pertinente se ponía en movimiento. Mas de pronto, mi vista se fijó en una de esas otras personas, que nos resultan invisibles a lo largo del año y que por una extraña circunstancia de empatía navideña (quizá mal entendida) acaba despertando nuestra conciencia. Cuando por fin me situé a la altura del semáforo y contemplé de cerca la cara de aquella persona, un anciano y enjuto mendigo, que solicitaba a los conductores “una limosna navideña” escrita en un cartel que le colgaba del cuello, sentí un escalofrío recorriéndome el cuerpo. El mendigo vestía un abrigo de espiguilla desastrado y pasado de moda, que además le quedaba grande; un abrigo idéntico al que en tiempos tuvo mi padre y que habíamos donado a una oenegé tras su fallecimiento; en mi obsesión, incluso creí ver en el mendigo las mismas facciones de mi progenitor enterrado hacía un lustro. Él, mi padre, había fallecido de manera penosa en un hospital, solo, sin que ninguno de sus seres queridos estuviera acompañándolo en ese trance final. Recuerdo que el mismo día había ido a visitarlo por la mañana y lo encontré razonablemente bien, a pesar de que en los últimos tiempos se le hubiera ido la cabeza y no parara de reprocharme que cualquier día nos olvidaríamos de que existía y acabaría muriendo solo, como así sucedió. Yo siempre había sentido un profundo remordimiento, cada vez que pensaba en aquel triste desenlace; dicen que quien pierde un ser querido en determinadas circunstancias, es acompañado a lo largo de su vida por dicha sensación de no haber obrado de manera adecuada. Pero no quiero desviarme otra vez…

Por la razón que fuera, el mendigo no se detuvo a la altura de mi coche y siguió caminando entre los otros vehículos mostrando su cartel; algunos conductores bajaban la ventanilla y le daban algo. El escalofrío que primeramente había experimentado cuando creí identificar a mi difunto padre, mutó al rememorar el habitual sentimiento de culpa al que acabo de aludir. En mi turbación, reaccioné apeándome del coche, quería llamar la atención de aquel anciano, atraerle hacia mí, hablarle, pedirle disculpas quizá, por algo que sin duda él no acertaría a comprender. ¿O puede que sí?
El semáforo se puso en verde para los coches y desde todas partes se me comenzó a increpar para que regresase a mi vehículo y reiniciase la marcha. Dudé. El mendigo, aunque alejado unos metros de donde yo estaba y semioculto entre la gente de la acera adonde había regresado, pareció percatarse de que me estaba dirigiendo a él e intentó abrirse paso hacia mí. Pero en ese momento apareció un agente de policía local, ordenándome autoritario que montase en el coche y me largara.
Justo cuando superaba el semáforo, en el que ya se agolpaba la nueva remesa de peatones para cruzar cuando les llegase el turno, observé emergiendo entre la multitud, una porción de aquel abrigo que había creído identificar como el que perteneció a mi padre. Del puño de una manga, sobresalía una mano huesuda sujetando lo que enseguida reconocí como un teléfono móvil. La mano agitó el ingenio electrónico con vigor, quizá con premura, y a continuación tanto uno (el mendigo entre el gentío), como otro (yo conduciendo mi automóvil), fuimos absorbidos por la vorágine del instante.
Intenté detenerme algunos metros más adelante, con la intención de apearme del coche, echar una carrera y reunirme con el anciano del abrigo, pero otra patrulla urbana me lo impidió. Opté entonces por dar una vuelta a la manzana y volver al semáforo. Para cuando lo conseguí, veinte minutos más tarde, el mendigo había desaparecido.

Entré en casa dubitativo, el encuentro me había perturbado. Sólo cuando me senté en el sofá y comencé a relajarme, mi cabeza recuperó el detalle del abrigo con la mano agitando el teléfono. Me acometió un nuevo sobresalto y actué sin pensármelo. Tomé mi móvil, consulté la agenda y allí estaba el número de mi padre. Desde que falleciera, jamás se me había ocurrido borrar el contacto del listín. Pulsé la tecla de llamada. El teléfono comenzó a emitir tono. Al cuarto timbrazo descolgaron y una voz familiar, muy familiar, dijo: «Feliz Navidad hijo mío». Y enseguida se cortó la comunicación.

19-12-2019

4 opiniones en “LA LLAMADA DE TELÉFONO (un cuento de Navidad)”

  1. Que yo entere. El abrigo que tenia el viejo, ¿cuando lo dieron a la ong no le sacaron el movil del bolsillo y cuando llamó salto un mensaje de su padre que no habia borrado?

Una opinión siempre sirve.