De CCC (cien cortos cuentos):LXV. VACACIONES 2ª. Parte… CON ÉL

Siento tener que golpear tu ego machista, pero el disgusto me duró… diez minutos a lo sumo.
Muy amablemente, Joao me ofreció su pañuelo. Joao se encontraba en nuestra misma fila, ocupaba el asiento contiguo al mío. Después terminó cediéndome la ventanilla, entre otras cosas.
Joao tiene quince años menos que yo. Había pensado regresar el mes pasado, llena de remordimientos, ¡qué estúpida! Sentía que, de momento, tres meses eran suficientes, pero le he cogido el gusto. Joao, además de encantador y guapo, es adinerado. ¿Sabes?, dice que está enamorado de mí, quiere que nos casemos, y a lo mejor acepto, aunque no paro de insistirle en que esas cosas del amor, a estas alturas, a mí por lo menos… Pero Joao dice que le da igual, que quiere que lo suyo sea mío.
Deberías conocer el Caribe en cuanto puedas. En todo este tiempo, no hemos dejado de visitar islas maravillosas. Sí, claro, en el barco de Joao.
No sé si será el influjo marino o su virilidad, pero el caso es que con él estoy experimentando los orgasmos más increíbles de mi vida.
¿Nuestro final decías? ¡Para nada, pienso volver! Ya hablaremos, tenemos que hacerlo, negociar el divorcio, nuestros bienes son gananciales…
Te contesto por carta, porque desde aquí no tengo cobertura.

PD: Por si no lo has hecho, te recuerdo que debes aprovechar el guiso de carne que dejé en el congelador, ya sabes que después de un tiempo pierde proteínas; hay para dos.

DAVID

Se pasa horas evolucionando a mi alrededor. Asintiendo, admirándome como si yo fuera un objeto de deseo, un producto de su divina inspiración, como he escuchado que explica a más de uno de los que, con frecuencia, visitan el taller.
Alguien ha opinado que parece que tengo alma… ¡Pues claro mentecato! He pensado al instante al escucharlo. Y luego, otro, que si tenía pensado el nombre que iba a darme. Su respuesta no me ha agradado, ha contestado: «Él mismo me lo dirá, ya queda poco para acabarlo, apenas unos retoques y estará listo, entonces habrá llegado el momento de preguntárselo». No mucho más tarde, hallándonos a solas, tras un tócame aquí, un tócame allá (no me gusta cómo toca según donde), le he escuchado decir satisfecho que ahora sí, que ahora su obra ya estaba lista y podía preguntarme cómo me llamaba… Y lo ha hecho, pero yo no he respondido. ¡Jodido presuntuoso!

De CCC (cien cortos cuentos):LXIV. VACACIONES 1ª. Parte… CON ELLA

Gracias a la amable señorita de la agencia de viajes, lo pude preparar con dos semanas de antelación.
No querías, pero insistí. Nos lo merecíamos. Lo ideé para que fuera una sorpresa, una mayúscula sorpresa, que te llevarías por partida doble…
Tu cara de felicidad cuando ya estábamos en el aeropuerto me conmovió; casi me echo para atrás. Pero no lo hice, todos los días no se disfrutan unas vacaciones así. Lo tenía calculado al milímetro; el plan salió perfecto.
Abandoné mi asiento apenas acabábamos de acomodarnos. Te dije que iba al aseo.
A la azafata, que en ese momento cerraba la puerta de la cabina, le insistí en que se trataba de un asunto de vida o muerte, debía abandonar el avión…
Cuando te quisieras dar cuenta de la maniobra sería demasiado tarde, el avión habría despegado y yo, me encontraría a punto de llegar a la agencia de viajes donde había conocido a Mari Pili. De nuestras vacaciones no voy a hablarte, por supuesto, aunque puedes suponer que serán… Sí, desenfrenadas.
Te dejo el mensaje en el contestador del móvil, porque después de esto imagino que ni siquiera querrás hablar conmigo y además… Bueno, como también supongo que este es nuestro final, ya hablaremos del divorcio, pero sin prisas, yo no las tengo.

(¡ATENTOS! Hay segunda parte)

ELLOS TAMBIÉN NOS NECESITAN

El octavo día de confinamiento forzoso ya no puedo más y decido salir a la calle. He cogido una bolsa de la compra y me he ido al supermercado. No al que tengo más cercano, he ido a uno en el que antes jamás había entrado. El lugar estaba casi vacío; vacío de gente y de productos. Me he conformado con lo primero que he podido encontrar: un par de pimientos, una barra de pan y un paquete de pastillas para el lavavajillas; lo último se lo he regalado a la cajera cuando he ido a pagar, de algún modo le expreso mi gratitud, la considero una de nuestras heroínas.
Ya en la calle, he regresado de vuelta a casa dando un rodeo. Sé que no es bueno exponerse y que tampoco debemos exponer a otros a un posible contagio que pueda venir de nuestra parte; todos somos presuntos trasmisores. Pero el caso es que lo he hecho; mal hecho. Me figuro que a todos nos pasa, es una cuestión sicológica, de salud mental, estar dándole todo el día a la cabeza tampoco es bueno y yo, aunque soy de los que se entretiene y se busca cualquier ocupación, también sufro los embates de la angustia y la incertidumbre, así es que eso, sí, he hecho mal, pero he regresado a casa despacio, dando un rodeo, disfrutando de un ilegal paseo. Fijándome en aquel vehículo que circula a lo lejos, en esa patrulla de la policía (también son héroes), que cada vez que sorprende a un viandante reduce la velocidad, e incluso se para y le pregunta qué hace por la calle. Llevo mi bolsa de la compra bien visible, para que se sepa de dónde o a dónde voy. A la gente de los perros la policía los tolera. El detalle no me pasa por alto, de hecho, llevo varios días con la idea dándome vueltas en la cabeza, quizá, si tuviéramos un perro… ¡Claro, mis hijas encantadas! Habría peleas para sacar al animal a la calle. Lo que son las cosas, el problema en que siempre he pensado y me ha echado para atrás (uno de ellos) en la idea de tener un perro en casa no existiría. ¿Se puede considerar que con su contribución a mantenernos entretenidos, los perros también son héroes? Continúo caminando, despacio, siempre despacio. No hay ninguna prisa en volver. Cerca de casa existe un pequeño parque. Lo atravieso. El lugar está desierto, salvo por los inevitables paseantes de perros; algunos intercambian unas palabras manteniendo una distancia prudencial. Estoy por acercarme a uno de esos grupos para intentar conversar con ellos, de cualquier cosa, pero por fin desisto, no pertenezco a ese estatus de propietarios de mascotas, ¿qué haría yo allí?, con mi bolsa de la compra en la que llevo dos pimientos y una barra de pan. Continúo mi camino, llego al final del parque. Ya solo un semáforo y un corto paseo arbolado me separan de casa. No es necesario ni esperar a que el semáforo se ponga en verde y cruzo, y por fin, un tanto resignado, acometo el último tramo del itinerario. Pero cuando he cubierto la mitad de la distancia, de los árboles que escoltan el corto paseo comienzo a percibir el parloteo de los pájaros que, desde que lo que nos ha sucedido se prolonga, han ido ganándole terreno al tráfago urbano; es como si la ciudad estuviera cambiando de dueños. A los pocos metros llego a la altura de una señora mayor. Desmigaja un trozo de pan rodeada por una cohorte de avecillas, que la miran pacientes y a las que importa poco, que yo vulnere esa distancia prudencial que los pájaros comúnmente guardan con los humanos. Cada vez que la mujer les lanza unas pocas migas, los animalitos se las disputan. Contemplo la escena ¿Y los pájaros, también ellos son héroes? En un momento dado a la anciana se le acaba el pan y hace una señal extendiendo sus manos vacías, como para explicar a los pájaros que ya no tiene nada que ofrecerles. Algunos levantan el vuelo, pero otros, supongo que los más hambrientos, pacientes, o las dos cosas, se quedan aguardando un incierto futuro, que les depare algo que llevarse a la boca; al pico en este caso. Cuando estoy a punto de reiniciar mi camino, la anciana alza la vista hacia mí y dice: ellos también nos necesitan. Siento un escalofrío recorriendo mi espalda. El pensamiento que atraviesa mi mente como un relámpago también me produce incomodo. Se me ocurre, que si una patrulla de la policía pasa en este momento por allí y sorprende a la mujer… Se me ocurre, que ella igualmente necesita de esa dedicación que profesa a los pajarillos… Se me ocurre que yo mismo tengo necesidad de los que me necesitan a mí… Todo es demasiado absurdo; me digo por fin, demasiado increíble por verdadera que sea la situación. ¿Quién nos lo iba a decir, que pudiéramos llegar a algo así? Saco el pan de mi bolsa de la compra y se lo entrego a la mujer, y a ella se le iluminan los ojos, y enseguida arranca un extremo de la barra y desmigándola, comienza a ofrecérsela a los pajarillos, que regresan en bandadas y la rodean, y no paran de piar supongo que alborozados. «Si viniese una patrulla de la policía y le pregunta, dígales eso: que ellos también nos necesitan». He pensado en decírselo, pero no lo hago, solo levanto una mano en señal de despedida, a la que la anciana no atiende, está demasiado ocupada. Continúo mi camino y enseguida llego a casa. Allí, se me reprende con benevolencia por mi tardanza y cuando digo lo que he comprado en el supermercado, señalo que aparte de los dos pimientos llevaba una barra de pan, pero que la he dejado por el camino, porque «ellos también nos necesitan» aunque también, porque a todos nos viene bien sentirnos un poco héroes.

TURNO DE NOCHE

Desde que yo también tengo turno de noche apenas coincidimos. Tiempo atrás, cuando podía acompañarlo en sus correrías nocturnas, lo pasábamos genial. Naturalmente eran otros tiempos, y ya se sabe que las circunstancias son como los tiempos, cambian.
Tuve que aceptar el empleo, la necesidad de una vivienda y los gastos que conlleva la sociedad moderna, trastoca cualquier rutina por muy adaptados a ella que nos encontremos.
En fin, lo cierto es que lo de ahora tampoco es tan malo, más o menos nos hemos acostumbrado a nuestra novedosa situación y además: no hay mal que dure mil años… ¿O eran cien? ¡Bah! Da lo mismo, cuando existe complicidad el paso del tiempo supone una minucia; más en nuestro caso.
Es por eso que cada tarde, a la caída del sol y antes de salir para el trabajo, le plancho una camisa y le dejo preparado su capote preferido; sí, ése, el de las solapas levantadas… ¡Mira que le queda bien al joío!
Lo que más extraño, es no poder verlo con su atuendo recién enfundado. No son celos, pero me da rabia imaginar, que sean otros ojos los que así lo contemplen a la vuelta de cualquier esquina, aunque sepa de sobra que dichas circunstancias… ¡Ejem! Vamos, que echo de menos escuchar el despertador a medianoche, levantarme con él, disfrutar del modo en que, prolijo, se viste para salir a lo suyo…
Eso sí, me lo tiene prometido, en cuanto pase el «pico carnavalesco» de este año, vendrá a hacerme compañía algunas madrugadas al hospital, a pesar de que no para de repetírmelo: ¡Nunca me ha gustado la gente pachucha que hay en estos sitios! Y su recelo es comprensible, pero le tengo preparada una sorpresa. Cuando venga lo llevaré de visita al banco de sangre y nos embriagaremos tomando unas bolsas de nuestros grupos de plasma preferidos. Ya me ocuparé yo, de que no se eche en falta la desaparición. Y es que unos pocos litros no van a ninguna parte.

ANÓNIMA HEROÍNA

Una vez más ha ocurrido. La noche bien entrada, los niños dormidos. Mi marido hace rato se ha marchado al bar, con esos amigotes que me desagradan tanto como él; me dejo adormecer por un programa indeterminado del televisor, aguardando a que llegue la ansiada llamada; siempre es el día de mi cumpleaños, a esta hora en que, quiero suponer, sabes que me encuentro sola. Es tu regalo, lo sé, lo anhelo. Ha transcurrido justamente un año desde la llamada anterior y… No, nada de concesiones a la moralidad, nada remordimientos, ¡nada de haber procurado olvidarte! Eres mi único asidero, el único estímulo desde que mi esposo salió de mi existencia y yo de la suya que, para qué vamos a darle vueltas, sucedió enseguida, en cuanto su vulgaridad pasó a ocupar la primera línea de su atención y nuestros hijos crecieron un poco y yo recuperé tu aletargada memoria, porque ocurrió lo de aquella primera llamada.

Suena el teléfono. Al segundo «sí» que se queda sin respuesta ya no me cabe duda, sé que se trata de tu llamada. Podría haber sido la del otro, el borracho de mi marido, al que encima le dan accesos de celos y le gusta controlarme. Yo no sé que se pensará; o sí, que soy suya.
Pero no, no soy suya y quien llama eres tú, y entonces y como siempre también, viene lo del mudo recordatorio: dos respiraciones que se sincronizan, dos vidas distantes que se funden en el éter de una misma emoción, y el silencio que acontece es, quizá, nuestro fruto malogrado, una efímera ilusión, que en cada aniversario rememora lo que hace tiempo quedó atrás y permanece justo ahí, en tierra de nadie.

Recupero de golpe el jaculatorio instante de aquella última ocasión en que nos tocamos, en que nos hablamos, en que nos miramos, en que merodeé tu cuerpo… Esto jamás voy a olvidarlo. Diez años han transcurrido desde aquello, diez años. Y siempre tú en cada uno de ellos al otro lado del auricular.
Apuro esta fugaz proximidad, pronta a diluirse en mi triste situación… De la tuya nada sé. Se tensa el instante como una goma elástica a punto de romperse, y de lastimar nuestros oídos con su violento chasquido, y ya siento el regreso a ese vacío que embebe mi cotidianeidad y mis circunstancias. Mas existe algo, ese algo que me digo consolándome cada vez, una señal que me indica que aún estamos a tiempo de… Bueno, no sé muy bien de qué estamos a tiempo, pero ello constituye un asidero, endeble, pero un asidero me repito.

Asidero que consiste en imaginar aquellos planes que pormenorizaste con premura y que nos afectaban. Me agradaría sobremanera, oírte decir lo de la ilusión compartida, lo de «todo lo mío es para ti, pero ¿y lo tuyo?». Me mirabas inquisitivo, esperando una respuesta que nunca llegaba. Sé que sufrías, porque no podías evitar decir todo aquello y porque como yo estaba casada con otro hombre, no iba a hacer concesiones, negaría la correspondencia que tú demandabas. Y así llegó nuestro último encuentro, ese último encuentro en que admití haber trazado una línea que jamás traspasaría. Era mentira, lo improvisé sobre la marcha, no existía tal línea divisoria.
Sí, era cierto, me sentía acobardada por la educación recibida, basada en la obediencia y la sumisión, pero también, pensando que eras joven, que lo tenías todo al alcance de la mano. Con despecho dijiste lo del pasaje de avión que te llevaría hacia un destino difuso, donde te aguardaba un trabajo igualmente difuso; bien remunerado al cabo, suficiente para los dos, para los cuatro contando con mis hijos… Aquella ingenuidad tuya todavía me enternece. No lo decías, no hacía falta, pero lo tuyo era una huida hacia adelante. ¿Hiciste bien? Posiblemente sí…, o quizá no. En el último momento insististe: que sabías en qué consiste la felicidad. Yo no te pedí que me lo explicases, me daba miedo… Aunque no, no era exactamente eso, también conocía el secreto de la felicidad. Te amaba, no te lo dije jamás, debías partir sin equipaje, con poco equipaje, era lo mejor.

Luego, durante estos diez años, he sido infeliz y dichosa; a un tiempo. Como sólo se puede ser cuando se vive alimentada por la ilusión inalcanzada, esa que me reporta a una llamada de teléfono, nuestro puntual reencuentro. Me pregunto si lo mío no es puro masoquismo, o si por el contrario represento un ejemplo de anónima heroína; prudente madre que piensa en su progenie y se resigna a imaginar lo que pudo ser.
Y ahora, escribo esta torpe misiva, que precisamente titulo «Anónima Heroína». Nunca he conseguido exteriorizar mis emociones (es un error) y mucho menos la pasión (otro error aun mayor), pero por si el año próximo, como me propongo, reuniera agallas para leerte estas líneas cuando llames, desde ya quiero que sepas que sólo se trata de un preámbulo, que todavía tengo guardadas tantas y tantas cosas que deseo hablar contigo…
Aunque no sé, puede que cuando llegue el momento decida dejarlo para el año siguiente.

SOLO SOY UNA MOSCA (CCC nºXXXI)

Sólo soy una mosca. Sé que mi vida será breve, obviamente mi biografía también, tanto como para que consiga detallarla sin dificultad en apenas catorce o quince líneas. ¡Cielos, llevo consumidas más de dos! El caso es que ayer hacia el mediodía nací y por la tarde ya era mayor de edad. Esta mañana, tras un corto pero intenso noviazgo, del que no deseo olvidar su aspecto más procaz, me uní para siempre a un precioso moscardón de prominente abdomen metalizado… Pero he enviudado enseguida. Su legado: sesenta huevos fecundados y prolijamente depositados por mí en un rincón de cualquier pared. Contemplándolos ahí, ordenaditos, me encuentro a un tiempo tan triste y dichosa… ¡Hijos míos! Confío en que al menos la mitad de vosotros vea la luz y que la mitad de la mitad escape a las telas de araña y demás ladinas trampas que nos tiende la existencia. Cuan cierto es aquello de que la maternidad envejece, me hallo tan cansada… Después de tres días creo que está será la última puesta de sol que contemple. Pero pienso disfrutar al máximo de ella; la edad nos hace creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y por eso, ahora, mientras aguardo la llegada del sueño eterno, deseo rememorar la pasión a la luz de la luna que disfruté con mi amado moscardón.

2º QUERIDO PAPÁ

Papá solía morirse dos veces por semana. Pero su fortaleza era tal, que superaba cada una de sus crisis hipoglucémicas como un ave fénix. De pronto, cuando todos pensábamos llegado su final, abría los ojos mirándonos de uno en uno con expresión entre sorprendida y fastidiosa, hasta que, de manera inopinada, se paraba en alguno de los familiares que asistíamos a lo que pensábamos sus últimos instantes de vida, lo señalaba con un dedo acusador y decía: ¡Tú no eres nada mío!, ¡largo de aquí! El aludido, era un acuerdo tácito, simulando despecho se largaba sin más y, naturalmente, ya no volvía aparecer cuando se nos comunicaba la inminencia del siguiente óbito. El día que Papá tuvo la crisis definitiva, la que finalmente lo llevó a la tumba, sólo quedaba yo. Entonces me sujetó la mano y dijo: ¡Tú si eres mío! Y se murió. Previsor, me había hecho acompañar de un notario, que levantó acta de las últimas palabras de mi querido papá. Creo que sobra comentar que la herencia fue mía y sólo mía.

1º CATENARIA

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Un día lo había soltado así en la mesa del comedor de la pensión. Que trabajaba en la alta velocidad, los trenes bala, ya se sabe… Rio la gracia.
Su dormitorio estaba al lado del mío y algunas noches, cuando me despertaba el traqueteo de su cama, corría a asomarme al pasillo, estaba convencida de que frecuentaba a varios de mis jóvenes inquilinos. Aunque nunca conseguía sorprender a unos u otra entrando o saliendo de su habitación. En determinadas ocasiones, juraría, un siseo, el placentero gemido de una imaginaria catenaria, podía escucharse uniendo el itinerario que separaba ambas estancias.

poemas no escogidos

A LA DIOSA ASTARTÉ

Para qué me sirven las manos
si no es para utilizarlas contigo.
Estas manos exploradoras, indagadoras
de tu piel, recorredoras de tu cuerpo.
Tu cuerpo de diosa modelado
por mis manos egoístas, que al tocarte,
hacen de tu ser un cuerpo compartido,
a través del deseo que transmite a mis manos
el deseo que te procuro con mis manos.

Las insto a entretenerse, a mis manos,
con todo aquello de lo que tu divino ser
se apropia; insto a que se impregnen de tu sudor,
a que arrastren impurezas olvidadas:
un reguero de carmín desdibujado,
un flujo esmaltado en tu epidermis,
restos impúdicos de amor abandonado,
mies recolectada; por mis manos.

Te hago mía, te doy mis manos
e imploro, aunque no te lo diga,
que también deseo tus manos,
sí, que en sentido inverso repitan
todo aquello en que se aventuran mis manos,
hasta que por fin suceda ¡claro!
que tus manos se encuentren con mis manos.