ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

El octavo día de confinamiento forzoso ya no puedo más y decido salir a la calle. He cogido una bolsa de la compra y me he ido al supermercado. No al que tengo más cercano, he ido a uno en el que antes jamás había entrado. El lugar estaba casi vacío; vacío de gente y de productos. Me he conformado con lo primero que he podido encontrar: un par de pimientos, una barra de pan y un paquete de pastillas para el lavavajillas; lo último se lo he dejado a la cajera cuando he ido a pagar, hace días que no utilizo el electrodoméstico.
Ya en la calle, he regresado de vuelta a casa dando un rodeo. Sé que no es bueno exponerse y que tampoco debemos exponer a otros a un posible contagio que pueda venir de nuestra parte; todos somos presuntos trasmisores. Pero el caso es que lo he hecho; mal hecho. Me figuro que a todos nos pasa, es una cuestión sicológica, de salud mental, estar dándole todo el día a la cabeza tampoco es bueno y yo, aunque soy de los que se entretiene y se busca cualquier ocupación, también sufro los embates de la angustia y la incertidumbre, así es que eso, sí, he hecho mal, pero he regresado a casa despacio, dando un rodeo, disfrutando de un ilegal paseo. Fijándome en aquel vehículo que circula a lo lejos, en esa patrulla de la policía, que cada vez que sorprende a un viandante reduce la velocidad, e incluso se para y le pregunta qué hace por la calle. Llevo mi bolsa de la compra bien visible, para que se sepa de dónde o a dónde voy. A la gente de los perros la policía los tolera. El detalle no me pasa por alto, de hecho, llevo varios días con la idea dándome vueltas en la cabeza, quizá, si tuviéramos un perro… ¡Claro, mis hijas encantadas! Habría peleas para sacar al animal a la calle. Lo que son las cosas, el problema en que siempre he pensado y me ha echado para atrás (uno de ellos) en la idea de tener un perro en casa no existiría. Continúo caminando, despacio, siempre despacio. No hay ninguna prisa en volver. Cerca de casa existe un pequeño parque. Lo atravieso. El lugar está desierto, salvo por los inevitables paseantes de perros; algunos intercambian unas palabras manteniendo una distancia prudencial. Estoy por acercarme a uno de esos grupos para intentar conversar con ellos, de cualquier cosa, pero por fin desisto, no pertenezco a ese estatus de propietarios de mascotas, ¿qué haría yo allí?, con mi bolsa de la compra en la que llevo dos pimientos y una barra de pan. Continúo mi camino, llego al final del parque. Ya solo un semáforo y un corto paseo arbolado me separan de casa. No es necesario ni esperar a que el semáforo se ponga en verde y cruzo, y por fin, un tanto resignado, acometo el último tramo del itinerario. Pero cuando he cubierto la mitad de la distancia, de los árboles que escoltan el corto paseo comienzo a percibir el parloteo de los muchos pájaros que, desde que lo que nos ha sucedido se prolonga, han ido ganándole terreno al tráfago urbano; es como si la ciudad estuviera cambiando de dueños. A los pocos metros llego a la altura de una señora mayor que, sentada en un banco, desmigaja un trozo de pan rodeada por una cohorte de avecillas, que la miran pacientes y a las que importa poco, que yo vulnere esa distancia prudencial que los pájaros comúnmente guardan con los humanos. Cada vez que la mujer les lanza unas pocas migas al suelo, los animalitos se las disputan. Me detengo a contemplar la escena. En un momento dado, a la anciana se le acaba el pan y les hace una señal a los pájaros extendiendo hacia ellos sus manos vacías, como explicándoles que ya no tiene nada para ofrecerles. Algunos levantan el vuelo, pero otros, supongo que los más hambrientos, pacientes, o las dos cosas, se quedan aguardando un incierto futuro, que les depare algo que llevarse a la boca; al pico en este caso. Cuando estoy a punto de reiniciar mi camino, la anciana alza la vista hacia mí y dice: ellos también nos necesitan. Siento un escalofrío recorriendo mi espalda. El pensamiento que también atraviesa mi mente como un relámpago me produce idéntico incomodo. Se me ocurre, que si una patrulla de la policía pasa en este momento por allí y sorprende a la mujer… Se me ocurre, que ella igualmente necesita de esa dedicación que profesa a los pajarillos… Se me ocurre que yo mismo tengo necesidad de los que me necesitan a mí… Todo es demasiado absurdo; me digo por fin, demasiado increíble por verdadera que sea la situación. ¿Quién nos lo iba a decir, que pudiéramos llegar a algo así? Saco el pan de mi bolsa de la compra y se lo entrego a la mujer, y a ella se le iluminan los ojos, y enseguida arranca un extremo de la barra y desmigándola, comienza a ofrecérsela a los pajarillos, que regresan en bandadas y la rodean, y no paran de piar supongo que alborozados. «Si viniese una patrulla de la policía y le pregunta, dígales eso: que ellos también nos necesitan». He pensado en decírselo, pero no lo hago, solo levanto una mano en señal de despedida, a la que la anciana no atiende, está demasiado ocupada. Continúo mi camino y enseguida llego a casa. Allí, se me reprende con benevolencia por mi tardanza y cuando digo lo que he comprado en el supermercado, señalo que aparte de los dos pimientos también llevaba una barra de pan, pero que la he dejado por el camino, porque «ellos también nos necesitan».

21-3-2020

7 opiniones en “ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN”

  1. Excelente, me ha llegado al corazón. Un abrazo muy fuerte para este persona

  2. Genial. De todas formas me encanta que ahora se oiga cantar a los pajaros y, que misteriosamente hayan desaparecido las palomas, al menos las que invadían mi terraza a cualquier hora, situación que me alegra sobremanera. Sigue escribiendo majo Ya continuaré yo dejando comentarios en este blog ahora que ya puedo.
    Besos
    .

  3. Gracias Pura, Miguel…, gracias a todos los lectores que paséis por este relato escrito durante estos días aciagos. No sé como echar una mano, sólo se me ocurre hacer esto, lo único que se me da a medias. Por cierto, que le he dado un repaso, ahora está mejor.
    Besos, abrazos y suerte para todos.

    E.J.

  4. Si, Quique ahora esta mejor y no porque antes estuviera mal… Besos y sigue escribiendo

  5. Bonita reflexión. Muchas cosas han cambiado en nuestras vidas y con ellas, muchos nos daremos cuenta de la importancia que tienen esas pequeñas cosas que eran nuestra rutina. Por cierto pasear al perro no es un privilegio, es una responsabilidad que los dueños han aceptado durante los años de vida del animal. Gracias por compartirlo.

  6. Gracias por pasar, leer y responder a este cuento reflexión-metáfora. ¿Tienes perro? ¡Te lo compro!
    Saludos. E.J.

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