«GAFOSO»

¡Bicho gafoso de mierda! Dijiste…
Bueno, pase lo de bicho, incluso lo de mierda, ya que de menosprecio iba la cosa, pero gafoso ni de coña, jamás llevé gafas ¿O a caso pretendías decir otra cosa? Consulté mi diccionario… la palabreja no venía.
Quedamos para devolverte tus cosas; de paso te pediría matizaras lo de gafoso… Fui a tu casa con el coche que habíamos pagado a medias, que estaba a tu nombre, que reclamabas ¡Bah! ¡Qué se lo quede! pensé. ¿Bicho gafoso…? No vi el semáforo rojo. El camión no pudo esquivarme. Salí despedido, eso me salvó, pero el coche y tus cosas se consumieron entre virulentas llamaradas.

UNA INTERVENCIÓN DECISIVA

Se me vino a la cabeza la famosa frase: alea iacta est. Sí, era mi turno. El profesor titular de cirugía, el que nos evaluaba a todos, tenía fama de implacable, cualquier equívoco y el aspirante a cirujano podía dedicarse a la fontanería o a trabajar en un bar. El enfermero y el anestesista ya me esperaban enguantados y con las mascarillas tapando sus bocas. Se me explicó brevemente que se trataba de una urgencia, el paciente había entrado hacia unos minutos; apendicitis aguda. Debíamos comenzar de inmediato. Me acometió el pánico. El profesor titular que debía dirigir la intervención y evaluarme no aparecía, se lo hice notar a mis acompañantes. El enfermero se encogió de hombros y puso el bisturí sobre mi mano. Respiré hondo. El pulso me tembló, abrí trazando de manera involuntaria una ligera curva (que luego incluso gustó).
La operación resultó más sencilla de lo esperado, acabé pronto, el enfermero y el anestesista me felicitaron. Sólo entonces alcancé a escuchar el jolgorio desde arriba del lucernario. Pensé que mis compañeros celebraban divertidos el éxito de la intervención, hasta que uno señaló el calendario, día de los inocentes, y otro, irrumpiendo en el quirófano, descubrió la cara del paciente.

LA MAGA

–¡Tachán! Gritó excesiva la comadrona extendiendo los brazos hacia mí.
Otro individuo, con su boca tapada por una mascarilla creo que la increpó, pero no entendí lo que dijo. Había una cuarta persona apalancada en la cabecera de la cama, mirando a su alrededor con los ojos enturbiados por la vacuidad, parecía apunto de desmayarse, supuse que algo tenía que ver en el asunto. Y por fin estaba ella, la maga, quien, en lugar de la comadrona, muy bien podría haberse desahogado con aquel «¡tachán!» al realizar el último esfuerzo para expulsarme.
Hola mamá, encantado de conocerte. Me hubiera gustado decirle. Pero claro, todavía no sabía hablar.

DAVID

Se pasa horas evolucionando a mi alrededor. Asintiendo, admirándome como si yo fuera un objeto de deseo, un producto de su divina inspiración, como he escuchado que explica a más de uno de los que, con frecuencia, visitan el taller.
Alguien ha opinado que parece que tengo alma… ¡Pues claro mentecato! He pensado al instante al escucharlo. Y luego, otro, que si tenía pensado el nombre que iba a darme. Su respuesta no me ha agradado, ha contestado: «Él mismo me lo dirá, ya queda poco para acabarlo, apenas unos retoques y estará listo, entonces habrá llegado el momento de preguntárselo». No mucho más tarde, hallándonos a solas, tras un tócame aquí, un tócame allá (no me gusta cómo toca según donde), le he escuchado decir satisfecho que ahora sí, que ahora su obra ya estaba lista y podía preguntarme cómo me llamaba… Y lo ha hecho, pero yo no he respondido. ¡Jodido presuntuoso!

TURNO DE NOCHE

Desde que yo también tengo turno de noche apenas coincidimos. Tiempo atrás, cuando podía acompañarlo en sus correrías nocturnas, lo pasábamos genial. Naturalmente eran otros tiempos, y ya se sabe que las circunstancias son como los tiempos, cambian.
Tuve que aceptar el empleo, la necesidad de una vivienda y los gastos que conlleva la sociedad moderna, trastoca cualquier rutina por muy adaptados a ella que nos encontremos.
En fin, lo cierto es que lo de ahora tampoco es tan malo, más o menos nos hemos acostumbrado a nuestra novedosa situación y además: no hay mal que dure mil años… ¿O eran cien? ¡Bah! Da lo mismo, cuando existe complicidad el paso del tiempo supone una minucia; más en nuestro caso.
Es por eso que cada tarde, a la caída del sol y antes de salir para el trabajo, le plancho una camisa y le dejo preparado su capote preferido; sí, ése, el de las solapas levantadas… ¡Mira que le queda bien al joío!
Lo que más extraño, es no poder verlo con su atuendo recién enfundado. No son celos, pero me da rabia imaginar, que sean otros ojos los que así lo contemplen a la vuelta de cualquier esquina, aunque sepa de sobra que dichas circunstancias… ¡Ejem! Vamos, que echo de menos escuchar el despertador a medianoche, levantarme con él, disfrutar del modo en que, prolijo, se viste para salir a lo suyo…
Eso sí, me lo tiene prometido, en cuanto pase el «pico carnavalesco» de este año, vendrá a hacerme compañía algunas madrugadas al hospital, a pesar de que no para de repetírmelo: ¡Nunca me ha gustado la gente pachucha que hay en estos sitios! Y su recelo es comprensible, pero le tengo preparada una sorpresa. Cuando venga lo llevaré de visita al banco de sangre y nos embriagaremos tomando unas bolsas de nuestros grupos de plasma preferidos. Ya me ocuparé yo, de que no se eche en falta la desaparición. Y es que unos pocos litros no van a ninguna parte.

2º QUERIDO PAPÁ

Papá solía morirse dos veces por semana. Pero su fortaleza era tal, que superaba cada una de sus crisis hipoglucémicas como un ave fénix. De pronto, cuando todos pensábamos llegado su final, abría los ojos mirándonos de uno en uno con expresión entre sorprendida y fastidiosa, hasta que, de manera inopinada, se paraba en alguno de los familiares que asistíamos a lo que pensábamos sus últimos instantes de vida, lo señalaba con un dedo acusador y decía: ¡Tú no eres nada mío!, ¡largo de aquí! El aludido, era un acuerdo tácito, simulando despecho se largaba sin más y, naturalmente, ya no volvía aparecer cuando se nos comunicaba la inminencia del siguiente óbito. El día que Papá tuvo la crisis definitiva, la que finalmente lo llevó a la tumba, sólo quedaba yo. Entonces me sujetó la mano y dijo: ¡Tú si eres mío! Y se murió. Previsor, me había hecho acompañar de un notario, que levantó acta de las últimas palabras de mi querido papá. Creo que sobra comentar que la herencia fue mía y sólo mía.

1º CATENARIA

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Un día lo había soltado así en la mesa del comedor de la pensión. Que trabajaba en la alta velocidad, los trenes bala, ya se sabe… Rio la gracia.
Su dormitorio estaba al lado del mío y algunas noches, cuando me despertaba el traqueteo de su cama, corría a asomarme al pasillo, estaba convencida de que frecuentaba a varios de mis jóvenes inquilinos. Aunque nunca conseguía sorprender a unos u otra entrando o saliendo de su habitación. En determinadas ocasiones, juraría, un siseo, el placentero gemido de una imaginaria catenaria, podía escucharse uniendo el itinerario que separaba ambas estancias.