CIEN CORTOS CUENTOS: I. Comerse el mundo

Cuando mi esposa dejó de amarme comenzó a referirse a mis defectos sin ambages. Y el caso es que reconozco que sí, que siempre tuve muchos. La falta de carácter; decía ella, es lo que más me había lastrado hasta entonces. E insistía en que mi fatuidad acabaría por hacer que me disipase como el don nadie en que me estaba convirtiendo… ¡Eso jamás! Pensé en silencio, porque yo, ya, todo lo hacía en silencio.

Intenté rebelarme contra aquél, mi supuesto destino, y puede que contra mí mismo.

A fuerza de tesón y disciplina fui acopiando energía, y por fin llegó un momento en que logré sentirme un ser definido, sólido, concreto, sabedor de que había ascendido hasta un nivel de seguridad personal inimaginable tiempo atrás. Estaba dispuesto a comerme el mundo.

Pero comerse el mundo es una tarea ardua; pensé enseguida, requiere, entre otras cosas, de tenacidad. Y bueno, ¿no habíamos quedado en que precisamente la tenacidad era un rasgo de mi naturaleza? No partía de cero. Me pondría manos a la obra desde ya…, bueno, a partir del día siguiente.

Madrugué mucho. Apenas percibí la primera claridad salté de la cama, me lavé la cara, me afeité concienzudamente, desayuné, me puse la mejor americana que encontré en el armario y salí a la calle. Pero justo entonces, allí, frente al portal de mi casa, la mente se me quedó en blanco y mi supuesta solidez se vino abajo como un castillo de naipes. ¿Sería por culpa de aquella mañana tan luminosa? Me pregunté. ¿O acaso volvía a disipárseme el carácter? Lo cierto es que de pronto no supe por dónde seguir. Definitivamente; razoné, lo de comerse el mundo es una tarea ardua.

Estaba paralizado, como aguardando no sé muy bien qué; tampoco soy capaz de precisar el tiempo que permanecí así, pues enseguida tuve la certeza de que en concreto había perdido eso, la noción del tiempo, y puede que del espacio…

Obviamente, el mundo no iba a detenerse por mí. Con esto quiero decir que desde el instante en que me quedé allí, atrapado frente al portal de casa, no han parado de entrar y salir vecinos.

Todos sin excepción me ignoran, no se me presta atención. Los veo llegar (o marcharse) y parece que van a arrollarme sin contemplaciones, pero en el último instante hacen un requiebro, ¿o quizá es el espacio/tiempo que nos repele, que se contrae y expande, que goza de voluntad propia? No sé, el caso es que jamás llegamos a chocar los unos con el otro; obviamente (no puedo explicar lo de obviamente, pero así me resulta, obvio) tampoco se me dirige la palabra. Una situación incómoda cuando menos ésta mía…

Y luego está lo de ella. Al caer la noche (ya he perdido la cuenta de las noches que llevo anclado aquí) aparece mi esposa. Vendrá de vuelta del trabajo… ¿De dónde vendrá? Es curioso, hasta hoy (por aquello de asirme a una referencia temporal), de peor o mejor manera lo había sobrellevado; sólo hasta hoy, puesto que hoy mi esposa no ha llegado sola. Venía agarrada a un tipo que le cuchicheaba al oído cosas que debían hacerle mucha gracia, puesto que no paraba de reír. ¡De ninguna manera! Me he dicho entonces, a estos no les permito entrar, les corto el paso; me he interpuesto en su trayectoria. Pero como en tantas ocasiones, justo se han soltado del abrazo a escasos centímetros de mí, ejecutando una hábil pirueta, un paso de baile que me ha sorteado con efectividad. Inmediatamente mi esposa ha sacado las llaves del portal y ha abierto. El tipo que la acompañaba ha entrado delante y ella, antes de cerrar la puerta tras de sí, ha echado un vistazo adonde yo estaba. He notado como nuestras miradas se cruzaban; o mejor dicho, he notado como la suya traspasaba la mía y parecía perderse a mi espalda, incrustándose en la nocturnidad. Y es que ella; quiero imaginar, de pronto me ha recordado. Y lo que imagino ha recordado me desconcierta. Imagino que ha recordado que fui transformándome en un ser vil y en un mediocre a medida que nuestra vida en común sumaba años, se vulgarizaba y disipaba, y que, como tantas otras noches, ésta también me dejaría afuera si de pronto reapareciese. Es más, estaría encantada de poder hacerlo, me daría la espalda haciendo innecesario cualquier intento de aclaración. ¿Verdad?…

¿Debo asumir pues que nunca volveré a entrar en casa, ni a compartir la cama que fue nuestra, nada de nada?…

¿Cómo hacerte entender que lo de aquel día no fue que abandonase el hogar, sino que de pronto fui expulsado por éste y que para poder recuperar lo que fuimos antes debería comerme el mundo, demostrar mi carácter, merecerte?…

Mas ciertos detalles me indican que he fracasado y lo que es peor, que en algún momento me extravié en el empeño y ni siquiera soy consciente de que el mundo es quien me ha comido a mí, y prácticamente me tiene digerido.