LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

LA PATERA Y LA TIERRA PROMETIDA

La amenaza de tormenta cesó, era la señal para hacerse a la mar y cruzar la franja de agua que los separaba de la Tierra Prometida.
El patrón los fue apretujando de mala manera en el fondo de la embarcación. Los insultaba, los amenazaba, los trataba sin miramientos.
Aisa se acomodó lo mejor que pudo. La tripa le pesaba horrores, y ahora también le dolía. No le había dicho nada a Jartum, su compañero, pero creía que el parto se produciría pronto. No le había dicho nada a Jartum, ni al patrón de la patera, ni a nadie; de hacerlo no la hubieran dejado embarcar y ella deseaba que su hijo naciera en la Tierra Prometida.
La amenaza de tormenta cesó, pero el cielo nocturno permanecía manchado por aquella inquietante neblina, que ahora además raseaba la superficie del mar. La neblina impedía ver la luna y las estrellas, ninguna luz. El escenario perfecto; pensó el patrón de la patera; pensaron muchos de los embarcados, y pensó Aisa, animada porque al otro lado de la niebla se hallaba la Tierra Prometida. Sólo unos pocos kilómetros; volvió a reflexionar, y luego nada podría impedir que su hijo creciera como crecen los hijos que viven al otro lado: con zapatos, con comida, con colegio y educación, con dignidad todos los días de su vida… Ella y Jartum se habían conjurado, para procurar a su hijo lo que la justicia exige para todos, todos los días de su vida…

El motor de la patera rugió a plena potencia en cuanto el patrón enfiló el nordeste. A poco de salir a mar abierto, éste se tornó bravío; los golpes bajo el pantoque se sucedieron violentos, intimidatorios para aquel pasaje poco o nada acostumbrado a un entorno que percibían hostil. Muchos inmigrantes se abrazaron asustados, rezando en su lengua, en su religión, que al igual que todas las religiones persevera en lo mismo, la concordia entre los hombres. El patrón los miraba con indiferencia; en realidad los despreciaba, significaban la mercancía que debía llevar a su destino para enseguida regresar a por más. También, taladraba con su mirada aquella niebla pegajosa: nada a babor, nada a estribor. Al rato pareció calmarse un tanto, cuando a proa, las lucecitas de las poblaciones comenzaron a perfilar la línea de costa a la que se aproximaban; o sea, para el pasaje la Tierra Prometida. No obstante el patrón recelaba, lo hacía siempre que cruzaba el estrecho con su cargamento de migrantes ilegales. Los despreciaba; pensó.

De pronto Aisa se estremeció. Las contracciones aparecieron de manera súbita, y se sucedían regulares; ya no pudo disimular lo que estaba a punto de ocurrirle. El frío añadió un componente estertóreo a las contracciones y ello acrecentó la congoja de un Jartum que se aprestó a asistir a su compañera. Algunos de los que estaban cerca también se percataron de la situación. Lo peor sin embargo, fue que el patrón de la patera supo que aquella mujer estaba a punto de parir en mitad del estrecho. Y aquello lo enfureció; farfulló palabras amenazadoras señalando a Aisa. Esa mujer es una carga; dijo haciendo un gesto a los dos esbirros que lo acompañaban. Las miradas de éstos no presagiaban nada bueno, pero entonces Jartum esgrimió un cuchillo, y enseguida alguien de los que estaban a su lado lo imitó, y luego otro se interpuso entre aquellos malvados y Aisa. Y por fin un cuarto y un quinto…, en fin, todos los inmigrantes, migrantes, inmigrados, expatriados, emigrados, llegados, trabajadores…, que cualquiera de los sinónimos empleados resulta válido cuando se trata de exaltar la solidaridad, instaron al patrón de la patera para que permaneciera atento a lo que debía estar, que era llevarlos a la Tierra Prometida.

Aisa gemía. Jartum le habló procurando mostrar serenidad. Le dijo que la Tierra Prometida estaba a la vista. Pensó en algo con lo que entretener a su parturienta compañera, e hiló una historia que acababa de recordar, narraba la aventura de tres reyes en busca de un recién nacido; se trataba de una historia que había escuchado allá, en su aldea del África Ecuatorial. Se parecía a la historia de los reyes de oriente que todos en occidente conocemos, aunque no tiene por qué ser la misma; cualquier bella historia es patrimonio de quien la difunde y al parecer allá, en la aldea del África Ecuatorial, se afirmaba que el acontecimiento sucedió en… Jartum procuraba imprimir a su historia, de eso que denominamos tensión narrativa, necesitaba acaparar la atención de Aisa: «…los tres reyes, hallándose descorazonados, perdidos, fueron guiados por una estrella que iba dejando tras de sí una larga estela. Aquella estrella les marcó el camino…» Aisa dio un grito en el momento de romper aguas, y levantó una mano hacia un cielo emborronado por la calima. Entre contracción y contracción, con voz entrecortada, interrogó que si aquélla era su estrella. Jartum escudriñó la noche, en el instante en que un reflector lamió la cresta de las olas.
El patrón hizo amago de dar la vuelta al tiempo que gritaba ¡Guardia Civil! Pero Jartum, y los otros, dijeron que no, que no era la Guardia Civil, se trataba de la estela de una estrella, la estrella que los guiaba a la Tierra Prometida. El patrón insistió: ¡Guardia Civil! Y comenzó a girar la patera. Jartum y todos los demás inmigrantes, migrantes, inmigrados…, ya se sabe, volvieron a enfrentarse al patrón y sus esbirros. Les ordenaron: ¡No, Guardia Civil no! ¡Ve hacía la luz! Ella es la estrella que nos guía, emisaria de la Tierra Prometida.

Una opinión siempre sirve.