IMPOSTOR GALÁCTICO

Anoto sus nombres para luego acudir a los registros; verifico en los archivos los códigos identificadores, porque con los náufragos nunca se sabe. La mayoría provienen de la galaxia: de Vega, Sirio, Arturo… Dos individuos me interesan sin embargo, afirman proceder del Sistema Solar; circunstancia insospechada por lo anómalo de la subsistencia inteligente en dicho rincón perdido del universo. El tipo de Titán, un satélite de Júpiter, dice que allí, los efectos incontrolados de la acción antrópica hacen penosa la supervivencia, aunque todavía resiste una colonia. Pero el otro, el que asegura venir de la Tierra… Ése es un impostor, estoy seguro. La Tierra lleva muerta cientos de años. ¿Dónde habrá conseguido la identificación?

FIN

Traicionadas por sus propios acólitos los minutos, los segundos, las décimas de segundo… Todos los que ocupaban el espacio que media entre una y otra las abandonaron al unísono, y entonces ellas, las horas, se detuvieron; desaparecieron para siempre, y con éstas también lo hizo el tiempo.

LA HORA DEL CAFÉ

Se trata de un «donnadie», de un borrachín, de un colgado, vete tú saber a causa de qué sustancia, que ha hecho suyo este barrio. Hacerlo, frecuentar un barrio (sobre todo para gente como esta) tiene sus ventajas, al final las caras nos resultan familiares y aunque nos ignoremos los unos a los otros, parece que lo habitual es un factor de convivencia, de una convivencia obligada, eso sí. El donnadie al que me refiero a mí no me ignora; tiene sus razones. Coincidimos por la mañana, cuando hago un descanso en la oficina y salgo a tomar café. Desde dentro del bar lo veo escudriñar a través de la cristalera. Cuando me localiza, acomodado en el lugar que acostumbro hojeando el periódico, se dirige a la puerta y espera a que salga.
Una vez estoy en la calle, se me coloca delante y me hace el gesto de pedir tabaco, y yo le doy un par de cigarros, y él vuelve a extender la mano para que también le entregue unas monedas, y a veces se las doy y otras le contesto que no moviendo la cabeza. Jamás insiste, siempre se da la vuelta y se larga con el mismo trotecillo cansino.

Hoy, como todas las mañanas, he acudido al bar y abierto el periódico por donde acostumbro, reconozco que tengo mis manías. Al ver su fotografía allí, he mirado inmediatamente hacia afuera, a la puerta donde me espera y claro, no está. Colecciono nombres de personas que han dejado de fumar. He recortado su foto y añadido un comentario: «El donnadie de la hora del café».

HÉROES OLVIDADOS

El mismo día que comenzó el confinamiento, recibió la confirmación del retiro. Treinta años de su vida laboral, habían transcurrido en aquel semisótano, al que se había dado uso como sala de exposiciones. Decir que lo allí expuesto, pretendía repasar la historia de un ministerio creado hacía más de doscientos años. La sala apenas recibía visitas, los recortes de la anterior crisis la habían, sirva la metáfora, arrinconado en aquel pasillo húmedo y mal iluminado, donde se sucedían tediosos paneles informativos y dioramas que, más que por el propio contenido, interesaba a los visitantes, por suponer el último encierro de una intrusa fauna insectívora, tan apergaminada como lo expuesto dentro de las vitrinas.
Él era el último conserje. Su anterior compañero se había jubilado hacía un lustro.
Subió a las oficinas, firmó lo que tenía que firmar y allí mismo se le comunicó que la sala cerraría hasta nueva orden, podía volverse a su casa; pidió permiso para recoger sus cosas. Se le apremió a hacerlo. Dijo que lo haría al día siguiente. Nadie puso objeción.

La sala, poseía un espacio para uso del personal, que tras la jubilación de su compañero había hecho suyo; más todavía desde que su esposa faltaba. Murió tras fulminante enfermedad. Con frecuencia, acabada la jornada de trabajo, en vez de volver a casa se encerraba dentro de la sala y se quedaba en el cuarto que había hecho su segunda residencia. Nadie en el ministerio lo sabía, porque a nadie interesaba el semisótano y mucho menos la existencia de aquel sitio donde los conserjes se cambiaban. Su ex compañero y él habían reunido allí algunas cosas: una cocinilla eléctrica, un frigorífico, un sofá cama, varias sillas, e incluso una televisión y una estantería, donde trasladaron parte de sus bibliotecas; sí, aquello parecía un verdadero apartamento.

Cierto día, saneando una pared tapada por un friso, descubrieron una portezuela tras la que existía una estrecha galería. Ésta, terminaba junto a una escalera de gato sujeta a una pared de hormigón, que una trampilla de hierro comunicaba con la superficie. El acceso, estaba asegurado desde dentro por un cerrojo y un candado enmohecido. Recordaron que en el cajón de una mesa carcomida por el tiempo había algunas llaves viejas. Provistos de un engrasador, se entretuvieron hasta limpiar candado y cerrojo de mugre; consiguieron abrir el candado con una de las llaves. Desde entonces no había vuelto a entrar en la galería. La portezuela de acceso permanecía oculta por un frigorífico. Lo descorrió, anduvo por la galería y ascendió por la escalera de gato. Escuchó los ruidos provenientes del exterior. Nada, la gente ya se confinaba en sus casas. La entrada olvidada, escondida en un esquinazo de una vetusta plaza porticada, era un lugar nauseabundo al que solo acudían meones y donde se arrojaba todo tipo de desperdicios. Comprobó que el candado seguía funcionando. Sólo entonces se percató de un detalle y es que por el lado donde estaba el cerrojo, se podía meter la mano desde fuera para descorrerlo y también, claro, para quitar el candado. De regreso a casa, un agente municipal lo interceptó y le dijo que, a partir del día siguiente, sólo se permitiría salir a comprar medicinas y alimentos.

Mantenía amistad con el chino de la tienda existente junto a su portal; el local estaba abierto. El chino lo saludó afable, era un tipo educado que incluso le subía la compra a casa. Le venía bien, ya no andaba ágil, la artritis lo preocupaba. Hablaron brevemente de la triste situación. El chino al día siguiente cerraría la tienda y volvería a su país hasta que pasase toda aquella pesadilla del virus.
Cenó algo mientras veía las noticias. En la rueda de prensa que se estaba ofreciendo, se mencionó a los héroes de la pandemia: médicos y sanitarios, personal de limpieza, fuerzas de orden público, militares, voluntarios… En realidad, se subrayó, los miles de anónimos ciudadanos que hicieran lo que se debía también serían héroes.

Asumiría el encierro con estoicismo, pero… La idea acudió de repente. Metió en una maleta lo imprescindible y por la mañana se lo llevó a la sala. Mas se encontró con que unos albañiles estaban clausurando el acceso al semisótano, levantando una pared de ladrillos. Protestar al jefe de negociado no sirvió de nada. Éste, le dijo que debería haber acudido temprano para llevarse lo suyo. Ya no se podía entrar al semisótano.
Malhumorado regresó a casa; acudió a su amigo chino y le pidió ayuda. Juntos, introdujeron por el pasadizo secreto, cuanto pudiera requerir una larga estancia en aquel encierro voluntario. El chino no le quiso cobrar. Se despidieron en la trampilla, tal vez se volvieran a ver cuando aquello pasase, pensaron ambos sin decírselo. Por fin corrió el cerrojo y en un acto quizá absurdo, como en cierto modo lo era aquella situación, tras cerrar el candado arrojó por la rendija, fuera de su alcance, la llave. El día que saliera, se dijo, lo haría por la puerta de entrada a la sala, aquella que había sido clausurada sin contar con él. Luego, se acomodó en el sofá y buscó un disco de uno de sus músicos favoritos, David Bowie, el tema elegido se llamaba «Héroes».

El confinamiento pasó, y se olvidó. Como también se olvidó, que en aquel semisótano ministerial había existido una sala de exposiciones. Bastantes años después de aquel suceso del virus, alguien con poder de decisión, quiso recordar el doloroso acontecimiento con una retrospectiva. Encargó el proyecto a varios técnicos, que diseñaron algo que gustó. La exposición se llamaría «Héroes».
–¿Y dónde montaremos dicha exposición, tenemos sitio? –Preguntó el ideólogo.
–¡Claro, todo está previsto! –Respondieron los técnicos– En un semisótano clausurado hace veinte años, cuando la epidemia, allí existía una sala de exposiciones. Habrá que echar abajo un tapial y reacondicionar el sitio que, curiosamente, fue refugio de sublevados durante la Guerra de la Independencia, héroes de aquel entonces.

Texto seleccionado en la antología «Desde el confinamiento» de PANDEMIA, propaga tu escritura: pandemia.be

«Desde el confinamiento» es un proyecto altruista que consiste en la publicación de una antología de relatos, microrrelatos y poemas. Se publicará y venderá en Amazon.
Los beneficios obtenidos con la venta de dicho libro serán dedicados íntegramente a la adquisición y puesta en marcha de un sistema de monitorización por vídeo que permita al equipo médico conectar con los pacientes ingresados y a éstos con sus familias.

COMPORTAMIENTO DE GÉNERO

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada, pero no te preocupes, en unos meses olvidarás tus extirpados atributos masculinos y por extensión, las estereotipadas costumbres que ello lleva aparejado. Cuando ya no lo hagas, cuando para mear dejes de levantar instintivamente la tapa del váter, entonces, ya sí, considérate una fémina y lésbica por fin nuestra relación.

«GAFOSO»

¡Bicho gafoso de mierda! Dijiste…
Bueno, pase lo de bicho, incluso lo de mierda, ya que de menosprecio iba la cosa, pero gafoso ni de coña, jamás llevé gafas ¿O a caso pretendías decir otra cosa? Consulté mi diccionario… la palabreja no venía.
Quedamos para devolverte tus cosas; de paso te pediría matizaras lo de gafoso… Fui a tu casa con el coche que habíamos pagado a medias, que estaba a tu nombre, que reclamabas ¡Bah! ¡Qué se lo quede! pensé. ¿Bicho gafoso…? No vi el semáforo rojo. El camión no pudo esquivarme. Salí despedido, eso me salvó, pero el coche y tus cosas se consumieron entre virulentas llamaradas.

UNA INTERVENCIÓN DECISIVA

Se me vino a la cabeza la famosa frase: alea iacta est. Sí, era mi turno. El profesor titular de cirugía, el que nos evaluaba a todos, tenía fama de implacable, cualquier equívoco y el aspirante a cirujano podía dedicarse a la fontanería o a trabajar en un bar. El enfermero y el anestesista ya me esperaban enguantados y con las mascarillas tapando sus bocas. Se me explicó brevemente que se trataba de una urgencia, el paciente había entrado hacia unos minutos; apendicitis aguda. Debíamos comenzar de inmediato. Me acometió el pánico. El profesor titular que debía dirigir la intervención y evaluarme no aparecía, se lo hice notar a mis acompañantes. El enfermero se encogió de hombros y puso el bisturí sobre mi mano. Respiré hondo. El pulso me tembló, abrí trazando de manera involuntaria una ligera curva (que luego incluso gustó).
La operación resultó más sencilla de lo esperado, acabé pronto, el enfermero y el anestesista me felicitaron. Sólo entonces alcancé a escuchar el jolgorio desde arriba del lucernario. Pensé que mis compañeros celebraban divertidos el éxito de la intervención, hasta que uno señaló el calendario, día de los inocentes, y otro, irrumpiendo en el quirófano, descubrió la cara del paciente.

LA MAGA

–¡Tachán! Gritó excesiva la comadrona extendiendo los brazos hacia mí.
Otro individuo, con su boca tapada por una mascarilla creo que la increpó, pero no entendí lo que dijo. Había una cuarta persona apalancada en la cabecera de la cama, mirando a su alrededor con los ojos enturbiados por la vacuidad, parecía apunto de desmayarse, supuse que algo tenía que ver en el asunto. Y por fin estaba ella, la maga, quien, en lugar de la comadrona, muy bien podría haberse desahogado con aquel «¡tachán!» al realizar el último esfuerzo para expulsarme.
Hola mamá, encantado de conocerte. Me hubiera gustado decirle. Pero claro, todavía no sabía hablar.

De CCC (cien cortos cuentos):LXV. VACACIONES 2ª. Parte… CON ÉL

Siento tener que golpear tu ego machista, pero el disgusto me duró… diez minutos a lo sumo.
Muy amablemente, Joao me ofreció su pañuelo. Joao se encontraba en nuestra misma fila, ocupaba el asiento contiguo al mío. Después terminó cediéndome la ventanilla, entre otras cosas.
Joao tiene quince años menos que yo. Había pensado regresar el mes pasado, llena de remordimientos, ¡qué estúpida! Sentía que, de momento, tres meses eran suficientes, pero le he cogido el gusto. Joao, además de encantador y guapo, es adinerado. ¿Sabes?, dice que está enamorado de mí, quiere que nos casemos, y a lo mejor acepto, aunque no paro de insistirle en que esas cosas del amor, a estas alturas, a mí por lo menos… Pero Joao dice que le da igual, que quiere que lo suyo sea mío.
Deberías conocer el Caribe en cuanto puedas. En todo este tiempo, no hemos dejado de visitar islas maravillosas. Sí, claro, en el barco de Joao.
No sé si será el influjo marino o su virilidad, pero el caso es que con él estoy experimentando los orgasmos más increíbles de mi vida.
¿Nuestro final decías? ¡Para nada, pienso volver! Ya hablaremos, tenemos que hacerlo, negociar el divorcio, nuestros bienes son gananciales…
Te contesto por carta, porque desde aquí no tengo cobertura.

PD: Por si no lo has hecho, te recuerdo que debes aprovechar el guiso de carne que dejé en el congelador, ya sabes que después de un tiempo pierde proteínas; hay para dos.

DAVID

Se pasa horas evolucionando a mi alrededor. Asintiendo, admirándome como si yo fuera un objeto de deseo, un producto de su divina inspiración, como he escuchado que explica a más de uno de los que, con frecuencia, visitan el taller.
Alguien ha opinado que parece que tengo alma… ¡Pues claro mentecato! He pensado al instante al escucharlo. Y luego, otro, que si tenía pensado el nombre que iba a darme. Su respuesta no me ha agradado, ha contestado: «Él mismo me lo dirá, ya queda poco para acabarlo, apenas unos retoques y estará listo, entonces habrá llegado el momento de preguntárselo». No mucho más tarde, hallándonos a solas, tras un tócame aquí, un tócame allá (no me gusta cómo toca según donde), le he escuchado decir satisfecho que ahora sí, que ahora su obra ya estaba lista y podía preguntarme cómo me llamaba… Y lo ha hecho, pero yo no he respondido. ¡Jodido presuntuoso!